Micky, el gato que canta boleros

Micky, un gato sin dueño, suele cantar boleros y tanguitos de noche… en lenguaje gato, para el sufrimiento de los oídos de sus vecinos. Esta serie de relatos diversos, tiernos y disparatados giran en torno a un elemento en común: el barrio, y nos permite asomarnos a un universo de personajes y situaciones que trascienden el tiempo y el espacio.


MICKY EL GATO QUE

CANTA BOLEROS

…y otros cuentos.

ADRIANA CANABAL

el-estante.com.ar/historias digitales


Ilustración y armado de tapa: MAC Todos los derechos reservados.

Este libro no puede ser reproducido, total o parcialmente, por ningún método gráfico, electrónico o mecánico, incluyendo los sistemas de fotocopia, registro magnetofónico o de alimentación de datos, sin expreso consentimiento de los titulares del Copyright.

1°Edición: Febrero 2008.

ISBN: 978-987-20918-5-9

Queda hecho el depósito que establece la Ley 11.723 Cantidad de ejemplares:4.000.-

2008, Ediciones El Estante, el-estante.com.ar Distribuido exclusivamente por www.el-estante.com.ar

Fecha de catalogación: 22/02/2008


A “Biznikito”, mi entrañable gato nevado.

Micky el gato que canta boleros.

En cada barrio hay gatos.

En algunos barrios hay más que en otros.

Hay gatos de casa y hay gatos de calle. Los de casa saben de dormir arriba de la cama, saben de estufas calentitas en invierno y de ventiladores en verano y saben de comidas importadas y de alimentos caros para gatos.

Los gatos de calle, en cambio, saben de subirse a los árboles, de tejados y de paseos nocturnos, de refugiarse debajo de los autos y de comidas hechas por viejitas a base de arroz y de polenta con mucho queso.

También hay gatos que viven en casa pero pasean por la calle, como Micky.

Micky es un hermoso gato, grandote y con el pelaje largo y esponjoso, de color gris acero, aunque algunos días parezca un poco sucio. Los ojos son amarillo caramelo, a veces con aureolas verdes en el centro y a veces con aureolas pardas. Pero por sobre todas las cosas, lo que Micky tiene es una pasión grande, inmensa, gigante… por los boleros.

Es verdad que Micky también canta muy bien los tangos, pero él indiscutiblemente prefiere los boleros, aunque a veces por pedidos especiales maúlle un poco “La Cumparsita”.


Cuando el sol se pone y la noche llega, recién entonces es cuando Micky se despierta, se levanta y estira sus dos patas delanteras, luego estira sus dos patas traseras y se sienta. Entonces comienza a lavarse y a peinarse. Primero los pelos de la cola, después los de las patas, los de la panza, las orejas, el cuello, por úlltimo un par de lamidas más a los bigotes y ya está listo para su actuación nocturna.

Micky sale entonces al mundo de los techos y los tejados nocturnos con su lomo peinado con raya al medio, los bigotes bien estirados y los ojos brillantes de fosforescencia gatuna.

Sin embargo su show no comienza en ese momento, aún hay ruidos en las calles y en las casas y Micky prefiere el silencio para que se luzcan sus potentes tonos bajos y la melodiosidad de su felina voz. Mientras espera el momento apropiado, Micky revuelve las bolsas de basura, corre a otros gatos o simplemente mira la Luna desde lo alto de algún techo vecino.

Sólo cuando las luces se han apagado en todo el barrio y de las casas no llega ningún sonido, salvo algún que otro ronquido, Micky comienza su serenata nocturna. Arranca con “Usted”, uno de sus grandes éxitos, luego sigue con “Perdóname” de su propia autoría, continúa con “Amor Perdido”, “Cuenta Conmigo”, “Noches de Pasión”, “Ojos Brujos”. Así sigue con todo su repertorio que para su orgullo es amplio y variado. Las gatitas entonces se acercan calladas y presurosas a ocupar los mejores lugares, se acomodan alrededor en los techos cercanos y lo miran con sus ojos brillantes y las orejas erguidas. Y suspiran, suspiran y suspiran… a veces se unen en el canto y

hacen el coro o cantan junto a él su tema preferido.

Lamentablemente Micky sólo sabe cantar en lenguaje gatuno y los vecinos nada entienden de lo que dice. Sucede entonces que al rato de que Micky inicie su espectáculo, comienzan los gritos, las amenazas, las luces que se prenden y se apagan y los zapatos que vuelan por el aire como proyectiles no muy bien dirigidos. El show suele terminar por dos motivos: o bien el sol sale silenciosamente por encima de los edificios del barrio y llega la hora felina de irse a echar una siestita, o bien por que la cantidad de zapatos y objetos arrojados serviría para abrir un negocio de cosas usadas. Así transcurren las tranquilas noches en el barrio, hasta que una mañana…


Los vecinos despertaron descansados y con una amplia y relajada sonrisa. Algo había pasado esa noche que era diferente de todas las demás noches, pero… ¿qué?

Quizás había sido esa fresquita veraniega o que no había humedad, el ventilador del techo, los espirales, la taza de leche con miel antes de irse a dormir… por más que trataban, no podían definir qué era.

La noche siguiente fue igual y la otra también, pero ya no amanecían tan tranquilos, había algo muy, muy raro… algo que no era como tenía que ser.

Fue en la cuarta noche, justo a la mitad, que casi todo el barrio se despertó sobresaltado. Se habían dado cuenta de qué era lo extraño: Micky desde hacía tres días no había dado su recital cotidiano.

Algunos vecinos se levantaron y, corriendo apenitas la punta de la cortina, miraron para ver si andaba por ahí. Otros trataron de dormir, pero daban vueltas y vueltas sin poder hacerlo, esperando oír en algún momento sus maullidos profundos y ululantes de gato… Nada, esa noche Micky tampoco cantó.

A la mañana siguiente se levantaron con ojeras, cansados, malhumorados y con un nudito de angustia acá, en la garganta, que amenazaba con no irse… ¿dónde estaría Micky?… Tantas veces habían deseado y pedido que se callara que ahora que no lo escuchaban se preocupaban por si le hubiese pasado algo.

Ningún vecino lo comentó con nadie, se saludaban y hablaban de lo de siempre: el tiempo, la salud, las noticias del diario, los chicos… pero todos, todos, todos se preguntaban para sí exactamente lo mismo: ¿Donde estaría Micky?…

Esa noche, Micky tampoco cantó. Y ahí sí, los vecinos ya no pudieron aguantar más, calladitos y en secreto se levantaron de sus camas, tomaron lámparas y linternas y así no más, en piyamas, camisones y pantuflas, comenzaron a buscarlo por techos y tejados.

Al principio, cuando se empezaron a encontrar, a esa hora y vestidos tan graciosamente se dieron excusas tontas tales como “se me escapó la tortuga” o “se me voló una media”, pero al rato ya no pudieron ocultar más la verdad.

Sí, era cierto, todos estaban buscando a Micky. Desde hacía tres días que no dormían y ya no podían continuar así. Entonces decidieron ponerse de acuerdo, se


organizaron partidas de búsqueda por las distintas zonas del barrio: unos buscarían en los baldíos, otros, en los terrenos del tren y otros en las casas abandonadas. Y así se separaron con sus lámparas, sus linternas y sus pantuflas.

Fue en la casa abandonada de la esquina, la que está a la vuelta de la escuela donde lo encontraron, metido dentro de un cajón roto y a puro estornudo. ¡¡¡Pobre Micky,… se había resfriado!!!

Los vecinos entonces le llevaron leche tibiecita y un canasto con un almohadón rojo, llamaron al veterinario a las tres de la mañana y le consiguieron los remedios. Le llevaron comida para gatos de lo más fina… hasta le pusieron una estufa y poco faltó para que contrataran una enfermera. Pero decidieron que se turnarían para cuidarlo: primero fue Doña Catalina, luego Don Saturno, el panadero, que se turnó con su esposa Alfonsina. Lo reemplazó Amancio, el señor del tercero “A”, y después Alberto. Y Don Prudencio y la señora Mónica, el señor Rogelio, Andrés, Mariana, Juanqui, los “Melli”, Gabriel, Fernando, Laura y muchos chicos más. También estuvieron los del edificio de mitad de cuadra, los del chalet de balcones de madera, los del dúplex que recién se habían mudado y…

Micky, luego de un tiempo y un montón de mimos, se curó. Entonces volvió a dar sus recitales nocturnos de boleros gatunos.

…Pero ya los vecinos no se levantan con mal humor ni gritan por las noches ni arrojan zapatos. Ahora duermen profundamente, con una sonrisa en sus labios, como angelitos.

Porque en medio de sus sueños escuchan la voz profunda, ululante y cadenciosa de Micky, el gato que canta boleros y, de vez en cuando, algún tanguito.


En cada barrio hay…

… veredas.

Y las hay de muchas formas. Pueden ser rectas y pueden ser curvas, anchas y angostas, largas y cortas. Las hay con baldosas cuadradas y las hay con baldosas con montañitas; hay veredas con canteros y hay veredas en donde no crece ni una matita de pasto.

En fin, hay veredas de todo tipo. Pero en un barrio…

Había veredas con gente. Con montones de gente, gente a toda hora y en todo momento, gente que iba de acá para allá y de allá para acá. Señores con portafolios y señoras con carteras, señores con saco y señoras con abrigos.

…Y todos con zapatos así de grandes… zapatos que pisaban figuritas, abrigos que se enganchaban en los triciclos, portafolios que empujaban a los chicos en patines.

En esas veredas era imposible jugar, ni hablemos de remontar un barrilete o correr una carrera.

Hasta que un día…

Los chicos se cansaron de jugar siempre en el living de la casa, en sus habitaciones o en el patio e idearon entre todos un plan ultrasecreto.

Al día siguiente, por la mañana, a todos, pero todos, les dio dolor de panza y qué cosa… ninguno pudo ir a la escuela.

Ese día las maestras se tomaron lista entre ellas y pasaron al frente por turno a darle la lección a la directora. También se fijaron en el almanaque para ver si no era


sábado y se habían equivocado y también llamaron al inspector para preguntarle si no estaban de vacaciones y no se habían enterado.

Mientras, en sus casas, los chicos esperaban. Y al ratito no más, la panza ya no les dolía, se sentían bien, es más, se sentían bárbaro y les decían a las mamás “qué bueno era ese tecito”, y se levantaron, se vistieron y se sentaron a desayunar, cada uno en su casa.

Las mamás, sin decir ni “A”, les sirvieron la leche y se prometieron que nunca más las iban a engañar, pero a los chicos no les interesaba faltar otra vez.

Después de terminar la ultima tostada, les pidieron permiso para salir a  la vereda. Tanto, pero tanto pidieron que las mamás aceptaron, total… un chico solo no molesta.

…Y de golpe, de pronto, de repente, las calles siempre pobladas por señores de maletín y señoras con teléfonos se llenaron de trompos y pelotas, de muñecas y patines, de bolitas y figuritas y bicicletas y sogas y barriletes…

Los señores y las señoras se enredaban en los elásticos y se caían, perdían sus zapatos y se les volaban las hojas por el aire, así, como si fueran pájaros. Muchos corrieron a sus oficinas y se encerraron, pidieron a sus secretarias que les hicieran un té y les dieran catorce aspirinas. Pero muchos, muchos, muchos, se quedaron allí en las veredas. Y los zapatos de tacón alto fueron tirados a un costado para poder saltar mejor a la soga. Y el saco y el maletín se convirtieron en arco de fútbol. Las medias se ensuciaron con tiza de rayuela y los lápices de labios pintaron mejillas en las muñecas e hicieron dibujos sobre las baldosas.

…Y ese día todos, pero todos, todos, fueron chicos.


En cada barrio hay…

… una juguetería.

Puede que sean grandes o chicas, nuevas o viejas, más o menos iluminadas,  pero, sin duda alguna, son las vidrieras mas lindas del barrio.

Los jugueteros tardan bastante en lavar los vidrios de sus vidrieras y es que les encanta ver ese montón de marquitas de manos y de narices que dejan los chicos cuando se apoyan para mirar. Como Don Zacarías, el juguetero, que aún conserva en su vidriera la marca de todos los chicos del barrio, aunque algunos de ellos ya usan bigotes.

Por supuesto, lo mejor de las jugueterías son los juguetes y siempre hay un juguete para cada chico y un chico para cada juguete. Aunque a veces…

Una vez, Don Zacarías, después de muchos, muchos años, hizo una limpieza a fondo en su negocio, por supuesto, limpió todo menos las marcas en los vidrios. En medio de la limpieza encontró un juguete viejo y descolorido. Un viejo, viejo osito de peluche, aunque la verdad es que el peluche, más que peluche parecía estopa y no se sabía bien si era marrón o naranja oscuro, el moño estaba deshilachado…

Don Zacarías suspiró con pena. Siempre le daban lástima los juguetes así, pero lo cierto era que ya no lo podría vender y seguro que a ningún chico le gustaría un juguete tan viejo y gastado. Así que, con otro suspiro, lo puso en una bolsa junto con las cajas de cartón y los papeles que no servían. Esa noche, después de bajar la persiana, sacó todo en una gran bolsa negra y lo puso junto a la basura.

Lito era un chico más. Un chico como vos o como yo. Sólo que Lito dormía en los bancos de la plaza o de la estación y vendía estampitas o abría puertas de autos para juntar moneditas y comprarse un pancho o una hamburguesa.

A veces es lindo dormir bajo las estrellas, pero no siempre y menos cuando hace frío o llueve. A veces es lindo que tu mamá no te diga lo que tenés que hacer, pero a veces, también, es lindo que esté para acariciarte la cabeza y prepararte la leche. A veces, es lindo comer hamburguesas, pero no todos los días. A veces, hasta las sopas saben ricas.

Lito tenía mamá, pero no sabía dónde. Lo que sí sabía era que lo quería, pero  que no le podía ni dar de comer ni cuidarlo. Por eso Lito trataba de cuidarse solo. A veces le iba bien y a veces no.

Lito no jugaba con los chicos que tenían mamá, en parte porque se sentía más grande y en parte porque le daba un poco de bronquita.

Cuando llegaba el día del Niño o Navidad, Lito se iba lejos, a las vías del tren abandonado y se quedaba allí. No quería ver a los otros chicos con sus papás y sus juguetes riendo en la plaza o corriendo en la vereda. No porque les tuviera envidia, si no porque sentía un nudo acá y los ojos se le nublaban y no veía nada de nada.

Esa noche era otra noche más. Lito había abierto puertas todo el día en el supermercado y se iba a dormir. Se le había hecho tarde y la persiana de la juguetería estaba baja. Pateó enojado una lata. A él le gustaba ver los juguetes y apoyar su carita y sus manos en el vidrio y el señor de la juguetería jamas lo había echado. Sus ojos se oscurecieron ante las chapas de metal y las puertas cerradas y casi sin pensarlo, se fijó en la basura, a veces encontraba zapatos o un pullover…, pero esta vez… Las formas dentro de la bolsa eran raras. Lito las miraba y torcía la cabeza de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Era como si allí dentro hubiera…

El corazón de Lito empezó a latir cada vez un poquito más fuerte. Se acercó a la bolsa y fijándose que nadie lo mirara la abrió despacito. Sus manitas corrieron una pila de papel y unos cartones y de pronto una sonrisa amplia se dibujó por fin en sus mejillas. Allí, en el fondo de la bolsa oscura, un oso de peluche le extendía sus brazos.

Lito lo alzó, lo apretó fuerte y luego de un momento se fue caminando rápido, como si tuviera miedo de que se fuera a escapar o alguien llegara a quitárselo.

Sentado en el andén abandonado Lito acariciaba a su oso. Y el pelo le parecía tan suave y los colores le parecían tan brillantes. El moño… era tan lindo.

Esa noche Lito no durmió solo.

Don Zacarías, un buen día, vio pasar a Lito por la puerta de su juguetería.

Iba con el viejo oso bajo el brazo y esa sonrisa amplia y nueva en sus mejillas.

…Y don Zacarías, sin hacer una sola pregunta, comprendió.

Desde ese día hace “limpiezas a fondo” más seguido en su negocio y pone más juguetes en las bolsas de basura, pone de los viejos y de los otros. Y a todos les pone un moño rojo así grandote, como de regalo.


En cada barrio hay…

… una escuela.

Hay escuelas viejas y hay escuelas nuevas, las hay grises y las hay amarillas, las hay con paredes de ladrillos y las hay con paredes de mármol. Pero en todas, todas siempre hay dos cosas: chicos y maestros. Bueno, y porteros y directoras. Tiza, pupitres, colchonetas, mapas y mil cosas más que sólo hay en las escuelas.

Durante el día, las escuelas se llenan de risas y de lecciones, de juegos de mancha y de salpicaduras de tinta. Dos veces por día, un torbellino de guardapolvos y mochilas avisa la salida de clases, luego los porteros barren las aulas, acomodan los pupitres, encuentran lápices y gomas de borrar perdidos.

A la noche después de revisar cuidadosamente aula por aula, se van a dormir y con el primer ronquido del portero, cuando el silencio ya se ha adueñado de todos los rincones, entonces, sólo entonces, llegan los ángeles a las escuelas.

Los primeros son los ángeles maestros quienes borran bien los pizarrones de las cuentas y las lecciones de las maestras y acomodan las sillas para que los ángeles más chicos puedan sentarse con sus alas.

A la hora de la entrada, el patio se llena de ruido de alas y de luces de aureolas y todos juntos cantan la canción de gracias. Después, revoloteando, se van a las aulas. Allí, los maestros ángeles dan clases de cómo ayudar a los animalitos perdidos o de cómo calmar a un bebé cuando llora, de cómo cuidar el crecimiento de las plantas o de


cómo acomodar las nubes para que llueva. Y mil cosas más porque los ángeles, grandes

o chicos, tienen muchas tareas que hacer.

A la hora del recreo los angelitos juegan a los mismos juegos que nosotros, la ronda, el trencito, la mancha, el Martín Pescador…, pero no caminan por las baldosas sino que vuelan por el aire arriba del patio.

Cuando el primer rayo del sol ilumina a la escuela, en un batir de alas, los ángeles se marchan de uno en uno, de dos en dos y de tres en tres a hacer sus tareas, porque a diferencia de nosotros, los ángeles no duermen, bueno y, si lo hacen, es sólo para soñar un poquito.

A la mañana siguiente, cuando llegan las maestras, tienen que acomodar los bancos y borrar los pizarrones de letras raras que no entienden y le dicen al portero que preste más atención cuando ordena el aula y el portero se encoge de hombros y rascándose la cabeza, jura que nunca entenderá a las maestras.

Cuentan que ha pasado que los chicos entraran al aula con el pizarrón todo escrito con la ultima lección del maestro ángel, con esas letras y esos dibujos raros y  que más de uno se riera bajito y mirara para otro lado, porque por un momento había entendido la escritura secreta de los ángeles.


En cada barrio hay…

… calesitas.

Las hay con caballitos y con aviones, con espejitos y con dibujos. Las hay que están en la plaza y las hay que están en la calle. Hay calesitas en donde se saca la sortija y hay calesitas en donde el calesitero regala vueltas gratis para todos. Pero en todas, en todas hay música, y todas, pero todas dan vueltas.

Aunque una vez…

Era una calesita linda y chiquita, pintada de colores vivos con espejos en el techo. Tenía caballos, leones y elefantes de todos los colores: amarillos, rosas, celestes, blancos y todos tenían adornos rojos y dorados.

El calesitero se levantaba temprano, ponía música y hacía andar la calesita, hubiese chicos o no. En todas las vueltas daba la sortija y el día de tu cumpleaños te dejaba dar todas las vueltas que quisieras. Ya no hay muchas calesitas así ni muchos calesiteros y es una lástima. En fin…

Un día, el calesitero, que se llamaba Don Cosme, decidió que ya estaba viejo para seguir siendo calesitero, así que cerró la calesita y puso un cartel grandote que decía: “SE VENDE”. Ese día la calesita no se abrió y no hubo música. Los chicos se fueron a su casa sin reír ni una sola vez.

Pasaban los días y nadie iba para comprar la calesita. Don Cosme suspiraba, parecía que en esos días nadie quería ser calesitero. Pero eso no fue lo extraño.

Las semanas pasaban y la calesita no funcionaba, el toldo siempre estaba puesto, las luces apagadas y la música no había vuelto a sonar.


Los caballitos, los leones y los elefantes se empezaban a impacientar. ¿Qué era eso de que pasara el tiempo y no vinieran los chicos a subir sobre sus lomos, a cabalgar por lugares imaginarios y a dar vueltas y vueltas al son de la música?

Esperaron unos días a ver qué pasaba, pero nada, el toldo seguía en su lugar y las luces seguían apagadas.

Hasta que un buen día…

Llegó Don Cosme y no venía solo, lo acompañaba un señor de traje que los miraba y los miraba, después los tocó por todas partes y los revisó de arriba a abajo y de lado a lado.

Los caballos, los leones y los elefantes estaban muy extrañados, el señor era un poco gordo y pesado para subirse encima de ellos. El señor habló con Don Cosme, después le dio la mano, se la apretó fuerte y se fue muy contento.

El que no parecía contento era Don Cosme. Se subió a la calesita que estaba detenida, se sentó en el caballito azul con crines negras que era él más viejo, suspiró y acariciándolo suavemente, casi como si adivinara lo que los animales de madera se preguntaban, comenzó a hablarles, un poco para sí y un poco para ellos. Les explicó que ese señor era el único que había venido por el aviso y que no era calesitero sino un comerciante de antigüedades, que iba a comprar la calesita y la iba a desarmar, que los animales de madera eran muy buscados para tener como adornos en salas grandes e importantes y en algunos museos.

Un escalofrío de madera fría pasó por el lomo de todos y cada uno de los caballos, los leones y los elefantes.

Dos Cosme se quedó un ratito más limpiando y después se fue, calladito y silencioso como los chicos sin calesita.

Secretamente, los animales de madera tomaron una decisión. Si no formaban parte de una calesita con música, luces y chicos no les importaba estar allí. No estaban enojados con Don Cosme, lo querían mucho, él los cuidaba y los remendaba y dos veces por año los pintaba y los mandaba lustrar, además, hacía ya muchos años que se despertaba tan temprano y trabajaba los días de fiestas… y los domingos. Se merecía un


descanso… pero ellos eran animales, sí, feroces, audaces, indomables animales de calesita, nunca de adorno.

Así que esa noche calladitos, muy calladitos, los animales se desprendieron de los postes que los sujetaban a la vieja y querida plataforma. Desperezaron sus patas, estiraron sus lomos, se sacudieron sus pelajes, sus crines y sus colas de madera y en medio de la más absoluta oscuridad, bajo la parpadeante luz de las estrellas se marcharon de la plaza, del barrio, de la ciudad…

Cada uno se fue allí, con sus hermanos de verdad. Los leones se marcharon a la selva, los caballos a las praderas y los elefantes a la jungla.

Y cuando Don Cosme y el señor anticuario fueron a buscar a los animales no encontraron ni una astilla… Nada… La calesita estaba vacía y sus espejos del techo más vacíos todavía. El señor anticuario, luego de dar refunfuños, quejas y hacer girar su puño varias veces en el aire, se marchó. Don Cosme permaneció sin decir una palabra y sin pestañear siquiera una vez ante la desolación de su calesita vacía, hasta que luego de un largo rato, se sentó calladito, calladito en la plataforma.

Los chicos que estaban en la plaza miraban lo que ocurría desde lejos y poquito  a poquito se fueron acercando y se sentaron alrededor de Don Cosme así, igual que él, con la cabeza apoyada en las manos y todos juntos suspiraron largamente… extrañaban la calesita.

Don Cosme, sorprendido, miró a los chicos sentados a su alrededor. Por primera vez se dio cuenta de la tristeza que ellos habían sentido desde que él cerrara la calesita. Pensó un rato largo, largo y de pronto… se levantó decidido. Si bien ya era un poco tarde quizás, en parte, podía arreglar las cosas. Así que les guiñó un ojo a los chicos, palmeó un par de cabecitas de mirar ansioso y esperanzado y fue derechito a la boletería, prendió las luces, la música y el motor y la calesita volvió nuevamente a girar.

Los chicos se subieron de un salto y bailaban y saltaban. Don Cosme sacó todas sus sortijas y las preparó para hacerlas girar en el aire como si fuera mago e hiciera secretos pases mágicos.

Los animales desde el otro lado del mundo sintieron un latido de alegría en sus corazones de madera… sus finísimos oídos tallados no podían engañarlos, esa música


increíble sólo podía ser de “su” calesita y, despidiéndose apenas de sus familiares de verdad, se marcharon a todo lo que les daban sus patas de palo.

Así, en pleno día llegaron a la ciudad. Las personas se asustaban y gritaban “¡Socorro, policía,… un león!!!”… Otros corrían a sus casas y llamaban a los bomberos  y les decían por teléfono: “¡Bomberos, auxilio, un elefante rosa en la calle!!!”. Y los bomberos no les creían.

Los animales atravesaron la ciudad en medio de gritos, de miradas sorprendidas y de risas. Cruzaron el barrio y llegaron a la plaza, justo-justo cuando los chicos de la tarde salían de la escuela. Los chicos corrieron a abrazarlos y los acariciaban con sus manos sucias de caramelo y tinta. Los convidaban con pochoclo y helados y les daban besos con olor a chicle en los hocicos y les rascaban las orejas de madera. Por último se detuvieron delante de Don Cosme que los miraba lleno de orgullo y con dos brillitos húmedos en los ojos. No hacia falta de que se hablasen, después de tantos años se entendían en silencio.

Los animales se subieron a la calesita y cada uno se ubicó en su sitio preferido y adoptaron sus posiciones de siempre: los caballitos así, con las crines al viento y los cascos en saltos increíbles; los leones, con las fauces abiertas, rugiendo y las zarpas rampantes; los elefantes, con sus trompas en alto y las orejas desplegadas.

Cuando todos estuvieran listos, los animales en su lugar, los chicos montados en ellos y Don Cosme con las sortijas de fiesta en la mano, entonces la música comenzó a sonar y la calesita a dar vueltas y vueltas.

…Y esta vez, no iba a cerrarse jamás.


En cada barrio hay…

… policías.

Los hay altos y flacos, bajitos y gordos y bajitos y flacos. Los hay pelados y los hay con pelucas. Pero todos, todos tienen uniforme, gorra… y silbato… como Abelardo, el vigilante de la esquina.

A Abelardo lo que más le gustaba de ser vigilante era dirigir el tránsito. Dejaba para otros la tarea de atrapar ladrones y de cruzar viejitas, a él le gustaba hacer de semáforo.

Ya todos sospechábamos en el barrio que él era el secreto responsable de que el semáforo de la esquina no funcionase nunca, pero no nos quejábamos.

Había que verlo con su gorra de brillante visera, sus bigotes oscuros, sus mangas blancas y su silbato siempre allí, asomado en el costado de la boca.

¡¡¡¡PIIIIII!!!!… y los autos frenaban y los chicos de la escuela cruzaban tranquilos la calle. ¡¡¡¡PIIII!!!! Y Lucho, el perrito del almacenero, pasaba delante de los autos detenidos para ir a correr al parque. Pero nunca, nunca, mientras estuvo Abelardo en la esquina, hubo un accidente.

Hasta que se enamoro. Y ya las cosas no anduvieron tan bien.

Abelardo levantaba los brazos… y se rascaba la cabeza. Suspiraba y su silbato hacia Priiii… y los automovilistas no entendían nada de nada. No sabían si arrancar o detenerse, si se podía doblar a la derecha o a la izquierda. Los autos comenzaron a amontonarse, los conductores a tocar bocina y a gritarse, los peatones no podían cruzar la calle ni los chicos ir a la escuela o al parque ni las señoras a hacer las compras.

En medio de todo ese desorden Abelardo suspiraba, su silbato hacía nuevamente Priii… y su mano corría apenas la gorra y rascaba su cabeza.


Por supuesto, esta vez todo el barrio se fue a quejar a la comisaria. El comisario tuvo que escuchar a todos y cada uno de los vecinos, tranquilizarlos y calmarlos y asegurarles que todo, pero absolutamente todo iba a volver a la normalidad.

Una vez que se fue él último de los vecinos, el señor comisario pensó en su despacho qué iba hacer con Abelardo. Era un buen policía, cumplía el horario, cuidaba a la gente, le gustaba su trabajo, salvo algún que otro asuntito con los semáforos nunca le había dado motivos para llamarle la atención. ¿Qué le estaría pasando?

Cuando Abelardo terminó su turno, el comisario lo llamó a su oficina. Apenas pasó la puerta le bastó verle la mano en la cabeza, el silbato en los labios haciendo un desentonado Priii… para darse cuenta de que su agente se había enamorado.

Sin embargo ese no era realmente el problema. El verdadero problema era que Abelardo era tímido y ni siquiera se atrevía a saludar a la señorita de sus sueños. Entonces el comisario, más que pedirle, le ordenó “por el bien de la comunidad, del barrio y del uniforme que mañana mismo, sin falta, la invitara a tomar café con leche con medias lunas bien tempranito”. Y, como era una orden del comisario, Abelardo no tuvo otro remedio que hacerlo.

Al día siguiente, Abelardo fue a su querida esquina de siempre, la gorra lustrosa, los puños blancos y el silbato impecable colgando de un blanco cordón de seda. Ese día Abelardo dirigió el tránsito más serio que nunca, tan serio que muchos que pasaron pensaron que era un nuevo semáforo con forma de policía y no Abelardo, el agente de siempre.

A la tardecita, cuando vio cruzar a la señorita de su corazón quién siempre sacaba a pasear al perrito exactamente a las tres y catorce en punto, Abelardo levantó sus brazos así, para un lado y así, para el otro y su pito sonó así

¡¡¡¡¡¡PRRRRIIIIIIIII!!!!!!!… más fuerte que todas las veces que lo había tocado antes, juntas.

El tránsito de toda la calle se detuvo, los conductores se miraron sorprendidos y sacaron las cabezas por las ventanillas a ver qué pasaba, los vecinos se asomaron a las puertas, los chicos dejaron de jugar y…


Abelardo se sacó cortésmente la gorra y desde la mitad de la calle, con voz tan fuerte que se oyó hasta en la otra esquina, le preguntó muy educadamente a la señorita  si mañana a la mañana quería ir a tomar café con leche con medias lunas a la confitería que estaba enfrente de la estación, tempranito, porque él tenía que estar dirigiendo el tránsito cuando los chicos de la mañana entraran a la escuela.

Todo el barrio fijó entonces sus ojos en la callada señorita y su perro, esperando curiosos su respuesta. A Abelardo le pareció que ese instante duraba minutos… horas… siglos.

La señorita lo pensó, no todos los días el agente de la esquina te invita a tomar café con leche con medias lunas así, comprometiéndose con tanta seriedad delante del barrio, y como Abelardo le caía simpático, aceptó y le dijo que sí, que tempranito estaba bien porque ella después se tenia que ir a trabajar y despidiéndose se fue con su perrito al parque.

Los vecinos luego de apenas unos instantes estallaron en aplausos, los conductores tocaban bocina como cuando ganaba su equipo favorito y las vecinas gordas lloraban más que cuando miraban la novela. Los chicos se guiñaban los ojos y se hacían bromas y los papás se tomaban de las manos y recordaban su primera cita.

Abelardo estaba realmente radiante, con sus puños, su gorra, su silbato y ahora una gran sonrisa.

Igual que el día en que se casó con la señorita del perrito que una vez había invitado a tomar café con leche con medias lunas bien tempranito en la confitería de enfrente de la estación. Y así Abelardo se mudó al barrio y siguió dirigiendo el tránsito en la misma esquina. Cuando a las tres y catorce minutos en punto, ella saca a pasear el perrito se acerca y le da un beso, un mate y unos bizcochitos.

Abelardo sonríe y los conductores los saludan y les tocan bocina.


En cada barrio hay…

… un diariero.

Los hay con puestos grandes y los hay con puestos chicos.

Algunos venden diarios y sólo eso: diarios. Otros venden diarios y revistas, cuentos, historietas, enciclopedias en fascículos, manuales, libros de cocina, de macramé, con moldes para ropa, y de cosas que uno ni sabe que existen. Pero todos, absolutamente todos, saben exactamente dónde para ese colectivo que no encontramos o dónde queda esa calle del barrio que nadie parece conocer.

Los diarieros siempre se levantan tempranito. Más temprano que los chicos que van a la escuela y más temprano todavía que las maestras y aún que la directora, se levantan con las últimas sombras de la noche y esperan a los camiones que reparten los diarios de la mañana, con la tinta fresca y las noticias aún más fresquitas, tan nuevitas como el día o la leche y el pan del desayuno.

Don Zoilo es el diariero de un barrio vecino y un día le pasó algo no malo, si no catastrófico y que no sólo lo afectó a él, si no al barrio y casi hasta a la ciudad y al país entero.

Fue así…

Ese día, uno como cualquier otro, Don Zoilo se había levantado temprano como siempre y como siempre tomaba mate en su puestito esperando que llegara el camión de reparto, también como siempre.

Y como siempre los muchachos del camión pasaron apurados, saludaron a Don Zoilo con la mano y le dejaron en la vereda las pilas gordas y pesadas de los diarios. Quiso la mala suerte… o el cómico destino que las cintas que los sujetaban se rompieran y Don Zoilo de pronto, se encontró con todos los diarios desparramados por el piso.


Para peor un vientecito travieso y juguetón empezó a soplar y a levantar las hojas, a arrastrarlas para acá y para allá, a desbaratar todo y a intentar llevárselo en un torbellino de letras grises y encabezados de colores. Don Zoilo en el medio, corría  detrás de las páginas de deportes, de las de los chistes, de las noticias de la tele… detrás de estas y de aquellas… todas eran importantes y todas parecían querer escaparse.

Al final pudo atraparlas, eso sí, quedó un poco despeinado, la mitad de la camisa afuera y la gorra al revés, pero las tenía a todas. Bueno en realidad tenía un montón de hojas desordenadas y un poquito arrugadas en una pila bastante despareja y embarullada de papeles que nadie se atrevería a llamar “diario”.

Don Zoilo entonces se sentó en su puesto, la pila de hojas en cuestión delante de él, tomó un mate, tomó aire y con toda la velocidad de la que era capaz, se puso a ordenarlas. Casi no tenía tiempo, primero separó la pagina de los chistes y la tapa que vienen todas juntas y es fácil de encontrar, después fue buscando las demás, las policiales, las deportivas, las de espectáculo, las literarias, las culturales, las de política… Ufff… cuántas cosas trae un diario.

Los minutos pasaban y Don Zoilo no daba a tiempo. Los clientes comenzaron a llegar y pasaban así, como siempre, casi sin hablar ni mirar, apurados y llevándose el diario de un manotón, dejando las monedas en el platito. Don Zoilo trataba de explicarles, de advertirles, pero ellos llegaban tarde, que el trabajo, que los chicos y la escuela, el colectivo, el tren, el tránsito…

Pronto se llevaron todos los diarios, pero Don Zoilo no estaba tan seguro de que estuviesen bien ordenados… y no se equivocaba.

Las noticias estaban o bien inconclusas o bien mezcladas. La verdad nadie entendía nada o, lo que es peor, entendían lo que podían.

Algunos pensaron que los trenes no andaban y se fueron en masa a tomar el colectivo, entonces los colectivos iban repletos y la noticia era en verdad que en China un tren había tenido que parar porque se le había cruzado un montón de vacas que se pusieron a pastar en medio de las vías.

Algunas mamás entendieron que ese día las clases se daban en la cancha y llevaron a sus chicos a los estadios y allí les decían que no, que las clases se daban en


las escuelas y no en medio de un partido de fútbol. Los chicos corrían por el pasto y se divertían mucho, pero en realidad la noticia era que jugaba “Estudiantes”.

Otras mamás leyeron que había una epidemia de tubérculos y fueron corriendo a las farmacias a conseguir una vacuna. Los farmacéuticos llamaban a los laboratorios y los laboratorios no sabían de qué les hablaban, cuando en realidad la noticia era que se levantaba la cosecha de papas.

Así pasó con todo… hasta con los crucigramas.

En sus trabajos las personas discutían porque la noticia de “su” diario era la verdadera, los taxistas conversaban con sus pasajeros sobre cosas que jamás habían pasado y hasta un grupo de vecinos se fue a quejar a la municipalidad porque iban a construir en el barrio la “represa más grande de América” cuando ellos apenas tenían una fuente en la plaza.

Al día siguiente Don Zoilo abrió un poco asustado su kiosco de diarios dispuesto a recibir todo tipo de quejas y reclamos.

Uno a uno fueron viniendo los clientes, pero de reclamos, nada… quejas, no las hubo. Es más, hasta el día de hoy jamás existieron. Fue como si nadie se hubiese dado cuenta.

Pasaban y se llevaban los diarios igual que el día anterior, apurados porque llegaban tarde al trabajo, los chicos a la escuela, el tren, el colectivo, el tránsito…

Y cuando se llevaron el último diario, esta vez sí perfectamente ordenado, Don Zoilo se encogió de hombros y se cebó un mate que por suerte, aún estaba calentito.


En cada barrio hay…

… una iglesia, o una sinagoga, o un templo.

Los hay con torres altas con campanas y los hay con torres redondas sin campanas. Los hay con torres cuadradas y balconcitos y los hay que parecen casitas.

Y todos, pero todos, tienen figuritas raras. Algunos tienen un candelabro, otros tienen peces, los hay con dibujitos que parecen garabatos y los hay con cruces en las ventanas, en las puertas y en los techos. También todos tienen algo muy curioso.

Las personas que van a los que tienen un dibujito jamás, pero jamás, van a los que tienen uno distinto.

Esto los chicos no lo entendemos y entonces preguntamos ¿cuántos dioses hay… y cuál es el verdadero?

Yo les voy a contar una historia que pasó no hace mucho, pero pasó.

Fue en una época en que las personas iban cada una a su templo o a su iglesia y se separaban y se apartaban según la forma en la que ellos creían que agradaban a Dios. Iban y hacían sus ceremonias, decían sus oraciones y cantaban sus cánticos. Pero los santos, los patriarcas y profetas y los dioses menores se daban cuenta de que no entendían nada de nada. Y se daban cuenta porque podían ver en sus corazones el rechazo, la incredulidad y a veces hasta la burla por lo que sentían y pensaban los otros. Ni hablar de cuando en algunos observaban con dolor y desaliento la semilla del odio.

Veían cómo, día a día, iban y decían que agradaban a “Dios”, cuando Dios lo único que les pedía era Amor. Amor hacia él y hacia su creación, Amor hacia todo y hacia todos. Y el amor va acompañado de la tolerancia y la comprensión.

Entonces una noche… (porque de noche todas las iglesias, templos y sinagogas están cerradas) todos los santos, todos los patriarcas y profetas y todos los dioses


menores se reunieron en el cielo sobre la ciudad y planearon una sorpresa para todos sus seguidores… una sorpresa que jamas olvidarían.

Al día siguiente era un día de ceremonia muy importante en todos los templos, sinagogas e iglesias.

Todos llegaron como siempre, con sus mejores ropas, bañaditos y peinados. Entraron cada uno a su edificio y, una vez allí, comenzaron a cantar y a recitar sus  rezos. Sin embargo… sentían que había algo raro, pero no podían precisar exactamente qué era.

El sacerdote tenía la estola como siempre, el rabino tenía la barba bien peinada, el monje su cabeza impecablemente rapada, el pastor la corbata en su lugar…

Sin embargo había algo… y seguían sin poder precisar qué era.

Los chicos, por supuesto, se dieron cuenta apenas entraron, pero como entendían lo que pasaba no dijeron nada y se guiñaban los ojos y se tapaban la boca con la mano para no reírse.

Y fue recién hacia el final de las ceremonias que poco a poco, comenzaron a darse cuenta y se empezaron a quedar así duros de la sorpresa y a abrir las bocas grandes, bien grandes, los libros se caían de las manos y los chicos, ya no pudiendo aguantar más, empezaron a reír y a dar saltos de alegría.

Allí, en medio del altar, estaba la figura grandota y dorada de un Buda sonriente y regordete.

En medio de la sinagoga brillaba la imagen bondadosa y calma de un Cristo caminando con sus manos extendidas. Y Krisna danzaba en la mezquita y Moisés iluminaba con sus tablas las paredes austeras del templo budista.

Los Santos se habían puesto de acuerdo con los próceres y estaban en las plazas y en los parques con sus ropas de brillantes colores y sus ojos puestos en el cielo.

Todos los símbolos estaban mezclados, todos los libros sagrados en los otros templos.

Y nadie entendía nada de nada.

Salvo los chicos que reían y juntaban flores para llevárselas a las imágenes y hacían rondas e inventaban canciones.


Algunos adultos los retaban y discutían entre ellos muy enojados y decían que  no podía ser, que era una falta de respeto.

Pero otros se acercaron tímidamente y se sumaron a las rondas, juntaron flores y se dieron las manos y rieron juntos, sin importar de qué manera ni con qué palabras, porque a todos, pero absolutamente a todos, los había hecho el mismo Dios.

Ese día Dios estuvo, como siempre, en todas partes… y también estuvo en muchos, pero muchos corazones.


En cada barrio hay…

… casas.

Y las hay de todo tipo. Altas, bajas, de dos pisos, de tres, de cuatro, edificios, torres, chalets, dúplex, casa con frentes de madera y casas con frentes de ladrillo. Las hay con jardines adelante, las hay con jardines a atrás y las hay con jardines a los costados. Hay casa nuevas y también hay casas viejas.

Las casas, y esto es algo que no muchos saben, tienen alma.

Las almas de las casas son calladitas, discretas y ordenadas. Pasan desapercibidas para la mayoría de las personas, apenas unos pocos las alcanzan a ver alguna vez o escuchan por las noches sus suspiros.

Las almas de las casas viven de lo que ocurre dentro de ellas: de las risas de los chicos, de las canciones, del olor de la comida de mamá, de los juegos con papá, de los tejidos silenciosos de la abuela, de los cuentos y los chistes del abuelo, los ladridos del perro y el ronroneo del gato. En fin, el alma de la casa vive de todo lo que pasa en ella.

Cuando nos mudamos de una casa a otra el alma de la casa no vendrá con nosotros, se quedará allí y desde la puerta, sin que nosotros podamos verla, nos saludará con un largo pañuelo blanco y nos deseara que seamos felices con junto al alma de la casa a la que vamos a vivir.

Va a llorar un poquito durante algún tiempo porque nos extrañará, pero cuando lleguen los habitantes nuevos reirá con los chicos, aspirará los aromas de las comidas, jugará con los juegos del papá… hasta que alguna vez vuelvan a irse. Y así será, familia tras familia, año tras año, hasta que la casa se vuelva vieja y ya nadie más pueda habitarla. Entonces, seguramente, vendrán a demolerla.


Pero no se asusten, las almas de las casas no envejecen ni mueren. Es más, para ellas es una liberación que rompan ese cascarón viejo y destruido donde ya no pueden vivir personas y así compartir con ellas la dicha y la felicidad de la familia.

Entonces, cuando la última piedra y el último ladrillo es sacado con los escombros, el espíritu de la casa se marcha y pasea, pasea por sitios por donde nunca antes ha podido pasear, se baña en las fuentes de la plaza, peina las ramas en las copas de los árboles, vuela con los gorriones y las palomas, visita los museos y los teatros. Corre por la pista junto a los aviones y salta a la soga con las chicas en la escuela. Y mil cosas más que, cuando está como alma de la casa, no puede hacer.

En esos paseos por los barrios a veces encuentran que en un terreno están construyendo una casa nueva. Si la casa les gusta, el barrio les gusta y sus vecinas almas de casas les gustan, entonces se queda cerquita dando vueltitas alrededor de la construcción, esperando.

Cuando den la última pincelada de pintura y pongan el último azulejo, cuando los obreros se hayan marchado y sólo reste que alguien viva en ella, entonces el alma entrará en el edificio nuevo y expandiendo su ser, tomará posesión de toda la casa: desde los cimientos hasta el techo, desde las paredes hasta los caños del jardín. A partir de ese preciso momento, sin necesitar de papeles y permisos, será el alma protectora y bienhechora de esa casa.


En cada barrio hay…

… árboles.

Y donde hay árboles, inseparablemente hay pájaros.

Hay árboles de muchísimos tipos, formas y colores. Hay casi tanta variedad de árboles como de pájaros.

Los árboles extienden sus ramas, expanden sus hojas y los pájaros construyen allí sus nidos, protegidos del viento, de la lluvia y del Sol.

En invierno, muchos árboles pierden sus hojas, pero las recuperan en primavera, que es cuando los pájaros necesitan su mayor protección pues es en la primavera cuando los pajaritos tienen sus hijos.

Hay barrios que son muy ricos y tienen muchos árboles y muchos pájaros, y hay barrios que se creen muy ricos por tener edificios y edificios sin un solo árbol, pero, en realidad de ricos, solo tienen la ilusión. Yo lo sé.

A dos barrios de aquí había uno que tenía un parque inmenso, lleno de árboles centenarios, verdes y añosos, de grueso tronco y espeso follaje. Era un verdadero placer ver correr a los pájaros por el pasto en busca de ramitas o un poquito de barro para sus nidos o de alguna miguita de galletita o sándwich.

Pero un día, algunos decidieron construir un edificio muy, pero muy grande que iba a volver también muy, pero muy rico e importante al barrio. Y lo hicieron en el  lugar en donde estaba el parque.

En un solo día destruyeron lo que a la naturaleza le había llevado años, décadas.

Los árboles fueron sólo troncos apilados en el piso.

Los pájaros volaban sobre el sitio en giros gigantescos por el cielo en búsqueda desesperada de sus nidos, pero sus nidos, junto con los árboles ya no estaban. Así fue


como al caer la noche se marcharon, se fueron de aquel barrio que prefería un “edificio importante” a la vida latente de miles de pájaros y de cientos de árboles.

Un día, poco después, fui a la plaza cercana a mi casa y vi con sorpresa que había pajaritos recogiendo ramitas del suelo. Eso no fue lo que me llamó la atención pues era bastante habitual, pero esta vez no era como siempre, había muchos, muchísimos más. Entonces comprendí que parte del tesoro que había huido ahora estaba en mi barrio.

Todas las semanas voy a la plaza y llevo galletitas y también veo como todos los días hay vecinos que hacen lo mismo que yo. Hemos plantado más árboles y juntos, vemos con felicidad cómo nuestra plaza se llena de cantos, de nidos y de pichones. Es que los tesoros no basta con tenerlos también hay que saber cuidarlos.

Y cosa extraña, los fines de semana vienen a la plaza de nuestro barrio un montón de personas que llegan en auto, estacionan y bajan canastas de comida y sillas y allí se quedan todo el día. Miran los árboles, los pájaros, el césped y sonríen volviéndose un poco como chicos.

Los vecinos callamos y nada decimos, adivinamos por sus rostros grises que en su barrio no hay un parque o una plaza como la nuestra… o los hubo y los cambiaron  por un edificio importante.

Y, secretamente, en nuestros corazones, les tenemos un poquito de lástima.


En cada barrio hay…

… un quiosco.

Los quioscos, además de las jugueterías, son los lugares más maravillosos del barrio, en ellos se pueden conseguir toda clase de golosinas y dulces. Allí podemos comprar por unas monedas pequeños trozos de dulzura. Pueden ser caramelos de menta, de frutilla, de limón, de durazno, de naranja, de nuez, cereza, frambuesa, de miel, de miel con limón. De todo, todo lo que se les pueda ocurrir.

También hay chocolates: chocolates solos, chocolates amargos, chocolates con leche, con burbujitas de aire, con almendras, con maní, con pasas, con caramelo, con dulce de leche, con galletitas. Así de chiquitos y así de grandes.

…Y chupetines, redondos, alargados, gigantes, minis, en espiral, chicles con juguito y chicles sin juguito, con azúcar y sin azúcar.

Si bien no es muy bueno vivir comiendo golosinas… ¡ es tan rico comer una de vez en cuando!…

Cuando se vuelve de los mandados, con las moneditas del vuelto se puede comprar un chicle o un caramelo o un alfajor y comerlo mientras volvemos a casa con la bolsa de los mandados en una mano y la golosina en la otra.

Aunque sin dudarlo dos veces, el que debe vivir realmente bien, es el quiosquero. Se imaginan… siempre rodeado por cajas y cajas de golosinas… ahí nomás, al alcance de la mano. Si quiere un chocolate tiene de todos los tipos y montones o un alfajor…, puede hacerse una pelota gigante de chicle… en fin, tiene de todo.

Al que no le iba muy bien con el quiosco era a Don Heriberto.


Pobre Don Heriberto… años de quiosquero… y de la noche a la mañana le dio una enfermedad, rara, incurable y desconocida. No se preocupen, nada  demasiado grave, pero catastrófica para su trabajo de quiosquero.

No… no era varicela. Tampoco gripe y mucho menos le salió un juanete. Esto  era peor, mucho peor. Se volvió… alérgico al azúcar.

Allí estaba Don Heriberto detrás de su puesto de quiosquero, lleno de dulces, galletitas y golosinas, estornudando puntualmente cada dieciocho segundos.

Cuando alguien iba a comprarle algo, la conversación era más o menos así:

  • Hola, Don Heriberto.
  • Ho… AAH… Ahhh… Chuaaa… la.
  • Me daría un paquete de pastillas de menta.
  • Como… AHHH.. no… Ahhh… ¿qué.. quue.. CHHuuuaaa… querés, de las sua..

de las sua… Ahhh… suaves… ahhh… suaves o de las… Ahhh… de las… AAAACHHUAAA!!!… o de las fuertes?

Y la verdad es que a uno, después de tanto estornudo sobre nuestras pastillas de menta, se le pasaban las ganas de comer golosinas y le decía gracias, pero que, pensándolo mejor tenía ganas de unos huevos con papas fritas y por ahí la abuela justo estaba cocinando eso, así que hasta prontito y saludos por su casa… y se iba a buscar otro quiosco que también tuviera pastillas de menta, pero con muchos menos estornudos.

A Don Heriberto las cosas no le iban bien, cada vez menos personas venían a su quiosquito. Él seguía con sus irreparables estornudos cada dieciocho segundos exactos y ya no sabía cómo solucionarlo.

Hasta que un día…

Sebastián era un vecinito del quiosco de Don Heriberto, vivía tres casas antes de la esquina, en la misma cuadra. El kiosco le quedaba justo de pasada al almacén de la vuelta, el lugar perfecto pues a él no lo dejaban cruzar la calle todavía, así que iba a comprar sí o sí sus lentejas de chocolate preferidas al quiosco de Don Heriberto.

Seba no entendía por qué el resfriado le duraba tanto a Don Heriberto, aunque sospechaba que por que no le debía de hacer demasiado caso a su mamá, ni por qué


tenía cada día la mirada un poco más triste, ni tampoco por qué ya la gente no se amontonaba como antes delante de su quiosco.

Un día escuchó que Don Heriberto le contaba a un vecino su problema y que si las cosas seguían así iba a tener que cerrar el kiosco y que quizás, pondría una ferretería. Seba se preocupó mucho… ¿Dónde conseguiría entonces sus lentejas de chocolate… y sus figuritas… y esas calcomanías que tanto le gustaban… Además, a Don Heriberto no se lo veía muy feliz con eso de una “ferretería”, no porque las ferreterías fuesen malas, sino por que tenía alma de quiosquero, nadie mejor que él para diferenciar sin leerlos los cinco gustos de frutas del último chicle o para reconocer con sólo mirarlo

la cantidad de chocolate y de leche que tenía un bocadito… ¡¡Era un campeón!!

Esa tarde Seba se la pasó en el living jugando muy calladito, aunque más que jugar, pensaba en Don Heriberto y en su problema. Hasta que de pronto… ¡¡Ya está!!…

¡¡¡Esa era la solución!!!

Al día siguiente, antes de irse a hacer los mandados, Seba entró en el lavadero de su casa y buscó algo en secreto, lo guardó en el bolsillo y se fue.

Al volver, de pasada, se compró un alfajor en el kiosco de Don Heriberto y cuando le fue a pagar, le dio dos moneditas exactas y… ¡¡Un broche para la ropa!!! Y  sin decirle ni una palabra, se fue corriendo para su casa, porque su mamá lo esperaba y ya era tarde.

Don Heriberto levantó sus cejas de la sorpresa… ¿qué significaba ese broche?…

¿para qué servía?… Don Heriberto meneó la cabeza dos veces… – estos chicos, – y lo dejó a un costado.

Pasaba la tarde y ni un solo cliente. Cada tanto, Don Heriberto miraba el broche misterioso. Al final, aburrido, lo tomó y se puso a jugar con él. Se lo puso en el dedo, después se lo colgó en la oreja, se lo enganchó en el pelo, lo prendió en la solapa del saco y, por último, en medio de un preámbulo de estornudo, se lo puso en la nariz. Y cosa extraña… el estornudo se quedó ahí y las cosquillitas que tenía siempre desaparecieron al instante.


Don Heriberto dio un pequeño respingo. Tomó suavecito el broche y apenas se lo sacó,… otra vez la amenaza de estornudo y las cosquillitas; se lo volvió a poner… y nada. Entonces se lo dejó.

Pasaron los días y no volvió a estornudar, los clientes empezaron a volver y a comprarle, como antes, aunque las conversaciones ahora eran más o menos así:

  • Hola, Don Heriberto.
  • Hogha.
  • Me daría un paquete de pastillas de menta.
  • Gomo nog. ¿Gual guiere, gue gas guaves o gue gas guertes? Pero, por lo menos, no estornudaba.

Don Heriberto no le cobra más las golosinas a Seba, gracias a él puede seguir teniendo su quiosquito, sin embargo, Seba no abusa, lleva exactamente lo mismo de siempre, sabe que comer muchas golosinas no es demasiado bueno.

Si ustedes van al barrio alguna vez, pueden ver a Don Heriberto atendiendo su quiosco con un broche en la nariz. Los tiene de todos los colores: rojos, azules, verdes, marrones, celestes, escoceses, a cuadrillé, con pintitas… y dorados con brillantitos para los días de fiesta. A veces se olvida que lo lleva puesto y sube al colectivo con el broche prendido en la nariz.

Así que ya saben, si ven a un señor de bigotes, con gorra en la cabeza y broche en la nariz, ese es Don Heriberto, el quiosquero de la vereda de Seba.


En cada barrio hay…

… autos.

Y los hay de formas muy variadas.

Los hay con cuatro puertas y los hay con dos puertas, los hay con techo y los hay sin techo, con baúles chicos y con baúles grandes donde pueden viajar sentados los chicos y llevar las valijas de las vacaciones y al perro. También hay camionetas, camiones, colectivos, micros para viajar, taxis y un montón de variantes más.

También hay viejos y nuevos. Como viejos puede llegar a haber hasta viejisimos, esos de la época en la que el abuelo era chico, con cabinas cuadradas como cajas y ruedas de madera.

Pero a los barrios, en los que a autos se refiere, habría que dividirlos en dos: en los que hay pocos y en los que hay muchos. Y créanme, los autos sí que hacen diferencia. Sin ir más lejos, lo tenemos al primo Melquíades.

El primo Melquíades se había comprado un auto y andaba de aquí para allá y de allá para acá por el barrio mostrándolo, chocho de la alegría. Todo anduvo bien, respetaba los semáforos, ponía las luces en el momento apropiado, usaba el cinturón así anduviera a veinte. Hasta que un día… se le ocurrió ir a visitar a la tía Violeta que desde chiquito no veía. La tía Violeta vive en un barrio un tanto lejano, y ya que era un tanto lejano pensó, qué mejor que ir en su auto nuevo.

Y sin consultarlo con nadie, se fue derechito para la casa de la tía Violeta.

¡Qué error!… ¡¡¡Qué gravísimo error!!!

Pobre Melquíades, hacía tanto que no visitaba a la tía…, debió de haber preguntado antes de ir o, por lo menos, haber avisado…


Pasaban los días y nadie veía al primo Melquíades, todos extrañábamos en el barrio el ruido que hacía el motor nuevo de su auto nuevo. Así que empezamos a preguntar si alguien lo había visto. Preguntamos en el club, en el barcito de la esquina, en la estación; hasta llamamos a la casa de la abuela Ramona en Rosario y a lo del otro primo Eustaquio en Mendoza por si estaba allí. Pero nada, del primo Melquíades, ni noticias.

¡Es que nadie podía imaginar que había cometido la locura de ir a visitar a la tía Violeta!

Como a las dos semanas de su desaparición la tía Violeta nos llamó. Era para agradecer la visita de Melquíades, que había pasado la tarde con ella jugando a la  escoba de quince, que la teníamos un poco abandonada, que cuando la íbamos a visitar todos juntos y muchos saludos.

Cuando cortó, la desesperación cundió en mi familia.

¡¡¡Pobre… pobre… pobre primo Melquíades!!!… Justo a dónde se le había ocurrido ir con su auto nuevo.

Es que el barrio donde vive la tía Violeta es uno de los más llenos de autos. Hay autos en todas, todas las calles, con escasos centímetros entre uno y otro, y a todas horas. Autos en las esquinas, en las bocacalles, en los pasajes, en las cortadas, las avenidas. Autos por todas partes.

Se imaginarán que con tanto auto se avanza despacito, despacito, pero muy despacito. Y a veces no se avanzaba nada de nada.

Hace ya un par de meses que el primo Melquíades se fue a visitar a la tía Violeta. Su hermano Adalberto lo fue a buscar con la bici y lo encontró detenido como a tres cuadras de la casa de la tía Violeta, estaba jugando al truco con dos señores vecinos de auto.

Desde aquella época ya ha avanzado bastante, pero todavía le falta un trecho para salir del barrio de la tía Violeta. Mi tía Romina le prepara todos los sábados milanesas y flancitos caseros, se los pone en una canasta junto con cartas y saludos de los muchachos del barrio y el primo Adalberto se la alcanza en la bici. Hasta mi tía Violeta lo visita cuando sale hacer las compras.


Todos en el barrio esperamos que regrese pronto porque la verdad, lo extrañamos.

…Y un par de meses es un poco mucho para visitar a una tía que vive en la misma ciudad tan sólo cinco barrios más allá.


En cada barrio hay…

… una cosa diferente.

Yo conocí un barrio en donde había una fuente grande, pero realmente grande, llena de esculturas con forma de personas y caballos y esa fuente no la vi en ningún otro barrio.

En otro barrio vi un edificio raro, muy raro. Un edificio alto, alto y muy flaco, en donde no vivía nadie y que sólo servía de adorno. Estaba en el medio de tres avenidas y tenía cuatro ventanas así de chiquitas y cuadradas. Y ese edificio no lo vi en ningún otro barrio.

También conocí un barrio que tenia una torre alta, altísima, con un parque de diversiones alrededor. Y esa torre y ese parque no los vi en ningún otro barrio.

Y conocí un barrio en donde había casas y casa, ni un solo edificio alto. Todo el barrio era casas rodeadas de plantas, de árboles y de flores, ese barrio más que un barrio parecía un jardín.

También hay barrios en donde hay negocios, barrios donde hay zoológicos. Hay barrios donde hay ríos y hay barrios en donde hay bancos y nada más que bancos, pero no los de la plaza, sino los que sirven para guardar dinero.

Fíjense bien chicos y busquen, por que en su barrio seguro que existe algo que no encontraran en ningún otro barrio: algo único y especial, algo que hace al barrio un “BARRIO” y no “otro barrio más”.


En cada barrio hay…

… personas.

Pueden vivir en él o sólo estar de visita.

Si las personas viven allí entonces son vecinos y si no viven allí también son vecinos, pero de otro barrio.

En todos, pero en todos los barrios hay gente.

Hay nenes, hay personas grandes, hay viejitos, hay chicos que van al secundario, chicos que van a la facultad y hay bebés. Hay tíos, hermanas, abuelos, papás, primas, sobrinos, mamas, cuñadas, yernos, suegras, nueras. En fin, familias.

Cada habitante de un barrio forma parte de una familia. A veces sus parientes viven en otros barrios y esos parientes tienen otros parientes que viven en otros barrios  y son vecinos.

Si lo pensamos un poquito más, seguro, pero seguro que todos tenemos algún pariente lejano en común o algún conocido; entonces los vecinos ya no somos solamente vecinos sino parientes lejanísimos.

Y la ciudad deja de ser solamente ciudad y se vuelve una grande e inmensa familia.

FIN.

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