El Señor Arco Iris

La perfección es el punto de partida en esta historia. Ustedes dirán: pero… ¿no debería ser el punto final ? Este relato narra las vicisitudes de un ser increíblemente perfecto que busca aprender de aquello que precisamente desconoce: la imperfección.

 

EL SEÑOR DEL ARCO IRIS

ADRIANA CANABAL

el-estante.com.ar/historias digitales

Ilustración y armado de tapa: MACTOON

Todos los derechos reservados.

Este libro no puede ser reproducido, total o parcialmente, por ningún método gráfico, electrónico o mecánico, incluyendo los sistemas de fotocopia, registro magnetofónico o de alimentación de datos, sin expreso consentimiento de los titulares del Copyright.

ISBN : 978-987-4940-00-1

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723

Cantidad de ejemplares: 20.-

© María Adriana Canabal

© 2018, Ediciones El Estante/Historias Digitales

www.mactoon.com.ar

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Canabal, María Adriana

  El señor del arco iris / María Adriana Canabal ; ilustrado por Mactoon. – 1a ed . – Ciudad Autónoma de Buenos Aires : El Estante, 2018.

  CD-ROM, PDF

  ISBN 978-987-4940-00-1

  1. Espiritualidad. 2. Metafísica para Niños. 3. Reencarnación. I. Mactoon, ilus. II. Título.

  CDD 398.2

Fecha de catalogación: 31-05-18


I.

El Señor del Arco Iris era un Ser Perfecto; vivía en un Espacio Perfecto y en un Tiempo Perfecto.

Claro, a nosotros nos es muy difícil imaginarnos un lugar así, pero que lo hay lo hay, al menos para El Señor del Arco Iris. No se confundan, el lugar donde vivía era Perfecto pero no porque no hubiese guerras ni hambre ni pobreza ni odio… No, el lugar era Perfecto porque en él sólo estaba El Señor del Arco Iris, sólo existía Él y nada más que Él.

No había cosas ni personas ni mundos ni soles ni tiempo ni espacio: Por eso era Perfecto.

Ya sé que es difícil, pero traten de imaginar un lugar sin espacio. No hay ni arriba ni abajo ni adelante ni atrás; no hay lugar donde pueda existir cuerpo alguno, ¿ complicado… no ?

Ahora agréguenle que no existe ni el pasado ni el presente ni el futuro: no hay tiempo…

¡ UFFFF… – dirán ustedes – …eso es imposible !

– No, señor, – les diré yo – es posible, para un Ser Perfecto como El Señor del Arco Iris, lo es. Es más, había sido siempre su única forma de vida.

Ese sitio a pesar de no tener ni espacio ni tiempo, no estaba vacío. En absoluto, estaba rebosante y lleno de la Presencia de El Señor del Arco Iris. Todo cuanto allí había y existía era él y solamente Él… Ocupaba todo y llenaba todo un espacio que no existía y no se podía decir que hubiese nacido o que hiciese algo, pues el tiempo no existía. El Señor del Arco Iris sencilla y simplemente “era”.

Ustedes me preguntarán qué hacía… bueno, yo no lo sé muy bien; recuerden, yo soy como ustedes y vivo en este mundo. No soy un Ser Perfecto como El Señor del Arco Iris. Si lo fuese quizás podría contestar a sus preguntas, mas no lo soy, así que no sé muy bien qué hacía.

Lo que sí sé es que una vez, pensó. No sé muy bien qué pensó, pero les aseguro que el primer sorprendido fue él. Puede que haya pensado que dos más dos son cinco o que la oscuridad es la parte de atrás de la luz o que si caemos en realidad estamos pasando por un montón de arribas… No sé, pero pensar, pensó. Y ¡¡¡ Zas !!!… se dio cuenta de que si pensaba, bueno, si pensaba, algo debía ocurrir… y alguien debía de haber.

Ese primer pensamiento fue fatal.

Imagínense: Todo era Perfecto. Nada ocurría… o quizás ocurriese todo. Pero en ese momento, en ese preciso y exacto momento, había pensado; solamente había pensado y nada más.

Para que ocurra un pensamiento tiene que haber un antes y un después de él, así que cuando pensó, El Señor del Arco Iris hizo surgir el Tiempo.

Estaba confundido, bueno, en realidad sentía cosas, él nunca había sentido… que va !!!… ni siquiera había pensado jamás. Sentir, pensar… ¿ qué eran esas cosas ?

Imagínense, ni siquiera debían de tener nombre para él. Las palabras no existían ni siquiera la palabra “cosa” existía. Desde aquel primer pensamiento que creo el Tiempo, pasaron muchas de esas “cosas”.

Primero se sucedieron muchos pensamientos y de alguna forma, después de los pensamientos, surgió algo que nosotros sabemos como se llama, pero que El Señor del Arco Iris, en aquel momento, desconocía. Bueno, en realidad no sabía ni cómo se llamaba Él. Ese algo que le surgió era la Necesidad.

– ¿ Necesidad ? ¿ Necesidad de qué…? – se preguntarán.

Bien, tardó un tiempo en darse cuenta, mas si nosotros le tuviéramos que dar un nombre, diríamos: “necesidad de Orden”.

Claro, Él vivía en un Lugar Perfecto como un Ser Perfecto en un Tiempo Perfecto… y ahora un pensamiento, que vaya a saber cómo, de dónde y hacia qué, había surgido desequilibrándolo.

El Señor del Arco Iris trataba de alguna forma de volver a su equilibrio primigenio, pero era tarde, ese primer pensamiento había disparado a otros y esos otros habían hecho surgir las sensaciones. El Señor del Arco Iris se veía ahora arrastrado por una cantidad de cosas que siempre habían estado en él, puesto que allí no existía otra cosa que no fuese él. Ahora caía irremediablemente en ese torbellino de ideas y sensaciones y tendría que controlarlos, si quería volver a ese Sitio Perfecto y a vivir en un Tiempo Perfecto como el Ser Perfecto que era.

…Y vaya si le llevaría trabajo, eso se los aseguro yo… y bastante.

II.

Continuemos… Bien, les estaba contando de El Señor del Arco Iris.

Desde ese primer pensamiento, tardó bastante en pensar que estaba pensando. No, no escribí mal, era así. Si lo piensan bien se darán cuenta de que tengo razón. Cuando pensó que estaba pensando, se dio cuenta de que tenía pensamientos y que el último pensamiento que había tenido era darse cuenta de que había pensado. No… no era correcto. En realidad, el último era que había pensado que el último pensamiento había sido darse cuenta de que… no… no… eso no… había tenido otro pensamiento después…

Bueno… tardó bastante tiempo en salir de esa cadena de pensamientos, hasta que por fin pudo pensar que no era importante cuál había sido el “último” pensamiento. Lo importante era que pensaba y punto.

Ahora bien… él pensaba, pero… para qué ? ¿ Sería una cualidad o una capacidad adquirida ?… ¿ EHHH ?…, ¿ qué era eso ?…

Había dos pensamientos distintos y… y… y tenía que elegir entre uno u otro. Entonces podían existir varios pensamientos y podían no coincidir entre ellos. Al principio, pensó que quizás nunca había estado del todo solo y que podría haber alguien más con Él, pero por más que pensó y pensó, estaba solo, nomás.

Entonces, los dos pensamientos distintos que serían… bueno… en realidad no eran dos, quizás fuesen tres o cuatro…, aunque había uno que lo convencía más que otro, pero no… era mejor ese… ¿ o aquél ?… ¿ o este otro?…

Nosotros lo podemos dejar por un tiempo. Sí, se dieron cuenta, le apareció la Duda. A partir de ese momento dudó de todo, hasta llegó a dudar de si dudaba y hasta de si pensaba… y  hasta de si existía.

Llegó un momento en que pudo definir que si dudaba, bueno, debía existir algo que provocase la duda y que la sintiese; entonces algo tenía que existir y a ese algo lo llamó YO… Bueno… no “yo” de mí…, sino YO de Él…

Ustedes me entienden… ¿ no ?… el YO era porque lo decía ÉL ¿ Lo tienen claro ?… Bien, sigamos.

Una vez que se autodefinió como YO, trató de pensar que más sería o que más podría ser y ahí, realmente,… se le complicó la existencia.

No voy a contarles todas las ideas y pensamientos que siguieron al de ser YO, también tendría que contarles las dudas y la casi infinidad de posibilidades. ¿ Sería YO o sería ÉL ? ( se preguntaba El Señor del Arco Iris ), quizás no fuese ni YO ni ÉL…, quizás fueran Nosotros o Ellos… quizás fuesen más.

Luego le siguió el: ¿ soy un YO o un Ella ? y qué sería, bueno, qué cosa sería: sería esto…, sería aquello o lo de más allá… o lo de más aquí o…

Bien, luego de otro largo tiempo, llegó a la conclusión de lo que era. Sí, descubrió lo que nosotros sabemos desde que empezó la historia: era El Señor del Arco Iris. Luego, pudo llegar a pensar que era un Ser Perfecto y, con otro poco de esfuerzo que vivía en un Espacio Perfecto y en un Tiempo Perfecto.

Ahora ustedes dirán: Volvimos a dónde empezamos…

No, no volvimos a donde empezamos por que sería lo Perfecto que era, pero ahora pensaba… y pensaba que existía… y así no era el principio de nuestra historia y tampoco era así el mundo en que vivía El Señor del Arco Iris.

AHHH… ¿ Vieron que no era igual ?

…Porque, en realidad, él ya no era el mismo. No, realmente ya no era el mismo…, aunque momentito, seguía siendo Perfecto. De eso no caben dudas.

III.

Retomemos la historia.

Cuando se cercioró de que el YO equivalía al nombre de “El Señor del Arco Iris” ( y no me pregunten como llegó a esa conclusión por que, realmente, no sé como explicarlo ), se dio cuenta también de que había pensado en algo llamado “él” o “ellos” u “otros”. Apenas pensó eso, también se dio cuenta de que ese pensamiento ya lo había tenido y que lo había traído… ¿ de dónde ?

Como esa pregunta era un tanto difícil de responder, la dejó sin respuesta. Bueno, lo llamaría recuerdo y listo.

Sí, ya tenía pensamientos a los que evadía.

Ahora, si él había pensado en “otros”, esos “otros”… ¿ dónde estaban?

No podían estar “aquí” pues en el “aquí” sólo existía ÉL o YO o El Señor del Arco Iris. Entonces, si podían existir “otros”… ¿ en dónde existían ?

Claro, debían existir en el ”ahí”, es decir, en otro “aquí”. Seguramente en el “ahí” o quizás en el “allí” existían los “otros”. Pero… ¿ qué diferencia hay entre el “ahí” y el “allí” ?

El Señor del Arco Iris pensó y pensó y en algún punto se le ocurrió: Eran dos lugares distintos, sí, era eso.

Ahora, si había otros dos lugares aparte del de Él, entonces ya eran tres. Y como no hay tres sin cuatro y cuatro sin cinco y cinco sin seis, entonces debía de haber infinidad de sitios como el de Él: Sitios Perfectos con Tiempos Perfectos y con Seres Perfectos, tan Perfectos como El Señor del Arco Iris.

Eso lo conmocionó… Siempre había sido Él, nunca había pensado ni en “otros” ni en “todos”… Bueno, en realidad, nunca había pensado, siempre “había sido” y nada más.

Trató de pensar en cómo serían los “otros” y pensó que, si eran  como ÉL ahora, en ese momento debían de estar pensando lo mismo que ÉL y… ya debían de haberse dado cuenta de que ÉL existía y…

Si hubiese tenido ojos u oídos hubiese prestado atención para saber si alguien trataba de acercarse a ÉL pero no tenía, recuerden: donde ÉL estaba no existía el espacio, por lo tanto, tampoco existía la “forma”. Entonces trató de abrir su pensamiento para recibir cualquier cosa externa, algo que no proviniese de ÉL.

Sin embargo, no había nada… estaba solo. ÉL era todo cuanto existía allí… o “aquí”, es lo mismo.

Entonces trató de pensar cómo serían los otros… Como ÉL… No, si fuesen como ÉL, los habría sentido, pensarían y sentirían igual. Debían de ser distintos.

Trató de pensar en un sitio y en un tiempo distinto del de ÉL y, aunque a nosotros nos costó mucho imaginar su sitio y su tiempo, a ÉL no le costó pensar como es nuestro sitio y nuestro tiempo. Le fue refácil… ¡ Qué vivo !… por algo era un Ser Perfecto.

Así pensó como era nuestro universo. Primero pensó en el espacio: un Aquí, un Allí y un Ahí, tres dimensiones. Y para que hiciese juego: un antes, un durante y un después. A ÉL le gustaban las cosas equilibradas y prolijidad, todo debía tener su causa y su efecto y todo también debía moverse, vibrar. Así, sí era bien distinto del lugar donde él estaba.

Ahora tenía espacio, tiempo y alguna que otra ley. Pero… ¿ para qué?… Si en el espacio no había nada… bueno, solo espacio.

AHHH!!!… Los “otros”… Bien, ¿ cómo serían los “otros” ?… Por empezar, pensarían, no quería que estuviesen en otra posición que no fuese la de ÉL. Sí, pensarían, dudarían, recordarían, imaginarían y algún otro “arían” que ya se le ocurriría.  Eso, eso mismo, también “harían”.

Bueno, eso ya estaba mejor, pero… ¿ cuántos de los “otros”?… ¿Algunos, unos pocos, no muchos, unos cuantos, multitudes, pequeños grupos?… ¿ Cuántos ?…

Pensó, y como era Perfecto, pensó en Cantidades Perfectas: Nada o Infinito. Como para Nada no se piensa, se quedó con Infinito. Sería Infinito la cantidad de Seres que habitarían en su Espacio Infinito y en su Tiempo Infinito. Y por que no también sería Infinito la cantidad de Espacios y de Tiempos.

Esto de pensar realmente le estaba gustando. Ahora tenía Infinitas posibilidades de combinaciones y eso le llevaría bastante tiempo de pensar, casi podríamos decir que Infinito.

IV.

Estuvo muchísimo, muchísimo tiempo pensando en las posibles combinaciones. Esto aquí y esto allí, ahora al revés, ahora antes y ahora después. Cambiemos esto otro, pongamos esto y saquemos aquello. Y creo que no nos alcanzarían ni los libros del mundo, ¡¡ qué digo !!… ni los del universo entero para contar todo lo que se le ocurrió.

Hasta que un buen día pensó en algo super excitante: Pensó en que él podría estar en ese Espacio y Tiempo Infinitos en los que había pensado; podía pensar en que estaba allí y en cómo sería el estar.

De todo lo que había pensado, eligió que le gustaría estar en algo que él llamaba Sol y pensó en que estaba allí y que ocurría.

Bien, era un lugar muy luminoso… con muchísima Luz… Luz dorada, radiante… Quizás a los seres que él había pensado les lastimaría estar allí, pero a El Señor del Arco Iris, no. Claro que no, si Él era quien lo pensaba todo. El Señor del Arco Iris sabía elegir los mejores pensamientos para sí: elegía los Perfectos, obvio, los que hiciesen juego con Él.

Esa estrella llamada Sol le gustaba; pensó que podía sentir la Luz y así fue. Luego pensó que quizás Sol pudiese pensar… bueno, de eso seguro: todos los seres que Él había pensado, pensaban. Sería interesante sí podía pensar lo que Sol pensase y se preguntó a sí mismo que podría estar pensando Sol.

Para su sorpresa y asombro, Sol pensó solo.

– Estoy pensando en quién eres tú.- pareció decir Sol, digo pareció porque Sol no hablaba, solo pensaba.

El Señor del Arco Iris se sorprendió. Él no había pensado en esa respuesta, es más, si apenas se estaba preguntando… eso no encajaba. Él no había pensado las cosas para que ocurriesen así, Él lo pensaba todo… ¡¡¿¿ qué era eso de que Sol pensase por su cuenta ??!!!…

– ¿ Qué fue eso ? – preguntó El Señor del Arco Iris.

– Nada…, – respondió Sol – …tú preguntaste y yo contesté.

Era coherente, sin embargo, algo seguía sin encajar en su pensamiento del Universo Infinito con Infinito Tiempo.

– ¿ Y quién eres tú ? – preguntó El Señor del Arco Iris.

  • Yo soy Sol – respondió Sol.-

-¡¡¡ Eso ya lo sé !!!- respondió fastidiado. No era algo nuevo, si él lo había llamado así.

– ¿ Por qué piensas sin que yo lo haga ? – preguntó de pronto. Quería desentrañar esa mancha de incoherencia en su Pensamiento Perfecto.

– No lo sé, es propio de todos, todos pensamos – respondió Sol.- De la misma forma que somos y existimos, pensamos.

Otra respuesta coherente, pero El Señor del Arco Iris seguía sin comprender.

– No entiendo, – dijo por fin – tú piensas sin que yo lo haga. ¿ Por qué haces una cosa así ?

– Siempre fue así – respondió Sol y no agregó más.

El Señor del Arco Iris pensó y pensó, pensó y pensó… pensó y pensó…

Una pregunta le empezó a asomar:

– ¿ Quiere decir… que si yo dejo de pensar en ti… vas a seguir existiendo ?… – apenas se atrevió a enunciar.

– Por supuesto – respondió Sol.

Al Señor del Arco Iris ésa le pareció una respuesta absurda,  la más absurda que había sentido, aunque en realidad, no había sentido tantas. Pero de todas formas, era absurda. “Si iba a seguir existiendo…” ¡ Qué tonto !… Si sólo existía porque Él había tenido la gentileza de pensarlo. Está bien, hagamos la prueba: dejó de pensar en Sol y Sol desapareció. Bien, ahora… volvió a pensar en Sol y Sol volvió a aparecer.

– ¿Te has dado cuenta ?… – le dijo a Sol – …te hice desaparecer y aparecer otra vez.

– Eso no es cierto, – dijo Sol- el que desapareció y apareció eres tú, no yo. Yo siempre he estado aquí.

El Señor del Arco Iris estaba “así” de asombrado. Por supuesto, ustedes dirán: Sol puede mentir, pero El Señor del Arco Iris era Perfecto y como ser Perfecto que era, no conocía la mentira, para él no existía algo ni remotamente parecido. Podría equivocarse, pero mentir jamás; eso sí, se le ocurrió algo para preguntar.

– Eres… ¿ eres un Ser Perfecto ? – le preguntó a Sol.

– Sí, lo soy – respondió Sol. – Hubo una era en que no tenía ni tiempo ni espacio…

– ¡ Como Yo !… – exclamó sorprendido El Señor del Arco Iris.

– … hasta que pensé… – siguió Sol.

– ¡ Como Yo ! – volvió a exclamar El Señor del Arco Iris.

– … y luego de pensar y pensar y pensar que había pensado el Universo…

– ¡¡ Como Yo !! – lo interrumpió nuevamente El Señor del Arco Iris.

– …conocí a Seres Perfectos como yo.

– ¡¡¡ Como Yo !!! – casi gritó El Señor del Arco Iris en el colmo de su asombro.

– Sí, como Tú – contestó Sol y calló.

Había otro Ser Perfecto y… no estaba solo… Entonces no había pensado el Universo ni lo había pensado Perfecto ni Infinito.

– Sol… – llamó despacio El Señor del Arco Iris.

– Sí… ?

– Dime…: ¿ quién pensó el Universo ?

– El que te pensó a ti – contestó Sol.

– AHHH… – entonces Él sí había pensado todo lo que pensó.

Lo que había pasado es que quién lo pensó lo había pensado para que pensase. Clarísimo… ¿ No ?…

V.

El Señor del Arco Iris se quedó un tiempo junto a Sol.

Había encontrado un Ser Perfecto como Él, con Tiempo y Espacio Perfectos, pero con más experiencia. El Señor del Arco Iris le preguntaba esto o aquello; a veces entendía las respuestas y a veces no.

Una “buena” vez, El Señor del Arco Iris le hizo una pregunta a Sol.

– Sol…, ¿ y vos cómo sabés tanto ?… ¿ es que pensás mucho ?…

Sol hizo algo extraño, algo así como “JAJAJA”… El Señor del Arco Iris no entendía qué era, claro, Sol se rió.

– Sí, – dijo Sol – pienso mucho,  aunque también viví mucho y muchas cosas. Recuerda: Sol sabe por Sol pero más sabe por vivencia.

– Vivencia… – pensó El Señor del Arco Iris – …¿ qué es eso ?

Sol pensó para sí un ratito, era complicado de explicar. Por fin, preguntó.

– Señor del Arco Iris…,  tú eres Perfecto como yo y lo sabes todo… ¿verdad ?…

– Sí – contestó El Señor del Arco Iris. Eso era obvio.

– Bueno, la vivencia es la herramienta con la cual sacas de ti mismo todo ese conocimiento y lo manifiestas. Sin la vivencia, sabrías todo, absolutamente todo, pero no te darías cuenta.

El Señor del Arco Iris se dio cuenta de pronto.

– Entonces… entonces, ahora mismo yo… yo…, yo aparte de existir… ahora… también… ahora… en este momento… ¿ vivencio ?…

– Ajá – le respondió Sol.

Vamos a dejar acá este capítulo porque el estupor, al Señor del Arco Iris, le duró más que bastante.

VII.

Sí, capítulo siete, en toda el seis no pasó nada. El Señor del Arco Iris se quedó así, “duro”, por la idea de que no sólo pensaba, sino que ahora también podía vivenciar.

Tardaba tanto en reaccionar que Sol le preguntó.

– ¿ Estás bien ?…

– Sí… – dijo por fin El Señor del Arco Iris y hubiese sido mejor que Sol no le dijese nada.

El Señor del Arco Iris se dio cuenta de todo lo que ahora podría pensar, hacer, vivenciar… ¡¡¡ Vivenciar !!! Quería vivenciar todo…, Todo… absolutamente TODO !!!!

Quería ir aquí, por allí, por ahí y a miles de lugares que no conocía y a miles de otros que ni se le ocurrían. Quería ser esto y aquello y aquello otro y también más…, pero todo junto.

– ¿ Puedo ser esto ? – le preguntaba a Sol- ¿ y esto otro ?… ¿ e ir allí?… ¿ y venir aquí ?… ¿ y volver ?… ¿ y…

Sol lo interrumpió calmadamente.

– Sí…, sí…, puedes ser todo lo que tú quieras ser, absolutamente todo, pero es mejor que te ordenes.

El Señor del Arco Iris pensó sin comprender.

– Claro… – dijo Sol- Orden, primero una cosa, luego otra y después otra. Recuerda, si para el pensamiento existe el Tiempo, para la vivencia también existe el Espacio y deberás actuar en él.

– Cómo…, ¿ no me muevo por el Espacio ? – preguntó El Señor del Arco Iris… ( A cada momento una cosa nueva ).

– No… – contestó Sol – Aún no…

– Entonces cómo… antes estaba en otro lado y ahora estoy aquí… junto a ti…

– Siempre has estado aquí, para el pensamiento existe un único sitio: el Aquí y para todos es igual. Sólo que ahora eres consciente de ello.

Entre nosotros, no me pregunten qué quiso decir, porque no lo sé, pero les aseguro que desde hace un tiempo estoy tratando de entenderlo y guardo la esperanza de que alguna vez lo conseguiré. Parece ser algo muy importante.

Por supuesto, para El Señor del Arco Iris, fue refácil entenderlo porque sólo dijo:

– AHHH… – como si le hubiese surgido un pensamiento esclarecedor de todo cuanto acontecía. Espero que me pase lo mismo. Bueno, pero el asunto fue que dijo:  AHHH… – luego agregó -… y entonces, ¿ por dónde empiezo la vivencia ?…

– Bien, – dijo Sol – hay unos Seres llamados Los Señores de La Vivencia que son quienes se ocupan de coordinar todo. Te recomendaría que pensaras en Ellos.

El Señor del Arco Iris se dio cuenta de que era el momento de separarse de Sol, pero no se despidió, pues siempre estarían en sus pensamientos.

VIII.

Cuando pensó en los Señores de la Vivencia no se imaginó con lo que se iba a encontrar. En ese lugar había Luz, tanta o más que con Sol. (¿Realmente estaría en otro  pensamiento ? ).

– Lo estás… – fue la respuesta.

– Hola… – saludó El Señor del Arco Iris – Yo soy…

– Sabemos quién eres tú, pero… ¿ tú lo sabes ?…

( ¡ Qué pregunta tonta ! ).

– Claro, – contestó – soy El Señor del Arco Iris.

– Y eso… ¿ qué quiere decir ? – le preguntaron.

( Otra pregunta tonta ).

– Yo… bueno…, eso quiere decir… que yo soy…, bueno…, en un principio… y luego…, aunque ahora…

Se dieron cuenta: no entendía nada. No, no era una pregunta tonta en lo absoluto. Era El Señor del Arco Iris, un Ser Perfecto en un Espacio y Tiempo Perfectos… ¿Y con eso, qué ?…

Suspiró y contestó la verdad.

– No lo sé…

– Bien…

¿ Cómo bien ? Eso era un desastre. No saber quién es uno es de lo peor.

– Bien…, – insistieron – para eso estás aquí. A través de la Vivencia sabrás quién eres.

El Señor del Arco Iris estaba un poco decepcionado. Él siempre había pensado que las cosas eran de una manera y ahora resultaba que no eran tan así… ¿ En dónde estaba su Perfección ?

– En ti…, – contestaron Los Señores de la Vivencia – siempre estará en ti, pero debes buscarla. Y a partir de ahora comenzarás a hacerlo. Esa ha sido tu decisión. Te felicitamos, es algo muy importante y muy bello que nos ocurre a todos los Seres Perfectos.

¿ Cómo ?…, ellos también…

– Si…, todo es pensado Perfecto, pero Nosotros debemos darnos cuenta de ello. Los Señores de La Vivencia hemos recorrido nuestro camino y ahora estamos aquí, para guiar a todos aquellos que decidan iniciarlo, como lo haremos contigo.

El Señor del Arco Iris lo pensó un poco, ¡qué digo! un poquito, casi nada… Comenzar con la vivencia parecía algo muy serio, pero se dio cuenta de que no podía pasarse la eternidad estancado en un mismo sitio y, si la Vivencia era el camino del crecimiento, quería seguirlo.

– Está bien, – dijo por fin – estoy listo. Se me ha ocurrido que me gustaría empezar mi vivencia con algo interesante, algo que se pareciese a lo que hace Sol.  Sí, algo como eso. Parece importante y difícil…, complejo. Justo para un Ser Perfecto como Yo.

– Espera y piensa un momento, – le dijeron Los Señores de la Vivencia – tienes razón, lo que hace Sol es algo muy especial, pero… ¿ qué experiencia tienes tú en La Vivencia ?

El Señor del Arco Iris recordó y recordó… Hasta que por fin, contestó.

– Casi ninguna.

– ¿ Y crees que, si tienes “casi ninguna” experiencia, sería conveniente empezar con algo tan complejo y de tanta responsabilidad ?

– No – contestó con sinceridad El Señor del Arco Iris.

– Es bueno que te des cuenta de ello. ¿ Por dónde crees que sería conveniente que empezaras ?

– Por lo más simple.

Ya sé que esto no tiene nada que ver con lo que dijo en un principio, pero El Señor del Arco Iris no era tonto. Sabía pensar y esa elección era la más apropiada para el bien de todos.

– Bien, te daremos la tarea más simple de todas. Por empezar, no te moverás plenamente en el Espacio Tridimensional, te enviaremos a un sitio en mitad de camino entre tu estado actual y el Universo Físico. Luego de eso, veremos qué harás.

Y antes que pudiera pensar un ¡ de acuerdo !, El Señor del Arco Iris dejó a Los Señores de La Vivencia y se encontró en su nuevo destino.

IX.

Realmente la tarea era sencilla: debía ir de un sitio a otro transportando ideas y pensamientos, digamos que era una especie de correo mental.

Iba para allá, volvía para acá, sentía un pensamiento y lo recordaba, iba para otro lado y lo repetía. Nada demasiado importante o, al menos, eso le parecía.

Algunos pensamientos eran interesantes, otros eran medios tontos para él y muchos otros, no los entendía.

Algunos eran así:

X2. Y2. Z2 = (x.y.z)2

¿ Ustedes entendieron algo ?…

Otras eran algo así como:

“…la conjunción de lo expuesto expresa la motivación antedicha con el agregado de una comprensión sustancial…”

De comprensión, comprensión… la verdad, nada.

Otros, quizás a nosotros nos resultasen más comprensibles, pero a El Señor del Arco Iris le resultaban igual de misteriosos e inexplicables.

“¡ Me gustaría que para Navidad Papa Noel me trajese un avión así de grande… !”

¿ Ustedes entendieron ? Claro que sí.  Bueno, El Señor del Arco Iris no entendió ni jota… ¡ qué digo !… ni jota ni hache ni ele ni todo el abecedario.

Cuantos más pensamientos llevaba y traía, más se daba cuenta de que nada sabía  de la vivencia. Un universo de nuevos pensamientos surgía ante él y tendría que pasar por todos ellos si quería comprender su perfección.

X.

En algún buen momento, El Señor del Arco Iris fue pensado por Los Señores de La Vivencia y apartado de su tarea como correo de pensamientos.

– ¿ Por qué estoy aquí ? – preguntó.

– Porque has hecho bien las cosas y es tiempo de que cambies de tarea

Eso era una buena noticia. Podría acceder a más vivencias… ¡¡Buenísimo !!!

– Bien… – dijo El Señor del Arco Iris ( no veía la hora de ser como Sol) -. ¿ Y qué haré ahora?…

– Bueno, has hecho tan bien tu tarea que te daremos una muy,  muy importante. Pasarás directamente a vivenciar uno de los sitios más profundos y primordiales de la materia: Serás una Roca.

Una roca… una R-O-C-A. Guauuu… sonaba fabuloso. Lo más profundo en vivencia de Materia… pasaría de un sitio más o menos de “mensajero de pensamientos ajenos” a ser una ROCA. Ya no más repetir ideas, ahora pensaría por sí solo en su nuevo destino de roca. Y lo mejor… haría lo que quisiese e iría a donde se le diese en gana.

– Y esa vivencia, ¿ es muy, muy crucial ? – preguntó el Señor del Arco Iris.

– Claro que lo es. Ser Roca es el primer paso en la Vivencia de la Materia. Lo que hagas como ella y lo que vivencies como tal será de suma importancia para tu crecimiento.

– ¡¡ Requetebién !!!… – alcanzó a pensar, y antes de poder pensar un “estoy listo”, era una Roca.

Si pudiéramos decir algo por lo que El Señor del Arco Iris estaba vivenciando, diríamos que su experiencia era realmente algo muy, muy distinto de todo cuanto había experimentado. Era algo así como… como ser Roca. Eso mismo: SER ROCA.

Para comprenderlo mejor, traten por un ratito de sentirse roca; de pensar y actuar como si fuesen una roca. La que quieran: granito, mármol, piedra caliza, cuarzo… Sí, se darán cuenta, no son iguales. No es lo mismo ser una Rosa del Inca que una piedra pomex. Pero piensen en general: ¿ Qué puede llegar a sentir y pensar una roca ?… ¿ Qué cosas puede hacer ?… ¿ Y cuáles por sí misma ?…

…Siéntanse una roca y actúen como tal. Seguro que no va a pasar demasiado tiempo sin que alguien se les acerque y les pregunte  ¿ qué están haciendo ? Realmente ser roca es algo muy extraño. Imagínense, si es extraño para nosotros, que sería para un Ser Perfecto como El Señor del Arco Iris: “algo realmente in-des-crip-ti-ble”.

Tanto le interesó que quiso ser distintos tipos de roca.  Probó ser ónix, pasó por las variedades de mármol, fue jade, jaspe, malaquita, hematites, ópalo, calcedonia, grafito y, por supuesto, todas las variedades de piedras preciosas: rubí, zafiro, esmeralda, aguamarina, diamante, gránate, circón, berilio y muchas, muchísimas más.

En pocas palabras, en su vivencia de roca, El Señor del Arco Iris aprendió tanto,  tanto que llegó a ser un verdadero cascote.

Cuando hubo asimilado todas sus vivencias como roca, en diversos lugares del universo, y cuando nada más le quedaba por aprender sobre como vive una roca ( cosa que yo también querría saber ), Los Señores de La Vivencia lo pensaron y lo trajeron hacia ellos para proporcionarle una nueva experiencia.

XI.

No voy a contarles en detalle por todas las vivencias que pasó, pero puedo nombrarles algunas realmente interesantes: fue rabanito, alga, coral, anémona, agua viva, cangrejo, jirafa, erizo, oso hormiguero, dinosaurio, pato, planta de algodón, sauce, girasol, alerce, pino, orquídea, tigre, hipopótamo, elefante, delfín, anchoita, gato…

Sí, El Señor del Arco Iris pasó por todas, todas las especies; las que les he nombrado son sólo algunas y debo decirles que no sólo de las que nosotros conocemos, sino de muchas, muchas que ni imaginamos que puedan existir. También fue gnomo, unicornio, sirena, mandrágora, salamandra, hada, gárgola, pegaso y muchas, muchísimas más… Tantísimas que es mejor no enumerarlas.

Pero lo más entretenido, lo más emocionante, fue cuando le tocó vivenciar el ser Humano. ¡ Qué bicho complicado !… ¡ Qué lleno de sensaciones, sentimientos, pensamientos y acciones contradictorias !… Ni cuando fue escorpión ni cuando fue caracol ni cuando fue plátano había vivenciado cosas tan inexplicables.

Por supuesto, comenzó su vivencia siendo niño, es más, siendo bebé. La relación con todas sus mamás anteriores había sido siempre algo muy lindo, sin embargo nunca tan especial como con “la mamá humana”. Tenía tantas cosas para darle, tantas para enseñarle, un grado de ternura y amor que nunca había experimentado. Con el tiempo conocería grados de Amor más altos, pero los que vivenció con sus mamás humanas siempre ocuparían un lugar especial.

Ya no era sólo el contacto con la piel, el olor, los latidos del corazón, la tibieza, la leche caliente; eran sus ojos, sus manos, su sonrisa… la palabra…

El mundo era mucho más similar al suyo, aunque en él tampoco podía expresar plenamente todo su potencial de Ser Perfecto. Manejaban ideas representadas por sonidos llamadas palabras. Tenían mayor acceso al mundo de los pensamientos que otras especies, pero también tenían algo que El Señor del Arco Iris no tenía idea que existiese: la Emoción.

Realmente aprender sobre esa vivencia le llevó mucho tiempo. Al principio fue tan fuerte que volvía una y otra vez a ser humano por el sólo gusto de sentirla y se dejaba arrastrar “vez tras vez” por ella. Poco a poco, consiguió un equilibrio y la emoción se convirtió en un sentimiento. Ustedes dirán ¿ qué diferencia hay ?… Sí, la hay. La emoción es el sentir sin control, un sentir ausente de pensamiento. Uno siente y siente y siente, pero no ocurre nada más. Es como si solamente existiese la Emoción y ella lo dominara todo. Cuando se siente, los que lo hacemos somos nosotros, ya no existe la Emoción como “reina”, ella ya no puede dominarnos. Nosotros decidimos por nosotros, nosotros tenemos el control. Por supuesto, no es fácil, pues si bien ella no debe dominarnos, tampoco debemos destruirla. Si no, otro tomará el poder en su lugar, quizás la inteligencia y la Inteligencia nos dominará entonces: no nos emocionaremos, sólo pensaremos. Por eso ni una ni la otra, las dos deben existir en su justo lugar y nosotros tendremos que ser quienes decidamos qué hacer con ellas.

El Señor del Arco Iris tardó bastante en aprender sobre ellas. Era algo muy complicado. Si a ello le agregamos que debía  manifestar y llevar a la acción en el momento apropiado, tanto sus sentimientos como sus pensamientos, diremos que tardó bastante en aprender. Tanto como setecientos cuarenta y ocho capítulos más. Por supuesto, pasó por todo: fue niño y fue papi, primo, sobrino, abuelo, hermano, hermana, ahijado, mamá, huérfano, tía, padrastro, medio hermano, madrina, tía abuela bigotuda, primo lejano y pariente desconocido… fue de todo. Sin hablar de las profesiones: pastor, herrero, costurera, fregona, zapatero, carpintero, orfebre, músico, abogado, cantante de ópera, doctor, maestra, dentista, veterinario, sella papeles, rey, basurero, brujo, duque, gitano, maga, general, titiritero, buzo, payaso, ama de casa… También tuvo sus historias oscuras: fue ladrón, pirata, saqueador, criminal… Su deseo siempre fue vivenciar todo, absolutamente todo, lo bueno y lo malo. Cuanta mayor cantidad, mayor conocimiento y más cercano estaba de su Perfección desconocida.

Vivió en muchos sitios, desde el valle a la costa, del mar a la montaña, en la selva, en la ciudad, en el bosque, en la pradera, en el campo, en el desierto, en el río y en tantos otros que aún no se conocen.

Sí, la vivencia del ser Humano fue muy amplia y enriquecedora para El Señor del Arco Iris, fue la que más aportó a su progreso y desarrollo, fue, tal vez, la que más lo ayudó a buscar su Perfección; no porque el ser humano fuese perfecto ( ¡ Qué va !… ), si no porque el ser Humano tiene la gran característica de cometer errores y en cantidad. Para El Señor del Arco Iris el error era algo casi inimaginable hasta ese momento, pero al experimentarlo podría entender más lo que era la Imperfección, algo de lo que Él jamás se hubiera enterado.

XII.

El Señor del Arco Iris estaba nuevamente con los Señores de La Vivencia.

Había finalizado una parte muy importante de su aprendizaje. Ahora sería trasladado a un grado más alto del que estaba. Había tardado, pero había aprendido todo cuanto creía que debía aprender de los humanos y de otros muchos seres y especies. Ya tenía bastante vivencia como para realizar tareas de mayor responsabilidad.

– Bien, y ahora… ¿ qué haré ?… – preguntó con calma a Los Señores de La Vivencia.

¿ Vieron ?… Ya no era un montón de pensamientos disparados sin ton ni son. La vivencia estaba dando lugar a la sabiduría, aunque todavía tenía mucho, mucho, muchísimo por aprender.

– Lo que harás ahora es una continuación de tus últimas vivencias en la Materia – le dijeron Los Señores de La Vivencia.

– ¿ Voy a volver a la Materia ? – les preguntó un tanto sorprendido El Señor del Arco Iris. Había pensado que ya no tendría que ver más con ella.

– Aún no – le contestaron -. Debes aprender unas cuantas cosas más en otros planos, pero te mantendrás vinculado a ella.

El Señor del Arco Iris asintió con su pensamiento. No entendía mucho, pero bueno, era una vivencia que no conocía aún.

-¿ Adónde iré ? – preguntó.

Los Señores de La Vivencia trataron de explicarle.

– Si bien existen planos intermedios entre tu estado primigenio de Perfección y el Mundo Físico, también los hay desde el Mundo Físico a la Perfección. De ahora en más te moverás por esos planos. La evolución es un círculo, lo inicias en un punto, vas hasta el punto opuesto y luego vuelves al primero. Una vez que entras no puedes salir y una vez que sales no puedes entrar. ¿ Lo entiendes ?

– Sí – contestó El Señor del Arco Iris.

¡¡¡ Qué envidia !!!…, lo entiende todo.

XIII.

La verdad, la verdad, es que los planos en los que comenzó a moverse no eran muy distintos de su vivencia en la Materia.

Está bien que allí no había existencia física ni se comía ni se dormía ni la gente se moría, pero las actividades eran similares. Había seres que enseñaban a otros como los maestros y había seres que aprendían como los alumnos; había seres que cuidaban a otros como las mamás y había seres que debían ser cuidados como los niños.

Algunos se ocupaban de viajar de un sitio a otro y otros se ocupaban de su atención y transporte. En eso era igual que en la materia, digamos que era igual en algunos conceptos, pero no en apariencia. Bueno, la verdad que apariencia, apariencia no tenían. Eran sitios intermedios entre lo corpóreo y aquello que no ocupaba ni espacio ni tiempo. Y créanme, había muchos escalones, tantos como diferentes tipos de minerales y piedras hay… y plantas y árboles y animales y seres humanos. Así de diferentes eran los planos. Muchísimos… ¿ No ?…

Al principio, El Señor del Arco Iris se movió por los planos más bajitos y en los lugares con menos responsabilidades. Allí comprendió que lo que hacía Sol realmente estaba muy, muy por encima de donde estaba Él. Sol era uno de los seres más evolucionados…, casi tanto como Los Señores de La Vivencia.

Conoció muchos sitios y también muchos seres evolucionados como Él; algunos a los que nunca había visto y otros con los cuales ya había compartido vivencias en la Materia. Era bueno encontrarse con viejos amigos, casi tan bueno como conocer nuevos.

Poco a poco, en ese nuevo sitio, comenzó a tener más responsabilidades. Primero fue una pequeña, luego otra, por ahí cometió algún error y le asignaron a alguien que lo guiase un poco. Después aprendió y ya no lo necesitó. Más adelante, le siguieron dando más responsabilidades. Todo iba bien hasta que en un tiempo fue llamado por Los Señores de La Vivencia.

– ¿ Qué deseáis de mí ? – les preguntó.

– Te queremos dar una opción.

Una opción… Los Señores de La Vivencia le daban una “Opción”. Debía de haber progresado mucho; siempre había optado en su camino, pero nunca lo habían llamado especialmente para ofrecérsela. Esta decisión venía directamente de Los Señores de La Vivencia y era una distinción muy especial.

– ¿ Qué es lo que me ofrecéis ? – preguntó con tranquilidad.

– Haz alcanzado un grado tal que puedes elegir entre dos opciones de igual importancia y con el mismo valor. Hagas lo que hicieres será igual, no obtendrás beneficios mayores con ninguna de ellas. ¿ Lo entiendes ?…

– Sí – dijo El Señor del Arco Iris.

Eso era algo nuevo pues no estaba pensado exclusivamente para su progreso como todo lo anterior. Ya no sólo era que Él volviese a ser consciente de su perfección, ahora había algo más.

– Lo que te ofrecemos – continuaron Los Señores de La Vivencia – es lo siguiente: puedes continuar tu progreso en los planos en que te encuentras hasta reconocer tu perfección o bien puedes ayudar a los Seres Humanos a progresar en su evolución. Ambas propuestas representan el mismo progreso, responsabilidad y posibilidad de error para ti, pero tú puedes decidir qué quieres hacer. Piénsalo.

Claro que lo pensó y cómo… Trató de imaginarse progresando en los planos, uno por uno, hasta llegar a donde estaba Sol. Entonces sería como él,  daría Luz, mucha Luz, muchísima… quizás más. También pensó en los Humanos. Había aprendido tanto estando con ellos y sí…, realmente necesitaban ayuda… y mucha; no en las grandes cosas pues estas eran responsabilidad de ellos, sino en las pequeñas, en las cotidianas, ésas en las que más se aprende.

Lo pensó mucho, recordó todas sus vivencias e imaginó lo que se perdería.

Los Señores de La Vivencia no lo apresuraron pues ellos eran pacientes y comprensivos, también tenían la vivencia de una elección similar y sabían que no era nada fácil.

Por fin llegó a una decisión y pensó:

– Está bien… Acepto…

Y sin más, El Señor del Arco Iris se hizo cargo de su elección.

XIV.

Martín estaba triste, muy triste. Había llegado a una conclusión: nadie lo quería, pero nadie, nadie… y una conclusión como esa duele mucho a los cinco años.

Despierto en la semioscuridad de su habitación, miraba el cielorraso desde de su cama. Su bracito izquierdo abrazaba a su conejo de peluche, único confidente de todos sus sentimientos. Cada tanto, una lagrimita caía de sus ojos, sin dejar de mirar el techo, la capturaba con la puntita de su lengua. Los grandes eran todos unos mentirosos, le decían que lo querían, que siempre estarían con él, que lo cuidaban de todo. Si lo querían tanto, entonces… ¿ por qué lo lastimaban así ?… A ver… ¿ por qué ? ¡¡¿¿ EHHH??!!…

No entendía. Para Martín las cosas eran claras: o una o la otra. Cuando se es chico nada se hace o se acepta a medias.

Si Martín supiera… los grandes también son niños y se hacen las mismas preguntas. Sólo que, con el tiempo se acostumbraron a mentirse a sí mismos. Los grandes se dicen que tienen que crecer, que ya no están para juegos, dicen y hacen cosas que no les gustan, pero que las tienen y las deben hacer porque son ¡responsables!… ¿ Ante quién ?… Creo que ni ellos mismos lo saben. Así archivan sus sueños e ilusiones en el último cajón del subsuelo y, poco a poco, se arruinan la vida.

Pero Martín tenía cinco años y no estaba dispuesto a darse por vencido. No los entendía ni los quería entender jamás porque entenderlos era parecerse a ellos.

¿ Por qué ?… Si hasta hacia un ratito su mamá le había hablado a la señora de visita de los lindos dibujos que hacia en el jardín, le había contado que ya sabía cuál era la izquierda y cuál la derecha, que sabía contar hasta diez… Bueno, en pocas palabras, que era muy, muy inteligente para la edad que tenía y había agregado, como en secreto, “me lo dijo la maestra”.

Martín se había sentido importante. Estaba jugando a unos metros con sus autitos y le quiso mostrar a la señora lo grande que era, fue derechito a la mesa y tomó la botella grandota de gaseosa, así, con las dos manos y quiso servirse solo. Fue entonces cuando la mamá lo miró con cara de susto y le gritó bajito:

– Martín…, no !!!…, se te va caer… – Martín entonces se asustó… y la botella se cayó arriba de la alfombra color crema de mamá y del vestido lila de la señora.

La mamá no lo retó, es más, no le dijo nada, apenas lo miró; sólo comenzó a disculparse con la señora.

– Es tan independiente…, se olvida que es casi un bebé.

La señora sonreía y decía:

– Sí, sí… estos nenes chiquitos.

Hacía unos instantes era el más “inteligente” del jardín; ahora era tan sólo un poco más grande que un bebé. Martín se sentía un tonto. ¿ Qué tenía que ver que fuese chiquito con que se le cayese la botella ? Si a todos se les había caído alguna vez… a mamá, a papi, a la abuela, si hasta al abuelo se le había caído. Todos tenían derecho a que las botellas se les cayeran y a ninguno lo disculpaban diciendo que “era chiquito”. ¡ Como si ser chiquito obligase a ser torpe a la gente ! Además, había dejado a su mamá como mentirosa; ella primero había dicho un montón de cosas lindas de él, después de la botella, la señora debía de haber pensado que eran todas mentiras.

Martín se acordaba y más lágrimas corrían por su carita.

Encima lo peor de todo paso a la noche: su mamá le contó a su papá, pero le contó “todo”: lo de la botella, la alfombra, la cara de espanto de la señora y ambos se rieron mucho… Martín no entendía, le salían las cosas mal y ellos se reían. ¿ De qué se reían ?… No es gracioso que a alguien se le caiga la botella de gaseosa y lo acusen de ser chiquito. Martín ni siquiera quería pensarlo, sentía que se reían de él, de que las cosas le salieran mal, que se reían como en la tele, cuando alguien se cae, se lastima y todos se ríen.

Martín sufría de insomnio a los cinco años.

Cuando por fin se durmió, todavía era de noche, pero faltaba poco para que saliera el Sol. Cuando despertó, no recordaba lo que había soñado, pero despertó con una sonrisa.

Eran como brazos que lo envolvían, lo rodeaban, tomaban su corazoncito y lo acariciaban, lo frotaban suavemente. Martín sentía al dolor guardado, atesorado como el último baluarte del rencor, que salía en ráfagas oscuras como un viento negro. Su corazón lo expulsaba en gritos, en espasmos y sollozos silenciosos, en lágrimas amorfas… y el otro, ese ser que lo envolvía y lo rodeaba, absorbía todo su dolor y su angustia; los tomaba y transformaba, los cambiaba, los convertía en Amor y en Paz y los soplaba en su alma otra vez. Era como si con ese Amor (  y ese Amor no tenía nada que ver con el amor confundido de sus padres, sino con el Amor Perfecto ), le limpiaran el Corazón.

Cuando despertó sonrió. El Sol entraba por la ventana, su mamá lo despertaba con un beso y la abrazó. Había olvidado lo del día anterior, la botella de gaseosa, la alfombra… el mantel.

XV.

Magdalena siempre se tomó la vida a pecho.  Se preocupaba por esto, por lo otro…;  se interesaba si a alguien le ocurría algo o no. Vivía pendiente de los demás, de los otros; vivía para afuera. No conocía su ser interior, su adentro, quizás por no importarle o quizás por miedo de ver qué es lo que hallaría en su corazón.

Hablaba y hablaba mucho. Opinaba de esto, de aquello y de lo otro; opinaba de todo hasta de lo que no sabía. Hablaba de sus parientes, de sus hijos, de sus vecinos, del de la tele, de ese actor y también sobre aquello que no entendía, pero que, seguramente  era para desconfiar.

Ella siempre pensaba algo y ella siempre tenía razón; seguro, seguro que lo que ella decía iba a ocurrir. Lástima que nunca pensase en cosas buenas, como que los problemas se podían resolver. Todo siempre tenía que salir mal: “Este país siempre va a andar mal !… ¿ Este invierno ? ¡ Va a ser el peor !… Los precios, seguro que aumentan… La luz, seguro que se corta… Si uno vuelve de noche, seguro que lo asaltan…”

Y cuando las cosas ocurrían, se volvía a los otros orgullosa y les decía: “Vieron, si al final, yo siempre tengo razón… háganme caso, si yo lo digo es por algo.”

Eso sí, nunca hizo la prueba de pensar y creer que algo podía salir bien… quizás, si lo hubiera hecho se habría sorprendido. Pero dentro de ella tenía un mecanismo que funcionaba en un solo sentido. “Piensa mal y acertarás”, decía siempre, lo repetía todos los días: cien veces antes de salir a hacer las compras, otras cien cuando hablaba con los vecinos, otras cien cuando tomaba mate y otras cien antes de irse a dormir.

Ésa era su forma de vivir, respiraba fatalismo. Si hasta su corazón latía al ritmo de la catástrofe: “Cien muertos en accidente aéreo”… “Asalto a mano armada”… “Acto criminal en…”. Miraba las novelas, el noticiero y alguna que otra de esas películas “bien realistas”. ¡¡ Pobre la gente…, se sufre tanto !!… La vida era horrible, se nacía con una cruz de sufrimientos a cuestas que debía arrastrarse mientras se viviese; sólo la muerte parecía traer consuelo.

Cuando Magdalena salía a la calle, únicamente levantaba la vista para hablar con la gente de lo trágica que era la vida.  Sólo escuchaba el ruido de las ambulancias, las sirenas de la policía, los insultos de los conductores, el llanto… No era capaz de oír el cantar de los pájaros, el sonido del viento… la risa de los niños.

Bueno, eso no era del todo cierto, había una risa que sí oía: la de su nietita Agustina. Hacia ocho años que escuchaba su risa, que veía brillar sus ojitos; cuando Agustina reía, la Felicidad era posible.

“Pero como todo lo bueno no puede durar mucho…”, pensaba. Esos ojitos que la alegraban, esos dientecitos que reían, pronto la iban a abandonar. Agradecía la poca felicidad que había tenido y con su oscura resignación aceptaba, muy calladita, los más oscuros veredictos. “Necesita urgente un trasplante. Si no… ” Era muy difícil pronunciar la palabra muerte para una niñita de ocho años, nadie quería dar ese decreto; pero Magdalena, silenciosamente, lo daba como verdadero… o al menos eso parecía.

Cada vez que la iba a visitar al hospital, algo parecía molestarle, se le hacía un nudo acá, en la garganta.

Ese día no pudo detenerlo más y silenciosamente comenzó a llorar. Iba por la calle, caminando despacito como le habían enseñado que hacen las señoras de su edad…, por suerte, llevaba los anteojos, nadie se daría cuenta.

Recordaba la sonrisa de Agustina… aún en medio de los pinchazos y los tubos del hospital, reía… reía siempre.

De pronto, le vino a la cabeza una idea nueva, violenta, arrebatadora: No era justo…, pero al instante, como defendiéndose, aparecieron las comunes, las de todas los días. Ella siempre se había resignado, siempre había aceptado todas sus desgracias. “Todo tiempo pasado fue mejor”, había repetido una y mil veces.

…Pero algo dentro de ella no quería que Agustina se convirtiera en tiempo pasado. Una parte quería llevarla a su realidad cotidiana, prepararla para la pérdida, para las aceptaciones, para los “golpes de la vida”, para el “que sea rápido, así no sufre”. La otra, esa desconocida, quería luchar, quería creer que las cosas pueden salir bien, que pueden mejorar. Quería gritarle que todo puede cambiar… que su nietita podía vivir…

Magdalena caminaba, casi sin saber por dónde; atravesaba la plaza en diagonal para tomar el colectivo a su casa, casi como de costumbre.

Lloraba escondida, amparada en sus anteojos, lloraba pensando en Agustina: la resignación o el deseo de vivir… y lo cierto era que, por primera vez, no sabía en qué creer.

Era triste aceptar una ilusión y que después no fuese así, pera ahora sentía que era mucho más triste no tener ilusión alguna.

De pronto, un chico en patines, apenas un poco más grande que su nieta Agustina, sólo un poco, pasa a su lado veloz, rápido como un relámpago, como un rayo… y la hace trastabillar.

Magdalena se detiene, tratando de recuperar ya no sólo su equilibrio interno; va a encararlo, a retarlo, a enojarse con él… casi tanto como lo está con ella misma por pensar tonterías.

El chico se detiene delante de ella, se da vuelta de pronto y patina a su encuentro, ni siquiera no le da tiempo para abrir la boca. Le sonríe con una sonrisa entre traviesa y divertida

– No te preocupes. Todo se va a arreglar.

Magdalena se queda muda, muda y dura; el chico le habla como si la conociese de toda la vida, como si ella tuviese nueve años y jugaran juntos en la vereda todos los días. Sin agregarle una palabra más, se va patinando velozmente.

Magdalena apurada trata de secarse las lágrimas para verlo mejor, gira ansiosa y busca al chico con los ojos ya limpios. No está.

Mira en derredor, puede ver toda la plaza, y… ningún chico en patines. Las personas pasan a su lado, sin prestar atención. Un chico no puede aparecer de la nada y desaparecer… imposible… absurdo… una locura…, pero Magdalena se hace callar y no vuelve a llorar…“Todo va salir bien”.

XVI.

Gimena trataba de no pensar mientras jugaba con sus muñecas y su jueguito de té y se decía a sí misma que, cuando fuese grande y tuviese nietitos, no sería como el abuelo.

– No Gime, hoy no te puedo llevar, tengo otras cosas que hacer. Cosas importantes, de grandes… ¿ sabés ?…

La había querido convencer, pero Gimena no lo había aceptado. Cuando se enojaba, solamente bajaba la cabeza y miraba el piso callada y ese silencioso enojo duraba bastante tiempo. Quizás después volviese a reír, seguro que no habría problema, ya se le pasaría… pronto se iba a olvidar de todo. Los chicos son así.

El abuelo de Gimena pensaba en ella mientras se hacía el nudo de la corbata, se miraba en el espejo muy serio, tratando calladamente de disculparse.

Iba a cobrar la jubilación, ¿ ustedes entienden ?… un banco no es lugar para una nena chiquita: la cola, los otros jubilados, los clientes, los empleados. Es un trámite serio, no era como para llevar a una nena traviesa y parlanchina como Gimena. Todavía si fuera a la plaza…, pero ¡¡¡ no señor !!!!,  se decía, son cosas de grandes.

Caminaba en dirección al banco y recordaba la carita de Gimena, su silencio hosco que se prolongaría por horas como reprochándole que el ser chico no merece discriminaciones.

Ya se le pasaría… igual que se le pasó a él aquella vez, hace tantísimos años…

…Su padre, sí que lo recordaba, hacía ya muchos años atrás, es verdad, casi toda su vida…, pero lo recordaba. La salida de los viernes a la noche, todo un ritual para las parejas. Su papá con cuello duro y moño, su mamá con la estola de piel y las perlas. Los sombreros de paseo, el de mamá con unas flores liláceas. Su padre arrodillado tomándole los hombros con un brazo, su madre,  más lejos, parada como una estatua silenciosa y apartada. Su papá lo miraba a los ojos y le hablaba suavecito, como tratando de negociar, de hacer un pacto entre hombres.

– Mamá y yo tenemos que salir, vamos a un lugar donde no van chicos. Es un lugar aburrido… feo… no te gustaría. Vamos, amigo, no se enoje…

Esa era la única ocasión que lo llamaba así: “amigo” y le hablaba suavecito, como pidiéndole perdón.

Por supuesto se iban y lo dejaban con una niñera.

Él tenía que entender, debía hacerlo…, pero no. Se escondía debajo de la cama grande de los papás y allí, tendido en la oscuridad, recordaba una y otra vez la voz de su padre, sus ojos, las manos sobre sus hombros, el “amigo”… el perdón.

Sí, ya se le pasaría a Gimena el berrinche, pronto lo olvidaría, igual como lo había olvidado él. Ya crecería, ya lo iba a entender: era un lugar feo, allí no van los chicos.

Una voz sonó en sus oídos, suave, pero segura y audible: ¿ En verdad lo has entendido…, en verdad lo has olvidado ?”

El abuelo de Gimena se detuvo, giró rápido sobre sí mismo…, nadie. Sin embargo la voz era tan real… como si alguien…

Pensó un instante, luego, moviendo los bigotes, sonrió. No, no había entendido, aún no comprendía por qué no podía ir. Rió porque estaba repitiendo cosas y palabras sin entenderlas y lo peor, sin siquiera estar de acuerdo con ellas, sin sentirlas en lo más mínimo. Eso sí que era tonto, decir las cosas así, porque sí, porque lo decía su papá y porque a su vez, su abuelo se lo había dicho a su papá. Eso sí  era realmente tonto.

Había llegado al banco, se dio un golpecito en el sombrero, suspiró y, sin dejar de sonreír, volvió a su casa a buscar a Gimena.

XVII.

Cuando Lucas tenía seis años, descubrió algo muy curioso… y muy misterioso.

A veces, no siempre, cuando estaba jugando, veía pasar por el costadito del ojo una sombra. Era como si alguien pasase así… WHISSSS… muy rápido, sin hacer ruido, nada de ruido. Por más rápido que girara él no la alcanzaba a ver.

Al principio no le había prestado atención, pero una vez fue como si alguien hubiese entrado al dormitorio y quiso ir a ver que había. Como le daba un poquito de miedo, preguntó en voz alta:

– Mamá… – capaz que era ella y no la había visto bien.

Nada, nadie respondió. Se levantó despacito, soltando los ladrillos de plástico que tenía en la mano.

– ¡ Mamaaá…! – gritó como en la plaza.

-¿ Qué, Lucas ? – la voz de la mamá venía de la cocina.

Su mamá no había entrado a la pieza y ellos dos estaban solos, a esa hora nadie más estaba en la casa… o al menos eso parecía.

Pensó decirle a la Mamá, pero la verdad, la verdad, bien-bien nada había visto… sólo así, como de costadito… WHISSS… pero bueno, tenía que saber. Cualquier cosa… gritaba, total estaba mamá.

Entró en la habitación despacito, sin hacer ruido. Nada. Rápido se tiró al piso… debajo de la  cama… nada. Más envalentonado fue al placard y lo abrió, puerta por puerta… nada.

La mamá entró secándose las manos.

– Lucas, ¿ qué hacés ?…

– Nada… – le contestó dejando todas las puertas abiertas y volviendo a jugar. Era la pura verdad: “nada”.

A partir de ahí estuvo muy atento, se hacía el que no miraba y en el momento menos esperado… otra vez WHISSS… la sombra pasaba. A veces tenía siluetas reconocibles, se parecía a tal o a cual; otras veces no, era sólo una sombra.

Lucas tenía una amiguita: Daniela, iban a la misma escuela y eran vecinos por lo que muchas veces jugaban juntos. Un día Lucas le contó lo que había descubierto. Daniela se quedó asombrada, él le aseguró que tenía que verlo y Daniela estuvo totalmente de acuerdo. Se pusieron a jugar así, como bien concentrados, pero internamente estaban muy atentos a lo que sucedía alrededor.

Justo, justo, cuando los dos se distrajeron de verdad…, WHIIISSS… algo se movió y antes que pudieran levantar la cabeza, ya no estaba.

Daniela y Lucas se miraron. Daniela con cara de “tenías razón” y Lucas con cara de “te lo dije”.

Daniela volvió a su casa maravillada. ¡ Qué cosa rara !… había que estar atento y a la vez no prestarle atención.

Uno de los días de esa misma semana, durante la cena, Daniela revolvía sin ganas la ensalada de zanahorias. La detestaba, la miraba con ganas de que desapareciera del mundo, pero muy consciente de que su mamá estaba atenta a todos y cada uno de sus movimientos. Su mamá conocía muy bien sus opiniones sobre las zanahorias. En eso… WHISSS…….. la sombra… había salido de no se sabe dónde e ido en dirección al living.

– ¿Lo vieron…? – les preguntó Daniela a sus papis, señalando con su tenedor hacia el living.

La mamá le contestó sin siquiera averiguar que cosa había para ver.

– Lo único que veo es una nena que no come su zanahoria.

Daniela los miró, papá rió por lo bajo y su mamá siguió comiendo sin siquiera levantar la vista del plato. No insistiría, total, mañana le contaría a Lucas.

Cuando le contó entusiasmada que la había visto en su casa, Lucas le dijo que no podía ser, que él también la había visto durante la cena. Daniela insistía y Lucas que no, que estaba inventando. Entonces Daniela se enojó, le dijo que ella estaba inventando tanto como él y ahí nomás se pelearon y ya no volvieron a jugar juntos.

…Hasta que una “buena” noche… ambos se fueron a dormir casi, casi a la misma hora y con el mismo pensamiento. Ese día habían sentido ganas de volver a hablarse, pero “si el otro era tan cabezón y no quería entender !!!…” Sin embargo, se extrañaban.

Lucas y Daniela se fueron a dormir, preguntándose casi, casi lo mismo.

El lugar era muy blanco, lleno de luz. Lucas se sorprendió mucho, allí estaba Daniela y Daniela se sorprendió mucho, pues  allí estaba Lucas.

– ¿ Qué hacés aquí ? – le preguntó Lucas.

– Cómo… “qué qué hago”…? – le contestó Daniela -. Es mi sueño.

– No… – le dijo Lucas – es el mío, estás en mi sueño.

Una voz suave y segura intervino.

– Un sueño para dos chicos, si hay un sueño para dos chicos… ¿por qué no puede haber una sombra en muchos sitios al mismo tiempo ?

Claro, tenía razón, ¿ por qué no ?… Por ahí, en ese mismo momento, esa sombra estaba en miles de lugares al mismo tiempo. La voz tenía razón. ¿ Quién puedo decidir lo que una sombra es capaz o no de hacer ? A ver… ¿quién ?…

La voz tenía mucha razón. Los chicos asintieron satisfechos y se abrazaron en su sueño. Habían comprendido.

Al día siguiente, se encontraron en la escuela y sin saber cómo ni por qué, ni recordar el sueño, se pusieron a jugar juntos. La sombra que los unía en secreto no debía ser responsable de separarlos.

XVIII.

Podría contarles muchas, muchísimas historias parecidas.

Todas tendrían algo en común, algo inexplicable, sin sentido. Pero que las hay… y miles. Tantas como seres humanos han existido y existen, todos tenemos una guardada u oculta que recordar.

Algo que no esperamos,  pero necesitamos, de pronto ocurre y nos muestra nuevas posibilidades. Una voz, una imagen,  alguien que se nos acerca y nos habla… un animal… una tormenta… algo…

…Y así como aparece, se va.

Son para nosotros como seres mágicos, inexplicables, desconocidos.

Bueno, casi todos…, algunos no.

A El Señor del Arco Iris le gustaba esa nueva vivencia.

Podía sentir lo que vivían muchos, muchos seres diferentes y desde un sitio totalmente distinto del que ellos vivían y, lo que era  mejor, podía ayudarlos. Podía ver en sus corazones y aún más allá, podía ver en sus almas.

Eso sí, no estaba solo, una gran cantidad de seres muy similares a él se ocupaban de esa tarea. Cumplían ese trabajo encomendado por los Señores de La Vivencia con sumo placer y alegría, como debe ser hecho todo trabajo que uno hace con Amor.

Luego de un tiempo, había unas palabras dichas por Los Señores de La Vivencia que intrigaban cada vez más a El Señor del Arco Iris: “Tiene la misma posibilidad de error…” ¿ De qué “error” hablarían ? Porque allí no se cometía error alguno, no se podían cometer errores, si todo estaba tan claro, tan transparente.

Todo resultaba muy sencillo para El Señor del Arco Iris.

…Hasta que le surgió algo que, por supuesto, no era tan sencillo.

El Señor del Arco Iris creyó enamorarse. Digo creyó porque lo que sentía tenía mucho más que ver con la vieja Emoción que con el Amor que él podía llegar a sentir desde su lugar.

Ese ser del que creyó enamorarse era un humano, más precisamente, una humana. No voy a darles demasiados detalles sobre ella, en parte, porque no tendría sentido y en parte, porque no sé quién fue, es más, ni ella misma lo sabía.

El Amor en la tarea que estaba haciendo El Señor del Arco Iris era algo muy serio. Amar, con todas las letras, quería decir que se había alcanzado un grado de conocimiento interior y comprensión de los demás muy, muy alto. Ningún ser humano sobre la Tierra es capaz de amar de una forma así, es más, ni siquiera somos capaces de imaginarlo.

Pero el supuesto amor que sentía El Señor del Arco Iris era algo muy confuso. Quería estar todo el tiempo pendiente de ella, quería resolver todos y cada unos de sus problemas y dificultades, entrometerse en su vida, tratar de estar presente en cada uno de sus sentimientos. Quería ser lo único para ella, quería dominarlo todo, controlarlo todo… y tenía todos los medios para hacerlo.

No podríamos decir que descuidó su tarea porque no lo hizo, pues lo cierto es que siguió cumpliéndola con mucha responsabilidad, pero lo que estaba haciendo era casi tan peligroso como si no la hiciese.

Estaba interfiriendo hasta tal punto en el desarrollo de otro ser que no le permitía evolucionar; la privaba de errores y situaciones que la llevarían a crecer y a mejorar.

Los Señores de La Vivencia no podían permitir que un ser en una posición tan importante dañara a otro de esa manera, aunque ese ser fuese El Señor del Arco Iris.

Así que antes que pudiese darse cuenta, se hallaba nuevamente ante Los Señores de La Vivencia, pero esta vez sintió que algo no era igual.

– ¿Sabes lo que has hecho ? – le preguntaron con el mismo tono de siempre. El Señor del Arco Iris presintió que algo no andaba bien.

– No… – realmente no entendía qué había hecho de malo. El sólo había querido ayudar…

– Bien. – contestaron Los Señores de La Vivencia.

Sin que El Señor del Arco Iris pudiera decir algo más, se encontró en un sitio solitario, aunque no puedo decir que era un lugar pues allí no existía el espacio. Después de tanto, tantísimo tiempo, El Señor del Arco Iris volvía a estar solo… justo cuando Él menos lo deseaba.

¿Por qué ?… ¿ Para qué ?… No lo sabía, estaba a solas con él y con su vivencia.

Otra vez volvía a pensar, sólo a pensar. Y así lo hizo, pensó y pensó, recordó todo su camino recorrido, cada paso y cada peldaño. Sentía que había algo que se le escapaba…

¿ Qué había sido lo último que había hecho ? Ayudar a esa gaviota perdida… no podía estar allí por eso. No, no tenía sentido. Quizás fuese por ese… no, por eso tampoco podía ser.

Poco a poco comprendió el porqué: ese sentimiento descontrolado, ese deseo de ayudar al otro… no, no era de ayudarlo, más precisamente era desear vivir la vida del otro. Suspiró, si se puede decir que pudiese. Sí, se había equivocado, había cometido un grave error y ahora debería seguir intentándolo.

…Pero pasaría mucho tiempo hasta que Los Señores de La Vivencia confiaran nuevamente en él.

XIX.

Cuando Los Señores de La Vivencia lo llamaron luego de su exilio, El Señor del Arco Iris había pensado mucho y en muchas cosas. No se sentía capacitado para hacer absolutamente ninguna tarea que le encomendasen. Sentía que había fracasado, que se debía de haber alejado tanto de su meta que ya no la alcanzaría jamás. Apenas tenía ganas de preguntar:

– ¿ Y ahora qué ? – dijo sin siquiera esperar respuesta. Tendrían que mandarlo otra vez a ese sitio para estar solo y aislado por toda la eternidad. Ya habrán notado, El Señor del Arco Iris se autocastigaba demasiado, en eso se parece a nosotros.

– Ahora vivirás en la Tierra otra vez como humano.

El Señor del Arco Iris no podía creerlo: iba a ser otra vez humano…

– Sí – le confirmaron Los Señores de La Vivencia -. Has demostrado que aprendiste lo necesario sobre el Amor que une a todos los seres, no así sobre aquel Amor que une sólo a dos. A través de tu vivencia pudiste darte cuenta de aquello que no habías conseguido entender. Ahora volverás a vivenciarlo.

Y allí fue otra vez. Parece que había aprendido muchas cosas, pero del Amor de a dos casi nada, aunque oportunidades no le debían de haber faltado.

Así empezó a hacer su nueva vivencia. Por supuesto volvió a ser humano y volvió a enamorarse.

La primera vez fue un desastre, quería dominar, quería controlar y quería poseer. Así fue por un tiempo. Aprendía esto y lo otro no, pero siempre volvía una y otra vez para comprender, para aprender, aunque fuera, un poquito más.

Cierta vez compartió su vida con un ser y se enamoró de verdad. Era como si siempre hubiesen estado juntos, como si ambos fuesen uno, pero a la vez dos… como un par de zapatos. Y no con el amor de humanos, sino con el Amor de arriba.

Pero aún no estaba preparado y se separaron.

Compartió muchas vivencias, con muchos, muchos seres compañeros de aprendizaje. A veces era hombre, a veces era mujer. A veces hacía daño y a veces le volvía el daño que había hecho. A veces, también, le volvía el cariño. Y así poco a poco comenzó a aprender.

Siempre buscaba casi sin darse cuenta ese amor con gusto a infinito. Ya estaba llegando al final de su aprendizaje, ya casi sabía por completo qué era el Amor entre dos: era igual que el Amor hacia todos. El Amor siempre es el Amor, uno sólo debía llegar a encontrarse a sí mismo.

El otro, ese otro que buscamos siempre, era atraído hacia él como un imán, como la Luz atrae a la Oscuridad o como el Frío atrae al Calor.

…Y así fue como ocurrió. El Señor del Arco Iris vivió su última vivencia de Amor como humano con ese ser con el que el Amor se sentía como Eterno, con ese mismo Amor que había podido descubrir luego de tanto tiempo y esfuerzo, con ese Amor que, de ahí en más, siempre podría manifestar.

XX.

Y esa sí fue su última vivencia como Humano, ya  nada más tenía que aprender en nuestro mundo… quizás por última vez vería a Los Señores de La Vivencia.

Otra vez la Luz, la claridad tan querida y conocida, pero esta vez no estaba solo ante Los Señores de La Vivencia pues había otro ser más con ellos.

Los Señores de La Vivencia lo recibieron.

– Bien. Has llegado casi al final, ahora deberás elegir una tarea.  Ha llegado el momento de que determines cómo servir. Puedes elegirla tu tarea o crear una, pero deberás hacerla y cumplirla con Amor. Esa tarea será tuya y solamente tuya y tú solo la llevarás a cabo.

El Señor del Arco Iris no lo pensó siquiera un instante, sabía perfectamente qué quería… aún recordaba a Sol.

– Yo quiero…- respondieran al unísono.

El Señor del Arco Iris calló pues el otro también había hablado. ¿Para quién sería el ofrecimiento ?

– Para ambos – contestaron Los Señores de La Vivencia.

El Señor del Arco Iris no comprendía, si la tarea era para él… ¿ por qué el otro ?

– Porque de ahora en más, lo separado se unirá.  Lo que en un principio se olvidó, se recordará y aquello que creyó ser único será sólo una parte.

Y aunque para mí sonó totalmente inexplicable, El Señor del Arco Iris lo comprendió.

Claro, él además de ser un Ser Perfecto en un Espacio y Tiempo Perfecto, ya no sólo lo era sino que también lo sabía.

Además eso no era todo porque había encontrado a su Par Perfecto que, por supuesto, era un Ser Perfecto en un Espacio y Tiempo Perfecto y que también lo sabía pues había recorrido, como El Señor del Arco Iris, el camino de la Vivencia

Sí, ya se habrán dada cuenta, era ese Ser al que, como humano, había amado con eso Amor Perfecto y Recordado.

Casi, casi, habían llegado al final, todavía tendría que recorrer un largo trecho, pero de ahí en más, ya no lo haría solo. Ya no volvería a hablar de él, desde ahora  y para siempre, serían “Nosotros”.

XXI.

AHHH… me olvidaba, quizás ustedes quieran saber qué fue lo que eligió como nueva tarea, aunque debería aclararles que no fue la última.

Bien, lo que se le ocurrió fue algo más o menos complicado.

Él quería darle a todos los seres un mensaje, algo que les indicase que, si querían, podrían aprender, crecer, evolucionar. Si bien en el inicio del camino de su aprendizaje nada tenía que mostrar, sólo su ser, había algo que durante su vivencia en la Tierra había llamado poderosamente su atención y que no podía olvidar.

Ese algo era “El Color”. Podía haber miles, millones de matices, pero en la Tierra sólo había Siete Colores. Quizás eso era lo esencial: muchos aspectos que lo confunden todo pero, en el fondo, únicamente Siete Colores, Luz y Sombra.

Si lo piensan era realmente muy simple, pero lo complicamos tanto, lo confundimos, lo enredamos…

El Señor del Arco Iris lo sabía, lo había aprendido y lo quería contar. Lo quería contar con Siete Colores. Por supuesto le pidió ayuda a su amigo Sol.

Sol y El Señor del Arco Iris se pusieron de acuerdo, juntos harían aparecer Siete Colores en Aire. Podía ser a través de una ventana o en el cielo después de una lluvia o del agua que cae en una cascada.

Un arco de Colores y Luz flotando en el Espacio. Podía ser así, así de chiquito o así, así de grande y gigantesco.

Y así lo hizo. Claro, cómo no lo iba a hacer, si Él era El Señor del Arco Iris.

XXII.

Me quedó algo por aclararles.

Ustedes dirán: ¿ cuándo empezó esta historia ?… ¿ cuándo terminó?…

Se habrán dado cuenta duró muchos, muchos años. Miles, es más…, millones de años, para ser más precisos, miles de millones de años… ¿ qué digo ? una Eternidad… no !!!… dos, tres, cuatro… quizás hasta cinco…

Bueno, un montón “así” de tiempo.

Entonces… ¿ cómo es que siempre hubo Arco Iris y siempre ha habido sombras que se escapan, rocas y, desde bastante tiempo, seres humanos ?

Voy a tratar de explicarles, aunque les confieso que yo aún trato de entenderlo.

La verdad que toda esta historia está ocurriendo ahora, en este mismo instante, toda junta y al mismo tiempo, en todos sus espacios y en todo sus momentos.

Ustedes dirán: ¿¿¡¡¡ Cooómo !!!??…

Pero deben recordar… yo ya les conté… El Señor del Arco Iris es un Ser Perfecto, en un Espacio Perfecto y en un Tiempo Perfecto.

Sí, Perfecto, casi, casi, tan Perfecto como nosotros.

…Creo.

FIN.

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