LaCartaInvertidaParte01

LA CARTA INVERTIDA

ADRIANA CANABAL

EL-ESTANTE/HISTORIAS DIGITALES

Ilustraciones y armado de tapa: MACTOON

Todos los derechos reservados.

Este libro no puede ser reproducido, total o parcialmente, por ningún método gráfico, electrónico o mecánico, incluyendo los sistemas de fotocopia, registro magnetofónico o de alimentación de datos, sin expreso consentimiento de los titulares del Copyright.

1º Edición, setiembre del 2018

ISBN :978-987-4940-9-4

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723

Cantidad de ejemplares: 20.-

 María Adriana Canabal

 2018, Ediciones El Estante/Historias Digitales

www.mactoon.com.ar

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Canabal, María Adriana

La carta invertida / María Adriana Canabal ; ilustrado por Mactoon. – 1a ed . – Ciudad Autónoma de Buenos Aires : El Estante, 2018.

CD-ROM, PDF

ISBN 978-987-4940-09-4

  1. Narrativa Fantástica. 2. Novelas Fantásticas. I. Mactoon, ilus. II. Título.

CDD A863

Fecha de catalogación: 17-09-2018

MÉZCLESE BIEN ANTES DE LEER

EL ORDEN ES UNA NECESIDAD ESPACIO-TEMPORAL.

Cuarto Menguante, bajo el signo de El Carnero, de otro año más de La Eternidad.

Es de día, un día cálido y acariciante.

La luz me envuelve en su tibieza, se desliza por mi piel, me arropa en sus latidos.

Tengo sueño. Mucho. Los días como hoy me dan sueño y unos grandes deseos de no salir al mundo.

Permanezco recostada en algún sitio, uno más… uno cualquiera. Aletargada, esperando semidormida y semidespierta… como si aún no me pudiera decidir por la vida o por el sueño.

Me gusta dormir en días así, me arropo con las pocas sombras que encuentro y dejo que la semiluminosidad de los rayos del sol descansen suavemente sobre mi cuerpo.

En días como este es cuando tengo los mejores sueños, sin imágenes, sin recuerdos. Sueños de humedad, de tibieza, con olor a encierro y a atmósfera, sueños con luces de sombras, sueños de sonidos mentales y estrellas chispeantes en mi cerebro.

A veces, la noche me descubre aún durmiendo y yo, molesta, fastidiada por su pronta llegada, doy vueltas en mis lechos improvisados y, con un gemido de disconformidad, sigo durmiendo como desafiando a mi propia naturaleza.

En días como este, me molesta aún más que la fría luz lunar me despierte con su tenue claridad; entonces atardezco de mal humor y la noche es un fastidio.

Esto no pasa siempre, sólo ocurre en esos días cálidos y tibios de Sol, días en los que el calor es sólo una caricia y la luz no quema, tan sólo abraza. La brisa de lo alto mece entonces mis cabellos en el aire y juega con mis ropas improvisadas de sueños y de deseos desconocidos y olvidables.

Suelen ser muy pocos los días como este a lo largo del año así que cuando llega uno lo aprovecho y lo disfruto llena de placer silencioso y amodorrado.

Sé que en muchas partes la vida me espera y me llama, ansiosa por mi presencia fría y árida, pero en días como este me tomo vacaciones, duermo hasta tarde, hasta bien entrada la noche. Aún cuando la Luna haya recorrido tres partes de su camino nocturno, yo no me levanto. Es que la tibieza de días como este se queda anidada en las negruras de mi alma y me da sueño.

Pueden haber pasado horas desde que el Sol se puso, pero en mi inconsciencia la luz permanece allí, en algún sitio, acariciándome como un amante tardío y desconocido, un amante lleno de odio y de pasión, un amante enemigo.

Es como si estos días intentaran ganarme para ellos, como si quisieran adueñarse de mí y de mis sentidos, conquistarme… pero, por supuesto, es sólo un sueño.

Me gustan los días de Sol, me gustan para dormir y dormir, para soñar sin límites ni horarios, para descansar sin trabajar.

Me gustan para no pensar, me gustan para olvidar.

Para no tener pesadillas. Aunque lo cierto es que nunca he tenido una.

Luna Nueva, bajo el signo de El Carnero, de otro año más de la Eternidad.

Hoy encontré un nuevo sitio para mudarme.

Me agrada hacerlo, soy inconstante en mis hogares como el tiempo o el crecimiento.

He tenido tantos que no los recuerdos.

A veces, me sorprendo mudándome a sitios extrañamente familiares en los que luego encuentro marcas mías en la oscuridad de los techos o en los reflejos de los cristales. Al hallarlas sonrío, sintiéndome dueña de posesiones incontables, una absoluta monarca del espacio. Y entonces es como si volviera a mi casa del campo o la de playa.

Pero este sitio es nuevo, sé que nunca he estado en él antes. Lo huelo, lo siento hasta en la punta de mis cabellos desordenados.

He buscado a los vivientes que lo habitan, mas no los he hallado. Esta vacío.

Mejor. A veces me agrada compartir mi vivienda con otros, pero esta vez deseo la soledad.

De un tiempo a esta parte me descubro extraña, como si quisiera acentuar la lejanía que, de por sí, ya tengo.

Descubrí pájaros en el tejado, allí tienen sus nidos y sus crías, allí crean sus familias y sus amores.

Me gusta oír el aletear desesperado de sus alas en huída al presentir mi cercanía al techo. El aire se llena entonces de plumas y de un suave olor a miedo de pájaro que me hace cosquillas en la nariz, de una brisa prefabricada que enreda mis cabellos con mis risas.

Es divertido. Suelo esconderme y esperar durante largo tiempo a que regresen de su estampida… a que vuelvan a posarse.

Entonces, aguardo con el alma en silencio a que se aquieten, a que olviden en su olvido de pájaro mi recuerdo.

Y cuando ya se acurrucan adormilados en sus nidos o se hallan entregados al cortejo del amor, otra vez, me acerco, me presienten… y las alas baten el aire de terror.

Yo río y río con mi risa silenciosa.

Me causan tanta gracia, me temen… a mí, que sería incapaz de hacerle daño a un pájaro.

Luna Nueva, bajo el signo de El Carnero, de otro año más de la Eternidad.

Hoy vagué durante todo el día por las calles de la ciudad.

Tenía insomnio y tampoco quería dormir.

Me envolví en mi manto azul electrónico de la invisibilidad y salí a pasear, aunque creo que de todas formas no me hubieran visto, parecían no ver.

Primero paseé por una callecita de barrio, apartada y silenciosa en la hora de la tarde tempranera. Un gato me saludó con un tenue maullido de respeto. Un par de perros aullaron advirtiendo mi paso.

Descansé un ratito sobre los árboles, volqué un par de vasos de vino en algunas casas, hallé a algunas personas que dormían la siesta y tomé un pequeño refrigerio (pasear me abre el apetito). Eso me vino bien y recuperé fuerzas, deseaba entretenerme un poco, visitar algún museo, ver alguna obra, cenar afuera.

Me subí a una brisa con dirección Este y en menos de un soplido estaba en el Centro, en una larga avenida llena de personas obnubiladas y mecánicas como seres artificiales de jabón.

Había llegado temprano, las personas recién estaban saliendo de sus trabajos. Podía sentir la agobiante vibración de la vida enloquecida y ciega, encerrada en una tosca irrealidad cotidiana.

Me divertí con los transeúntes entrándoles por una oreja y saliéndoles por la otra. Aprovechaba el momento y les robaba alguna idea o un recuerdo, lo que encontrase; podía sentir entonces su sorpresa y desconcierto ante la contradicción y el olvido inesperado.

Y me causaban gracia.

Sus ojos revoloteaban entonces buscando inútilmente en el espacio sus pensamientos robados, como intuyendo que allí podrían encontrarlos.

…Pero yo ya huía, rápida y anónima con mi botín. Aunque debo admitir que la próxima vez debo cuidarme mejor y no tomar cualquier idea. Algunas me sentaron realmente mal y creo que tendré que quedarme en casa por un par de noches.

Paciencia. Prometo de ahora en más sólo dedicarme a los poetas, a los optimistas, a los enamorados y a los niños.

La gente es tan rara y dañina que es mejor que me atenga a una buena dieta.

Luna Creciente, casi Llena, bajo el signo de El Carnero, de otro año más de la Eternidad.

Hoy dormí hasta tarde, luego vagué desorientada por la casa, sin ganas de salir. Me acurruqué un largo tiempo en un rincón y observé cómo una araña diminuta tejía su tela. De alguna parte de su cuerpo se desprendía una hebra fina y transparente, apenas iluminada por el reflejo de la Luna. La diminuta bolita iba de aquí para allá, creando en el aire un dibujo imposible: las rectas se volvían curvas y se volvían rayos como una lineal explosión.

Cuando me aburrí de mirar a la arañita y su tela, asomé mi mirada por los huecos de la teja. El Cielo estaba lleno de nubes que no alcanzaban a ocultar la luminiscencia de la Luna, el Viento las arremolinaba a su alrededor en un esfuerzo inútil por opacarla.

Permanecí observando las caprichosas formas que formaban en sus luchas las nubes, el Viento y la luz de la Luna. Las sombras se trasmutaban en formas, figuras inimaginables entonces poblaban los cielos: feroces monstruos se perseguían las colas, batallas de guerras olvidadas se llevaban a cabo. La sangre de los Dioses parecía derramarse por momentos sobre el Mundo.

Luego fueron ángeles, con sus formas alargadas y etéricas, ángeles danzantes con sus cabellos y rizos de luz envolviendo a los dragones guerreros y limpiando con sus lenguas el dolor derramado. Los ángeles hicieron del cielo un remolino que luego se dividió en dos, en tres, en cuatro… y bailaron en rondas simétricas dominando al poder de los vientos.

La Luna los pincelaba rítmicamente en luces y en sombras y, a veces, parecían ángeles y, a veces, semejaban demonios. La música de los cielos era entonces ya una oda celestial o un griterío desenfrenado. Parecía que todo iba a terminar nuevamente en un combate mortal, pero, o bien el Cielo se cansó y fue quien desbarató el coro de antagonismos cómplices o bien fueron los ángeles y los demonios quienes se aburrieron en sus luchas inacabables y se marcharon, dando paso a la llegada de los amantes.

Cada ángel, cada demonio cedió su forma a un enamorado y bajo esa forma comenzaron a besarse y a abrazarse con el más cercano, aunque hubiesen sido hace apenas instantes ángel o demonio, daba lo mismo. El Cielo entonces se llenó de caricias y besos con lenguas de pasión, formas que se entrelazaban y compenetraban en sexos amorfos y absolutos. Los amantes se unían con sus actos descarados y repudiables, con sus lamidos de animales en celo, con sus gemidos de vientos nocturnos.

Toda la aureola lunar desparramaba sus deseos y pasiones sobre los vivientes, los que se introducían en las casas, en los cuartos, en los edificios públicos casi vacíos, en los templos y en las iglesias.

Algunos, temerosos, hacían con sus manos señales fatuas, otros, semiadormecidos, sonreían en sus lechos vacíos. Y muchos, muchos otros, repetían en sus mundos limitados las formas de los amantes celestes, como inspirados, como llevados por todo ese derroche de deseo y de satisfacción celestial. Al no poder copular en los Cielos, lo hacían en la Tierra (pobre conformismo de los seres enjaulados por la muerte).

Los Cielos y la Tierra se volvieron entonces reflejos, caos de humedades y murmullos de orgasmos, oscuridad de ojos cerrados y almas impulsadas a la culminación, al exterminio…

Los rayos del amanecer disolvieron a los amantes celestes y despertaron las conciencias de los hombres, llamándolos a descubrir a quién tenían a su lado… la mayoría no pudo reconocerlo y prefirió olvidar.

La Luna ya huía cayendo por el horizonte y el dominio de la irrealidad se apoderaba del Tiempo.

Ya mis sentidos hipersensibles podían oír el chocar de las tazas y el aroma del café y las tostadas. Las autopistas cobraban su vida rugiente (y alguna que otra muerte) y sólo la tenue humedad sobre ellas recordaba a la eyaculación de los cielos.

Me desperecé y estiré cada uno de los tendones de mi alma. No era demasiado tarde ni estaba demasiado cansada, pero me iría a dormir. Sentía la fatiga y el fastidio de las noches desperdiciadas.

No importaba, mañana sería otra noche.

Luna Llena, bajo el signo de El Carnero, de otro año más de la Eternidad.

A veces, en mis habituales paseos nocturnos, me detengo sobre el techo de una iglesia y escucho con cierta satisfacción el rechinar de las maderas que se acomodan y el suspiro de los Santos.

Recuerdo en otras épocas cuando las iglesias eran sinónimo de vida, de reunión, de devoción. Era uno de mis sitios favoritos de visita, allí se juntaba tanta gente…

…Y no es que ahora no acudan a ellas, es sólo que tienen horario y no suele coincidir con los míos, salvo los de ciertas noches.

Miraba el espacio desde el campanario, a mi alrededor sólo ciudad y edificios geométricamente perforados, seres enjaulados por sus vidas, seres que solo salen de un sitio para encerrarse en otro.

De pronto, mi ser se convulsionó por las náuseas… ¿ Esto era lo que quería en mi muerte?…

Mi respuesta fue sólo un impulso, un sentido… un viajar por nubes en busca del aire, de la atmósfera, de lo ilimitado…

Debía de estar loca. Las ciudades hasta ese momento me parecían sitios donde la vida pululaba y se expandía… Pero, navegando en los vientos por la inmensidad de la noche, comprendí que eran tan sólo cementerios de sueños y fantasías, cadáveres caminantes de un sarcófago a otro, vacíos de alma y de espíritu, cáscaras huecas que se alimentaban de sí mismos. Vida… en la comidilla de los gusanos también hay vida…

Quizás volvería a ellas de vez en cuando para disfrutar de sus efluvios de vida física, pero creo que me mudaré definitivamente al campo. Ya no quiero sentir más el abrasivo polvo del hormigón entrando en mis pulmones ni el olor de los asfixiantes gases de sus máquinas.

Yo soy quien decide la clase de muerte que quiero llevar y la verdad es que la de ellos no es la que más me gusta. Definitivamente no es para mí, por un tiempo está bien, pero sólo eso: un tiempo… y corto.

Realmente no es muerte para mí.

Aún continúo flotando en la inmensidad del aire. Vuelo y vuelo y vuelo y esto parece no terminarse nunca…

Siento las estrellas titilando en lo alto y a los astros en sus ciclos cósmicos. Puedo percibir a la hierba que, miles de palmos más abajo, se mece por la brisa que levanto a mi paso. Los ríos como las venas de la Tierra fluyen en sus torrentes apenas iluminados por la luz lunar, como canales de mercurio líquido.

Allí abajo, muy abajo, la vida se contrae y se expande en respiraciones adormecidas, las almas vagan en paseos erráticos por universos de maravillas.

Algunos hombres se embriagan, algunas mujeres lloran, un niño abraza a su osito de peluche, una liebre muere entre las mandíbulas de un lobo.

Yo vuelo por la noche, plena del aire y de la libertad de los tiempos, plena de mi muerte y de mi vida, dueña del olvido y del presente.

Nado en la eternidad de la Nada, braceo en las aguas del éter, canto la canción de las sirenas del espacio. Muchos escuchan mi voz en sueños y tienen pesadillas, sólo unos pocos son los que sonríen.

El horizonte muta a una línea naranja. La Luz me marca sus dominios. El fuego crece lenta pero inexorablemente. Me acerco al amanecer. Una línea imperceptible separa a la luz de las tinieblas. Allí, ella y aquí, yo.

Cuando un rayo dorado toca tan sólo una de mis moléculas, caigo en una barrena descontrolada y suicida: mi ser se desbarata y mi mente se pulveriza, el aire escapa de mis cuerpos junto con mi alma.

Caigo en una picada enloquecida hacia la Tierra, sin pensar en cuándo detenerme, cuándo parar, cuándo decirte que no…

La hierba es húmeda debajo de mi cuerpo y humedece los jirones de mis ropas mentales. Abro los ojos: la línea de la vida y de la muerte está justo sobre mí, allá alta en el cielo, partiéndome al medio, dividiéndolo todo en dos cosmos que se odian, que se muerden, que se necesitan.

De vez en cuando me gusta fingir que muero, es todo el consuelo que me queda.

Creo que ahora sí me iré a dormir, es mucho para una sola noche.

Luna Menguante, casi Nueva, bajo el signo de El Toro de otro año más de la Eternidad.

Ayer no ha pasado nada interesante, tan sólo lo habitual.

Estas noches así me resultan un verdadero fastidio. Me recuerdan que puedo olvidar el vivir y convertirme en un cadáver ambulante más. Detesto las noches que me muestran mis debilidades.

No debo olvidar por qué estoy aquí y hago lo que hago. Mi muerte ha sido desde siempre un homenaje eterno de vida, una loa interminable a la existencia.

Donde haya luz, indefectiblemente habrá sombras.

…Con eso tengo la perpetuidad asegurada.

Luna nueva bajo el signo del Toro de otro año más…

Sabía que tanta quietud sólo podía estar anticipándome algún hecho inusual.

Lo cierto es que no todos los días se encuentran seres como ése.

A veces, en mis vuelos nocturnos, mis sentidos se ven excitados por algún llamado, por algún reclamo imposible de rechazar. Normalmente encuentro lo suficiente con qué alimentarme, pero eso es todo.

Esta vez, mi muerte se ha visto alegrada con el encuentro de una energía nueva y maravillosa: un ser límpido y puro se ha cruzado en mi vagar errante.

Al emanar estas palabras, sólo estremecimientos de alegría recorren mi cuerpo y mi ser. Su recuerdo es tan dulce, como las oscuras uvas que solía comer en vida.

Ya he probado su alma: sabe a colibríes y mariposas, a jazmines y amapolas, a bañarse en arroyo de montaña, al silencio de las sierras, a nube del atardecer, a…

Lo recuerdo y al hacerlo, mi ser se hace aguas de anhelos, de deseos… me gusta tanto su alma, su risa, su llanto…

Creo que no podré apartarme de él. Ya no. Quiero permanecer a su lado todo el tiempo, pero debo ser paciente… no quiero que esto se acabe demasiado pronto.

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