Parque

La humanidad ha agotado sus opciones y de esta manera casi ha generado su destrucción. En un mundo con una nueva geografía y un nuevo mapa político y social el ser humano recibe una segunda oportunidad: la visión y la esperanza humana permiten crear a “Parque” como un oasis para la barbarie de la civilización, pero quizás éste no sea otra cosa que la trampa mortal para eliminar finalmente a la raza humana.

PARQUE.

ADRIANA CANABAL

el-estante/historias digitales

Ilustración y armado de tapa: MACTOON

Todos los derechos reservados.

Este libro no puede ser reproducido, total o parcialmente, por ningún método gráfico, electrónico o mecánico, incluyendo los sistemas de fotocopia, registro magnetofónico o de alimentación de datos, sin expreso consentimiento de los titulares del Copyright.

1º Edición, junio del 2018

ISBN :978-987-4940-02-5

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723

Cantidad de ejemplares: 20.-

© María Adriana Canabal

© 2018, Ediciones El Estante/Historias Digitales

www.mactoon.com.ar

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Canabal, María Adriana

  Parque / María Adriana Canabal ; ilustrado por Mactoon. – 1a ed . – Ciudad Autónoma de Buenos Aires : El Estante, 2018.

  CD-ROM, PDF

  ISBN 978-987-4940-02-5

  1. Literatura Fantástica. 2. Narrativa Fantástica. 3. Novelas Fantásticas. I. Mactoon, ilus. II. Título.

  CDD 398.2

Fecha de catalogación:  31-05-2018


PREFACIO.

Ningún ser humano quiso imaginarlo.

La Naturaleza les había dado miles de oportunidades, pero ciegos, creyéndose los únicos hijos dignos del Padre, se negaron a reconocer las señales. Su propia vanidad fue la causa de su destrucción.

Al principio fueron las animales… o quizás las plantas. Comenzaron a morir sin poder nacer, sin aparente razón, sin control. El ser humano había inventado la extinción.

Luego fueron los ríos, casi al mismo tiempo, los mares. La Tierra lentamente comenzaba a perecer.

El hombre hizo caso omiso, él representaba a la Tecnología, al Progreso, salvaría del hambre y la miseria a toda la Humanidad y llevaría el confort humano a su apogeo. En sus manos tenía el poder de la Ciencia y la capacidad de la Industria, con ellas construiría el Nuevo Mundo, volvería a erigir el Edén sobre la Tierra.

…Pero esa misma Tierra sentía que estaba agonizando.

Sus hijos menores morían, desde seres microscópicos hasta las gigantescas criaturas del océano; todos perecían a manos de su primogénito.

Enloquecida por el dolor, comenzó a gritar.

Primero fueron inundaciones, luego tornados, siguieron terremotos y erupciones. Si hasta se aprovechó de las guerras humanas para expulsar todo su dolor, todo su enojo… toda su ira.

La Tierra sufría y su sangre se derramaba. La lava corría por los campos, el petróleo se volcaba en el mar.

Aún así, el hombre permanecía inmutable ante el llanto de su madre, enceguecido en su soberbia.

La Tierra comprendió que no podría esperar más, que no debía permitir otra vez el exterminio entre hermanos. Tomó una decisión.

Si por amor a su hijo mayor se había modificado, por amor a todo lo que fuese “Vida” lo haría nuevamente.

Poco a poco, la Tierra comenzó a enderezar su eje.

…Y de esta manera, se hizo el Caos.

Libro Primero.

Capítulo I.

El doctor Valverde salió como siempre de su casa a la mañana.

Desde hacía unos días llovía incesantemente. Ustedes saben… relámpagos, truenos, rayos y humedad.

Eso lo ponía de buen humor, le gustaba la lluvia, el agua que corría por las calles, las gotas sobre los vidrios.

Vivía cerca de un parque no muy lejos del centro de la ciudad. Puso el portafolio sobre el techo del auto y sin soltar el paraguas, buscó las llaves en el bolsillo. No estaban, se las había olvidado. Se rió de sí mismo y de su acto fallido: no quería irse a trabajar, era la pura verdad. Quería y, no tan inconscientemente, quedarse en su casa con su esposa y sus hijos.

Escuchó un nuevo trueno, pero este sonó distinto, sonó como si nunca fuese a terminar. Giró la cabeza en dirección al ruido y el corazón se le paralizó.

Oh… Dios…  alcanzó a articular al verlo, sólo pudo recordar a Dios.

Lo había soñado tantas veces y tantas veces lo había olvidado al despertar a la realidad, a “su” realidad del auto y las llaves. Apenas le había dado una pequeña justificación seudo psicológica: el agua representaba el emocional, la imagen onírica sólo significaba que el emocional lo desbordaba. Esa explicación siempre le había sido suficiente.

Esto debía ser un sueño más…, seguramente era un sueño… porque simplemente no podía ser realidad. Por sobre la ciudad, por sobre su desparejo horizonte, un muro azul oscuro, casi negro, se agrandaba.

Él conocía su exacto origen: venía en dirección del río… sí, de “el río más ancho del mundo”…, de ese río que era casi un mar.

El muro era una ola dantesca. El agua se estaba volviendo en contra de la tierra…

En sus sueños sencillamente se despertaba y todo terminaba, pero esta vez no era un sueño más… Ahora por fin conocería su final, sin dilaciones, sin cálidos desayunos esperándolo…

Volvió su rostro a la ciudad que, todavía somnolienta, apenas despierta, trataba de iniciar un nuevo día… y sintió verdadera lástima por ella.

No más pacientes, no más tostadas con manteca, no más familia… no más llaves.

Y con ese último pensamiento, se despidió.

En el resto del mundo no se vio ni escuchó otro programa que no fueran los noticieros.

-…nos llega información directamente desde nuestro corresponsal en Brasilia, Figueroa Da Silva.

– Directamente desde Brasilia, Capital de los Estados Unidos del Brasil. Casi toda América del Sur ha sido declarada zona de emergencia. Las costas de Argentina y Uruguay se dice que han desaparecido bajo las aguas. No tenemos información oficial, pero se comentan que los daños han de ser cuantiosos y se teme que no miles, sino millones de personas hayan perecido. Volvemos a reiterar, no tenemos información oficial puesto que no hay contacto radial ni tampoco manera de enviar observadores aéreos por los fuertes vientos que afectan la zona y los temporales que abarcan casi todo el continente sudamericano. Las imágenes satelitales muestran el ojo de un huracán, cuya formación pareció realizarse imprevistamente e impide cualquier referencia precisa de la zona afectada. Lo poco habitual del fenómeno como la rapidez de su aparición han llamado la atención de todos los meteorólogos del mundo, quienes temen que este fenómeno tenga su origen en alguna nueva variación del efecto invernadero.

También se asegura que el agua está invadiendo ya parte del territorio brasileño y está afectando a sus costas Sur y Este. El movimiento de las aguas tendría su origen en un gran movimiento sísmico producido en la Patagonia Argentina y que ha afectado tanto a los territorios argentinos como chilenos. Esto quizás explicaría las extrañas migraciones de animales y aves fuera de temporada que se habrían producido este último tiempo en dicho territorio. Frank… disculpa… tenemos… dif… tades… para mante… el contact…

– Aquí Frank Sullivan nuevamente desde nuestros estudios. Les prometemos que tendremos más detalles sobre estos graves sucesos en nuestra próxima edición. Ahora vayamos a nuestro informativo meteorológico. Son sorprendentes las temperaturas que se están viviendo… ¡¡Jajá !!… o debo decir padeciendo en nuestra ciudad en plena época invernal. ¿ No lo crees así, Katty?…

– Así es, Frank. Realmente la ola de altas temperaturas ha sorprendido no sólo a la ciudad de Nueva York, sino a todas las del Hemisferio Norte, más precisamente a las zonas cercanas al círculo polar. Temperaturas superiores en un 30% a las temperaturas promedio…

– Disculpa, Katty, pero nuestro enviado en la ciudad de Méjico tiene noticias importantes para nosotros. Estamos contigo, Ramón Valle…

– Acá, Ramón Valle, desde el Distrito Federal, Méjico. Esta noche, los aparatos del Instituto Sismográfico de esta ciudad registraron un movimiento sísmico que alcanzó el grado 11.3 en la escala de Richter, un valor que sorprende por lo alto e inusitado. El movimiento tendría su epicentro en la zona sur de la Patagonia, cercana al supuestamente apagado volcán Lannin. Sin embargo, se dice que los instrumentos no han dejado de registrar desde ese momento pequeños temblores en distintos lugares del continente americano, principalmente en las zonas al este del territorio mejicano. Parece ser que en el área de las Islas Del Caribe Oriental se está registrando actividad subterránea. Las autoridades han iniciado una evacuación preventiva, tratando de evitar otro posible desastre, como el que ha sufrido América del Sur. Se ruega a la población que se mantenga en calma y espere en sus casas al personal de Defensa Civil y equipos de rescate de las Fuerzas Armadas.

Desde aquí, Méjico, Ramón Valle.

-…realmente resulta desolador para la raza humana. Todo parece escapar al control de las naciones. La ONU se encuentra sesionando en su sede provisoria ubicada en la campiña francesa. Luego de la urgente evacuación de la ciudad de New York, sus habitantes fueron trasladados a zonas seguras en el estado de Ohio, en la zona central de los Estados Unidos, pero al considerar “inestable” a todo el continente Americano, bajo el riesgo de que desaparezca como resultado de los imprevistos y grandiosos movimientos sísmicos, se ha iniciado su completa y total evacuación. Si bien la zona más afectada del mundo es el joven continente americano, no existe lugar en todo el globo que no haya sido afectado por brutales modificaciones. Han surgido nuevos territorios en los Mares del Sur y desaparecido costas en África, Asia del Norte y Sur. Se han formado lagos y surgido nuevas cordilleras. Ya han pasado poco más de dos años desde aquel gran sismo que hiciera desaparecer el cono Sur de Sudamérica.

Las Naciones Unidas reconocen que tienen un gran peso sobre sí y todos los países del mundo depositan sus esperanzas en ellas… ¿ No lo crees así, Jean?…

– Sí, Paul. La carga que tienen sobre sus espaldas es realmente muy pesada y no son pocos los que dudan de si podrán con ella. Deben reubicar a los evacuados, ocuparse de su seguridad y decidir qué va a ocurrir con naciones que han perdido la totalidad de sus territorios, restablecer las fronteras de los países menos afectados, motivo que ya ha creado más de una controversia avivando antiguos rencores y pleitos. Y quizás el mayor conflicto: decidir sobre el futuro de las tierras que han surgido como consecuencia de esta gran catástrofe. Los países subdesarrollados las reclaman como la posibilidad tantas veces postergada de su crecimiento. Muchos países donde la explosión demográfica se había vuelto un verdadero problema las ven como su tan esperada solución, mientras que las naciones que han tenido que abandonar sus tierras o las han perdido bajo las aguas, las reclaman para sí a modo de compensación. Pero de lo que ya no hay polémica, y sobre lo que nadie duda, es que América será pronto un continente olvidado.

Los científicos consideran que las posibilidades de que desaparezca en el transcurso de la próxima década ascienden a un 85% por lo tanto imposible de ser habitado por el hombre.

Quizás mañana despertemos y lo que queda de América sea sólo su recuerdo.

Capítulo II.

“Me agrada asomarme por la ventana y mirar como atardece. El sol se oculta, todo parece enrojecer, luego se baña de dorado… por último, la penumbra. Es la hora en que la tierra parece tener un momento de intimidad con el cielo.

…Estoy tan cansado. Cansado de luchar y de perder. Ya imponga mi pensamiento o no, siento que todo es una gran derrota.

La Tierra nos ganó, nos mostró en una pulseada mano a mano que era más fuerte que nosotros, que seguía siendo la Madre… y nos venció. Llevo encima una derrota de casi sesenta años.

Recuerdo el Central Park… Tenía seis años entonces cuando mi madre me llevaba a pasear allí. Sol, árboles, pájaros… ¡Pájaros!… El paraíso.

A veces me pregunto cómo será ver desmoronarse a esos colosos: el Empire, el Crysller… Saint Patrick… Crash… Bruummm… piedras, polvo, corrientes de agua y ruinas…

Hoy me siento derrotado, hoy voy a perder la última gran batalla contra mí mismo… ¡Dios!, qué difícil es ver pájaros en estos días… a las puestas de Sol le faltan pájaros… y a los amaneceres, a los mediodías… ¿ Dónde diablos estarán ?…

…No debemos matar otra vez a la Tierra, sólo Dios sabe qué cosa es capaz de hacer esta vez. Si al menos esos idiotas de la Junta lo entendieran…, pero lo aceptarán. El proyecto es magnífico…, titánico, aunque grandioso.

Tierra, si tú aprendiste a destruir por nuestra culpa, ojalá nosotros podamos aprender de ti a construir. ”

La puerta del amplio despacho se abrió suavemente dejando entrever una fornida y joven figura. El hombre sentado en el sillón de cuero verde tras el escritorio, apenas se percató de ello sumido en sus propios pensamientos.

– Disculpe, Señor Louis…

“ George Chávez: buen muchacho, sincero y responsable… algo raro por aquí. ”

– ¿ Qué sucede George ?…

– La sesión de la Junta se reabrirá en diez minutos. Lo felicito, señor, su proyecto es impresionante. Me agradaría poder darle una opinión más precisa…, pero no me creo capaz de juzgarlo. Resulta ambicioso dada la situación actual… e impresionante.

– No te preocupes, Chávez, a mí también me sobrepasa. Creo que si tuviera que dar mi opinión la compararía con una obra de arte: puede gustarte o no, pero es imposible dejar de sentir algo al pensar en ella.

– Creo, señor, que ésa es la mejor observación sobre “ Parque ” que he oído, aunque debo advertirle que no todos piensan igual. 

– Lo sé, Chávez. Lo sé…, pero también creo que no hay otra solución y ya casi no tenemos tiempo. Quizá ella no nos dé otra oportunidad…

– ¿ “ Ella ”, señor ?… no entiendo.

– Yo me entiendo, Chávez…, yo me entiendo.

Como tantas veces a lo largo de la historia, el martillo de madera golpeaba la banca buscando, paradójicamente, a través del ruido llegar al silencio.

– Señores, por favor…, señores…, orden !!!…

– Por favor, calma…

-¿ Calma, señor Louis ? Creo que usted no entiende…

“ Sí, muchachos: la Junta de Naciones. Qué gracioso, pasar de sesionar en la ciudad de Nueva York a Kiev en las estepas rusas. Los Estados Unidos fueron astutos y cambiaron avances tecnológicos por territorios, gran negocio. Por su puesto, la ONU siguió en su sitio habitual. Hace ya treinta largos años que su función se vio radicalmente modificada: pasó de ser el lugar en común, donde los países se reunían para discutir y organizar la solución de los problemas de todos, a ser el sitio donde se resuelve y determina la política mundial. Vaya pandilla de colegiales, aquí todos están seguros de manifestar solamente “ La Verdad ”… es que debo estar equivocado, esto no es la Junta… debe ser el Olimpo. Pero seamos innovadores, hagamos algo que los desconcierte: escuchemos… ”

– Señor Louis, su proyecto es realmente asombroso, por no decir… fantasioso. Ya sé, conozco el apoyo “ casi ” mayoritario que posee, pero en los tiempos actuales y ya a sesenta años del holocausto, debería darse cuenta de que la idea de “equilibrio ecológico” ha pasado a un segundo plano, ya no es actual, casi podríamos decir que está pasada de moda…

“ …Necio… Imbécil… Si su discurso debe tener ya sesenta años… o más… debe tener milenios…, viejo apolillado… ”

-…En estos momentos debemos volcarnos a otro tipo de preocupaciones. Las poblaciones han aumentado “ considerablemente ” en ciertas zonas y es necesaria una “redistribución”. La propuesta de mi bloque es…, en esto me apoya un gran… un importante bloque de naciones que si bien no son numerosas, debo recordarles sus aportes incesantes y ayudas desinteresadas a naciones menos avanzadas… Nuestro proyecto, tengo que reconocerlo, es muy diferente del suyo. El nuestro se vuelca y jerarquiza plenamente a la raza humana, su mayor preocupación es el bienestar y el progreso del ser humano, luego nos ocuparemos de lo demás. Y en esto creo que estaremos todos de acuerdo: nuestra mayor preocupación deben ser nuestros hijos, nuestros hermanos, nuestros pueblos… Hablo de construir ciudades para ellos, hospitales, fuentes de trabajo. Hablo del progreso…

“ Lo siento, pero son sesenta años…, es toda mi vida. Pienso en un puñado de plumas que agoniza en alguna parte, en todos los que han muerto ya… y en todos los que pueden morir… A los atardeceres les hacen tanta falta… ”

– No sea ridículo, Laumer…

Chávez se sobresaltó. El Señor Louis parecía perder los estribos… ¡ Dios !, qué estaba haciendo… Había interrumpido al representante de la Unión de los Países del Este… ¡ Santo Dios !… Estaba loco…, golpear su mesa en el estrado… Todo se perdería…, todo. Trató de calmarlo, se acercó y se inclinó sobre él sujetándolo firmemente por el hombro para que se sentara, pero sólo recibió un empujón que lo arrojó sobre otras bancas para finalmente caer al piso.

– No sea ridículo… ( “ lo siento Chávez ” )… Todo lo que dice es una farsa… ¿ De qué estúpida tecnología me habla si somos incapaces de restaurar el equilibrio en el mundo ?… Crear ciudades… construir casas, industrias… No somos capaces de recomponer siquiera uno solo de los hábitats que destruimos a  nuestro paso… El ser humano es tan capaz de reconstruirlos como una criatura de dos años lo es de manejar una sierra eléctrica… De qué humanidad me habla cuando lo que está diciendo es trasladar a los grupos más carenciados de nuestras sociedades y abandonarlos para que trabajen como esclavos en un continente que puede desaparecer en el momento menos esperado…

– Debo corregirlo…, señor Louis. Primero el continente tiene un 27,3% de probabilidades de inestabilidad, casi 3 puntos por debajo de las  normas de seguridad, segundo…

– ¡¡ Miente !!…  los golpes resonaran aún más en el silencio helado de la sala.

– Señor Louis…, por favor, que alguien llame seguridad… 

– ¡¡ Miente !!… es inestable en un 42,7… “ casi trece puntos por encima de las normas de seguridad ”… y eso lo puede medir hasta un chico solamente con una lata y un clavo. Los informes mienten y lo sabe…, tenemos la oportunidad de hacer todo nuevamente… La naturaleza ha creado allí su paraíso perdido, no lo cambiemos por un puñado de avances tecnológicos que no nos harán diferencia… América no es habitable…, al menos no para el hombre, ella lo quiso así…, dejémosla en paz… Llevemos de vuelta a casa a sus hijos extraviados… – “ Dios…, no, llorar ahora…, no… ”  América no le cambiará la vida al hombre…, pero puede cambiársela al mundo… No lo entienden…, ella no nos dará segundas oportunidades.

Los guardias lo sujetaron. En el silencio de la sala se sintió que, más que para retenerlo, fue para no dejarlo caer…

“ Tantos años de dolor…, tantas vidas… deberían servir para algo… ”

George caminaba como una fiera por el living de su departamento sin poder detenerse. Su esposa, sentada en la punta de una silla, trataba inútilmente de calmarlo.

– El Señor Louis no debió hacerlo…

– Cálmate, George…

– Pero no debió hacerlo, Linda. Todo, todo está perdido. Yo estaba allí, se descontroló…, se levantó…, golpeó el estrado…, luego me empujó… y enloqueció…

– ¿ Acaso lo que dijo es mentira ?…

– No. Por supuesto que no, pero cuando se llega a ciertos cargos y uno se mueve en ciertos medios… y con tantos años en esto… se deben mantener las emociones aparte…

– Quizás demasiados años, George…

Linda se levantó y encendió el aparato para ver las noticias.

-…y eso fue todo en la Junta durante el día de hoy… y vaya día movido…

– Realmente, Carmen. El Doctor Gregory Laumer ha solicitado a la Junta la remoción de su cargo al enviado de los Estados de Nueva América, el Señor Teodoro Louis. Recordemos que si bien el Señor Louis nació en la desaparecida ciudad de Nueva York, durante la redistribución su familia se radicó en la ciudad de Nueva Quito, perteneciente a Nueva América. Según nuestros confidentes en la Junta se comenta que el motivo de las discusiones del día de hoy fue el proyecto secreto “ Parque ”, presentado por el Señor Louis y apoyado por una cierta mayoría de naciones. Como todos sabemos se oponía a este proyecto el Señor Laumer con su programa “ Factory ”.

– Imbéciles… – George se desplomó en un sillón y se mordía insistentemente las uñas.

– Cálmate…, George, no me dejas oír…

– Idiotas…

– George…

– …espera, Carmen. Estamos en línea directa con el Señor Laumer. ¿ Señor Laumer qué consecuencias piensa que traerán los acontecimientos vividos en la Junta durante el día de hoy ?…

– Bueno, es evidente que el Señor Louis deberá alejarse de la Junta… Su comportamiento en el día de hoy estuvo totalmente fuera de las normas establecidas. Quizás su cargo le quede un poco “ grande ” y creo que con su… retiro debemos olvidarnos del proyecto “Parque” y dar vía libre a “ Factory ”.

– Apágala… – gruñó George.

George Chávez observaba de pie frente al ventanal un nuevo atardecer. Casi el mismo despacho, aunque seguramente otras circunstancias. Nadie más estaba con él en la estancia, pero desde hacía ya varios años se sabía eternamente acompañado. En algún impreciso momento se había percatado de su tácita presencia y desde ese incierto instante “ella” había sido su secreta musa y mentora.

“ Así que era ésto…, ésto era lo que querías… ”

La puerta volvió a abrirse como hacía tantos años atrás y una joven e inquieta figura entró en la estancia, visiblemente conmocionada. Pero para George, esta vez su rol era otro.

– ¡¡ Señor Chávez !!!…

Peter entró hecho una tromba. “ Buen muchacho…, un poco atolondrado. ”

– Cálmate, Peter…

– ¿ Lo ha oído, señor ?… ¿ Lo ha oído ?…

– Sí, Peter…, no se comenta otra cosa en los pasillos. ( “ Excelente medio de información por cierto, aun antes de cualquier comunicado o decreto ” ). Felicidades, Peter…, enhorabuena.

Peter lo miró desconcertado.

– ¿ Enhorabuena ?… ¿ Yo, señor ?…  Pero ha sido usted quien…

George Chávez lo interrumpió con una sonrisa.

– Enhorabuena para todos.  – Luego agregó mirando la tenue luz del crepúsculo -: Creo que iré a visitar a un amigo.

A Ted le gustaba tirar migas en el patio de su casa. De vez en cuando tenía suerte y venía un pajarillo y las comía. Estaba preocupado pues hacia ya unos días que no lo veía. Esa criatura le resultaba algo casi mágico. Desde aquella vez en Central Park, hacia tantos años… Debió ser un sueño.

El comunicador no había dejado de sonar en todo el día. Tontos, hacía…, bueno, mucho tiempo que no lo atendía. El comunicador era fácil, se lo desconectaba y listo, pero el llamador… también lo había molestado y no se podía desconectar. Por suerte parecía que se habían cansado, pero esperen…, ahí estaban otra vez. No…, no eran ellos.

– Titi… ti…. tiiiiiii…

La novena de Beethoven: el canto de un pájaro. Su viejo amigo Chávez lo venía a visitar. “ Buen muchacho. ”

Se sacudió las manos y trotó suavemente para abrirle, ” a ver si todavía pensaba que estaba muerto. ”

Abrió la puerta y allí lo encontró, con una botella de champagne en una mano y una planta con un lazo en la otra. Su viejo y joven amigo.

– Te me vienes a declarar…

“ Viejo Zorro ”,  pensó Chávez.

– No, quizás algo no tan bueno como eso… ¿ Puedo pasar ?…

– Seguro,  – rió Ted – creo que pronto me convertiré en un salvaje.

Se estaba volviendo poco a poco un viejo ermitaño, ya ni modales tenía.

– Eso espero  – dijo George mientras se sentaba en un sillón y comenzaba a abrir la botella – . Trae copas, viejo.

Ted lo miró entre asombrado y desconcertado, pero sin hacer preguntas obedeció como un niño. Llevó las copas y se sentó a su lado. George sirvió el vino y le alcanzó una, luego llenó la suya y, levantándola, lo invitó a brindar.

– ¿ Por qué… ?  – preguntó Ted con un gruñido.

– Por nosotros tres.

– ¿ Nosotros tres ?  – inquirió Ted mirando alrededor -. Seré viejo, pero aún sé contar.

– Tú, yo y… “Ella” – respondió George señalando hacia abajo.

Ted Louis se sintió morir, una nueva pequeña muerte. Sus recuerdos… adiós Central Park… Bajó la vista, llorar, no…, no, otra vez, que lo vieran llorar… No.

– Eso… eso quiere decir…

El nudo en la garganta lo enmudecía. George pasó su brazo rodeando su espalda, lo abrazó como se abraza a un maestro o a un padre adoptivo.

– Sí, viejo…, lo logramos. Los tres lo logramos… Serás uno de los primeros nuevos salvajes en América.

Ted levantó su rostro como un chico.

– Quieres decir…

– Sí, Ted. Quiero que vengas conmigo, quiero que estés conmigo en la realización del proyecto, me eres imprescindible.

Ted lo miró a los ojos, las lágrimas se perdían en los surcos de su rostro, las lágrimas reaparecían sólo para perderse otra vez. Ya no le importaba que lo vieran llorar.

América, El Central Park, los pájaros… Mamá…

Era bueno estar otra vez allí.

Aunque a Ted solía causarle gracia, parecían tratarlo como a una vieja reliquia, como a un drakkar vikingo o a un ánfora griega… o  algo parecido.

Ted se sentía bien, tenía su despacho, su secretaria, sus compañeros de trabajo. Por supuesto conocía el origen de la curiosidad que despertaba: cada vez eran menos los que habían nacido en el viejo mundo, allá atrás, en el tiempo, un tiempo anterior al caos… y él había nacido nada menos que en la ciudad de Nueva York, toda una genuina leyenda.

A veces se divertía caminando por los pasillos y cantando, a voz en cuello con su tono de bajo, aquella vieja canción: “ New York !!!…. New York !!!… ”. Solía espiar con el rabillo del ojo los rostros sorprendidos, las sonrisas rígidas, las miradas de temor… Una auténtica momia viviente.

Pero esa mañana no se sentía con ánimos de cantar. George entró sin llamar en el despacho, se paró delante del amplio ventanal con las manos sujetas en la espalda mirando un lejano horizonte inexistente.

George sabía que ese día Ted necesitaría a alguien con quien hablar.

– Somos dinosaurios, George…  comenzó a decir Ted.

– No digas tonterías

– Somos dinosaurios – insistió con firmeza y luego agregó con cansancio – …y cada vez somos menos.

– Me enteré esta mañana en los informativos. Era toda una personalidad casi tanto como tú…

– No quieras engañarme. Hace diez años él ganó y yo perdí.

– Quizás…, pero “ Parque ” es un hecho y “ Factory ” un proyecto olvidado.

– No habrá sido precisamente gracias a mi oratoria.

George no pudo evitar sonreír.

– No lo sé, creo que en su momento levantaste una buena tormenta… y no precisamente con “ Parque ”…, aquellos 42 puntos de inestabilidad…

– Cuarenta y dos “ punto ” siete…

George se volvió a mirarlo. Jamás cambiaría y era una suerte.

– Sí, cuarenta y dos punto siete. Vaya ola que levantaron.

Ted suspiró apesadumbrado. A veces nos equivocamos y a veces ese error puede costar muy caro.

– Sí, ya lo creo y lo siento…, realmente lo siento. Cuando hablé no medí…, no pensé… 

– Tranquilo, Ted, tú sólo dijiste lo que sabías. Información que por cierto también tenían derecho a saber y cualquiera es libre de luchar por lo que cree, aunque quizás esa no fuese la mejor forma. Lo cierto es que el conflicto estaba desde hacía tiempo y sólo buscaban un motivo: hubieran sido los cuarenta y dos… punto siete o el precio de la cerveza, les hubiera dado lo mismo. Cualquier excusa hubiese sido buena para iniciarlas.

– …Pero yo les di “ una buena ” en serio.

– Sí, supongo que sí.

Ambos quedaron unos instantes en silencio.

– ¿ Crees que Laumer me lo habrá perdonado ?…- miraba su lapicera como si quizás ella tuviera la respuesta –. Con el lío de las guerras civiles, los proyectos fueron olvidados.

George se volvió a mirar un instante a su amigo, “ ¿qué diablos le pasaba?… ” Luego fijó su vista otra vez en la distancia.

“ Parque ”, no  – dijo a modo de respuesta.

– Claro que no, tú te ocupaste de mantenerlo vivo. – Ted volvía a perderse en la vieja lapicera hecha antes de la Segunda Guerra Mundial, un recuerdo de familia…  – A veces creo que Laumer y nosotros tenemos muchas cosas en común.

– ¿ En serio ?…  – George no pudo evitar el tono sarcástico.

Ted pareció no notarlo.

– Sí, ellos son muy similares a nosotros, pero con otros tiempos. Iguales y distintos a la vez. Ellos tratan de remendar y emparchar aquellas cosas que ven como necesarias, es como si lo urgente fuese lo importante. No tienen tiempo, quieren las cosas ya, quieren sanar todo ya como si fueran unos desesperados enfermeros.

– ¿ Y nosotros, Ted ?…

– Nosotros miramos la vida como si no nos fuésemos a morir nunca…, como si estuviéramos convencidos de que la vida es una larga continuidad de vidas, como si sintiéramos que aquel que nos sucede fuese una extensión de nosotros mismos. Creemos que siempre habrá alguien que tratará de hacer bien las cosas. Tenemos fe. Ellos necesitan palpar los resultados, verlos. Nosotros creemos ciegamente en ellos aún cuarenta años antes de que se terminen. Sabemos que darán frutos, solamente hay que esperar… Nosotros somos jardineros. Ellos ven con estos dos ojos, nosotros vemos con los de alma.

George lo interrumpió fastidiado.

– Tonterías, Ted. Laumer era un viejo necio a quien lo único que le importaba eran los intereses económicos de su bloque.

– No digas eso, George. Quizás sus ideas no fuesen como las nuestras, pero él a su modo trataba de hacer lo mejor que podía. Lo que hacía, lo hacía pensando en el bienestar del hombre.

– Bien, por un momento tratemos de olvidarnos que no buscaba su propio bienestar. Él pensaba en el bienestar del hombre… bueno, nosotros nos ocupamos del bienestar de “ todos ”. Es una lástima que en el mundo existan millones de seres más insignificantes que el ser humano.

– George, cuando se ve morir a niños… es difícil pensar en el resto del mundo.

George apoyó sus manos con fuerza en el escritorio de su amigo. Eso era demasiado…

– ¿ Ahora estás con él, Ted ?…

Ted fijó sus ojos en los de su amigo. Era casi su hijo…, cómo explicarle, cómo decirle que nunca se había sentido un triunfador, que llevaba sobre sus hombros toda una vida de derrotas. …Que sólo quería un poco de paz.

– No, George. Jamás podría estar de su lado, solamente lo comprendo, lo que no quiere decir que lo justifique.

George miraba esos ojos…, en ellos había tanto dolor. Sus ojos también se humedecieron. “ Viejo Zorro… ”, nunca dejaría de sorprenderlo. George lo abrazó, luego, apenas separándose un poco, sonrieron. Ted indicó con su dedo  el momento de comenzar a la cuenta de tres:

– “… Start spreadin’ the news, i’m leavin’ today…. i want to be a part of it, New York, New York…”

En verdad estaba allí, después de casi setenta años, por fin había vuelto…

No podía decir que estuviese distinta pues él no la había conocido demasiado, pero era su tierra, su querida tierra natal y ahora estaba de regreso ante ella. Y le llevaba regalos, muchos…, muchísimos regalos. Las bodegas de los siete barcos estaban llenas de ellos; toda clase de animales para devolver a su hogar, al nuevo continente. Otra vez, Nuevo Continente.

Como una elección del destino, iban a desembarcar en la zona del Caribe, al igual que hacía tantos siglos lo hiciese el “Almirante ”. La única diferencia era que en la antigua zona del “ Mar del Caribe ” ahora se extendía una amplia pradera surcada por un cordón montañoso. Pero agua o tierra era el Caribe.

También le traía 3.500 nuevos habitantes entre operarios, técnicos, ejecutivos, arquitectos y vaya uno a saber qué más; todos seleccionados y altamente capacitados para su cargo, como rezaban sus legajos.

“ Maldito seas, George. Dejas a este dinosaurio a solas con esos bebés, mientras tú te quedas a tomar el té con esas especies de humanoides. Claro, a ti siempre te toca la parte más fácil… ¿Y yo qué hago con ellos ? ¿ Les cambio los pañales y los entalco? Ninguno ha nacido en esta tierra, ninguno conoció al viejo mundo, solamente en los libros de historia. Si hasta yo ya debo de figurar entre Napoleón y Julio Cesar. Louis… Louis… ¿ No estuvo en la toma de la Bastilla?…

Bueno, en definitiva, creo que ellos deben estar más aterrorizados que yo. Al fin y al cabo, para mí es sólo volver a casa. ”

– Disculpe, señor Louis.

Su asistente Miguel. “ Buen muchacho… Ojalá aprendiese pronto a sonarse la nariz. ”

– ¿ Sí, Miguel ?…

– ¿ Cuáles son sus directivas para el día de hoy, señor ?

Todo el viaje había sido así, una silenciosa tortura. Directivas para esto, directivas para aquello. Qué palabra despreciable para enmascarar la de burdas órdenes, parecía que nada se hiciese si no era por una “ directiva ” suya. A veces se preguntaba cómo era que habían llegado hasta allí, pero, claro, él había dado la “ directiva ” de hacerlo. Suspiró…

– Informa al personal jerárquico… – puafff… otra palabra más que le desagradaba – …que yo descenderé primero a tierra, que en una hora estén listos para desembarcar.

– Está bien, señor Louis.

– Y, Miguel…

– ¿ Sí, señor Louis ?

– Llámame Ted…

Había querido estar solo. Luego de tantos años el hijo pródigo volvía.

Pensó en los muertos… y pidió paz.

Era bueno que él estuviera allí, tenía la obligación de enseñarles sobre aquella tierra desconocida, enseñarles a comprenderla, a amarla.

…Él era el eslabón perdido.

Buscó en su interior lo que sentía por ella y encontró amor, pero un amor húmedo, tibio, pausado… Un amor de hijo. Había vuelto al hogar, al regazo. El ciclo se cerraba. Otra vez en casa.

“ Diablos, George… tu proyecto sí que era bueno, realmente bueno…, tan bueno que los convenciste. Casi puedo oírte hablando ante ellos, en sus reuniones, en sus partidos de golf, sus “ buffets ” : – … olvídense del estúpido idealista de Teodoro Louis. ¿Quién está para pensar en pajaritos y arbolitos ?… con su reserva para los animalitos perdidos… ¡ Ridículo !… Yo les vengo a hablar de negocios… ¿ Qué negocios ? Del negocio más grande mundo: el espectáculo, la diversión. Un parque… No, otro parque, no… “ EL PARQUE ”… “ EL PARQUE MÁS GRANDE DEL MUNDO ”.  ¿¡¡ Qué menos se merece la raza humana !!?… Esta sería la obra más grande en toda la historia. Todo un continente… Ni las Pirámides ni Roma ni la muralla China podrían comparársele. Junto a ella serían simples castillos de arena. Les hablo del cenit del progreso humano, avances científicos, adelantos tecnológicos… ¿¡¡ Somos o no somos la especie pensante del planeta !!?… ¿ Qué bueno por los animales ?… ¡¡¡ Noo !!!… ¡¡¡ Qué bueno por la humanidad !!!… Y qué “ bueno ” por nosotros… Estoy hablando de “ negocio ”, ¿ entienden ?… Negocio… Imagínense: hoteles, vehículos de transportes, visitas guiadas, sistemas interactivos… todo con el mayor confort y la más perfecta seguridad. ¿ A quién le interesa ?… Lean los estudios. ¿Quién ha visto un león o un elefante o a un jaguareté ?… Si hasta las gaviotas son consideradas como animales mitológicos. Y de las generaciones futuras, ni hablemos… ¿Cuánto costaría ?… Bueno, tienen los números… Ya sé, ya sé… Parece mucho, no creo que algún país quie… pueda subvencionarlo, pero como sería algo “ para toda la humanidad”, es lógico que lo pague ella. Simple. Se puede convenir en que cada habitante del mundo aporte un mínimo de dinero semanal o mensual; puede ser un valor o cinco o diez… ¿ qué importa ? La obra llevaría años, quizás décadas… ¿ entienden ?… “ décadas ”. Un auténtico negocio. Por supuesto que las personas querrán… ¿ Acaso hay algo más mágico que hablarles de ciervos, tucanes, búhos, jirafas, las inmensidades verdes, las selvas inexpugnables, los bosques, el extenso cielo azul, las nubes… Y todo con seguridad y comodidad, en perfecta armonía con la naturaleza y respetando el medio ambiente… ¡¡¡¡Por Dios, señores !!!!… Si hasta ustedes vaciarían sus bolsillos. Lo siento, sólo era un chiste… ”

– Tú sí fuiste astuto, George. Les vendiste el negocio del milenio y después de las guerras les vino perfecto prometerle el “paraíso ” al mundo. Tenemos cincuenta años para dárselos. Estúpidos, son tan estúpidos como para pensar que todo está bajo su control y tú tan hábil como para hacérselos creer. Piensan que los van a engañar a todos, pero no se dan cuentan de que tú y yo ya los engañamos a ellos. Nosotros sí les daremos el Paraíso, ¿ eh, George ? … o al menos un paseo por él.

Apoyó su rodilla en la tierra y tomando un terruño del suelo lo deshizo.

– …nosotros sí se lo daremos, pero nunca más permitiremos que lo destruyan. Si no saben vivir en él, solamente lo verán. No, George, no la destruirán esta vez… No, otra vez.

El paisaje se extendía ante sus ojos. Verde y azul, toda inmensidad.

El aire que llenaba sus pulmones parecía marearlos, como si quisiera envenenarlos. El calor, la humedad…, hasta el sol era distinto. Ya no era un disco brillante en el cielo, era el Rector.

…América ya no era el Central Park, era salvaje, indómita, arisca. Era otra vez virgen, nuevamente “ mágica ”.

Ted sabía lo que se les cruzaba por la cabeza, hasta casi podía oír sus pensamientos. Allí, tras él, estaba reunido su “Personal Jerárquico ”. Lo mejor de lo mejor, los responsables de iniciar todo: la primera piedra, los cimientos… “ Y si los cimientos están mal puestos, bueno, mejor nos hubiésemos quedado en casa. ”

Estaban todos tan serios… Por supuesto así debía ser: el momento era histórico.

“ Farsantes… ” Estaban aterrorizados. Seguramente habría toda clase de insectos y animales salvajes y virus mutables y sólo Dios sabría qué otra clase de monstruos… Quizás hasta caníbales, igual que en los libros. Todo era desconocido y lo desconocido no sólo asusta a los pequeños.

Lo miraban a él y al paisaje como si confabularan contra sus vidas, como si en cualquier instante, fuesen a desmoronarse por alguna misteriosa hecatombe y tan sólo los hubiesen llevado para verlos perecer junto con ellos. Una ofrenda de vidas jóvenes al espíritu de América.

– Disculpe, Señor Louis.

– Ted, hijo, Ted…

– Bien, señor… Ted… ¿ Cuáles son sus primeras directivas ?…

Así que querían directivas… Bien, él se las daría, ya iban a conocer lo que era bueno. Asintió con la cabeza y frunció el ceño, tenía que prepararse; ésta iba a ser una de sus mejores representaciones. Cerró un instante los ojos concentrándose. Bien, ya estaba listo.

Se volvió al grupo y comenzó a caminar lentamente delante de ellos, sin mirarlos ni por un segundo; la barbilla levantada, el rostro adusto, como un viejo general de antaño. Luego los encaró.

– ¿ Quién es el que da las “ directivas ” ?  – gritó con su voz de león.

Los jóvenes se miraron desconcertados, eso no parecía un discurso inicial.

– ¿¿ Quién es el que da las “ directivas ” ??  – volvió a decir Ted y, aunque les parecía imposible, su voz sonó aún más fuerte.

Algunos alcanzaran a murmurar un tenue:

– Usted…

– ¡¡¡ No los oigo !!!!…  gritó Ted.

Todos trataron de recomponerse.

– Usted, señor Louis.

– ¡¡¡ Aún no los oigo !!!!.

– USTED, SEÑOR LOUIS.

El dinosaurio había enloquecido.

– ¡¡¡¿ Y quiénes las obedecen ?!!!…

Todos dudaron un instante, era mejor seguirle la corriente hasta que pudieran comunicarse con alguien.

– Nosotros…

– ¡¡¡¿ Cómo ?!!!!…

– NOSOTROS, SEÑOR LOUIS.

– Bien, ahora, todos… ¡¡¡¡ Firmeees !!!!… ¡¡¡ Vista al freeente !!!!… ¿¡¡ No me oyó, González ?!!! …

Ahora vendría lo mejor, jamás había pensado que fuese tan divertido.

– Bueno, ahora voy a darles la primera “ directiva ”. Está relacionada con una prueba, no se les informó antes porque era un… secreto – caminaba entre ellos mirándolos directamente a los ojos como si les quisiese infundir temor. – Y voy a aclararles algo: aquel que no la pase estará fuera. Entienden… FUEEERA. No valdrán ni sus papeluchos ni los ruegos de “ papá ”. La pasan o se van. ¿ Entienden ?…

El grupo permaneció mudo. ¿ Qué diablos era aquello ?…

– ¿¿ ENTIENDEN !!!!!!????…

– SÍ, SEÑOR LOUIS.

Ted se paró frente a ellos dándoles la espalda y ocultó una sonrisa. Realmente lo estaba disfrutando, él les enseñaría a sonarse la nariz.

– …AHORA, EL QUE NO HAGA LO MISMO QUE YO… SE VA.

Su voz debió haberse oído hasta en los barcos, incluso hasta allí, del otro lado del océano. Se volvió hacia ellos con una sonrisa traviesa en su rostro y, guiñándoles un ojo, agregó:

– … y llámenme Ted.

Luego comenzó a correr por el pasto, a gritar, a saltar, a rodar por la hierba.

Todos se quedaron paralizados. Era grave, tenían que detenerlo… ¡¡¡ se iba a matar !!!!… Había perdido todo el control.

Algunos comenzaron a sonreír, parecía divertido… Se miraron, se encogieron de hombros y comenzaron a correr también. Los otros se asombraron, pero el temor ya se había roto. Se distendieron,  ¿ por qué no ?… En medio de risas y gritos se unieron a los demás. Saltaban, rodaban y se perseguían, recordaban antiguos juegas de niños. George era el que más sabía: juegos desconocidos… olvidados.

¡¡¡ Dios !!!… ¡ había tanto espacio !… La hierba, el cielo tan azul, las nubes como único techo. Tanta libertad…

Central Park no estaba tan lejos.

George Chávez desembarcó. Lo había hecho muchas veces en sus sueños, pero pronto comprendió que no estaba preparado, que no valía preparación alguna.

Sentía los olores desconocidos sobre su lengua. El resplandor, la luz que se adhería a su piel por debajo del saco. El silencio aturdiendo sus oídos implacablemente. El suelo que vibraba bajo sus pies, latente, lleno de vida. Esa arrasante carga de energía trepaba por él, ascendía por sus piernas, por su médula y lo consumía… lo quemaba muy lentamente desde el interior.

Trató de buscar algún recuerdo, algo donde aferrarse, pero nunca había visto un lugar como ése, ni siquiera un palmo igual. Se sentía minúsculo, insignificante. Sentía miedo… sentía una dura roca que crecía en su estómago y, poco a poco, lo invadía todo. Cuando ya se sentía irremediablemente perdido, el brazo sobre su espalda lo rescató.

– ¿ Qué te parece, hijo ?…

George trató de abarcar con su mirada la totalidad del horizonte y no pudo. Concentró entonces su atención en lo pequeño: las diminutas vidas, los seres casi inanimados y la imagen cobró otro aspecto. Sobre él se abalanzaron miles, billones de seres vivientes, activos, latiendo confabuladamente al unísono, como en una perfecta melodía terrenal. No podía precisar si él correspondía a algún acorde… Pero sentía el abrazo y se entregó a él, dejó de luchar y en su rendición se dio cuenta de que ya no se perdería. La Tierra le daba la Bienvenida. Desde ahora, sería un hijo más.

– ¿ Por dónde empezamos, Ted ?…

– Tú dirás, George… No sé que nuevos trucos has traído para nosotros…

George contempló todo una vez más. “ Los ojos del alma… ”, había dicho una vez Ted, “ …somos jardineros, recuérdalo siempre, George. ”  Por un instante pudo unir todo lo que se extendía ante él como si fuese cada una de las pinceladas que conforman una preciada obra de arte. Y gracias a Dios sólo fue por un instante. Pudo sentir esa inmensidad como una plenitud, pudo sentir desde la bacteria hasta los espacios desconocidos más allá del horizonte. Vio ante sí lo que debía hacerse, paso por paso, acción por acción hasta su conclusión final.

La primera miniciudad ya había sido levantada, lo que significaba que sus necesidades básicas estaban cubiertas.

– Bien, creo que lo primero que debemos hacer es aislarla.

Ted le palmeó el hombro.

– Estoy de acuerdo. Tú dirás con qué, no creo que nos alcancen los paneles plásticos y… la vieja malla de alambre ya no se usa.

George rió. “ Viejo dinosaurio ”. Lentamente comenzaron a descender la colina en dirección a la ciudad.

– Ted, ¿ no somos seres humanos ?… Tenemos dedos prensiles, recuerda… y algunos hasta somos inteligentes. Sabes, hay algo que se llama ciencia, tecnología… Hablamos de campos magnéticos… Bueno, algo así como magia para ti.

– Oye, que yo nací mucho después que el “ Filadelfia ”.

– Bueno, pensé que los habías conocido en la Atlántida. Es algo que se viene estudiando desde hace tiempo y se perfeccionó en las últimas guerras.

– Clarísimo.

– Si dejas de gruñir, quizás pueda explicarte mejor de qué se trata.

– Ni lo intentes. Tú haz tu trabajo, que yo haré el mío.

– ¿ El tuyo ?… ¿ Y desde cuándo a rodar por la  hierba le llaman trabajo ?…

– Mira que seré viejo, pero todavía te puedo golpear.

– ¿¿¡¡ Tú !!???… ¿¿ tú, pegarme a mí ???…

Comenzaron a golpearse y a correrse como niños.

América era, por fin, “ El Parque más Grande del Mundo ”.

Capítulo III.

Elizabeth esperó pacientemente a que a su nuevo jefe notara su presencia.

Sentado en un amplio sillón parecía haber perdido la conciencia de su entorno. La pared detrás de su escritorio estaba cubierta por más de cincuenta monitores. Miles de cámaras, a las que podía conectar a su antojo, se hallaban distribuidas en todo “ Parque ”; desde allí, podía acceder a cualquier sitio con sólo darle una orden al computador. Pero su centro de atención era un único monitor en el que se podía ver un gran espécimen de araucaria, un espécimen muy antiguo por cierto. Los ojos de Chávez parecían perderse más allá de las luces de la pantalla.

-Bonito ejemplar…  – comentó Elizabeth.

Sabía lo desagradable que resultaba el darse cuenta de que alguien nos ha estado observando sin que lo notáramos y no quería incomodar a su jefe en su primer día de trabajo ni pasarse toda la mañana en esa oficina. Tenía tantas cosas para ver.

George Chávez giró su asiento enfrentando a Elizabeth, con una sonrisa la inspeccionó de arriba abajo.

– Sí, bonito ejemplar – afirmó Chávez – . Tú debes ser Elizabeth Del Río. – Luego agregó en tono de broma -: …Rara combinación.

– ¿ Le parece, señor “ George Chávez ” ?…

George rió con ganas, esas mezclas producto de la reubicación le fascinaban. Luego, casi sin ponerse los anteojos, abrió una carpeta que tenía frente a él, junto a otras. Apenas le echó una ojeada al descuido.

– ¿ Qué te pareció “ Parque ” ?… – le preguntó inesperadamente.

Elizabeth trató de explicarle.

– Es… – y no podía encontrar las palabras. Volvió a sentir el puño hueco en su estómago y solamente atinó a decir -… es devastador.

Después de decirlo se sintió tonta y calló. Chávez aún podía recordar la primera vez, tan lejana en el tiempo y tan cercana cada día. Asintió.

– Sí, todos hemos sentido miedo la primera vez. Luego… luego ya no nos queremos marchar.

– Así es – dijo casi para sí Elizabeth, recordando lo poco que había alcanzado a ver – . Yo ya no podría volver “ allá ” jamás.

Chávez consultó su reloj y rió.

– Tiempo récord: cuarenta y siete minutos.

Ambos sonrieran y luego callaron.

Chávez pareció perderse nuevamente en sus pensamientos. Elizabeth comenzó a impacientarse y a sentirse un tanto incómoda, la había dejado nuevamente sola. Chávez habló de pronto y Elizabeth se sobresaltó.

– ¿ Crees que podrás con tu trabajo ? – la interrogó sin miramientos.

Esa pregunta era irrelevante pues delante de él tenía su legajo. Nadie había más idóneo para el cargo que ella, así lo había preparado durante duros años de estudios y trabajo. Todo estaba en sus papeles.

– Terminé mis estudios con un promedio de 97,8. Me avalan los trabajos realizados en…

George la interrumpió.

– Puedes o no.

– Sí – fue la corta y firme respuesta de Elizabeth.

Chávez se distendió con una sonrisa, luego se incorporó y la acompañó hasta la puerta.

– Bien, Elizabeth. Ahora descansa y acomoda tus cosas, mañana preséntate a trabajar. Ah… y sé puntual.

– Así será, señor…

George apretó suavemente la pequeña mano de Elizabeth.

– No me digas señor, llámame George.

– Está bien. Hasta mañana, George…

– Hasta mañana, Elizabeth.

Ya todos se habían retirado.

El encargado de la limpieza había intentado entrar, pero él lo había alejado con un gruñido. Chávez quería estar solo. Buscó con la computadora la cámara y la conectó al monitor.

Allí estaba otra vez, orgullosamente erguido. Había sobrevivido a tantos cataclismos, incluso al propio hombre, parecía dominar sobre la tierra y el aire. Incansable, indestructible, eterno… Se sabía dueño del espacio y del tiempo. George Chávez no podía dejar de ver la figura del centenario árbol.

Habían pasado tantos años, América ya no era la misma.

– Bueno, apenas en un 7,8 % de su superficie. Está bien, está bien… en un 7,85 %. Te gustaban las cifras exactas… ¿ eh, viejo ?… Si lo vieras ahora…, aunque estoy seguro de que lo haces. Le estamos dando los últimos toques, tal vez en seis o siete años… Quizás parezcan muchos, pero aquí el tiempo pasa pronto. Y entonces… ¡¡¡ Tatan… tataaaannn !!!!… ¡¡¡¡Con ustedes,  “ Parque ” !!!!!!…

Claro que están ansiosos, yo diría que desesperados. Fue bueno aislarlo, nadie sabe qué es lo que pasa dentro. También esos campos magnéticos son excelentes, traslúcidos hacia el interior, opacos hacia afuera. Simplemente perfectos…, si hasta funcionan bajo el agua. Los animales los perciben y se alejan, una jaula inmensa… Aunque todavía no he podido discernir cuál es el lado de adentro y cuál es el de afuera.

Ahhh !!!… y no te he hablado de lo mejor: las “ Ciudades Puerta ”. La nuestra es la número uno: “ Ciudad Puerta Número Uno ”, por supuesto. Hay seis más, en total suman siete. Buen número… ¿ Verdad ?… Todas ubicadas en diferentes costas del continente para recibir y distribuir a nuestros visitantes.

Se aproxima el momento de la inauguración y debo confesarlo…, sé que tú sabrás guardar el secreto. Me hace doler el estómago. ¿ Tú crees que realmente debemos hacerlo?… Quiero decir, ¿ te imaginas “esos” trogloditas allí dentro ?… Ya sé, para eso fue construido… y la idea fue mía. …Pero ahora, al faltar tan poco, no sé, realmente, no lo sé.

Luego calló un largo instante y como en un suspiro continuó.

– Hoy conocí a la persona que se ocupará de los visitantes. Gracias a Dios no seré yo. Si llego a enterarme de la cantidad de… de… de esos que vendrán, creo que moriría. Y reviviría sólo para morirme otra vez. Ya lo sé… No es tan grave, todo está bajo control. “Todo”. No podrán hacerle daño ni a un microbio. Nosotros cuidaremos de eso, ¿ verdad ?… Creo que me he vuelto un viejo necio y quizás un tanto egoísta, pero recuerda que ellos…

La pantalla veintisiete se encendió.

– Señor Chávez, disculpe. No quería interrumpirlo.

Sergio Gibran. “ ¿ Cómo decías ?… Buen chico. ”

– ¿ Qué necesitas, Sergio ?…

– Creo que tengo lo que me encargó, señor, ya está solucionado. Quería mostrárselo. ¿ Podría venir ?…

“ Una buena idea. Algo que no habíamos pensado: una especie de llave maestra o una ganzúa. ”

– Está bien, Sergio, iré para allá. Ah, hijo, llámame George.

– Bien, señor George.

“ Buen muchacho, a veces un poco duro. ” Volvió su vista a la pantalla en la que el gigante verde permanecía inconmovible.

– Descansa, al menos por ahora.

Apagó los monitores y salió.

Elizabeth se sentía a gusto. Su jefe, el señor Chávez, no era tan cascarrabias como él quería hacer creer. Lo que sí le extrañaba era que, a veces, parecía preocupado, lo sentía temeroso de algo. Ella, sin embargo, luego de un tiempo había adivinado el motivo.

Él…, bueno, dicen que no solo, pero casi solo, había ideado a “ Parque ”. Si lo había construido para eso, ¿ por qué temía tanto que la gente fuese a entrar en él ?… No lo comprendía, por más que lo había intentado no podía hacerlo.

Además, todo, absolutamente “ todo ”, estaba bajo control. Habían tenido casi cuarenta años y los mejores expertos para planificarlo. No podía haber errores ni siquiera podía existir la probabilidad de ellos.

A veces, trataba de imaginarse a América antes del holocausto y, como en esa ocasión, no podía hacerlo. Allí no había lugar para lo que existía en el resto del mundo: ciudades gigantescas, campos prolijamente cultivados, territorios fabriles… y, por supuesto, sus consecuencias: problemas sociales, delincuencia, índices de violencia, disputas políticas, luchas de poderes…

En verdad en “ Parque ” existía la mejor tecnología y los mayores adelantos de la ciencia, muchos de ellos desconocidos para el resto del mundo, pero apenas se notaban. La única, la indiscutida protagonista, era la Naturaleza. Quizás eso hacía la diferencia. ¿ Acaso se podía comparar  un monorriel electrónico hipersilencioso con una camada de pumas ?… En una de sus visitas de inspección los había visto, su amiga Helen la llevó y ella casi se pone a llorar. Eran tan graciosos, con sus patotas chuecas y sus panzas regordetas que rozaban el piso, sólo en los cuentos de hadas podían existir cosas tan bellas como esa. No tenía palabras para describirlo y no cabían comparaciones, había que verlos, que sentirlos, que olerlos por sí mismo y ya nunca se los podría olvidar.

“ Parque ” era una fuente rebosante y generadora de vida, VIDA… y eso no era comparable a ningún “ extrachip ”.

Elizabeth sentía iniciar un viaje a la fantasía cada vez que visitaba “ Parque ”. Más que recorridos de trabajo parecían paseos de esparcimiento pues allí todo lo que se hacía se volvía un placer.

También era tanta la diversidad de vidas… Resultaba increíble las formas con las que se manifestaba: aves, insectos, peces, mamíferos… y no podía enumerarlos todos. Si hasta a Helen se le hacía difícil, ella reía y decía que no importaba su cargo de Directora de Veterinaria, que sólo Dios era capaz de hacerlo y sin olvidarse alguno.

Y esto era un secreto… A veces, de noche, en sus sueños, ella se convertía en uno de ellas. Corría por los bosques oscuros, por el desierto o volaba allá, en lo alto, sobre las montañas, junto a las nubes…

Qué extraña, la naturaleza: aquí una pradera y, kilómetros más allá, un desierto o un río o un pantano… o una sierra… Parecía no tener motivos, seguir una conducta caprichosa, pero cuando uno la observaba se daba cuenta de que estaba contemplado hasta el más mínimo detalle. Ni el ser humano más adelantado podría emularla jamás. Siempre sorprendía, siempre fascinaba.

No entendía al señor Chávez, no podía entender su miedo. Nadie más parecía darse cuenta, aunque ella lo intuía: tenía miedo. ¿ De qué ?…

Debía de haber perdido el contacto con el mundo exterior, pero ella aún lo conservaba. Desde que recordara siempre había oído hablar de “ Parque ”: en su casa, en la calle, en la escuela…  Poco a poco se creó la leyenda, una leyenda real, viviente.

Desde la primera vez que siendo niña escuchó sobre “ Parque ” había querido ir allí. Trataba de pensar en cómo sería mientras se columpiaba en la hamaca en el patio de su casa, en todas las cosas increíbles que podría encontrar y, debía admitirlo, realmente había superado toda expectativa. Luego de mucho esfuerzo y perseverancia lo había logrado, ahora estaba allí, justo en medio de todo y de la no tan lejana inauguración.

Sí, Chávez debía de haber perdido contacto con el exterior, pero ella no, sabía que  afuera cada noticia de “ Parque ” era esperada ansiosamente por el mundo. Era realmente notable, en el “ Antiguo Mundo ”, ocurriese lo que ocurriese, todas las noticias pasaban a segundo plano cuando se hablaba de “ Parque ”.

Recordaba aquellos incidentes de hacía unos años. Se comentaba que “ Parque ” era un fraude, que todo el proyecto era una estafa, pero la gente sabía la verdad: era una maniobra de la Junta preocupada porque “ Parque ” escapaba a su control. Se decía que se habían equivocado al permitirle tantas atribuciones a George Chávez y ahora querían enmendar su error… ¡ Dios !, por lo menos los buitres son animales. Deseaban poder, querían tomar para sí los avances de “ Parque ”, los querían para su propio y exclusivo beneficio y no precisamente para mejorar la calidad de vida. La eterna historia de siempre.

Elizabeth recordaba la polémica, también recordaba cómo Chávez había abandonado sus dominios y había ido a enfrentar a sus detractores en los de ellos. Se había defendido como un león, como una auténtica fiera salvaje. “ Ahí tenían los campos magnéticos, los complejos “ Pared ”, las siete ciudades, los otros complejos de “ Logística ” y “ Recepción ”, los sueldos de las miles de personas que trabajaban allí…” ¿Qué había dentro?…  “ Bien, si querían saberlo, él les construiría una “ maquetita ” de muestra, porque nadie que no estuviese autorizado entraría. ” La Junta trató de apelar, pero Chávez era capaz de hacerle vender el alma al mismísimo diablo, los convenció una vez para que iniciaran “ Parque ” y lo hizo otra para que lo dejaran en paz. Volvía a sus dominios con la partida ganada y todo el apoyo de la opinión pública.

Elizabeth estaba convencida y segura de que ningún ser humano sobre la tierra sería capaz de levantar un solo dedo contra “ Parque ”. Era el sueño de todos como había sido el sueño de ella desde que era una niña.

Sergio se despertó, la vio a través de sus ojos soñolientos, sentada en la cama mirando más allá del ventanal.

– ¿ No duermes, amor ?…

– Sí, estoy durmiendo… y soñando.

Se recostó junto a él, luego se tapó con las cobijas y lo abrazó.

– Otra vez tarde… – Chávez gruñó sin levantar la vista de sus papeles.

– Disculpe, anoche no pude dormir  – se disculpó Elizabeth.

Sergio entró tras de ella.

– ¿ Tú tampoco pudiste dormir?…  lo interrogó Chávez.

– Yo… yo dormí muy bien… Gracias – respondió entrecortado Sergio.

Chávez gruñó otra vez, pero por dentro era unas castañuelas. Su Directora de Visitantes y su Técnico en Sistemas se entendían. “ Buenos muchachos, formaban una linda pareja. ” Ya en las ciudades había toda una generación que había nacido allá: los hijos del Nuevo Continente, los nuevos americanos. Chávez no dejaba de asombrarse ante el continuo fluir de la vida… Unos se van, otros llegan.

– Bueno, bueno, señores dormilones.

Sergio le hizo señas.

– Yo no me dormí… – y la señaló a Elizabeth.

Elizabeth le devolvió la acusación con una mirada fulminante. “ Chiquilines, todos allí se volvían chiquilines y ante sí tenía a los dos chiquilines más responsables y trabajadores. Buenos muchachos… ¿ No, Ted?… ”

– ¿ Puedo hablar ?…  – preguntó Chávez. – Gracias. Como todos ustedes estarán informados, nuestra fecha de inauguración estaba estimada para dentro de cinco años y ocho meses con un margen de tres días de adelanto o atraso.

Helen lo interrumpió.

– ¿ Estaba estimada ?…

– Sí,  – afirmó Chávez a su pequeña junta directiva – estaba estimada.

Los doce jóvenes lo miraron. “ Todos chiquilines. Como dirías tú Ted: ni saben sonarse la nariz, pero… ¡¡ diablos, qué bien hacen su trabajo !!… Todo descansa sobre ellos. La hiperestructura de “ Parque ” es su responsabilidad… y la mía. ”

– Así es, Helen: “ estaba estimada ”. El plazo se ha modificado, ahora solamente contamos con tres años como mucho a partir de esta fecha. Les pido su mayor esfuerzo… sé que son capaces de hacerlo. Rehagan todos sus cálculos y organicen sus presupuestos, los quiero a más tardar mañana al mediodía. Es todo. Gracias.

Sin esperar preguntas ni dar más explicaciones, Chávez se levantó y se retiró a su despacho dejando tras de sí una verdadera tormenta.

El “ mamut ” había enloquecido.

– ¿Y tú qué crees, Elizabeth ?…

– No digo que sea fácil…, pero no es imposible. Tú has visto, los números cierran y con la expectativa que se generará, tendremos los fondos. ¿ No crees ?… el Mamut ha hecho un buen movimiento.

– Ah… ¿ nuevo apodo ?… – Sergio sonrió divertido.

– Sí, – dijo Elizabeth mientras guardaba un plato – el de “ oso polar con dolor de muelas ” era demasiado largo.

– Trata de que no te oiga. – Sergio terminó de levantar el mantel – . Pero de todos modos… ¿ Para qué?… cinco años, tres… ¿ qué diferencia puede haber luego de treinta ?…

– Quizás mañana me entere… – dijo Elizabeth haciéndose la misteriosa.

– Te enteres… ¿ qué quieres decir ?…

– Tengo una reunión con el mamut… bueno, con Chávez.

– ¿ Tú también ?…

Ambos se sorprendieron.

– Yo iré a las tres… – dijo Elizabeth.

– Yo también… Vaya sorpresa que nos debe tener preparada. – Sergio sonrió sin que Elizabeth lo viera, ahora había llegado su momento para hacerse el misterioso -. Yo también tengo una sorpresa.

Elizabeth se sobresaltó. ¡ Dios ¡… ¿ y ahora qué ?… En el año y meses que llevaban juntos ese hombre le había regalado todo lo que se le había podido ocurrir.

Sergio sacó del armario un frasco, metió su mano en él y sacando un paquetito enharinado se lo alcanzó a Elizabeth.

Ese hombre estaba perdidamente loco. Elizabeth comenzó a desenvolver el paquete. ¿ Qué sería esta vez ? Alguna tontería… Cuando levantó la tapa del estuche, enmudeció… casi tanto como cuando conoció “ Parque ”. El diamante del anillo iluminaba sus ojos claros con un brillante  y mágico punto de luz.

Ambos llegaron puntualmente a sus citas y fingieron sorprenderse de su encuentro. “Pillastres, no creo que exista algo de uno que el otro no lo sepa… si hasta se adivinan el pensamiento.”

De lo que sí se sorprendieron sinceramente fue de ser los únicos. Esperaban encontrar allí por lo menos a un par más de los doce que conformaban el directorio, pero sólo Elizabeth y Sergio entraron al despacho. Apenas se sentaron, George Chávez fue directo al grano.

– ¿ Qué opinan de mi decisión de adelantar la “ Inauguración ” ?…

Chávez miraba la lejanía. Desde hacía un tiempo atrás el pasado se le presentaba tan vívido como el presente. “ Mala señal .”

Elizabeth no dudó demasiado en responder.

– Armó un verdadero revuelo, señor.

Siempre sincera… y frontal. “ Mamut, vaya ocurrencia. ”

Sergio dudó un instante, a él le intrigaba otra cosa.

– No sé si es bueno o malo…, pero no entiendo… ¿ de qué nos sirve ?…

Elizabeth lo miró por el rabillo del ojo… ¿ Qué cosa estaba diciendo ? Ella no veía la hora de empezar a recibir a los visitantes.

– Lo que quiero decir…, – intentó explicarse Sergio -… es… bueno… ¿por qué el apuro?…

Elizabeth percibía algo distinto en la reunión, algo que no había sentido otras veces, sentía intimidad. Chávez había abierto un canal hacia ellos y ella estaba dispuesta a aprovechar la oportunidad.

– Creí que la idea de los visitantes en “ Parque ” no le agradaba en realidad, señor Chávez… – dijo con suma suavidad y mirándolo directamente.

Chávez volvió su vista hacia ella. “ Esos ojos tan claros… ¿ desde cuándo lo sabría? “ Intuitiva, había captado su temor, una muy buena cualidad. Apenas suspiró, podía estar tranquilo, también sabía cuándo ser discreta. Alejó nuevamente su mirada hacia el horizonte y pensó en el gigante verde. “ Cómo me gustaría que estuvieras acá… ”  Creyó sentir por un instante el abrazo paternal sobre sus hombros, tan cálido y salvador como siempre. Se distendió… podría confiar en ellos. Por algo estaban sentados allí… “ ¿No es cierto, Ted?…”

Volvió su vista hacia los jóvenes y le sonrió a Elizabeth quien se la devolvió confiada. “ Todo estaba bien, seguramente de noche también sueñan que corren libres por los campos o vuelan allá arriba, junto a las águilas. ”

– Elizabeth, hija… mírame y dime… ¿ qué ves ?…

Elizabeth calló. Veía ante sí al hombre más admirable que conociera sobre la Tierra, astuto, inteligente, sabio, terco, tenaz, chispeante, no había perdido toda su energía ni había descuidado su objetivo en ningún momento a lo largo de toda su vida, de todos estos años… Ella quería ser así como él cuando llegara a la vejez… Los ojos irremediablemente se le humedecieron. Ahora comprendía… Podía sentir, podía sentir todo el temor, toda la ansiedad, el dolor y la impotencia de lo irremediable. Elizabeth callaba.

– Yo te lo diré… un viejo. Y día tras día estoy más viejo.  Luego se volvió a Sergio . ¿Qué diferencia hay?… Puedo estar vivo o puedo estar muerto. – Levantó una mano como deteniendo un reproche inexistente -. Ya sé… es egoísta. – Los miró a los ojos, como tratando de llegar a su rincón más profundo –. Entiendan, quiero estar allí para verlo. Imagínense… todas esas personas… todos esos seres…  cuando lo vean y sus rostros, transformándose…, irradiando el asombro, la felicidad contenida…, esperada por tantos años…

Luego agregó casi pidiéndoles perdón.

– ¿ Pueden comprender ?…

Elizabeth no respondió, tenía los ojos nublados por las lágrimas y un nudo en la garganta. Sergio sintió su pena y tomó su mano por debajo del escritorio. Elizabeth desvió la vista tratando de ocultar sus lágrimas… ¿ Quiénes eran ellos para juzgarlo ?… ¿Quién era el mundo para hacerlo ?… Para Sergio era distinto: qué importaba si debían o no debían, el viejo sólo quería un poco de paz y ellos podían dársela.

– Lo entendemos – le respondió con tranquilidad.

Chávez sonrió, miró a ambos como un chico al que se lo pesca robando dulces y lo perdonan.

– Gracias – su rostro se iluminó como nunca en todo el tiempo que lo habían conocido. Ya no serían más el jefe y sus subalternos; desde ahora, los tres eran cómplices.

Se levantó sonriendo y les indicó que lo siguieran.

– Vengan, chicos…, vengan. Tengo algo para ustedes.

Elizabeth y Sergio lo siguieron. Pensaron que irían a alguna otra sección, pero los llevó directamente hasta una de las paredes de su despacho, apoyó una mano en ella y un panel disimulado en la pared se abrió dando lugar a un pasadizo oculto. Entre sorprendidos e intrigados caminaron detrás de Chávez por pasillos desconocidos para ellos, aunque ambos tenían una idea de dónde estaban. El despacho de George abarcaba una amplia sección de “Pared”, el complejo que hacía de conexión entre la ciudad y el interior de “ Parque ” y en donde residían todas las personas que trabajaban en su interior. Las que realizaban tareas en las ciudades habitaban en ellas. Salvo por los directivos, el personal de las dos áreas permanecía incomunicado, de esta manera el secreto de “ Parque ” se había preservado a lo largo de los años. En todo “ Parque ” nadie tenía acceso a toda las zonas, existían sitios cuyo acceso estaba restringido hasta a los propios miembros del directorio. Ellos mismos muchas veces se habían preguntado qué habría en aquellos sectores. Elizabeth y Sergio se miraron silenciosamente, parecía que ahora iban a saberlo.

– Pasen, pasen chicos… Vengan por aquí.

Entraron a una sala de terminales, monitores, teclados y sillas, en todos lados había una… ¿ qué tendría de especial ?…

– Bueno, – dijo Chávez enigmático – … acá está su sorpresa.

Hizo gestos de mago con sus manos y descubrió ante ellos una placa negra adosada al teclado de una terminal.

– ¿ Qué es eso ? – preguntó Elizabeth.

Sergio lo conocía muy bien, era algo que él mismo había desarrollado hacia algún tiempo. En su momento no había entendido para qué servía y ahora que lo tenía ante sí y supuestamente operativo, menos. Miró a Chávez confundido.

Chávez lo observaba, esperando su comentario, pero Sergio no salía de su asombro. Luego le indicó señalando a Elizabeth.

– Explícale…

Sergio se volvió un tanto confundido a Elizabeth. ¿ Qué diablos quería el viejo ? Explicarle…  ¿ qué ?… Si él mismo no entendía demasiado qué hacía allí. Bueno, por lo menos podía decirle la parte técnica.

– Como tú sabes, los sistemas de seguridad y de información son muy complejos. Si bien nosotros trabajamos con ellos, cada uno toma la parte de información a la que tiene acceso y no todos podemos acceder a las mismas. En realidad, suele haber una gran cantidad de información que desconocemos. Los sistemas de seguridad funcionan de forma similar. Existen zonas de “ Parque ” a las que jamás tendremos acceso como ésta.

– ¿ Quieres decir… – Elizabeth deseaba saber si había entendido bien – que nadie tiene acceso al total de la información de “ Parque ” ni tiene el control total sobre él ?…

– Exacto. – Luego volvió la mirada a Chávez. – Bueno, nadie-nadie, no. “ Casi ” nadie. Él único que puede hacerlo, supongo, es el señor Chávez.

Chávez rió, estaban la mar de sorprendidos… y aún habría más, “ mucho ” más.

– ¿ Y eso realmente es “ así ” de seguro ? – inquirió desconfiada Elizabeth.

– Por supuesto – respondió Sergio – . Los sistemas de acceso son cien por cien seguros. En más de una oportunidad han sido probados. Eso de que “ un sistema no es inviolable ” es mentira. Todo depende de cómo se lo piense, si buscas la inviolabilidad…, obtendrás lo contrario. Yo soy de la creencia…

Chávez lo interrumpió.

– Si tuviéramos que hablar en cifras exactas, jovencita, yo diría que aún más.

Elizabeth volvió a mirar a Sergio. ¿Cómo diablos estaba informado sobre todo eso?…

– Luego de algunos inconvenientes con el diseño anterior, yo desarrollé el sistema actual – le explicó Sergio – . En realidad, ambos están funcionando a la vez. Aquellos que buscan violar el sistema se entretienen con el anterior. El actual es totalmente desconocido para los demás y funciona en paralelo. Así todos obtienen lo que quieren y están contentos. Por supuesto, no se los hago fácil, eso los deja más satisfechos. Te vuelvo a decir: es seguro.

Elizabeth lo miraba muy seria, nunca se lo había contado.

Chávez giró y se acercó a la terminal.

– Vengan por aquí y les mostraré.

Elizabeth no volvió a mirar a Sergio mientras él trataba de explicarse por lo bajo.

– Fue antes de conocerte… No pensé que fuese a hacerlo operativo, creí que lo había olvidado…

– Shhhh… – lo silenció enojada – . Más te vale que aclares todo antes de casarte.

Sergio evitó mirarla, estaba enojada. Elizabeth sonrió para sí, siempre tomaba sus palabras al pie de la letra. “ Tonto… ”

– Mira, Elizabeth, – la llamó Chávez – así funciona.

Chávez apoyó su mano en la placa plástica negra. Un sensor se activó encendiendo la terminal. La computadora comenzó a buscar un código de números que parecían no terminar a una velocidad increíble. Por fin, preguntó el computador:

– Buenos tardes, señor Chávez, ¿ en qué puedo servirle ?

– Excelente – dijo Elizabeth, que aún no entendía demasiado – . ¿ Y cómo funciona?…

– Lee el ADN y…  respondió Sergio y calló. Ésa era información clasificada, pero si estaban allí debía ser por algo.

– Ingenioso, ¿ verdad, Elizabeth ? – Chávez le sonreía. “ Viejo zorro. ”

– Ahora ven, nena, apoya tu mano aquí.

Elizabeth los miró asombrada, pero obedeció.

– ¿ Tienes tu mano ?… Bien…, ahora…  Chávez ordenó a la terminal -: “ Reconocer nuevo código de acceso. No cancelar anterior ”.

El computador simplemente obedeció.

Sergio estaba con la boca abierta, no podía creerlo. Elizabeth sentía su corazón latiendo en el pecho como el paso de las manadas de bisontes en las praderas.

– Listo. Gracias, Elizabeth. Ahora tú, Sergio…, ¡ vamos, hijo , no seas tímido !… Apoya tu mano ahí, –  Chávez rió – si él que hizo esto es bueno, creo que no te la quemará. Tú debes saberlo.

Otra vez la orden, casi las mismas palabras.

– Muy bien, ya está. Ahora siéntense, por favor, – y les indicó las sillas de los operadores – pónganse cómodos, tenemos mucho de qué hablar.

Sergio y Elizabeth estaban shoqueados. Nunca se habían imaginado que algo así les ocurriría. Sentían la angustia del crecer de golpe, la idea de que todo aquello que sueñas puede volverse realidad. Chávez no les había preguntado si querían tomar todas las responsabilidades que les estaba traspasando, pero ellos en ningún momento se negaron. Tácitamente los tres aceptaban el juego y sus secretas reglas.

“ Buenos muchachos…, ya se acostumbraran. ” Chávez podía sentirlo, estaban emocionados. Papa Noel se aparecía en agosto y les había llevado todos los juguetes que habían pedido a lo largo de toda su vida. Ahora de buenas a primera formaban parte del corazón de “ Parque ”. Esa mañana se habían levantado como si fuera un día más y, de pronto, se había transformado en “ El Día ”. Chávez sonrió,  él se ocuparía de tranquilizarlos.

– Bueno. Tienen muchas cosas por saber, pero antes que les cuente, les pido… no, les imploro, que no me llamen señor Chávez. George, por favor… y si no pueden, prefiero mil veces que me digan “ Mamut ” antes que Chávez… ¿ está bien?…

Elizabeth enrojeció suavemente, Sergio bajó la cabeza mirando incómodo la punta de sus zapatos, pero ambos sonrieron.

– Estate quieto, George.

Siempre era lo mismo: ella tratando de arreglarle el lazo del moño y él impacientándose. ¡Dios…, qué trabajo debió tener su madre !…

– Ya está – Elizabeth le palmeó el hombro y sonrió.

George le preguntó impaciente:

– ¿ Qué tal me veo ?…

Elizabeth rió.

– Creo que cuando los de seguridad te vean, irán corriendo a pedirte un tutor y te llevarán a la “ guardería ”.

George Chávez también y rió, pero su risa no sonó como siempre. Estaba nervioso, asustado, excitado, todo junto en una rara combinación volcánica mezclado en una coctelera y agitada durante treinta y cinco años… o quizás debería decirse por los setenta y tres que había cumplido hacía sólo unos meses atrás.

“ Sí, señor, bonita fiesta la de su cumpleaños. ” Elizabeth también le ató el moño en aquella ocasión, igual que en su casamiento con Sergio. Por supuesto, el padrino debía verse bien y sus dedos ya estaban torpes para esas cosas. Él disfrazaba la dificultad motora de sus manos alegando una viudez prolongada, diciendo que necesitaba afecto y otras cosas, que tampoco eran del todo mentiras.

…Pero ese día, si bien estaba asustado, no podía negar que estaba satisfecho. Por fin lo vería. Estaría allí, las puertas se abrirían y las personas que aguardaban en las “ Ciudades Puerta ” con su boleto en la mano ingresarían a “ Parque ”. El ser humano vería por primera vez realizados sus sueños.

Su corazón se agitaba en el pecho… y se llamó a la calma. Por supuesto que lo vería, solamente faltaban unas horas, unas pocas horas. “ Oye, Ted…, tú que estás de su lado, no dejes que me llame ahora. No permitas que me lleven,  sólo te pido unas horas… ”

El abrazo sobre su espalda lo rescató por segunda vez en su vida.

– ¿ Nerviosos ? – les preguntó Sergio al tiempo que con el otro brazo sujetaba la cintura de Elizabeth y la atraía hacia él.

– No… – dijo George con la voz un tanto más aguda de lo normal. – En absoluto.

Elizabeth rió, suspiró y silbó pasando su mano por la frente como sacándose un inexistente sudor.

– Para nada… – luego extendió sus manos mostrando cómo temblaban.

Sergio las sujetó entre las suyas.

– Bueno, si ya están listos, debemos marcharnos. Tenemos seis horas de viaje hasta “Torre Central”. Recuerden que sólo nosotros tres podemos dar la orden de apertura, si llegamos tarde, no habrá fiesta.

Los tres rieron.

Ya en el ascensor que los conducía a una de los subsuelos de “ Pared ”, George se volvió un tanto inquieto hacia Elizabeth.

– ¿ Crees que estará bien ? … digo, tú sabes que puedes llevarlo, a mí el bebé no me molesta.

Elizabeth sonrió, ya lo conocía tan bien…, sabía a donde quería llegar.

– Tranquilo, George, “ Junior ” estará bien. Además, tú y él juntos son imposibles de cuidar; también habrá mucha tensión y los bebés son muy sensibles a esas cosas, decididamente no es un buen lugar para una criatura. Mamá se ocupará bien de él.

– Está mal que lo diga, – acotó Sergio con una sonrisa – pero está con la mejor abuela del mundo…  y que me perdone mi madre.

Elizabeth adoptó una falsa pose de diva.

– Sin contar que hoy es nuestro estreno, nuestro gran “ debut ”. Tenemos que disfrutar de nuestro show plenamente, recuerden: somos los famosos de la familia.  Los ojos del mundo estarán puestos en la inauguración y nosotros somos la “ Inauguración ”.

George rió y se relajó, nunca dejarían de ser un par de chiquilines. ¿ O tal vez formarían un trío ?… Era muy bueno tener cerca de él a seres que lo cuidaran. “ ¿ Sabes, Linda ?…, me gustaría que estuvieras aquí, este “ Parque ” también es para ti, claro que sí. ”

– Aquí, Edmundo Ballesteros trasmitiendo para todo el mundo por primera vez directamente desde “ Ciudad Puerta Número Uno ”. Sí, damas y caballeros, el día ha llegado. Creo que todos nos pellizcamos casi constantemente para saber si esto que vivimos no es un sueño. ¿ No lo crees, Michelle ?…

– Estoy totalmente de acuerda contigo, Edmundo. Esto es como un sueño, es el día más esperado por la humanidad. A casi un siglo del holocausto que cambiara la faz del planeta, “ Parque ”, la gran conquista tecnológica del hombre abrirá sus puertas. Aquí se vive muchísima expectación. Los festejos se iniciaron en todas las ciudades hace ya una semana: desfiles, espectáculos, música y danzas representando a todos los países del mundo y sus diferentes culturas. Todos se han dado cita para participar en una de las celebraciones más grandes de la historia, acompañados por los mayores adelantos tecnológicos que expresan de esa manera el concepto de “ Parque ”: la Ciencia unida a la Naturaleza. Pero me agradaría que nuestro compañero Lyon Adams nos diera su opinión… ¿ nervioso, Lyon ?…

– Ya lo creo, Michelle, ya lo creo. En unas pocas horas las puertas de los “ Halls de Recepción” se abrirán y cada persona que posea su boleto de entrada ingresará a “ Parque ”. Un boleto como éste, un simple trozo de papel a rayas diagonales rojas y blancas, con un número de diez dígitos y cuatro letras impreso en una de sus puntas. Por supuesto, el número es un código de identificación para la computadora que también está inscripto en una banda magnética; estos números y letras forman el código de identificación personal para cada habitante de la tierra. Como se darán cuenta, no pueden ingresar intrusos a “Parque”. Es más, hasta creo que son capaces de detectarlos y detenerlos aún antes de que tengan la idea de hacerlo. ¡Ja, ja, ja !… Pero este boleto es muy especial para mí: el número de identificación corresponde a mi código personal. Sí, yo seré uno de los primeros visitantes de “ Parque ”. No me envidien, a su debido momento ingresarán; todos en el mundo, sin distinciones ni privilegios lo harán. “ Parque ” ha sido pensado así: para toda la Humanidad.

– Realmente, Lyon, eres afortunado. Michelle y yo daríamos cualquier cosa por nuestros boletos.

– Dices bien, Edmundo, pero estamos resignados, el ingreso a “ Parque ” es realmente estricto. Lo bueno de una entidad privada, independiente y autárquica sin fines de lucro. Ahora escuchemos la opinión de la gente…

– Sí, yo estoy de acuerdo con ellos. Hicieron bien en no mostrar qué cosas hay dentro. Ustedes saben… realmente crearon expectativa. ¿ Qué habrá ? … ja… ja… ja… nadie lo sabe…, es verdad. Le preguntas al personal de administración y dicen que sólo reciben información por las computadoras… No, ninguna queja, son todos realmente muy amables. Parece que los únicos que conocen por dentro son los que están allá, los que trabajan en el interior… Yo tengo un primo, pero nadie los ve, no salen nunca… ¡ Diablos!, los que están allí dentro deben estar chiflados…

– …no, yo… ja… ja… ja… ¡ no me hagas reír !… Yo no entraré, vine a acompañar a mi hermana, ven acá…, vamos, ven… Ella viajará con su familia… Y emocionada sí, mucho. Nuestro padre ansiaba tanto conocerlo. Cuando adelantaron el plazo,  se puso tan contento, pero no llegó. Ahora su hija y sus nietos entrarán, es casi como si él pudiera verlo… ¿ Qué habrá ?… No lo sé, pero seguramente muchas, muchas plantas, árboles y flores…, dicen que hay especies exóticas anteriores al holocausto, especímenes de cientos de años y todos los tipos de vegetación… Sí, me encanta la jardinería…

– …no, no tengo miedo, ya soy grande…  Mi mamá y mi papá van a cuidar a mi hermanito, yo no, yo no tengo miedo…

– Así es, Edmundo. Todos estamos como niños: risueños, ansiosos. Es como si fuese el primer día de vacaciones después de las clases, sólo que con un pie en el paraíso. Todos aquí estamos esperando el momento en el cual, desde “ Torre Central ”, se activen los sistemas y las puertas de acceso de los “ Halls ” se abran. Debemos recordar que no sólo grandes y gruesas puertas nos separan del interior de “ Parque ”, los campos magnéticos que la cubren como una cúpula se hacen extensivos a todo el perímetro. Estos campos, si bien tienen su origen en las llamadas “ Guerras Orientales ”, a lo largo de estos años han sido modificados y su tecnología ha pasado a ser otro de los misterios de “ Parque ”. Ahora vayamos a la “Avenida Principal” de “ Ciudad Puerta Número Cinco ”, allí los festejos también están alcanzando su máximo clímax. ¿ No es así, Angello ?…

Los técnicos y operarios de “ Torre Central ” ocupaban cada uno su puesto, conversaban nerviosamente y reían por nada. No tenían temor a hacer su trabajo pues siempre lo habían hecho y bien; que “ Parque ” no estuviese inaugurado no quería decir que no fuese operativo. Pero esta vez era distinto, esta vez era el puntapié inicial. Los ojos del mundo estaban sobre ellos, mañana…, mañana todo sería como antes, como siempre.

Tres mil personas trabajaban en “ Torre Central ”. Alan Sullivan era su Encargado en Jefe, él personalmente, vestido con su uniforme de gala, recibió a George Chávez, Sergio Gibran y Elizabeth Del Río.

– Bienvenido, señor Chávez… Es un verdadero honor – Sullivan lo saludó llevando su mano en perfecta línea recta hacia la sien. “ ¿ Recuerdas Ted, cómo te gustaban estas cosas? ”…

George lo imitó, luego del saludo marcial se le acercó, pasó el brazo por encima de su hombro afectuosamente y comenzó a caminar junto a él, por los pasillos, en dirección a “Sala de Control”. Sergio y Elizabeth los seguían detrás, acompañados por un grupo de personas. Sonreían al ver a George abrazado a Sullivan, ellos sabían muy bien lo que debía estar diciéndole.

– Vamos, hijo, trabajamos juntos…, dime George…

Alan se relajó, podía sentir el fuerte brazo detrás de su espalda. Todo saldría bien.

George Chávez iba saludando a los operarios, para todos una sonrisa, una broma amable…, los sorprendía llamándolos por sus nombres o recordando pequeñas anécdotas que los involucraban.

Elizabeth lo había notado desde hacia algún tiempo, a veces parecía como si la mente de Chávez estuviese conectada directamente al computador central. Parecía recordar todo lo que hubiese ocurrido en “ Parque ” o que tuviera referencia con él, inclusive historias de mucho tiempo antes de que se iniciase su creación.

Al llegar a “ Sala de Control ”, Chávez continuó con sus saludos y comentarios. “Buenos muchachos, un poco nerviosos… Vamos, relájense, afrontémoslo de una buena vez, ya nada puede salir mal. Luego todo será trabajar sobre rieles.”

Pero Chávez lo disfrutaba, disfrutaba cada palmada, cada sonrisa, cada palabra amable que decía y recibía. Cada gesto tranquilizador se lo estaba dando a unos chicos nerviosos y también, por qué no,  estaba dirigido a cada instante de sus pasados cuarenta años. Realmente lo estaba disfrutando.

Sergio y Elizabeth comenzaron a hacer su trabajo. Desde dos terminales chequearan todo por centésima y última vez. “ ¿ Todo en orden ? Sí… Todo está okey. Bueno, vayamos allí entonces. ”

Se acercaron a las tres terminales principales, cada una de ellas con una placa negra en una parte de su superficie, idénticas a las que había en todos los edificios y ciudades de “ Parque ”.

George se ubicó en la terminal central, Elizabeth a su derecha y Sergio a su izquierda. Se sentaron y conversaron mientras esperaban la hora. A su alrededor continuaba el murmullo nervioso y las risas bajas. Poco a poco comenzó a hacerse el silencio, la hora se aproximaba. Pero George nunca daría el discurso que todos esperaban, a esas alturas sabía que las palabras estaban de más.

– Bien, señores,  dijo por fin incorporándose.

Elizabeth y Sergio también se incorporaron suavemente y se miraron a los ojos por un instante. Juntos habían traído un niño al mundo, ahora darían a luz otro.

George miró en derredor, vio a cada uno de esos jóvenes que lo observaban expectantes, congelados. Los miró con el corazón y los amó. Amó al mundo… “ No más rencores, Laumer: este “ Parque ” también es para los tuyos. ”

– Es la hora, por favor seamos puntuales.

Puso su mano sobre la placa negra. El código interminable, sus palabras de ingreso fueron “ Parque en funcionamiento ”.

Miró a Sergio, era su turno. Él apoyó su mano en la terminal que tenía frente a sí, nuevamente los números. Sergio ordenó “ Activar ”.

Elizabeth hizo lo mismo que ellos y ordenó el último paso: “ Apertura ”.

…Luego de eso, todo fue caer.

Elizabeth sentía cómo su grito la perseguía, la aterrorizaba el sentir que en algún momento podía darle alcance. No podía precisar cuánto duró ni dónde estaba ni qué hacía… ni quién era.

Sólo el grito y caer en un vacío sin fin.

…Solamente caer.

Capítulo IV.

De lo primero que tomó conciencia fue de la luz. Era muy fuerte. Provenía de un disco suspendido allá, arriba…, sobre él.

…¿ Pero qué era él ?

Podía pensar… ¿ y qué más ?… Escuchó un sonido y giró la cabeza. Eso… tenía un cuerpo.

Luego recordó, algo sobre una “ Inauguración ”, una caída interminable…

Trató de incorporarse. Estaba sobre el pasto, sentado. Recordaba… recordaba haber oído un ruido. Vio una figura acercándose, un hombre… pensó… como él. Le hacia señales con la mano. Trató de levantarse y se mareó. Cayó otra vez, pero esta vez fue una caída corta y golpeó muy pronto contra el suelo. A su alrededor se hizo la oscuridad.

El hombre estaba cerca de él y lo ayudó a levantarse.

– Muévase despacio – le dijo- , yo lo ayudaré.

– ¿ Quién es usted… ?

– Soy Franz Hittman… – notó que el otro no entendía – … un operador.

Sergio se relajó. Bueno, no estaba alucinando o por lo menos no estaba sólo en su alucinación. Lo que recordaba de “ Parque ” y la “ Inauguración ” debía ser real.

– ¿ Qué ha ocurrido ? – preguntó Sergio.

– No lo sabemos aún, señor…

– ¿ Hay más personas… ?

– Sí, nos hemos reunido cerca de treinta, todos estábamos en “Torre Central”. No entendemos qué pasó, suponemos que pudo ser algún movimiento sísmico o un desmoronamiento.

Sergio no comprendía.

– Eso es imposible… – alcanzó a murmurar.

– Sí…, pero la caída…

Sergio recordó… él también lo había sentido. Caer…

– ¿ Y los que faltan ?…

Sergio caminaba lentamente, le costaba recuperar ese cuerpo.

– No sabemos… El señor Sullivan nos dividió en grupos y nos envió a buscar supervivientes.

– Sullivan…, está con ustedes…

Sergio se estremeció: supervivientes. George y…

– ¿ Chávez y Elizabeth…

– Aún no los hemos encontrado.

Sergio sintió hielo subiendo por su espalda.

– Pero lo más extraño, señor…, es que no hay ruinas ni edificaciones ni monorrieles y… tampoco hay animales.

– ¡¡¿ Qué ?!!…  – exclamó Sergio y se detuvo. – ¿ No hay animales ?…

Miró a su alrededor. La amplia extensión de tierra llana le resultaba aún más vacía, sólo la hierba y pequeños grupos de arbustos retorcidos parecían dar un poco de vida.

Cuando Sergio llegó, pidió a Sullivan el parte de la situación.

Habían llegado a encontrar a quince personas más incluyéndolo a él, las hallaron diseminadas en una amplia extensión de territorio. A veces las encontraban caminando sin rumbo, otras, sentadas como esperando.

Todos recordaban lo mismo: la hora exacta, los tres códigos y… la caída. Al despertar sufrían pérdida parcial de personalidad, luego poco a poco la recuperaban aunque nunca en su totalidad. Si bien podían recordar quienes eran, no podían precisar con exactitud todos los acontecimientos de sus vidas. Algunos olvidaban dónde habían nacido o quiénes eran sus padres, momentos de su infancia… A veces eran pequeños detalles y otras veces eran hechos de suma importancia, pero todos recordaban perfectamente su trabajo en “ Parque ”.

Lo más extraño era la ausencia de edificios y animales; ni siquiera había insectos, sólo tierra, rocas y vegetales.

Todas las personas que habían encontrado pertenecían a “ Sala de Control ”, ahí había setenta y tres personas en el momento del “ suceso ”; faltaba encontrar aún a veintiocho, entre ellas a Elizabeth y George.

Sergio se hizo cargo de la situación, había cosas urgentes que resolver.

– Está bien. Estableceremos un campamento…, creo que sobre esas colinas será lo apropiado. Debemos hacernos bien visible para que los que estén perdidos se acerquen. Luego enviaremos gente a buscarlos, pero nada de arriesgarse solos, irán en parejas. Alan… ¿ quién es tu jefe de seguridad ?…, ¿está aquí ?… Bien, tú te encargarás de coordinar los grupos de búsqueda. También sería conveniente que organicemos turnos de guardias, quizás pronto se haga de noche… Y debemos buscar alimentos y agua… Alan, el jefe de suministros… Bien, veo que nos vamos entendiendo. Ahora, a las colinas.

Sergio no lo comprendía: no sentía calor ni frío.

Habían encontrado agua, pero no sentían sed… ni hambre. Era todo tan raro.

…Y el Sol, parecía no ponerse… Todo el tiempo era de día como una tarde clara y luminosa.

Sentían tanta paz.

El Sol no era problema pues tampoco necesitaban de la noche, tampoco se sentían cansados. Trataba de no pensar demasiado en qué estaba ocurriendo… Si por lo menos ellos estuvieran allí…

El ruido de las risas y los gritos llamó su atención.

– Oye…, ¡ hijo !…, mira el bombón que me encontré en el camino…

Una cabellera rubia corrió hacia Sergio y lo abrazó.

Sergio la sintió contra su pecho y recordó… ella… era Elizabeth.

La apretó contra él. Ahora estaban juntos, todo saldría bien.

Los acompañaba un pequeño grupo de personas, alrededor de quince. Bien, era un adelanto, quedaban menos por reunir. La verdadera pregunta era: una vez que estuvieran todos… ¿ entonces qué ?…

George apartó hacia un lado a Sergio y a Elizabeth pues debían discutir a solas sobre el estado de la situación.

– Y muchachos… ¿ qué opinan de esto ?…

Sergio respondió primero.

– No lo entiendo demasiado. Se habrán dado cuenta de lo que sucede: no animales, no edificios.

Elizabeth agregó.

– Sí, tampoco se hace de noche ni tenemos hambre y nuestras ropas….

– ¿ Nuestras ropas ? – preguntó Sergio – . ¿ Qué tienen nuestras ropas ?…

Las miraba sin comprender.

– Son blancas, no tienen color – le explicó Elizabeth, mirándolo sorprendida. ¿Cómo no se había dado cuenta?

– Tienes razón. A cada momento, algo nuevo. George, la situación es confusa…

– … y no estamos capacitados para sacar ninguna conclusión por el momento – interrumpió George. – No podemos precipitarnos. Seguramente ha habido una falla y no descarto la posibilidad de que sea externa… No estoy diciendo que haya sido sabotaje, pero tampoco diría que no. Demasiada coincidencia y por los de la Junta, bueno… ya los conocen. Aún así no podemos afirmarlo. Además todos conocemos las medidas de seguridad, sería prácticamente imposible. Lo cierto es que no tenemos datos suficientes y no los conseguiremos quedándonos acá. La geografía no cambió en absoluto. Esos de allá, son los Andes Menores, así que en aquella dirección debe quedar “ Ciudad Puerta Número Uno ”. Caminando llegaremos en unos días… – luego miró al Sol – …bueno, en algo de tiempo.

A George le resultaba divertido, allí no existían las obligaciones ni las limitaciones físicas. Eran realmente libres. No entendía como lo demás estaban tan asustados, él en cambio se sentía tan bien…

– ¡ Vamos, chicos !… todo saldrá bien. Iremos hasta el fin del mundo y averiguaremos qué desastre desatamos con nuestras traviesas manitas. Ahora hablaremos con los otros. Vaya, si somos los caciques de la nueva tribu nómada de América, deberíamos buscarnos un nombre, espero que los que tengan sean originales. Yo ya tengo uno: “ Los Amigos del Mamut ”… vamos, ríanse, era un chiste…

El presente parecía ser eterno, pero ellos ya se habían acostumbrado. A veces conversaban durante horas, otras veces vagaban solitarios en silencio. Era casi el Paraíso, lo único que les extrañaba era el estar solos en él.

Poco a poco iban acercándose a “ Puerta Uno ”. Por más que habían caminado en dirección a ella no estaban realmente seguros de encontrarla en su sitio, quizás, como todo lo demás, también había desaparecido. Temían saber que ellos fueran los únicos supervivientes en el mundo. Dios, por favor…, era aterrador.

– Sergio…, ¿ crees que muramos ?…

Sergio meditó la respuesta.

– No, creo que no. De alguna forma no sufrimos físicamente, no creo que muramos…, mi amada diosa inmortal  Sergio terminó la frase apoyando su rodilla en el suelo.

Elizabeth le pegó suavemente en la cabeza con la flor que llevaba en la mano.

– Tonto… – Luego volvió a recordar – .  ¿ Crees que nuestro chiquitín esté bien?…

– Seguro –  trató de calmarla Sergio – . Está con la mejor abuela del mundo, la mamá perfecta para él, luego de ti, claro… y tú mejor que nadie sabes que es así.

– Espero que no hayamos hecho demasiado daño. ¿ Qué pasará luego con “ Parque ” si la causa es algo que salió mal ?

– No lo sé. Igualmente creo que si produjimos una catástrofe mundial ni se deben haber dado cuenta. Claro, si deben odiarnos… ¿ No lo has pensado ?… No inauguramos. Nunca nos lo perdonarán, ya lo verás, nos sacarán imágenes para los peores informativos del mundo y luego… nos apresarán. ¿ Y sabes a qué nos condenarán ?… A no ver ni un solo espécimen exótico en el resto de nuestras vidas, a vivir en una casa llena de animales disecados y plantas artificiales… y ni frutas ni vegetales, sólo píldoras y comidas en pasta.

Elizabeth puso cara de asco e hizo como que se descomponía, luego lo empujó. Sergio rodó por el pasto y Elizabeth lo siguió. Después de todo, no era tan malo estar allí.

– ¿ Crees que faltará mucho ?…

Iban caminando despacio, disfrutando del sol y de pisar la hierba descalzos.

La angustia y el desconcierto inicial habían dado lugar a la calma.

– No, creo que estamos cerca. Dentro de poco llegaremos. La pregunta ahora es si realmente queremos llegar.

Sergio calló, lo que decía George era verdad, él también había estado pensando en eso. Era bueno que todo el tiempo fuera de día y el no tener hambre, pero en realidad el bienestar que sentían iba más allá de lo físico. Allí, sin casi nada que los rodeara, cada uno se sentía bien consigo mismo.

Poco a poco habían comenzado a hablar menos, solamente se hacían compañía en silencio. Los pensamientos se detenían, la mente no vagaba más, no más diálogos con otros ni más conversaciones con uno mismo. No sufrían frío ni ansiedades ni dudas… o casi no las tenían. ¿ Realmente querían dejar de vivir así ?…

George sabía lo que pensaba cada uno pues él sentía lo mismo. Vaya, era como si todos pensaran al unísono. Nadie podía decir que la suya fuese la primera idea, al pensar en algo sencillamente asentían o negaban.

– Creo que debemos saber qué ocurrió, eso es todo – opinó George -. Luego veremos qué hacer.

– Sí, estoy de acuerdo contigo – concluyó Sergio.

Ambos voltearon para ver a los demás. Iban caminando serenos y silenciosos junto a ellos. Todos les sonrieron…, por supuesto, ellos también estaban de acuerdo.

Delante de ellos se extendía el lado interno de “ Pared ”.

Un gigantesco muro liso de concreto de doscientos treinta metros de alto. Un impresionante cañón artificial que serpenteaba hasta el horizonte.

Esa era sólo una de las caras externas del edificio. Hasta “ Ciudad Puerta ” había más de diez kilómetros de edificación y mucho más de los campos de cultivo internos para el consumo de los habitantes del complejo. También tenía sus sectores con jardines, plazas, escuelas, servicios médicos, los sectores de vivienda, los almacenes, todas las secciones de talleres y sectores de trabajo. Una gigantesca ciudad sólo para quienes trabajaban en “Parque” y sus familias. Por supuesto, como casi todo en “Parque”, era autosuficiente. Solamente los sectores de los visitantes no tenían forma alguna de autoabastecerse. Una vez construido y finalizado “ Parque ”, no necesitaba del resto del mundo, allí tenían todo lo que les hiciera falta. Una forma de preservar su independencia y de proteger así aquello que no tiene medios para defenderse del ser humano.

Era un verdadero desafío y George lo había pensado muy bien. Por supuesto, la Junta desconocía esa estrategia, él se había ocupado de ocultársela para que cuando se enteraran fuese demasiado tarde. Cuando trataron de tomar el control sobre Parque amenazaron con bloqueos y con dejar de enviarles suministros. Error, “ Parque ” no necesitaba de ningún suministro para su supervivencia. Si deseaban seguir enviando fondos, serían para la finalización de los sitios de los visitantes; todo lo que se refería a los habitantes de “ Parque ” y su manutención ya no necesitaba de ningún recurso externo. La Junta no tenía ningún control sobre América. George lo planteó muy claramente: si no deseaban enviar más fondos, bien…, la Junta debería explicarle al resto del mundo por qué no ingresaría a “ Parque ” y ellos deberían enfrentar la consecuencia del fracaso. Ahora bien, si deseaban continuar, debería ser bajo la condición de que “ Parque ” se mantendría totalmente independiente de la Junta y esta lo reconocía como un Ente aparte de ella. “ Parque ” había declarado secretamente su independencia.

Por supuesto, esto daba por el piso con la estrategia que la Junta había creído llevar por años: la colonización encubierta del continente Americano. El factor con el que no habían contado era con George Chávez; sabía bien de los chantajes internacionales y de los bloqueos y se había preparado para ellos. Luego de intensas negociaciones y de enfrentarse ante la postura intransigente de George tuvieron que rendirse y aceptar la realidad: “ Parque ” era un ente independiente y autárquico de la Junta, por lo tanto del resto del mundo. Permitiría la entrada de los demás habitantes de los países que conformaban la Junta según él así lo dispusiera. Todas las decisiones se reglamentaron en un estatuto conocido sólo por los integrantes de la Junta y de los Directivos de “Parque”. George inventó para los medios y la opinión pública que el motivo del reclamo de la Junta era su preocupación por saber de qué manera se habían utilizado los fondos e ideó una salida elegante que dejaba bien parados a ambos.

La Junta jamás olvidó el engaño de George y esperaba su oportunidad para tomar posesión del dominio de “ Parque ”. George, a diferencia de lo que pensaban los miembros de la Junta, había hecho su jugada con él único fin de preservar los objetivos por los cuáles habían creado a “ Parque ”: ellos estaban para servir, no para someterse.

Si todo hubiera estado normal habrían visto los rieles de los trenes aéreos saliendo de los muros de “ Pared ”, pero allí, en el sitio donde debían estar, nada había, sólo los huecos de los túneles. Lo que no encajaba era que “ Pared ” estuviera allí.

Encontraron las puertas de acceso inferiores, aunque no les sirvieron pues los controles no respondían. Parecía como si nada estuviese activado.

Caminaron junto a “ Pared ” hasta donde pudieron llegar, luego ésta giraba bordeando la costa y envolviendo en una especie “ U ” a “ Ciudad Puerta Uno ”. Todos los complejos y todas las ciudades tenían el mismo diseño. No tenían forma de salir.

Podían ver los campos magnéticas activados, para el ojo común no había diferencia, para ellos sí: apenas una suave vibración.

¿Cómo podía ser que los campos estaban activados y los sistemas no funcionaran?… Absurdo intentar atravesar los campos.

Se quedaron un tiempo junto al mar y luego comenzaron a vagar otra vez. No tenían mucho para hacer, pero tampoco parecía importarles.

Había transcurrido algún tiempo desde su llegada, no podían precisar exactamente cuánto, pero era bastante.

Cada tanto cambiaban de sitio, otras veces permanecían un lapso prolongado en alguno y luego volvían a cambiar. No había motivo para hacerlo, simplemente lo hacían.

Al principio se movían todos juntos, luego, poco a poco, comenzaran a separarse. Un grupo siempre se mantenía reunido y cada tanto algunos se alejaban, a veces solos, a veces acompañados. Iban y volvían, alternando quienes se quedaban y quienes se iban. Sus movimientos no obedecían razón alguna, no existía un porqué estar juntos o un porqué alejarse. Sólo lo hacían, seguían un impulso…, eso era todo.

Sabían cómo habían llegado, pero ya no pensaban en ello ni en qué había ocurrido antes o en cómo salir. Ya no más inquietudes. Sólo el espacio, el tiempo y ellos mismos.

…Hasta aquel preciso momento.

Fue como una leve alteración, como un llamado lejano.

Nada parecía haber cambiado, pero ellos sentían que todo no estaba igual. Se irguieron al unísono: algo había ocurrido… hacia allí. Todos giraron  suavemente sus rostros silenciosos hacia el mismo sitio. Allá, muy lejos en el espacio, estaba “ Ciudad Puerta Número Uno ”.

Volvieron a mirarse los unos a los otros, no necesitaban hablarse, debían ir. Lo sabían.

Poco a poco fueran levantándose lentamente y comenzaran a caminar. Se reunieron en un grupo que seguía la misma dirección.

A lo largo del camino se les fueron uniendo aquellos que se habían alejado, también lo habían sentido.

No iban con prisa ni con lentitud, sencillamente avanzaban, sabían que llegarían a tiempo: aquello que había ocurrido los esperaría.

Estuvieron un largo rato parados en derredor mirando fijamente.

Habían caminado juntos en dirección a la ciudad como aquella vez, hacía tanto tiempo, cuando todavía tenían preguntas y buscaban respuestas.

Ahora estaban quietos, allí, ante ellos había una puerta abierta y no comprendían qué debían hacer… ¿ Qué quería decir eso ? ¿ Para qué era ?… Una puerta abierta… ¿para qué sirve?…

Uno a uno comenzaron a sentarse. No se movían, la mirada clavada en el hueco abierto, esperando…, algo más tendría que ocurrir.

Pero nada más ocurrió, solamente el tiempo que pasaba, lo demás era estático. Quieto y detenido como el sol, el espacio…, la puerta. Ellos. Los pensamientos. Todo era quietud.

De pronto la imagen cayó como un alud: las puertas son pasadizos. Sirven para entrar… o para salir. Ambas cosas son siempre lo mismo.

La pregunta surgió instantáneamente en ellos como un rayo en medio de un cielo celeste, conmocionándolos.

– ¿ Quién… ? – pronunció alguien con palabras olvidadas.

Como única respuesta las ropas del elegido cambiaron y, dejando de ser inmaculadas, recuperaban su antiguo color. El nombre le surgió a los labios como un imperativo, como un tosco y pobre reflejo de lo que realmente significaba.

– Elizabeth… – dijo él.

– Yo… Yo… no… – Estaba desorientada. ¿ Qué era eso ?… ¿ Qué estaba pasando?… Levantó la vista y los vio, ellos también estaban confundidos.

Buscó en el fondo y encontró un atisbo de respuesta. Ella…, calma, todo estaba en orden. La apoyarían. Debía ir… Confianza. Suerte… “Buena chica.”

Elizabeth asintió y sin despedirse ni mirar atrás caminó hacia la puerta cruzándola.

LIBRO SEGUNDO.

Capítulo I.

Elizabeth estaba desconcertada. Había atravesado aquella puerta y luego… no recordaba muy bien…, pero ahora estaba allí.

La fiesta parecía agradable. Se escuchaba a las personas reír, conversaban entre sí amistosamente, había muchos niños que corrían y jugaban, alguien tocaba suavemente una guitarra y cada tanto se oían voces que cantaban. La casa era enorme, con amplios jardines en su centro, todo parecía muy familiar. Sí, ésa era la palabra, a Elizabeth le resultaba algo “ familiar ”.

Sin embargo le causaba gracia. Había un detalle curioso, esas personas debían tener gustos excéntricos: toda la casa, las habitaciones y los jardines, estaban iluminados por velas, absolutamente todo iluminado por velas.

Elizabeth trató discretamente de encontrar alguna puerta o ventana que diera al exterior, pero no pudo hallarla. Había pasillos clausurados, puertas cerradas. Tampoco encontró una ventana para mirar fuera del edificio. A su vez pudo observar una gran cantidad de hombres que no hablaban y estaban “ discretamente ” por todos lados, se mantenía apartados de la reunión y de las conversaciones. Parecían observarlo todo sin mezclarse con nadie.

Trató de ingresar a un par de habitaciones del piso inferior, pero encontró las puertas trabadas. Notó que un par de esos hombres “ extraños ” la observaban y decidió que era mejor esperar, no quería llamar la atención, solamente salir. Más tarde, cuando la reunión terminara y todos se retiraran, ella saldría con los invitados, por ahora trataría de conseguir información.

El joven se acercó a ella silenciosamente por detrás y le tocó el hombro.

Hola…

Hola  respondió sobresaltada Elizabeth.

El joven la miraba sonriendo amablemente. Tenía el cabello enrulado un tanto largo y anteojos de grueso marco.

¿ Tú eres…

Helen… – “ Lo siento, Helen, es una emergencia. ”

Ahhh… supongo que “ prima ” Helen. Acá todos somos primos, sobrinos o algo así – río el joven . Yo soy Bob. Es raro, no recuerdo haberte visto antes.

Elizabeth sonrió nerviosa.

Es que acabo de llegar…

¿ Acabas de llegar… ?  el joven la miró sorprendido . Es raro, creí que ya estábamos todos. Bueno, no importa, te doy la bienvenida – y sin esperar respuesta, la besó en la mejilla y la estrechó entre sus brazos.

Elizabeth se sintió entre incómoda y sorprendida, pero Bob no le dio tiempo a reaccionar, soltándola sorpresivamente la sujetó de la mano y la llevó en dirección al centro de la reunión.

– Ven conmigo, no te quedes sola o pensarás tonterías. Seguramente no conoces a casi nadie, no te preocupes, yo te presentaré.

Gracias,  dijo Elizabeth dejándose llevar y agregó  me encantan las reuniones familiares.

Bob levantó una ceja sorprendido. ¡ Vaya humor que tenía esa chica !

Elizabeth se dio cuenta de la sorpresa de Bob, debía de haber muchas cosas que ella desconocía. De alguna forma tenía que salir y también necesitaba saber. Pero ¿ cómo hacerlo sin darse a conocer ?…  ni siquiera podía explicar cómo había llegado allí.

Bob la llevó junto a un grupo de personas, no se molestó en dar nombres. Todos conversaban como si fueran viejos conocidos. Elizabeth miró en derredor, internamente nerviosa…, eso podía ser muy peligroso. Ella nada sabía de ellos, pero intentaría participar, al fin y al cabo, sólo era una reunión familiar más…

Vaya… ¿ qué hora será ? Debe ser tarde,  comentó Elizabeth inocentemente tratando de llevar la conversación hacia un tema de su interés  supongo que pronto cada uno se marchará a casa. ¿ Viven lejos ?…

Bob y las personas que le había presentado callaron y la miraron atónitos, completamente estáticas ante la pregunta. Dirigieron sus miradas interrogantes a Bob como buscando una explicación. El joven notó la tensión, por un momento dudó y luego comenzó a reír. Los otros parecieron entender y se distendieron. La que no entendió entonces fue Elizabeth.

– ¡ Oh !… era un chiste  comentó sonriendo la mujer mayor de cabello enrulado. Luego golpeó cariñosamente la mano de Elizabeth en señal de confortación . Bueno, es mejor que lo tomes así, en fin, supongo que debe ser duro para tu generación.

– Sí  dijo Bob, siempre era bueno poder descargarse . Vivir acá no resulta agradable ni desagradable pues no conozco otra cosa, esta casa es nuestro mundo. Siempre lo ha sido…, a veces me pregunto cómo será allá afuera y no puedo imaginármelo.

El hombre de cabello canoso y bigotes le respondió.

Yo puedo decírtelo: oscuro, peligroso y con una particular aversión a nuestra familia. No es un lugar donde te convendría estar.

Aún así no me canso de oír hablar del exterior. Si cuando calculo cuántas de mis habitaciones entrarían en esta ciudad, no puedo creerlo  rió Bob . Ustedes tuvieron suerte, conocieron el exterior.

Elizabeth permanecía muda. Al parecer la casa era una prisión y una prisión muy especial: para toda una familia. ¿A qué clase de criminales los podían condenar a algo así?

Sí  sonrió la mujer de cabellos gris plata, aparentemente la esposa del hombre que había hablado con Bob. Su mirada se perdió por un momento, luego agregó : Aún guardo recuerdos: la casa de mi niñez, los paseos…, el mundo era tan distinto en aquella época. Si alguien nos hubiera hablado de algo como esto, nos hubiera resultado un disparate. Nunca nos hubiéramos podido imaginar algo así… y pensar que todo fue tan rápido.

El hombre le rodeó cariñosamente la espalda con su brazo.

– Vamos, Ana, creo que nadie lo quiso así. Es cierto, nos sorprendió a todos. Ni ellos mismos podían saberlos, eran unos locos soñadores… Nadie pudo saber más de ellos…, vaya uno a saber qué suerte pueden haber corrido. Al principio pudimos haber sentido rencor, pero ya han pasado tantos años de aquello y hasta ahora absolutamente nada. – El hombre miró de pronto a Elizabeth – …¿ Pero qué te ocurre, niña ?

Elizabeth retrocedió lentamente, no ante ellos, sino ante la realidad que vislumbraba poco a poco. Negaba suavemente con la cabeza…, no podía ser cierto…, era un truco. Le estaban jugando una mala pasada. Algo malo le debió ocurrir al salir, debió de haberse desmayado y su mente le estaba tendiendo una trampa. Giró sobre sí y se mezcló entre la gente. Trató de huir, no pudo… por todos lados personas y puertas cerradas. Quería escapar, salir. Quería despertar…, pero sólo muros y hombres silenciosos al acecho. Candelabros llenos de velas.

De repente se detuvo. Se dio cuenta de que ya no podría huir, que de aquello no tenía modo de escapar, no había salida.

Sentada en una hamaca una anciana se mecía apartada de los demás, al resguardo de una de las tantas galerías de la casa. Miraba la reunión casi como si esta no existiese. Esa mujer le daba a Elizabeth la respuesta que ella necesitaba negarse.  Ella hubiera podido reconocerla en cualquier tiempo y lugar, en cualquier vida, estuviera donde estuviera. Su silueta inconfundible era una imagen muy antigua, de esas que no se olvidan jamás, tanto que le dolió recodarla. Esa anciana de mirar triste le solía llevar el café con leche acompañado con medias lunas a la cama, por supuesto que sólo cuando estaba enferma.

Pensó en todo el tiempo perdido desde la última vez que vio a su madre, cuando la había dejado al cuidado de su bebé y ella se había marchado para inaugurar “ el Parque más grande del mundo ”.

Estaba cansada, sentía el cansancio más profundo que en sus huesos, lo sentía arraigado en la mente, en su alma.

En realidad nunca había luchado demasiado, no había encontrado motivos. Todo era mejor así, el mundo no entendía… ni quería entender. Bueno, lo cierto es que tampoco había demasiado para entender. Quizás la incertidumbre era el peor enemigo. Todo era mejor así… al menos ellos estaban a salvo. Podía escucharlos, allí estaban, riendo y conversando. El buen humor siempre había sido algo  propio de la familia… o por lo menos en la mayoría. Otra noche más, ya no sabía de qué año. Los niños corrían por ahí, en alguna parte, como siempre, eternamente jugando. ¿ Pero cuánto duraría eso ? En algún momento se agotarían, el espacio y la sangre. Suspiró, en el mundo exterior no había lugar para ellos. No había existencia alguna para su familia. Lo pensaba cada noche y cada día… Debía de haber alguna salida a todo eso. Se mordió los labios y volvió a suspirar… ella ya estaba demasiado cansada para buscarla.

La joven la miraba desde hacía un largo rato, quizás por respeto no se acercaba, era algo normal… ella era la “ matriarca ”.

Ven…  le dijo suavemente . Acércate… yo no puedo ir hasta allá. Ya soy vieja, ven, así puedo verte mejor.

Elizabeth se paralizó al oír la voz. Se amedrentó ante la imagen de su pasado destruido y de ese presente de pesadilla que tenía ante sí. Pero la voz era la misma… o casi la misma, apenas alterada por el paso de los años. A Elizabeth le recordó la confianza. Ante ella estaba alguien a quien necesitaba, alguien que siempre le había brindado seguridad y afecto…, cosas que en ese momento necesitaba desesperadamente.

Elizabeth subió pausadamente los escalones como en una ceremonia y se acercó a la baranda, se detuvo junto a la mecedora.

– ¿ Cómo estás, hija?… – preguntó cálidamente la anciana.

“ Mamá, no sabes lo acertada que estás. ”

La anciana levantó su mano y le indicó una silla cercana.

– Acércate más. ¿ Hija de quién eres ?…

De pronto calló, era tan parecida a ella… Seguramente alguna sobrina o alguna nieta. A veces llegaban grupos nuevos, parientes lejanos que habían sido amenazados… Pero era tan parecida.

Elizabeth no podía hablar, las lágrimas se deslizaban lentamente de sus ojos y no la dejaban ver bien. Una cayó sobre la arrugada mano de la anciana.

¿ Estás llorando, hija ? – “seguro un mal de amor. Lo dicho: la sangre se agotaba” . Vamos, quédate junto a mí, si quieres contarme, hazlo. Si no, no importa, todavía soy buena para poner el hombro.

Elizabeth se dejó llevar por la voz. Se arrodilló junto a la anciana, nunca había pensado que fuese tan difícil volver. “  ¡ Ay , mamá !…, ¿ y ahora qué ? ”

Arrodillada tomó las manos de su madre.

La anciana se  estremeció… “ Dios, ¿ es que acaso me llamas ?… tan parecida a mi Elizabeth. ”

¿ Quieres contarme algo, hablar de cualquier cosa ?… a veces eso ayuda  tal vez si la oyera y su voz sonara distinta podría alejar esos pensamientos . Quizás pueda ayudarte.

Elizabeth negó con la cabeza. No, no la podría ayudar, ella estaba sola. Evidentemente desde hacía varias décadas que el mundo la había dejado sola. Pero su madre la seguía mirando preocupada. Tal vez en el fondo no todo estaba perdido, seguían siendo madre e hija. Aún a pesar de los años extraviados, aún a pesar de no saberlo.

Pero sí puedes hacer algo por mí  dijo Elizabeth entre las lágrimas.

¿ Qué ? – preguntó la anciana. Tenía el corazón asustado, sentía cómo esa muchachita sufría y ella sentía la necesidad imperiosa de calmarla . Lo que me pidas, corazón, con tal que no llores más.

Con una de sus manos tomo la barbilla de Elizabeth y levantó el rostro hacia ella. Ahhh… si sus ojos pudieran ver bien. Aunque quizás, mejor así. Si pudiera ver, vería que no era tan parecida a Elizabeth, quizás sólo vería a otra parienta más.  Sí, mejor así.

Elizabeth sonrió.

Cuéntame un cuento.

Un cuento… – repitió la anciana y calló. Era demasiado,  el mismo tono de voz. Sería tan bueno que fuese realmente Elizabeth. Pero no, era sólo una joven y Elizabeth sería una mujer mayor. Un cuento… Bien, ella sabía cuál . Está bien, te contaré uno muy viejo. Creo que se llamaba Ana… o Amanda o algo así en un Mundo de Maravillas.

No !!!…  dijo Elizabeth asustada  ése… no me gusta. Cuéntame ese otro,  ese de la princesa que duerme y viene el príncipe y la despierta con un beso.

Vaya !!!!… si lo conoces, ¿ para qué quieres que te lo cuente ?  le preguntó fingiéndose falsamente ofendida.

Tú sólo cuéntamelo  le respondió Elizabeth en un tono de afectado fastidio.

La anciana sonrió, la joven le seguía el juego…, los mismos trucos para conseguir algo.

Bueno, bueno… Hace muuuuchos, muchos años, en un reino maravilloso y muuuuy lejano, vivían un rey muy bondadoso y una reina muuy hermosa. Un día la reina dio a luz a una bellísima niña…

Elizabeth comenzó a relajarse a medida que escuchaba el cuento. Después de todo, era bueno volver a casa.

Elizabeth esperó a que todos se hubieran retirado, debía salir del edificio al exterior… la pregunta era: ¿ cómo ? Por el momento no lo sabía, pero debía conseguirlo.

Poco a poca la casa comenzó a quedarse silenciosa, el murmullo que venía de las habitaciones se fue apagando, sólo cada tanto se oía un ladrido o unos aullidos de perros. Cerberos, los guardianes eternos.

Aguardó un rato más, esperó a que el silencio fuese costumbre. Bien, ahora debía ser sigilosa, no podía cometer errores. “ Okey, muchacha, hazlo y hazlo bien. ”

Caminó por el pasillo. Dobló, la escalera… Bien, hacia abajo, arriba no hay salida. Descendió, otro pasillo, de pronto… pasos. “ ¡Pronto!… a esconderse… ¡Agáchate tonta!… debajo de la mesa… Quieta… Ufff !!!… se alejan. Bien, no me vieron… Huyyy !!!… el jarrón!!! Ahhh… ten más cuidado, niña boba. ”

Era un edificio grande, muy, muy grande, demasiado para ser sólo una casa particular. Quizás… sí, había sido modificado y bastante, pero pudo reconocer a duras penas uno de los edificios oficiales. Debió de pertenecer a las actividades que se desarrollaban para los habitantes de la ciudad pues los edificios relacionados con “Parque” tenían otro tipo de arquitectura. Éste recordaba más a una hacienda o a una casa andaluza. Vaya que lo habían cambiado, pero eso era lo de menos, lo importante es que era un edificio oficial, no debía preocuparse entonces. Sólo tenía que encontrar la salida, más precisamente “  su ” salida. Ella sabía exactamente dónde estaba: en el sótano, George se había ocupado de informárselo muy bien.

Tuvo que evitar un par de guardias más, bajar un par de escaleras, luego llegó al sótano. Buscó una puerta en especial, allí estaba, la abrió y se topó con una empinada y angosta escalera. Comenzó a descender con mucho cuidado, la escalera de madera crujía suavemente. Apenas llegó a bajar un par de escalones, cuando se dio cuenta de que necesitaba luz, trató de buscar un interruptor y encender alguna lámpara. Ustedes saben, junto a las puertas siempre hay una llave. Nada, sólo la mano llena de tierra y telarañas, nadie debía bajar a aquel lugar desde hacia siglos, bueno, por lo menos en unos cuantos años. Elizabeth se detuvo fastidiada pues debía iluminarse con algo, eso significaba que tendría que regresar a buscarlo. “ En la cocina, buen lugar. ”

Otra vez el pasillo, ahora el jardín, otro pasillo, luego, abriendo la puerta la cocina… Estaba suavemente iluminada por un candelabro. “ ¡Dios!… ¿ no les era suficiente con tenerlos encerrados que encima los condenaban a vivir en la antigüedad ? ”

El aroma le hizo cosquillas en la nariz mientras revolvía los cajones: empanadas de queso, cebolla y zanahoria. La receta típica implicaba carne picada, cebollas, huevo duro y otras cosas más, pero lo que olía era una graciosa variante que hacía su madre. A Elizabeth la enloquecían, de niña solía escaparse a la cocina para robarlas y comerlas a escondidas. ¡También !… su madre siempre las reservaba para su hermano Alberto con la excusa de que “ eran las únicas que comía ”… ¡con lo que a ella le gustaban ! Pero ahora no estaba allí para robar empanadas, debía buscar luz, algo con qué iluminarse. Buscó en los cajones y en las alacenas y lo único que encontró fueran velas y cerillas. Bueno, algo es algo.

Escuchó a alguien en el pasillo, un tanto lejos, un guardia…, debía irse antes que se le ocurriera acercarse. Salió al jardín, pero se detuvo un instante, en la misma hamaca y junto a la misma baranda estaba su madre. Dormía apenas arropada con una manta, la cálida y suave brisa de la noche traía el aroma de las “ damas de la noche ”. Nada demasiado distinto de la casa de su niñez. El ruido la sobresaltó, el guardia ya estaba en la cocina, cubrió un hombro de la anciana con la manta, quien apenas sonrió entre sueños.

Fue sencillo volver al sótano. “ Suerte… ” Las cosas se le estaban dando fáciles. Abrió la puerta, luego prendió una cerilla y con ella encendió una de las velas. Cuando la llama se estabilizó, cerró la puerta, no quería que vieran la luz.

La escalera volvió a crujir bajo su peso. En la habitación se amontonaban cajas, paquetes y fardos, aquello servía de depósito. Empezó a buscar, debía estar en alguna parte. “ En esta no, en aquella tampoco. ” Vaya sótano, era realmente grande. Un ruido a sus espaldas…, seguramente ratas. Nada para impresionarse, los animales nunca le molestaron. Otro ruido más fuerte…, no, no eran ratas, era algo más grande. Giró despacio y los vio, allí estaban sentados en círculo: cinco mastines la observaban curiosamente. Elizabeth se sobresaltó, no los había sentido acercarse.

Hola, perritos…  saludó en tono amistoso.

Elizabeth pensó que en cualquier momento saltarían sobre ella, pero para su sorpresa los perros no parecían molestarse con su presencia. Algunos se echaron sobre su lomo y le ofrecieron amistosamente la panza. Elizabeth no dejaba de asombrarse, siempre había tenido cierto encanto con los animales, pero esto le resultaba demasiado. Se acercó lentamente y los acarició, los perros movieron suavemente la cola, acarició a todos y parecieron alegrarse. Bueno, si esos eran los guardianes, no entendía cómo no se habían escapado todos.

Los perros se entusiasmaron y comenzaron a ladrar, invitándola a jugar.

Shhh…   trató de callarlos Elizabeth  Shhh…, no hagan ruido o meterán en problemas a su amiga Elizabeth.

Demasiado tarde, oyó pasos acercándose a la puerta.

No tienen que encontrarme aquí… – pensó en voz alta Elizabeth.

Los perros la miraron y parecieron comprender, corrieron por el sótano hasta una zona alejada y comenzaron a ladrar… “ Tranquila, no te encontrarán. ”

“ El pestillo de la puerta… ¡ La vela ! ” Elizabeth la tomó y la apagó justo a tiempo. La puerta se abrió, la luz de las linternas horadaron la oscuridad del sótano.

¡ Hey…, muchachos !… ¿ qué les pasa ? – tres hombres descendían las escaleras.

¡ Ahhh !… quieren jugar  los perros giraban en círculos a su alrededor evitando que avanzaran . Bueno, bueno…, cálmense.

Dos de los hombres se apartaron y comenzaron a inspeccionar el sótano, tres de los perros los siguieron y enredándose en sus piernas.

¡ Diablos !…  exclamó uno de ellos molesto  ¿ Qué rayos les pasa ?

Querrán salir… – les contestó el tercero . Vengan, ayúdenme a ponerles las cadenas, estamos retrasados.

Otro dejó su linterna apagada sobre un tambor, muy cerca de donde Elizabeth estaba oculta, se acercó sigilosamente por detrás y la tomó. Eso era perfecto… “ ¡Al diablo las velas ! ”

Los hombres terminaron rápidos el trabajo, los perros tiraban ansiosos tratando de sacarlos del lugar.

Bueno, ya nos vamos… Hoy están fatales… ¿ Vienes, Joe ?…

Es que no encuentro mi linterna, me matarán si la perdí.

Los perros parecían no entender razones.

Vámonos, la buscarás después. Tranquilízate, no diremos nada.

Okey, pero luego ayúdenme a buscarla.

Prácticamente arrastrados por los perros los tres hombres subieron la escalera y salieron.

Elizabeth aguardó un rato mientras escuchaba los pesados pasos y los ladridos que se alejaban, luego encendió la linterna. “ ¡ Perfecto !… ” Eso era tener mucha suerte, ahora tendría luz y de la buena… y si mal no veía, allí estaba lo que buscaba: una placa negra adosada a la pared, más precisamente su llave a la libertad.

Vaya que había pasado tiempo, los pasillos estaban llenos de telarañas, humedad y polvo.

Elizabeth alumbraba su camino con el haz de la linterna, aquello era un verdadero laberinto, pero ella lo conocía. Debía ir hacia el centro de la ciudad, sólo tenía que seguir las flechas azules y llegaría hasta el edificio de “ Recepción ” de “ Ciudad Puerta Uno ”, uno de los pocos edificios pertenecientes a “ Parque ” que se encontraba en el medio de las ciudades: su línea directa con las computadoras de “ Pared ” y con “ Computador Central ”.

Casi nadie conocía esos pasillos, solamente Elizabeth, George, Sergio y sus constructores, estos últimos ignoraban su precisa ubicación y destino. Parecía que el secreto se había mantenido muy bien.

Esta serie de pasadizos unía los principales edificios de “ Parque ” subterráneamente, por medio de puertas con acceso “ clasificado ”, a los pasadizos comunes de mantenimiento y de tránsito para el personal, que se hallaban diseminados por debajo del continente. Una forma de comunicación silenciosa e invisible para los visitantes.

A pesar del tiempo transcurrido, la placa se activó al reconocer el código de Elizabeth. Quizás otros sistemas fallasen, pero ése seguramente siempre funcionaría a la perfección, por supuesto: era un diseño de Sergio.

Había tenido que caminar bastante, como un par de kilómetros, la distancia que la separaba de la casaprisión al centro de la ciudad, pero finalmente había llegado.

Se sentía bien pues “ Recepción ” era sus dominios. Desde los muros de “ Pared ” y hacia el interior del territorio pertenecía a George, Sergio se ocupaba del buen funcionamiento de los sistemas y de las comunicaciones. La función de Elizabeth era actuar sobre los contingentes de personas que llegarían permanentemente, su ubicación en las “ Ciudades Puertas ” hasta su ingreso a “ Parque ” y su posterior estancia y cuidado en el interior. Al menos así lo habían planeado. De la misma manera que George era responsable por las personas que trabajaban en “ Parque ”, ella lo era de los visitantes y ninguna de las dos tareas era sencilla. La de Sergio tampoco, sobre él pesaban los intrincados mecanismos de todo los complejos y su buen funcionamiento. Si era difícil liar con personas, no era más fácil hacerlo con máquinas y complejos instrumentos, pero cada uno de ellos y sus equipos se desenvolvían muy bien en lo que hacían y, por sobre todo, amaban su trabajo.

En ese momento Elizabeth estaba entrando a los subsuelos de su moderno castillo, comenzó a subir por una amplia escalera caracol de forma cuadrada, una de las tantas que se encontraban en las distintas secciones del lugar. Luego de subir unos cuantos niveles tuvo que detenerse pues la escalera se había desmoronado. La erosión del tiempo y la falta de la presencia del hombre le habían ganado a la estructura, ojalá que el resto no estuviese así. Buscaría otra entrada.

Una de las puertas del descanso que acababa de pasar se abrió violentamente y por ella salió un curioso artefacto que se desplegó hasta tomar la forma de un divertido robot amarillo parecido a los antiguos juguetes de lata…, pero de cuatro metros de alto. Era un aparato realmente gracioso, semejaba estar construido con ladrillos de juguete de vivos colores. Debía de haber unos cuantos más, por algún motivo solamente ése se activó. El diseño de su aspecto era una idea de Elizabeth, Sergio se había reído mucho al verlo. “ Nadie le tendrá miedo a esa cosa – había dicho en aquel momento -. Se sentarán y se pondrán a jugar. ” En realidad no estaba diseñado para dar temor, Elizabeth sabía que no le haría daño, sólo le obstruiría el paso hasta que llegase alguien perteneciente a seguridad, que en las circunstancias actuales podría ser nunca. ¿ Intentar dañarlo ?… Olvídenlo, no se había creado aún algo que pudiera hacerlo, aunque se notaba que le faltaba mantenimiento.

¡ Seguridad !… ¡ Seguridad !… Intruso a las doce en punto… Intruso a las once… A la una menos diez… ¡ Meyday !… ¡ Meyday !… ¡ Socorro !… ¡ Mamááá !…. ¡ Mamááá !…. – ese griterío pondría nervioso a cualquiera.

Entre la escalera derrumbada y el robot, ¡ vaya sitio para quedarse a vivir ! Era peligroso, la escalera ya se había desmoronado en parte, quizás con el peso del robot…

¡ Ya está bien !…  gritó Elizabeth para hacerse oír por encima del parloteo del robot.

¡ Hombre al agua !…. ¡ Hombre al agua !…. ¡ Fuego !… ¡ Fuego !… ¡ Llamen a los bomberos !…. ¡ Help !… ¡ Help !…

Tenía que encontrar una salida… ¡ Si hasta casi era mejor saltar que seguir escuchando !

¡ Auxilio !…. ¡ Viene el lobo !… ¡ viene el lobo !… ¡ El barco se hunde !… las mujeres y los niños primero … y los robots…

¡ Bueno, cállate !…  le gritó Elizabeth tapándose los oídos con sus manos y dándole una suave patada en una de las ruedas . Soy Elizabeth, robot tonto. ¿ No me reconoces ?…

El robot calló abruptamente y acercó veloz  su rostro al de ella, deteniéndose, pestañeó un par de veces seguidas y retiró su rostro metálico.

Visualmente, no  le aclaró con amabilidad . Células visuales fallando, por favor, permítame reconocimiento celular.

Elizabeth miró al cielo agradecida… “ Gracias ”. Por lo menos se había callado, luego se acercó despacio. El robot escondió una de los inmensos botones que llevaba en el pecho y lo rebatió para acomodarlo nuevamente en su lugar. La cara interna del botón tenía una placa negra donde Elizabeth apoyó su mano. Apenas esperó un instante, el robot volvió a hablar.

Bienvenida, Elizabeth…  dijo el gigantesco armatoste -. ¿Puedo servirte en algo?…

Ya lo creo que sí.

Elizabeth se hallaba sentada sobre una caja en alguna sala de mantenimiento de los subsuelos de su edificio. Ante ella el robot probaba su visión saltando su vista de un objeto a otro.

– ¿ Mejor ?  preguntó Elizabeth.

Ahhh…  suspiró aliviado el robot .  Eso está muy bueno.

Elizabeth cerró la tapa en su espalda.

Bien, por ahora será suficiente, para lo demás hacen falta equipos y técnicos… y un poco de pintura.

Gracias, gracias. Estoy como nuevo… ¡ cómo nuevo !

¡No hay por qué !  rió Elizabeth mientras guardaba algunas herramientas –. Necesitarías unos cuantos toques más, pero hasta aquí llega lo que sé. Te hacía verdadera falta… Ahora, dime, ¿ has visto a más personas por aquí ? Gente trabajando, algún lugar con movimiento…

Negativo, tú eres mi primer intruso.

¿ No has visto en absoluto a otras personas ? – Elizabeth suspiró mirando el estado del robot, – no, claro que no. Bueno, tengo que buscar una terminal y tratar de averiguar qué ha pasado en este tiempo. Evidentemente no inauguramos, aunque no creo que ese sea el motivo para encerrar a toda mi familia.

No, salvo que sean intrusos.

¡ Nooo…. !  exclamó riendo Elizabeth mientras palmeaba amistosamente el pecho del robot . Seguramente no fue por intrusos.  Luego agregó más para sí que para su compañero: Iré hacia arriba, en el edificio tiene que haber alguna terminal a la que pueda entrar. Espero que  las cosas no hayan cambiado demasiado en estos años… y que no trabajen de noche.

Se volvió a su amigo de metal.

Hasta pronto, robot, deséame suerte.

Suerte… suerte, Elizabeth…

Ya estaba en el sector de ascensores, sólo un paso más y llegaría al de las oficinas. Apretó el panel de llamada, la puerta de uno de ellos se abrió casi instantáneamente; estaba allí, en el último subsuelo del edificio, como esperándola. Los indicadores no estaban encendidos por eso no lo había notado. “ Tonta… ” Se había asustado.

“ Bueno, ahora a buscar el piso… si por lo menos las luces funcionaran ”, pero ese edificio parecía ser un desastre. Indudablemente le faltaba mantenimiento por todas partes, tenía suerte al haber conseguido la linterna y que los ascensores sí andasen… ojalá no se quedase sin pilas.

Entró a la cabina e indicó uno de los últimos pisos. Bien, ahora a su despacho.

En pocos segundos recorrió los casi doscientos metros que la separaban de los subsuelos a los pisos de oficinas. Cuando sintió que la puerta iba a abrirse, Elizabeth se aplastó contra un hueco oscuro del ascensor, no quería que la sorprendieran. Se asomó sigilosamente y miró en ambas direcciones, sólo oscuridad.

Al caminar lentamente por las oficinas comprendió lo acertada que estaba. Ciertos pisos u oficinas eran de libre acceso, luego había otros con códigos especiales. De acuerdo con el puesto que se tenía y a la actividad que se realizaba se permitía el paso o no.

En el centro de aquel piso se encontraba su despacho al que solamente ella podía acceder con su propio código genético. Al menos así había sido antes. Había pensado que eso le complicaría un poco su expedición, pero se sorprendió cuando al probar su antiguo código, éste funcionó.

“ ¡ Vaya !…, ¿ qué clase de profesionales trabajarían allí ahora ? ” Luego del paso de tantos años y continuaban usando los mismos códigos de seguridad. Eso era un desastre… Al iluminar el lugar con su linterna comprendió. Las primeras oficinas estaban totalmente abandonadas, llenas de polvo y telarañas, quienes eran ahora sus únicos ocupantes. Recordó su última imagen de aquel lugar, tan llena de alegría, de expectativas… ahora sólo era suciedad y abandono.

Elizabeth se obligó a seguir avanzando, a cada puerta que abría el recuerdo se le hacía más doloroso frente a esa realidad. ¿ Qué había sido de su amado “ Parque ” ? ¿ Cómo podían haber abandonado a su suerte a las personas que quedaron dentro ? ¿Quiénes podían ser capaces de cerrar las puestas y olvidarse de todo ?…

Por fin la puerta de su despacho, la placa negra; otra vez, los números mágicos.

Elizabeth se asomó lentamente temiendo lo peor, quería preparar su corazón para el dolor de la destrucción. Para su sorpresa, allí, en el interior de su despacho, el tiempo parecía haberse detenido como por un encantamiento.

Todo, absolutamente todo, estaba en su sitio exacto. Los retratos, los libros, los adornos que le había regalado Sergio, el perchero que fue obsequio de George… Todo en su lugar y sin una sola mota de polvo. Exactamente igual al día en que se marchó. Todo estaba intacto como en un sarcófago.

Solamente las flores secas en el florero parecían hablarle de un leve paso del tiempo. Elizabeth se acercó a ellas, el ramo que le había enviado Sergio el día de la inauguración. Aún tenía la tarjeta, Elizabeth la rozó con la punta de los dedos temiendo que fuera a desaparecer; la dejó y se secó con furia las lágrimas que rodaban por sus mejillas. No estaba allí para recordar.

“ El computador. ” Se dirigió a su escritorio y se sentó en su sillón, apoyó la mano en la placa negra, sin pensarlo tomó la lapicera fuente de su juego y comenzó a jugar con ella, era su costumbre: sacaba la tapa y la colocaba constantemente. A Sergio lo ponía nervioso, a veces hasta se lo hacía a propósito tan sólo para que la retara como a una niña.

El computador la saludó al igual que siempre.

Bienvenida, Elizabeth… ¿ En qué puedo servirte ?

Estado actual de “ Parque ”.

Todos los sistemas funcionando. Personal en su sitio. Listo para “ Inauguración ”.

Eso sonaba muy mal, los datos no podían ser correctos pues ella lo había visto con sus propios ojos. Era mejor que se calmara, tenía que ir por partes.

Estado del continente  pidió.

Bueno. Estable en un 19,87 %. Para demás datos solicitar “ Ampliación ”.

Esa era una buena noticia, el índice había disminuido considerablemente, aún más de lo que habían estimado. No le interesaban ampliaciones, quería datos generales.

 ¿ Vida vegetal ?…

Está dentro de los parámetros estimados. En progreso. Especies fuera de peligro. Ecosistemas cerrados.

Eso estaba bien.

 ¿ Vida animal ?…

Estado dentro de los parámetros estimados. En progreso. Todas las especies adaptadas en un 100 %. Ecosistemas completos.

 ¿ Personal de “ Parque ” ?…

Todos en sus puestos. Listos para “ Inauguración ”.

Personal de “ Pared ”…

Todos en sus puestos. Listos para “ Inauguración ”.

Personal de “ Torre Central ”.

Todos en sus puestos. Listos par…

Elizabeth lo interrumpió pues no quería oír otra vez más la letanía.

Edificación de “ Parque ”…

Estado óptimo. Mantenimiento periódico realizado. Listo para “ Inauguración ”.

Eso carecía de sentido, ella lo recordaba, allí adentro no había absolutamente nada, salvo las personas de “ Sala de Control ”.

No le importaban los miles de datos que aparecían en pantalla, esos le servirían a cada técnico, pero los generales, sí. Elizabeth comenzó a enfurecerse, “ Computador Central ” estaba loco. Había ido hasta allí sólo para enterarse de eso, parecía que las cosas no podían empeorar, pero ante ella tenía la inexplicable pantalla: “ Parque ” listo para “ Inauguración ”.

Intentó todo de nuevo varías veces más, probó todas las formas posibles, la respuesta era siempre la misma. Nada parecía concordar con la realidad ni el más mínimo dato para explicar la distorsión temporal ni lo que les  había pasado desde la inauguración.

Elizabeth golpeó el escritorio, se llevó las manos a la cara y se recostó contra el respaldo del sillón. Iba a enloquecer.

Dejó caer los brazos a los costados, cerró los ojos y trató de relajarse, de cambiar las cosas en su mente. Pensó que todo era como antes: ella estaba allí, en su despacho, trabajando de noche. “ Parque ” funcionaba a la perfección y era un éxito, pronto Sergio la pasaría a buscar e irían a su casa junto a  su bebé… Todo estaba bien.

Despertó de golpe, no sabía cuánto tiempo había dormido. Tomó la lapicera nuevamente en sus manos y jugó con ella mientras miraba en derredor. Había sido un sueño, la pantalla seguía inmutable: “ Parque ” listo para “ Inauguración ”. Se guardó la lapicera en el bolsillo sin pensarlo siquiera. Eso no tenía solución… De pronto algo se le ocurrió: había preguntado por “ Parque ” no por “ Recepción ”; quizás así podía constatar qué tan bien andaba el computador.

Iba a dar la orden a la computadora cuando escuchó un murmullo lejano. ¿Viento? Ella jamás había oído en ese lugar al viento. No, eran voces… Guardias, los había subestimado. Las voces se acercaban a ella.

Elizabeth salió apresuradamente de atrás de su escritorio, tenía que irse. Demasiado tarde, estaban cerca, muy cerca… Esconderse, pero… ¿ dónde ?… “ ¡ Vamos, piensa rápido !… ” Buscó a su alrededor… “ ¡ Allí !… ” El juego de sillones que tenía para reuniones informales… “ ¡ Bien !… detrás del más grande, hay espacio… ¡ Pronto !… ”

Se encogió, entraba justo. “ ¡ Diablos !… ” La computadora…, no tenía tiempo. “Silencio.”

Dick y Pitt siempre estaban juntos. Hacía años que trabajaban allí, en el Instituto de Investigaciones de “ Parque ”. Habían pedido ser trasladados al turno de la noche casi desde que ingresaron. Ese sitio, en el silencio, tenía algo que les hacía erizar los cabellos de la nuca y esa sensación les resultaba fascinante.

Siempre era lo mismo: tomar café, hablar de la familia y luego revisar los quince pisos de oficinas pues el resto estaba clausurado. Por supuesto, quién iba a subir ciento setenta pisos sólo por escaleras.

…Pero esa noche…

Todo había estado normal hasta la ronda. Al caminar por los pasillos de la planta baja notaron que las puertas de uno de los ascensores, que ellos siempre las veían abiertas, se encontraban cerradas. Un ascensor…, para ellos eso era algo fantástico.

Seguramente se debería a una falla por fatiga de materiales, de todos modos debían cerciorarse. Buscaron una palanqueta, en algún sitio encontrarían una… Ese hierro serviría.

¿ Listo Dick ?…

Listo…

Okey… Ahora…

¡ Fuerza !… Un poco más…

Las hojas de la puerta se resistieron un poco, pero por fin cedieron y entonces no pudieron creer lo que veían sus ojos. El ascensor no estaba allí, ante ellos tenían el oscuro túnel con sus rieles de acero. De pronto bajaron sus rostros, podían escuchar el sonido que hacía al ascender  desde la profundidad del hueco. Pitt tomó violentamente a su compañero y alcanzó a arrastrarlo hacia la protección del piso justo a tiempo. El ascensor pasó como un bólido frente a ellos dirigiéndose hacia los pisos superiores; ni siquiera se había detenido al abrirse la puerta. ¡¡¡¿¿ Un ascensor funcionando ???!!!!… Se levantaron del suelo y se iluminaron uno al otro con sus linternas. Iba a una velocidad para ellos desconocida, ya debía de haber llegado a los últimos pisos… ¡ Rayos !… Tenían que investigar.

Se miraron un instante, dudando… luego ambos se abalanzaran al interior de uno de los ascensores detenidos. Esperaron un instante y se volvieron a mirar desconcertados… ¿ Ahora qué ?…

¿ Cómo se hace para hacerlo funcionar ?…  casi gritó Pitt a su compañero.

No lo sé  respondió Dick desconcertado.

Ambos giraron la cabeza al panel plateado en la pared, en un salto estaban junto a él golpeándolo. Nada. El ascensor no se movió ni un milímetro. No podían esperar…

¡ Las escaleras !…  gritó Pitt.

Ambos se precipitaron en su dirección con las linternas en una mano y sus armas en la otra.

Al llegar al piso treinta el ritmo ya no era el mismo y cuando estaban por el ochenta odiaban a ese ascensor, pero no podían volverse atrás.

En un mundo donde la única carga eléctrica que podía generar el hombre era mediante pilas de 1.5 volts o baterías de doce, apenas suficiente como para iluminar linternas o mover vehículos impulsados por hidrocarburos, que un ascensor de una tonelada funcionara era un verdadero fenómeno… o un milagro. Tomaron un par de minutos de descanso en el piso cincuenta, en el cien y en el ciento treinta, pero al llegar al ciento sesenta ya no podían parar, sólo les faltaban unos pocos pisos y estaban desesperadamente ansiosos por saber.

Por fin llegaron. Encontraron el ascensor detenido en el piso ciento cincuenta y ocho, justo diez pisos antes de la terraza; la puerta estaba abierta como esperándolos.

Se parapetaron e iluminaron la cabina mientras apuntaban con sus linternas y sus armas… Nadie. Se acercaron para mirar mejor dentro. Dick miró hacia el interior del piso y tiró su gorra hacia la nuca… Eso se ponía cada vez mejor… o quizás peor.

¡ Heyy…, Pitt !…  dijo por lo bajo . ¡ Mira ! Las puertas de las oficinas… están abiertas.

Pitt giró. Ésas eran puertas blindadas… ¿ Cómo habían podido… ?

Iluminó unas indicaciones en la pared, ese piso tenía código de máxima seguridad. Eso era algo gordo y Pitt dudaba entre seguir o buscar apoyo, luego recordó las escaleras. No, no debían perder tiempo, seguramente quienes habían entrado aún estaban allí. Le hizo señas a Dick indicándole silencio y que se dirigieran al interior de las oficinas.

Dick asintió calladamente, comenzaron a avanzar por los pasillos, debían sorprenderlos. Caminaron despacio y sigilosos dirigiendo los haces de luz al piso pues no querían delatarse, llevaban sus armas en las manos y listas; los dedos, rígidos por la tensión.

Poco a poco penetraron en el insondable corazón del edificio. Las puertas abiertas los fueron conduciendo al despacho como un invisible camino de migajas.

Al entrar, ambos enmudecieran. Solamente Dick alcanzó a lanzar un silbido de asombro. El sitio se veía desierto y en penumbra; los objetos, a contraluz e iluminados por la suave palidez del reflejo lunar que entraba por los ventanales. Tan sólo la pantalla azul sobre el escritorio brillaba con su propia y desconocida luz.

Entraron lentamente, hipnotizados por esa luminosidad radiante e iridiscente. Dick giró su linterna e iluminó en derredor, el lugar se veía antiguo, seguramente nadie debía de haber entrado desde la catástrofe. Rodearon el escritorio y se detuvieron ante la pantalla. Primero el ascensor, luego las puertas y ahora esto: un computador activado… ¡¡¡ y funcionando !!!! En él parecía haber un mensaje del pasado… o acaso del futuro.

“ Parque ” listo para “ Inauguración ”… – murmuró Pitt no pudiendo dar crédito a sus ojos.

Eso debía verlo alguien más, de lo contrario los tomarían por locos.

Dick, ve abajo, busca a alguien…, alguien con autoridad tiene que ver esto… Comunícate con el Doctor.

¡¡¡¡¡ Estás loco !!!!!!… Son…

Sé cuántos pisos son, pero no hay otra manera. – Luego agregó mirando ese despacho que permanecía intacto a pesar del paso del tiempo – alguien debe quedarse.

Dick asintió, le echó una última mirada a la pantalla y se marchó. No quería olvidarla jamás.

Pitt escuchó los pasos de Dick alejándose hasta que se perdieron, entonces quedó a solas. Sentía en ese sitio algo distinto, en realidad era lo mismo que había percibido  allí durante sus guardias nocturnas, pero esta vez tenía mucho más poder: la sensación de una presencia oculta y acechante, una antigua sombra del pasado que se desplegaba abriéndose paso desde la oscuridad del olvido para recuperar su dominio… Lo más extraño para Pitt es que no sentía temor alguno.

En su interior, él se sentía parte de ese recuerdo.

Elizabeth vio a los hombres entrar y dirigirse al escritorio. Llevaban linternas y armas, pero parecían desorientados. Debía aprovechar la oportunidad antes que se les ocurriese revisar el lugar. Estaban paralizados delante de la pantalla…, era su momento, saldría. “ ¡¡ Ahora !!!… En silencio… No te dejes ver… Bien, por el ascensor no…, seguro avisaron y vienen más. Hacia el ala oeste… allí, usa el del personal. Quizás aún no se han preparado. ”

Elizabeth llegó sigilosa hasta la zona de los ascensores de servicio y apretó reiteradas veces los botones de llamada y aguardó ansiosa la llegada de alguno. Miraba inquieta en dirección al pasillo por el que había llegado esperando que, en cualquier momento, apareciera un grupo de guardias. “ Vamos… aprisa.  ¡ Apúrate, bebé !… Sube, sube… Tienes que sacarme de aquí. ” Palmeó suavemente una de las puertas de acero; como si ésta respondiera a sus deseos las hojas se abrieron y Elizabeth saltó a su interior.

“ Ya estamos, gracias a Dios. ”

Elizabeth se sintió a salvo en la oscuridad del ascensor. “ Bien, ahora al subsuelo… Volvamos a casa. ” El ascensor descendió rápidamente hasta detenerse. La puerta se abrió, pero Elizabeth se quedó paralizada en el interior… Ése no era el subsuelo. Elizabeth saltó sobre el panel y lo golpeó desesperadamente.

¡ Ciérrate…, ciérrate !… ¡ Me encontrarán !…

Nada, la puerta no respondía, parecía trabada. Elizabeth esperó, desde afuera sólo parecía llegarle penumbra y silencio. Se asomó con lentitud, el sitio estaba totalmente abandonado. A pesar de la oscuridad podía ver ventanas y puertas tapiadas con madera, todo cubierto por una gruesa capa de polvo. Tomó aliento y salió…, ese ascensor no la llevaría a parte alguna.

Se detuvo en media del silencio, le dolía el alma de ver a su edificio así, casi en ruinas, abandonado e inútil… Ojalá nunca hubiese regresado.

Sin hacer ruido comenzó a sollozar. Ella que tenía nombre de reinas lloraba a solas en su palacio destruido.

No supo cuánto tiempo estuvo allí en la soledad de las tinieblas sin importarle ya nada, sólo pensaba que a cada momento todo era peor. No quería continuar ni siquiera quería levantarse del piso polvoriento, sólo su pecho se sacudía apenas por los sollozos.

La luz comenzó a filtrarse poca a poco por las hendijas. A cada instante aumentaba, crecía, recuperaba para sí  el espacio; las tinieblas se retraían impotentes ante su paso.

Elizabeth vio a las sombras encogerse. Suspiró resignada, podría quedarse allí, pero no podría detener el tiempo. No, otra vez. Un nuevo día nacía en “ Ciudad Puerto Número Uno ”, un nuevo día para el mundo, para el Universo… Y si ella lo deseaba, sería partícipe de él.

Se secó las lágrimas en su mejilla con el dorso de la mano entre cansada y furiosa. ¿ Qué más daba ?… Lentamente se acercó para ver por las fisuras de las tapias. Estaba en planta baja, en la entrada Oeste, solamente a unos pasos del exterior. Una puerta y estaría afuera. Tan sólo, unos pasos…

Cerró los ojos. Buscó en su interior valor…, necesidad…, deseo, algo por qué hacerlo. Y nada encontró. Estaba vacía. Volvió a mirar el exterior, el sol del amanecer se reflejaba en los muros de “ Pared ” como en un espejo oscuro. Sintió la luz sobre su rostro, sobre su piel, penetrando a través de su iris.

Giró y se dirigió a la puerta. Debía aprovechar ahora para salir antes que hubiese más actividad. La puerta se activó y salió a la calle, sólo  observó la figura de un hombre que caminaba lentamente a una cuadra de allí. No notaría su presencia.

El sol la encegueció por un momento, Elizabeth levantó su mano y se tapó el rostro por un segundo, luego, veloz y sigilosa, abandonó su castillo para perderse por las calles de la ciudad, como quien nace a la vida por segunda vez.

Capítulo II.

Daniel no podía despegar los ojos de la increíble visión. Nunca en sus treinta y siete  años había estado en un sitio como aquel, por lo menos que él pudiera recordar. Primero habían desistido de entrar, luego simplemente lo habían olvidado. Pertenecía a un mundo de tan sólo quince pisos de altura, ésa era quizás la medida de sus ambiciones.

Por más que lo había intentado no había podido comprender a sus antecesores, los creadores y constructores de todo cuanto allí había: las ciudadades, ese edificio…, el “Parque”. Pero ahora, por fin, mirándolo desde esa increíble altura, un atisbo de entendimiento parecía abrirse paso en su mente.

Estaba casi a la misma altura que los muros de “ Pared ”. Por encima de ésta, los campos magnéticos atesoraban el interior de “ Parque ”. Tenía una visión increíble del mar, la bahía, el cielo que comenzaba a clarear; allá, no tan lejos, el sol se despegaba del océano y reflejaba en los muros de “ Pared ” otro disco radiante, como en un “ espejo oscuro ”. Encerrados entre esos dos colosos estaban ellos: “Ciudad Puerta Número Uno”. Costaba creer que ambos no hubieran sido hechos por la misma mano, pero el “ Parque ” era obra del hombre, el mar, de la madre naturaleza.

Si ésa era la vista que tenían a diario aquellas personas, no podía culparlas por lo que habían hecho; viendo así al mundo todos los días cualquiera se convencía de que era capaz de todo.

Lo habían despertado en plena noche, lo habían sacado de la comodidad de su cama para ver algo “ maravilloso ”. ¡ Y vaya si lo era !…

No había cumplido un año cuando todo ocurrió: la inauguración, la catástrofe. No había conocido el mundo antiguo, no tenía recuerdos acerca de él. Era un hijo de la nueva era, quizás la más oscura para la humanidad. Debía ser muy duro perderlo todo.

En su edificio, el Instituto de Investigaciones, había funcionado un ascensor. Luego las puertas de la última sección de oficinas con códigos de seguridad para ellos desconocidos se habían abierto. Y lo más increíble: el despacho de Elizabeth. ¿ Cómo podía ser ? Tenía un código único, inaccesible. Nadie, salvo ella, lo conocía ni siquiera sabían cómo funcionaba el reconocimiento… Aún así… ¡ Rayos !… En un mundo donde el uso de la corriente eléctrica apenas existía…

¿ Cómo iba a explicarle eso a la Junta ? ¿ Quién lo podría haber hecho ? Todos, absolutamente todos estaban deseosos de saber algo sobre “ Parque ”. No había país en el mundo que pudiera acceder a más de 12 voltios. No, no podía ser alguna de las potencias de turno. Si tan siquiera tuviesen la posibilidad de tener los recursos para mover un ascensor, ya habrían conquistado al mundo. ¿ Pero quiénes ?… ¿ Marcianos ? ¿Extraterrestres? ¡¡¡ Al diablo !!!… Les diría que el edificio estaba encantado y que el fantasma de Elizabeth vagaba por los pasillos lleno de cadenas y gimiendo. Sí, era eso… ¡¡¡ Al diablo !!!! Esa investigación no tendría final… y parecía que tampoco principio.

Además, estaba la computadora. Había alcanzado a leer el mensaje, llegó al mismo tiempo que su grupo de técnicos. “ Malditos pisos… ”  Allí estaban esperándolo la pantalla azul brillante encendida por un fuego frío y las letras blancas titilando nítidas con aquella frase: “ Parque ” listo para “ Inauguración ”.

La primera comunicación en treinta y seis años.

Silvestre Aragón, su mejor técnico en computadoras y jefe del área, se había sentado en el sillón. “ Buen muchacho… ” Apenas diecinueve años, pronto veinte.

¡ De fábula !…  había exclamado. Por fin ante sus ojos no sólo teoría, sino práctica. Una computadora activada, era el sueño hecho realidad de su corta vida, estaba tan ansioso por operarla… Acercó el sillón y, sin darse cuenta, apoyó su mano en una placa negra.

¡ Cuidado…  alcanzó a advertirle Daniel.

Tarde. Al instante Silvestre retiró su mano, pero la pantalla había cambiado su mensaje.

Código incorrecto – fueron las últimas palabras de la terminal antes de apagarse.

Todos quedaron en silencio ante la pantalla negra, sin vida. Daniel apoyó una mano en el hombro de Silvestre, esa computadora significaba tanto para ese chico…

Tranquilo, Silver, no podías saberlo.

Luego oyó los informes de los guardias. Ellos también estaban excitados, en realidad demasiado excitados. Era casi seguro que la persona que entró (si había una persona y hubiese sido sólo una y no un grupo) había estado allí mientras ellos se detenían a mirar el computador. Si se había ido sin apagarlo, se podía inferir que debió ser porque no había tenido tiempo para hacerlo. Debieron haberla sorprendido “ in fraganti ”. “ Buenos muchachos. ” No se los diría, no tenía sentido, incluso todo era demasiado para él. Ninguno de ellos estaba hecho para eso, aquella altura era capaz de marear a cualquiera. Quizás no a los realizadores de “ Parque ”, pero a Dan y a su mundo de quince pisos, seguro que sí.

Ese sol lleno de luz y ese otro oscuro, casi negro, esa fantástica visión… era lo más hermoso que había visto en su vida.

Daniel se obligó a volver a la realidad. ¿ Quién ? ¿ Cómo ? No podía hallarle explicación. Unas ladridos lo hicieron darse vuelta. Se acercó al grupo de recién llegados quienes traían con ellos a los perros, los eternos amigos del hombre. Esperaba que los ayudasen en su búsqueda.

Bien, – Daniel habló alejando los últimos vapores de su ensoñación e indicó a los demás que se acercaran  quiero que encuentren a quien o quienes hayan entrado.

Los guardias que llevaban a los perros asintieron, luego les dieron las indicaciones a los animales para que buscaran; estos inmediatamente empezaron a mover la cola y a ladrar. Sin apoyar un instante el hocico en el piso los condujeron hasta un grupo de sillones cercanos en un rincón, casi junto a la puerta. De un salto se metieron detrás del más grande, salían y entraban del hueco que quedaba entre éste y la pared husmeando el lugar ansiosamente.

Daniel asintió. Como lo había pensado: se había tenido que esconder, la sorpresa de los guardias ante la pantalla le había dado el tiempo necesario para escapar.

Suéltenlos  ordenó.

Los hombres así lo hicieron, los perros se precipitaran ladrando por los pasillos. Daniel y su grupo los seguía sin perderlos de vista. Los animales corrían por sitios totalmente desconocidos para ellos con absoluta seguridad, el conocer o no el lugar no los afectaba en lo más mínimo. Sólo seguían el rastro, lo demás no les importaba. De pronto se detuvieron ante las puertas de un ascensor. Otro ascensor…

Bien,  dijo Daniel volviéndose a los demás  si hay rastro, hay persona. Quiero que la encuentren.

Ya estaba, tarde o temprano la tendría en sus manos, la encontraría, por fin habría respuestas. No importaba qué tuviese que hacer para lograrlo, él lo conseguiría.

Elizabeth caminaba sin rumbo por una ciudad fantasma.

Eso no era “ Ciudad Puerto Número Uno ”, era un remedo grotesco, una absurda caricatura de la maravillosa ciudad que ella había conocido, la ciudad en la cual ella había vivido los mejores años de su vida.

Las personas caminaban con un andar gris, acuoso. Nadie parecía sonreír o disfrutar del inicio de un nuevo día de vida, sólo un murmullo permanente y agresivo llenaba el aire, como un quejido contenido y continuo. De vez en cuando, una carcajada grosera, un insulto; un poco más allá, gritos: una riña entre hombres, a su alrededor otros los alentaban para que se destrozaran a golpes.

Elizabeth se encogió contra una pared y siguió caminando. Sentía el sonido de una turbina permanentemente encendida que le taladraba los oídos. El tránsito apestaba las calles, apenas pudo contener la arcada ante el olor. Transportes a gasolina, hacía décadas que no se usaban, producían vapores terriblemente tóxicos, lluvia ácida y mejor ni hablar de los daños que ocasionaba a los organismos vivientes.

No había señalamientos de tránsito, agentes en esquinas principales trataban de ordenarlo con silbatos casi inaudibles. Todo parecía salido de un cuento de siglos atrás. Era como si el tiempo se hubiera retorcido y hubiera llevado a la humanidad hacia el pasado. Elizabeth sentía lo absurdo de la situación: ella, en cambio, había avanzado.

A lo largo de la calle, faroles con velas semiconsumidas le recordaron la casaprisión. La limitación en el uso de la energía se extendía no sólo a su familia, sino a todo el continente. No entendía qué había sucedido, ella tenía una linterna, el ascensor funcionaba, los códigos, la terminal en su despacho… ¿ Por qué no se les permitía a aquellas personas usar la electricidad ? ¿ Qué clase de seres humanos estaban al mando para determinar semejante cosa ?… ¿ Es que acaso culparían a todos los habitantes del continente por no haber inaugurado ?… ¿ Y ellos qué habían hecho en todo ese tiempo ?… ¿ Habían intentado entrar y rescatar a las personas que quedaron dentro ? La posibilidad de una guerra mundial se le presentó en la mente helándola…, pero no recordaba motivos. Quizás la no-inauguración podría haber sido la causa. Recordaba lo que había leído en la escuela sobre el debate de “ Parque ” y su influencia en las “ Guerras Orientales ”.  Un escalofrío subió por su espina dorsal, la sola idea de haber desatado algo así la aterraba. Trató de imaginar… tantas muertes…

Elizabeth caminaba sin rumbo y su mente iba con ella.

Todo era dudoso y cuestionable. No había edificios en “ Parque ” y computador decía que sí.  Ante ella, las personas cocinaban sobre tambores de metal en fuegos hechos con cartones y papeles mientras que en el cielo se distinguía la cúpula gigantesca de “ Parque ”, mantenida por miles de generadores solares.

La ciudad era como su edificio, destrozada sin estar destruida. Desorden, suciedad y caos. Toda una masa sudorosa y agonizante.

Recordó lo que era la vida allí, la maquinaria perfecta de personas trabajando, la impecabilidad, la armonía de aquel grupo humano. La raza joven del nuevo continente.

Ahora sólo veía un rostro deforme que reía ante ella retorciendo su boca desdentada y corroída.

Elizabeth se sentó en un umbral. Por las ventanas de los edificios podía ver ropa colgada, en los frentes se amontonaba lo que ella consideraba basura; sin embargo los habitantes luchaban por ella como si fuese un bien inapreciable. Al parecer todo era útil para ellos. Cerca de donde estaba se desató una nueva pelea, dos hombres luchaban por algo pequeño, algo que ambos sujetaban con sus manos tironeándolo para arrebatárselo al otro. Por fin, empujándolo, uno venció  al otro y huyó con su botín. En su huída pasó corriendo junto a ella, Elizabeth pudo ver que llevaba una taza con el logo de “Parque” en sus manos. Vaya, ésas se encontraban de a miles en los depósitos de sus instalaciones.

Elizabeth se sobresaltó, de pronto algo se había movido junto a ella. Un rostro sucio y maloliente surgió debajo de unas mantas. Ella se incorporó de un salto, el bulto que estaba a su lado en el umbral tomó forma. Varias personas dormían allí amontonadas y dándose calor mutuamente, habitantes de “ Ciudad ” que no tenían techo bajo el cual dormir.

Pensó en George. Era una suerte que le tocase salir a ella, el corazón de George no lo hubiera soportado. Los recordó y eso le produjo un nuevo dolor. Lo que tenía ante sí era la peor de sus pesadillas, de esas que por piedad la mente olvida al despertar para que no enloquezcas.

Una niña del otro lado de la calle estaba comiendo unos bizcochos, quizás lo único que tuviese para desayunar. La familia de Elizabeth había sido oriunda del Cono Sur de la vieja América, antes del “ Gran Holocausto ”. Bizcochitos quería decir mate cocido, toda una delicia en las tardes de invierno.

La chica notó que Elizabeth la observaba y le sonrió desde la vereda de enfrente. Sin dejar de mirarla ni de sonreír atravesó la calle por donde circulaban autos y otros vehículos más precarios. No miró en dirección alguna, la mirada fija en Elizabeth y la sonrisa intacta en su cansada y ojerosa carita. Un auto le pasó por detrás haciendo flamear su andrajoso vestido floreado, luego esperó a que pasase una bicicleta. La silueta de la pequeña aparecía y desaparecía en medio de la marea multicolor y ajada de la ciudad. Por fin llegó a la vereda donde estaba ella. Se acercó despacio a Elizabeth como si el tiempo no existiera.

Hola  saludó Elizabeth con una sonrisa.

Hola  contestó la niña mirándola inquisidoramente a los ojos . ¿Cómo te llamas?…

Elizabeth… ¿ y tú ?

Margarita, pero me dicen Maggy. – Luego se volvió señalando algo en la vereda de enfrente  . Ves, aquella de allá es mi mamá.

La mujer estaba encorvada sobre una cacerola, revolvía algo que humeaba sin detenerse ni levantar la vista, podía ser algo de comida o ropa sucia. Se movía mecánicamente sin pensar.

Ohh…,  dijo Elizabeth  es casi tan bonita como tú.

La niña sonrió y se sentó sobre unos cajones apilados, Elizabeth lo tomó como una invitación y se sentó junto a ella. Por fin alguien con quien hablar sin tener que dar explicaciones complicadas.

¿ Qué haces ?…

Paseo  contestó divertida Elizabeth.

¿ Ya tomaste el desayuno ?  preguntó la niña.

Elizabeth rió suavemente.

No.  Luego agregó en tono más confidencial : No tuve tiempo.

Toma, – dijo la niña y le extendió la mano abierta con cinco bizcochitos  a mí pasear me da hambre.

Elizabeth la miró agradecida. En ese mundo destruido una criatura le ofrecía parte de su pobre desayuno. Ella definitivamente no podía despreciar lo que le daba, aquello era mucho más que unos bizcochitos. Sonrió agradecida y tomó dos.

Gracias – le dijo emocionada.

La niña pareció no darse cuenta de la turbación de Elizabeth.

Pruébalos. Están ricos, mamá es la mejor cocinera de la cuadra.

Elizabeth se llevó uno a la boca y lo comió. La niña hizo lo mismo con uno de los que tenía en su mano. Eso era bueno, ahora tenía una amiga.

De pronto comenzó a escucharse un griterío. La gente corría espantada ante ellas en dirección al mar, como huyendo. Los puestos en la calle eran llevados por delante y sus mercaderías volaban por el aire, sus dueños en vez de enfurecerse, también los abandonaban. Los ocupantes de los vehículos bajaban de ellos y salían corriendo. Las puertas y ventanas de las casas y edificios comenzaban a cerrarse violentamente a golpes. Las personas parecían escapar frenéticas de algo. Los vagabundos que estaban cerca de Elizabeth despertaron y sin tomar sus cosas se unieron a las personas que huían.

En medio de ese caos desatado en instantes, la niña permanecía sonriente e inmutable. Elizabeth comenzó a incorporarse sin comprender. “ Huir, pero… ¿huir de qué?… ”

De pronto, como a cincuenta metros, lo vio acercándose.

Una serpiente de luz rosada surcaba veloz el piso reflejando destellos en todo lo que pasara cerca de ella. La luz viboreaba al igual que un rayo en el suelo, no por encima de él, sino como si perteneciera al piso mismo.

De esa luz, huían todos.

Elizabeth nunca había visto algo así en su vida, estaba paralizada, con los píes adheridos al piso. El rayo iba exactamente en su dirección.

Todo ocurrió muy rápido. En pocas segundos los bizcochos, la sonrisa, el griterío…, el caos.

La niña comió su último bizcocho y se sacudió las manos en la ropa, había terminado su desayuno.

El rayo llegó hasta ellas. En ese instante y ante los ojos aterrorizados de Elizabeth trepó por Maggy envolviéndola en un torbellino de luz rosada ascendente, al llegar a su coronilla descendió violentamente arrastrando con ella la imagen de la niña. En su lugar quedó un esqueleto calcinado y humeante que se mantuvo erguido un instante, para luego desbaratarse en un montón de huesos sobre el piso quemado.

El rayo volvía como un asesino impune a su lugar de origen: los muros de “Parque”.

El silencio se hizo en aquel sector de la ciudad. La madre que no había podido llegar hasta su hija por la estampida humana comenzó a gritar; algunos vecinos la sujetaron y la llevaron al interior de la casa. Un hombre escupió el piso.

Elizabeth permanecía paralizada delante de los restos, lentamente comenzó a sollozar. Notó el bizcocho en su mano y lo soltó, se dejó caer de rodillas delante de los huesos y el llanto contenido afloró, empezó a gritar incontrolablemente. Sus propios gritos no la dejaron oír el ladrido de los perros que se acercaban.

Un grupo de hombres armados dobló la calle, algunos iban arrastrados por perros que olfateaban constantemente el piso, buscando. Sólo levantaban sus hocicos de vez en cuando para ventear el aire.

Tras ellos, un grupo de motociclistas uniformados trataban de abrir paso a una comitiva de autos oficiales.

Elizabeth levantó el rostro bañado en lágrimas. Esos hombres, los perros, debían  de estar buscando a alguien… a ella. Su respiración se agitó, el corazón comenzó a latirle aún más fuerte en el pecho. No debían encontrarla, no, aún. Tenía que saber primero…, pero era demasiado tarde para huir. Estaban casi junto a ella.

Los hombres que sujetaban los perros se detuvieron un instante ante la mujer arrodillada y los huesos humeantes, observaban inmóviles la escena.

Los perros miraban a Elizabeth gimiendo suavemente. Elizabeth temblaba mirándolos, esperando que en cualquier momento se le echaran encima. Si ella pudiera explicarles que todavía no…

Los perros comenzaron a ladrar ansiosos y tironeando de sus dueños los llevaron calle arriba. Los hombres continuaron con su persecución sin siquiera mirar hacia atrás. Los alejaban de aquel lugar llevándolos hacia el este, en dirección al mar.

Algunos pocos se quedaron para hacer circular a la gente, se harían cargo de la situación hasta que llegaran las personas encargadas.

Elizabeth no podía creerlo, quizás no era a ella a quien buscaban. Un perro que se retrasó miró hacia atrás fijando sus oscuras pupilas en los ojos de ella y gimió suavemente moviendo la cola. Luego, en medio de un ladrido, comenzó a seguir a sus compañeros sin volver ni por un instante la mirada atrás.

El último auto se había detenido, Daniel así lo había ordenado al chofer, quería saber qué había ocurrido. Sus ojos se detuvieron en la trágica escena: una joven mujer con el rostro bañado en lágrimas ante el esqueleto carbonizado del que debió haber sido su hijo. Lo había visto repetirse tantas veces cuando era niño y luego cuando fue adulto…

Elizabeth volvió su rostro de la jauría que se alejaba y vio al auto detenido; desde su ventanilla un adusto hombre de bigotes la observaba. Debía ser alguien importante, quizás uno de los actuales directivos… Si ella pudiera hablar con él, si pudiera explicarle… o al menos pedirle ayuda. Quizás…

Elizabeth se levantó despacio y comenzó a acercarse.

Daniel sintió deseos de bajarse, de tratar de hacer algo por esa mujer. Su rostro le inspiraba afecto, sus angustiados ojos azules parecían pedirle ayuda. Hubiera querido decirle que todo estaba bien.

Señor…  le advirtió el chofer indicándole con la cabeza los autos que se alejaban.

Daniel reaccionó.

Está bien, sigue.

El auto arrancó. Daniel mantuvo por un instante sus ojos oscuros en los azules de la mujer, no quería olvidar ese rostro. Nada podía hacer por ella ahora, pero en cuanto pudiera, ingresaría allí y desarmaría aquel lugar hasta el último tornillo si fuera necesario para detener aquello.

El vehículo se marchó perdiéndose en el tránsito. Elizabeth quedó nuevamente sola sumergida en el vaho agobiante de la ciudad.

Capítulo III.

No podía apartar la imagen de su mente. Miraba por la ventana de su oficina, tan sólo quince pisos lo apartaban del nivel de la calle. Allí, parado ante la visión que le ofrecía su despacho, se sentía minúsculo e insignificante. Sentía deseos de subir  por las escaleras hasta allá arriba, hasta aquel otro despacho, varias veces más grande y más alto que el de él y mirar, sólo mirar. Ver las cosas desde allí, eso mismo que tenía ante sus ojos, pero desde muchísimos metros más arriba. Otra perspectiva del mundo. Sabía que podría quedarse horas en aquel sitio, fascinado con cada cambio de luz, con cada diferente aspecto que el tiempo le mostrara…, con cada metamorfosis. Desde aquel lugar podía sentir en el estómago el deseo de flotar en el vacío, de volar.

La imagen se le apareció en un flash: los gritos, los ladridos, la mujer arrodillada llorando por su hijo. Sus ojos fijos en los de él… eran tan azules.

Había deseado poder acercarse, sentía que ella le había querido decir algo; pero era mejor para todos que él se hubiera marchado, sabía que no podría hacer nada por ella.

¿ En donde se encontraría ahora ? Seguramente debía vivir cerca del lugar del incidente, tal vez tuviera otros hijos, eso le serviría de consuelo. Lo pensó un instante,  no era cierto. Las pérdidas son siempre irreparables, uno puede acostumbrarse a vivir sin ellos, pero no se los puede reemplazar. De eso él sabía y mucho.

Sus padres, supuestamente desaparecidos durante la catástrofe de la “Inauguración”… Vaya, si era mejor tratar de no recordarlos…

Había quedado a cargo de su abuela materna hasta que fue separado de su lado y trasladado con los familiares de su padre.

Le había costado mucho llegar hasta ese puesto, primero el esfuerzo por estudiar y luego, convencer a la Junta para que lo aceptaran haciéndoles entender que era la persona idónea para el cargo, que nunca les fallaría por averiguar la verdad. Él más que nadie ansiaba saberla. Tuvo que mover todas las influencias posibles e imposibles, pero lo había conseguido: era el actual Director del Centro de Investigaciones de “ Parque ”. Su única ambición en la vida era poder ingresar allí y desentrañar el enigma de lo que había ocurrido. Y no sólo eso, quizás su sueño más inconfesable era poder devolver al mundo a la  paz de su antigua civilización.

Esas emisiones de energía eran tan extrañas… No tenían patrón alguno para su aparición ni existía regularidad alguna, ninguna época del año fija. Nada. Siempre salían de debajo de los muros de “ Pared ” y a ellos volvían. Parecían ir directo a una presa y tomarla. Eso era lo único que siempre se repetía: sus víctimas eran niños. No tenían explicación.

A veces pensaba que quizás todo había sido un plan, que aquello tenía un motivo siniestra y maquiavélico. Había llegado a pensar que quienes construyeron “ Parque ” en realidad no lo hicieron para realizar el magnífico proyecto que prometían a la humanidad, sino por motivos bastante menos altruistas. Quizás solamente querían poder. Ahora se hallaban protegidos en su fortaleza inexpugnable mientras a sus muros agonizaba el resto de la humanidad. Daniel pensaba en sus padres. ¿ Habrían sido ellos partícipes de una cosa semejante ?…

Lo cierto es que podrían haber poseído toda la tecnología, pero no eran omnipotentes. No existía explicación para la casi anulación de la existencia de  los campos magnéticos. ¿ Cómo se controla un fenómeno así ? De acá para acá, hay. De acá para allá, no.

Si hubiera gente con vida en el interior, ¿ cómo se entiende que en tantos años no hubieran tratado de comunicarse ni una sola vez ?…

El personal que quedó fuera de “ Parque ” era casi todo administrativo, los pocos técnicos que se hallaban en las “ Ciudades  Puertas ” apenas tenía una noción de los sistemas. Los verdaderos cerebros quedaron adentro.

¿ Habrían podido desarrollar una tecnología tan avanzada en todos los años que permanecieron trabajando a escondidas ? ¿ 0 realmente habría sido una falla que arrastró al desastre a las personas de “ Parque ” y al resto del mundo ?

…Ellos poseían sus propios laboratorios, depósitos, almacenes, eran totalmente autosuficientes, por supuesto, no necesitaban del resto del mundo.

“ ¡ Rayos !… ” Suficiente magnetismo para que la materia mantuviera cohesión, los polos magnéticos de la Tierra intactos, algo de energía eléctrica como para no retroceder a un período preindustrial y el colmo: rayos rosas asesinos de niños.

Hacía años que llevaba ese diálogo consigo mismo. Hipótesis, siempre eran hipótesis, nunca una maldita comprobación ni siquiera la más mínima posibilidad.

Aquí están los informes.

Karl, su jefe de seguridad entró al despacho y se sentó en el borde del escritorio mientras dejaba delante de Daniel una pila de carpetas.

Subió por el ascensor, probablemente desde algún subsuelo, pero no lo hemos podido comprobar. Las puertas sólo están abiertas hasta el tercero y por ahí, nada. El ascensor lo condujo hasta arriba, luego abrió las puertas, activó el computador…, el resto ya lo conoces.

¿ Encontraron algún rastro ?

Nada. Ni cabellos ni huellas ni polvo. Nada. Es como si no hubiera existido, sólo los perros parecían sentir algo.

Sí, ya vi el resultado.

Luego de una búsqueda frenética por las calles de la ciudad dando vueltas y vueltas, los animales los habían conducido hasta las playas y por último a los muros de “Pared”. “ Vaya paseo… ” Nunca sabrían realmente qué habían seguido.

¿ Y qué tenemos entonces ?

Karl dudó en responder por un instante, lo que iba a decir seguramente no le gustaría.

Nada   dijo por fin.

¿ Quieres decirme que tengo que llevar adelante una investigación con… “nada”?

Si – le confirmó Karl, estaba en lo cierto . Lo siento, Dan.

Daniel pasó sus manos por detrás de la nuca y, apretando los ojos, se recostó en el sillón. Karl sabía que era mejor dejarla solo.

¿ Puedo retirarme ?  preguntó.

Sí  dijo Dan abriendo los ojos y bajando los brazos -. Descansa, viejo.

Hasta mañana  dijo y se dirigió a la puerta, antes de llegar se detuvo y se volvió, había olvidado decirle algo . Ahh… también tienes allí el informe del incidente de hoy. Una lástima, hija única.

Dan revolvió las carpetas apresuradamente buscando el informe, quería saber sobre la mujer rubia. Por fin lo encontró. La imagen de una niña rubia y una mujer de cabello castaño de mirar endurecido cayeron sobre su escritorio.

¿ Quién es ella ? preguntó Dan a Karl cuando este casi salía por la puerta.

Karl se detuvo un instante más.

La madre.

Espera… había otra mujer, de cabello rubio, aspecto fino y ojos claros.

Karl se volvió a su jefe y cerró la puerta sigilosamente tras de sí. Eso lo había intrigado… que Dan mostrara tanto interés en una mujer le comenzaba a divertir, rió suavemente.

Bueno. Estás interesado… e impresionado.

Dan insistió sin prestarle atención a la insinuación del tono de Karl.

¿ No recuerdas haberla visto ? Estaba junto a los restos… y lloraba.

No. Sinceramente no presté atención. Recuerda, tenía una persecución entre manos.  Y luego agregó maliciosamente : No tenía tiempo para mirar ojos bonitos.

No seas tonto. Esa mujer…  Daniel trataba de reflexionar …tenía algo.

Seguro,  contestó Karl dirigiéndose nuevamente a la puerta  todas lo tienen.

Tenía un rostro familiar  Daniel cerró los ojos, quería recordarla.

Karl lo despidió desde la puerta.

Ojalá encuentres a tu paloma. Estoy seguro de que no te quedarás sentado esperando que aparezca. Vaya, si estás más interesado en ella que en esta intriga.

Karl salió con una sonrisa. Ese muchacho necesitaba una mujer, una compañera, una amiga. Él lo sabía muy bien, Ethel lo esperaba en casa.

Karl conocía bien a Dan, no se quedaría sólo con una pregunta, buscaría la respuesta, por eso hacía tan bien su trabajo. Seguramente algo tramaría al marcharse del Instituto. También, no tenía demasiado que hacer fuera de su trabajo. A modo de saludo final le deseó:

Buena cacería  y cerró la puerta al salir.

Elizabeth había huido del lugar, en dirección contraria a la de los ladridos. De vez en cuando las imágenes volvían inesperadamente, una y otra vez, como en latigazos: la niña, los bizcochos, el rayo…, el hombre.

Había perdido su oportunidad y quizás fuera mejor así. “ Hola. Soy Elizabeth Del Río, mucho gusto. Sí, debería ser muchísimo más vieja, pero me conservo muy bien, me baño en leche todos los días. Una antigua receta ”. Absurdo, nadie le creería. Seguramente la encerrarían por loca antes que hubiese terminado de pronunciar su nombre.

La ciudad conservaba aún sus barrios, las personas acudían a sus quehaceres, los chicos iban a la escuela, había hospitales, mercados…, talleres.

Elizabeth contemplaba todo con creciente curiosidad. Quizás a ella le chocase la forma primitiva en que hacían las cosas pues todo le parecía sacado de la edad media. Tan lejana estaba la tecnología a la que ella se encontraba acostumbrada.

“ ¡ Vaya…, qué absurdo ! ” Ella lo había hecho todo por la naturaleza, pero lejos de “ mamá tecnología ” se sentía una niñita perdida y asustada en medio de hordas bárbaras.

Había algo en todo eso que no encajaba y le resultaba desagradable. Ese algo estaba en ella. Muy a su pesar tuvo que reconocer qué era: prejuicios. Los había aborrecido toda su vida cuando el prejuicio estaba en los demás. Ahora los tenía ella o quizás siempre había sido así. No podía seguir juzgando a las personas por tener o no tener vehículos no contaminantes.

Se detuvo por fin en una esquina. Tampoco podía seguir vagando por la ciudad toda su vida. Le dolían los pies, tenía hambre y sed. Tendría que dormir en algún sitio. Hacía tanto tiempo que no sentía esas cosas… Ojalá quedasen empanadas de zanahorias… Pero debía esperar a que se hiciera bien entrada la noche para volver.

Miró en derredor, por sobre la masa amorfa de edificios los muros de “ Pared ” se erguían como una cercana serranía. ¿ Y si se diera una vuelta por allí ? Quizás podría encontrar algo.

Comenzó a caminar lentamente hacia un nuevo destino. Se sentía en uno de esos antiguos peregrinajes por una ciudad sagrada. ¿ Qué otro lugar le quedaría por visitar ?

El lujoso “ Hall de Recepción ” era un verdadero mercado persa.

En las calles de acceso se habían instalado las terminales de los vehículos de transporte colectivo que funcionaban en la ciudad.

Vagabundos dormían en las escaleras, las mujeres cocinaban en los puestos armados en tiendas precarias y vendían comida para llevar o para comer al paso, todo tipo de fritadas y revueltos de dudoso contenido. Se hacían negocios sobre toda clase de objetos y baratijas. También había música y actores callejeros. Eso hizo sonreír a Elizabeth. George decía que mientras hubiese niños y locos en el mundo, éste estaría a salvo. Se detuvo a verlos un largo rato. ¿ Todavía conservarían la capacidad de soñar ?

Luego caminó despacio entre los puestos de comida, tenía los brazos cruzados sobre el pecho, abrazándose.  La noche caía y comenzaba a tener frío, alguna corriente fría del océano debía estar llegando. Una mujer de piel oscura la chistó, Elizabeth dio un respingo… “ ¿A ella?… ”

Sí, ven. Acércate, mira… Te cambio la pulsera que llevas por un poco de comida.

No  dijo Elizabeth, era regalo de Sergio.

Por comida… y algo para tomar. Pastelitos y café.

No,  volvió a decir Elizabeth  pero te cambio este collar por un chal y pastelitos.

Se lo tendió a la mujer que lo inspeccionó poniendo cara de no estar muy decidida. Elizabeth agregó para convencerla:

El collar  y los aros haciendo juego – y le mostró los que pendían de sus orejas -. Pastelitos, café y el chal que elija.

La mujer volvió a mirar el collar y asintió sonriendo.

Está bien.

Tomó tres pasteles, los envolvió en un trozo de papel gris y se los tendió junto con un humeante jarro de algo espeso que olía a café. Elizabeth se sacó sus aros y los intercambió por el refrigerio. Mientras masticaba con ganas un trozo de pastel y bebía ansiosa un sorbo de la bebida, eligió un chal grande en tonos de celeste, lila y dorado, se envolvió con él los hombros y sonrió, quedaba muy bien con su traje azul claro.

Dándole un nuevo mordisco al pastelito, le indicó a la mujer las oscuras carteleras que pendían del techo y le preguntó:

¿ Cuándo se encienden ?

¿ Eso ? No,  luego agregó extrañada  ¿ acaso se tendrían que encender ?

Elizabeth se encogió de hombros para disimular como si ella tampoco lo supiera.

La mujer vio la parte trasera del tubo de la linterna asomada del bolsillo en la chaqueta de Elizabeth. Le hizo señas a esta para que se le acercara, Elizabeth se sobresaltó un tanto, pero obedeció.

Oye, hija…  le dijo la mujer en voz baja a modo de confidencia  si yo fuera tú, la escondería… Hasta yo mataría por ella.

Elizabeth bajó los ojos a la linterna y asintió con la cabeza. Cierto, no debía llamar la atención ni correr riesgos innecesarios. Cubrió la linterna discretamente con el chal. Elizabeth le sonrió amablemente a la mujer, mientras bebía otro sorbo.

– Gracias.

No me lo agradezcas…  y agregó mostrándole el collar y los aros que se había puesto  son muy bonitos.

Vaya si lo eran, brillantes engarzados en oro por un chal y pastelitos. Y bien los valían. Elizabeth le dio otro mordisco a la confitura, estaba deliciosa.

El auto frenó casi en el mismo sitio en que lo hiciera esa mañana.

Junto a la puerta de una de las vetustas casas de la vereda de enfrente se congregaba un puñado de personas iluminadas con cirios. Seguramente esa debía de ser la casa. Daniel se preguntó si sabía exactamente qué estaba haciendo, pero no veía demasiadas posibilidades. Le dijo a su chofer que esperara y bajó. Se cerró el saco, siempre refrescaba cerca del mar.

Pasó silenciosamente entre las personas, abriéndose paso hacia el interior de la casa como uno más. Afuera, en el jardín, otros niños reían y jugaban en su inocencia, señal de que la vida continuaba.

Daniel localizó a los padres en un rincón. La madre estrujaba algo entre sus manos, algo  de color rosado. Se acercó a ellos. El padre de la niña muerta notó su presencia, lo inusual de sus ropas, sus modales.

Buenas noches…  lo saludó a modo de pregunta.

Buenas noches. Sepan disculpar, sé por lo que están pasando y lo siento – Karl lo mataría, se estaba metiendo en sus dominios . Soy del Instituto de Investigaciones.

El hombre tomó la credencial en sus manos y casi sin mirarla se la devolvió, luego alejó a Daniel unos pasos de su mujer para que no escuchara.

Ya hablamos con los agentes esta tarde… ¿ Qué desea saber ?

Hoy a la mañana cuando fue… el incidente, junto a la niña había una mujer, una mujer de cabello rubio. ¿ La conoce ?

No, no tengo idea, – el hombre se encogió de hombros – yo no estaba allí cuando ocurrió.

La mujer se había mantenido apartada sollozando, pero como en un impulso se acercó y, parándose ante Daniel, habló llena de desesperación.

¿ Por qué ?… ¿ Para qué ?… ¿ Por qué no hacen algo contra eso que está matando a nuestros bebés ?… a mi bebé…

El hombre la retuvo por los hombros y la atrajo contra su pecho, la mujer ocultó su rostro en él convulsionada por los sollozos. Daniel calló, no había sido buena idea ir a ese lugar.

Ella tiene que ver…,  dijo de pronto como para justificarse – está relacionado.

Todos callaron, quizás fuese posible acabar con tanto dolor. La mujer se separó lentamente de su marido sin emitir sonido, luego elevó sus ojos hasta detenerlos en los de Daniel.

Esa mujer… – a duras penas pudo articular -… tiene relación ?

Es… una posibilidad,  se apresuró a corregir Dan, “ ¡ Dios !… ” lo estaba complicando todo  estamos investigando.

La mujer volvió a hablar con una calma inesperada, como si la posibilidad de saber le diera ánimos para seguir adelante.

Nunca la había visto antes. Maggy estaba sentada junto a mí y de pronto se levantó, cruzó la calle y se puso a conversar con ella. Me extrañó, Maggy nunca hablaba con extraños, apenas solía contestarnos a nosotros… y eso sólo si le preguntábamos. A veces pasaba días sin decir una palabra…, pero era mi niñita…  – por un momento pareció que se iba a descomponer otra vez, aunque se controló -. Con esa mujer habló suelta como si la conociera, luego empezó todo y…

La mujer calló y fijó su vista en un punto perdido, otra se acercó por detrás:

Cuando fue lo del rayo se puso a gritar como loca, lloraba como si fuese la madre. Yo tampoco la había visto jamás. Además sus ropas…

…y sus alhajas,  acotó una tercera llevaba collares y aros…, ¡ hasta pulsera y reloj tenía !… No creo que la encuentre por aquí, señor.

No,  dijo Daniel mirando en derredor al grupo de personas humildemente vestidas  eso creo. Igualmente me han sido de mucha ayuda.

Le tendió su mano al hombre y este la estrechó, luego palmeó apenas el hombro de la mujer. Antes de salir se volvió un instante a la pareja.

Si tengo novedades, se las haré saber.

Los padres asintieran en silencio.

Daniel cruzó la calle hasta el vehículo. “ ¡ Estúpido !… ” Podría haber puesto en peligro toda la investigación, quizás hasta la vida de esa mujer.

Al arrancar el auto miró el suave parpadear de los cirios de la vetusta vivienda, por lo menos lo había intentado.

Era la noche el mejor momento para actuar.

Luego de los pastelitos se sentía mejor. La señora había sido muy amable hasta la había convidado con una segunda taza de café. Elizabeth se reía de ella misma, el modo de ser de las personas no dependía de la tecnología, los avances científicos o su “ estado de civilización ”; iba mucho más allá de ellos, pasaba por el corazón. Quizás el uso de la corriente eléctrica podría cambiar sus hábitos, pero no podía modificar aquello que realmente sentían o en lo que creían. Es más, muy probablemente fuese al revés: los adelantos que ella tanto extrañaba también podían ocultar aquellas cosas que ella tanto detestaba en la especie humana bajo un falso barniz de “ civilización ”. Para ello le bastaba con recordar a algunos miembros de la “ Junta de Naciones ” y sus pares. ¡ Vaya pandilla !… Seguramente ellos estaban detrás de todo los padecimientos de su familia y de su gente.

Caminó despacio por la ciudad, Elizabeth disfrutaba de su paseo. Las calles eran casi la mismas, las vistas similares; realmente no era tan distinta de como le había parecido en un principio. Todo estaba casi igual.

Miró la gigantesca cúpula que apenas reflejaba la iridiscencia lunar. Casi todo igual… Suspiró. “ Parque ” era un inmenso templo cerrado y desconocido. Se preguntó si ella habría vuelto para abrirlo. Pero, ¿ de qué manera ?…

Miró el piso por un momento. Por ahora necesitaba descansar y pensar más tranquila, debía buscar un lugar para hacerlo. Encaminó sus pasos nuevamente hacia el edificio de “ Recepción ”.

Elizabeth se detuvo a un par de cuadras. A diferencia del día anterior, ahora había guardias por todos lados, esta vez le sería difícil volver a entrar.

Recordó que a unas calles de allí debía estar el acceso a los montacargas que se utilizaban para el abastecimiento del edificio. Exactamente a tres cuadras y en un callejón. Si bien la estructura del edificio tenía un aspecto desde el nivel de la calle hacia arriba, por debajo se extendía en varias manzanas a la redonda, lo que facilitaba diferentes tipo de actividades.

No tardó demasiado en llegar. “ Esos zapatos…, vaya, si los tenía puestos desde el día  de la Inauguración. ”

Se asomó sigilosamente al callejón. Todo se veía tranquilo, sólo había algunos vagabundos durmiendo debajo de unas cajas de cartón. Con suerte no la verían.

Bien, allí estaban las placas metálicas en el piso. Se acercó a una de ellas, eso del costado era el panel de control…, “ este no, le faltan botones, este otro… está trabado, aquél… ” Hizo un poco de fuerza. Nada. Buscó en los tachos de basura algo de metal, revolvió, nada. No encontraba algo que le sirviera.  De pronto se llevó una mano al pecho, la medalla…, la que llevaba puesta era una aleación de titanio. “ ¡ Sí !, no pierdas el tiempo. Perfecto, ese botón… ”

El montacargas comenzó a subir despacio. Elizabeth se apartó dejando que las puertas se desplegaran para darle paso al planchón. “ Si no hiciera tanto ruido sería perfecto.” Apenas llegó al nivel de la calle, Elizabeth saltó sobre él y apretó los comandos, directo al último subsuelo. “ ¡ Rápido !… ” Los vagabundos se habían despertado y se estaban levantando.

Los paneles comenzaron a moverse. Lo último que vio fue el cielo estrellado de la noche y el rostro de los hombres que la miraban asombrados a través de las hojas metálicas que se cerraban sobre su cabeza.

Capítulo IV.

La casa estaba silenciosa. Los perros de la bodega no ladraron cuando ella entró, habían aprendido, sólo gimieron un poco y movieron la cola. Elizabeth se quedó un rato con ellos jugándoles y acariciándolos. Eran unos buenos chicos, el día anterior habían salvado a su amiga Elizabeth.

Se quedó sentada en el halo de la linterna meditando por todo lo que había pasado. El edificio, el computador, la electricidad…, el rayo rosado… Se estremeció. Eso la asustaba hasta su fibra más íntima, lo sentía tan ligado a “ Parque ” que la aterrorizaba. ¿ Cuántas veces ocurriría eso en un día ? ¿ Cuántas personas ya habrían muerto de esa manera  ?

Computador no servía. Sabía que solamente le quedaba una cosa por hacer: entrar a “ Parque ”. Recordó las praderas, los paisajes, los animales… Deseaba tanto poder verlos otra vez.

Se paró de un salto. Sin poder explicar cómo… estaba  otra vez dentro de “Parque”. El cielo estrellado arriba de su cabeza, la luna por encima de la alta silueta de las montañas, allá, muy a lo lejos. Su corazón parecía salírsele del pecho. Eso, eso… ¿ era real ?… ¿ cómo había ocurrido ?… Debió perder la memoria otra vez. Se tocó el cuerpo, tenía puesto el chal sobre los hombros, se abrazó a él. ¿ Qué le había pasado ?…

Un suave gruñido la hizo volverse muy lentamente. Ese sonido no correspondía a un perro. No, era de algo más grande…,  “ mucho ” más grande.

La manada estaba a su alrededor. Iban acercándose poco a poco ante los ojos incrédulos de Elizabeth, como dibujándose en la oscuridad que la rodeaba. El de la melena por supuesto debía ser el macho. “ Un hermosísimo ejemplar, Helen. ” La cabellera vibraba a cada uno de los impactos de sus anchas patas contra el suelo. Sus pasos eran lentos, controlados, lo llevaban directamente hacia Elizabeth. Una cicatriz le cruzaba su bien modelado hocico como una muestra innecesaria de su ferocidad. Tres surcos en perfecto paralelo.

Al alcanzar los quince metros cambiaron el ritmo de su andar, ahora corrían hacia su presa. Elizabeth se encontraba acorralada… Tres metros…, dos… “ ¡¡¡¡¡¡¡¡ Nooo !!!!!!!!… ” Elizabeth llevó sus brazos al rostro, cubriéndose, esperando… Mas nada ocurrió. Los bajó lentamente. Estaba en el sótano, los perros sentados a su alrededor la miraban con curiosidad. Se sentó, cerró los ojos y dejó caer su cabeza hacia atrás. Eso no debía volver a pasarle. El húmedo lengüetazo del perro en la nariz le hizo abrir los ojos riendo.

Parecía que todos estaban durmiendo. Elizabeth no había podido poner su reloj en hora, para su sorpresa permanecía detenido en la hora de la fallida “ Inauguración ”, pero debía ser tarde.

Se daría una vuelta por la cocina. Los pastelitos estaban ricos, aunque no alcanzaban para todo un día de actividad… y menos para un día como el que había pasado.

Atravesó el jardín. Los perros sueltos la seguían en silencio, meneándole suavemente las colas, trotaban y se frotaban en sus piernas sin hacer el más mínimo ruido. Al llegar a la galería se encontró nuevamente con la anciana durmiendo, parecía velar por el sueño de todos. Elizabeth recordó la casa de su infancia, eso mismo antes lo hacía su abuela.

Elizabeth se dio cuenta: no le había traído algo. Tocó sus hombros… el chal. Lentamente se lo sacó y con suavidad cubrió a su madre; la anciana apenas se embozó con él sonriendo igual que una criatura.

Cerca de donde estaba la anciana se encontraba la puerta a la cocina, Elizabeth entró a ella de puntillas pues no quería despertarla. Buscó sobre la mesa, nada. En el armario, tampoco. ¿ Dónde podrían estar?… “ ¡ Ya está ! En la alacena de arriba, como siempre. ” Su madre siempre guardaba las cosas allí para que ella no las encontrara o, por lo menos, no las alcanzara. Puras ilusiones, siempre se las había arreglado para conseguir lo que ella quería y esta vez haría lo mismo. Sin buscar un banco se subió a la mesada y abrió la puerta. Su suposición era exacta, allá arriba, en el último estante, estaba lo que buscaba: una fuente cubierta con una servilleta a cuadros, la viva imagen de la tentación… Si hasta ya podía sentir el olorcito.

Era bueno haber crecido pues no tendría que trepar por los estantes. Se estiró un poco y… ¡ Ya casi !…

…En eso estaba cuando la puerta se abrió violentamente.

La madre de Elizabeth dormía plácidamente, mientras en su mente surgían recuerdos antiguos. Había tratado de ver otra vez a la muchacha, pero no la había podido encontrar. Pensó que debió haber sido una alucinación. O quizás un aviso.

Ahora dormía y, en sus sueños, veía una sonrisa de dientes desparejos y unas trenzas muy rubias. ¡ Esa niña era un diablito ! No le tenía miedo a nada. “ Su ” niñita, ¿qué estaría haciendo ahora? Seguramente metida en algún lío… Ruidos, eso era en la cocina, esta vez sí que la atraparía.

La anciana se incorporó mezclando su sueño con la realidad. ¡ Esta vez sí que la iba a escuchar !… Abrió con fuerza la puerta.

– ii Elizabeth…  gritó enojada y calló.

La situación era igual, la escena prácticamente la misma, solamente el escenario y los personajes parecían haber cambiado: otra cocina, otros muebles…, ellas.

Estaba parada en la puerta, la había pescado justo-justo, como aquella vez. Su diablito rubio estaba sobre la mesada, con las manos en la fuente, pero esta vez no era una niñita, era una mujer.

Elizabeth, sorprendida in fraganti, sólo atinó a exclamar:

– ¡¡¡ A mí también me gustan !!!…

La anciana apoyó una mano en el marco de la puerta para sostenerse; podrían fallarle los ojos, pero no el corazón.

Hija…  murmuró con voz muy queda y sujetó el chal sobre sus espaldas. Entró en la habitación y se acercó lentamente a Elizabeth.

Elizabeth bajó despacio de la mesada, esta vez no aceptaría ninguna reprimenda.

La anciana llegó hasta ella, la miró un instante a los ojos y la abrazó. Las lágrimas nublaban sus gastados ojos, mas ella no necesitaba ver…, sentía. La visión ya no era un estorbo para sus sentimientos, ya no podría hacerla dudar.

Elizabeth sintió el abrazo y se dio cuenta de que lo necesitaba, de cuánto le había hecho falta en tanto tiempo. No le importaba si la retaba como antes, ahora solamente quería estar a su lado.

Por la puerta que daba al pasillo entró Bob, tenía un poco de hambre y recordó que en alguna parte debían de quedar unas empanadas, lo cierto es que no esperaba encontrar a alguien. Elizabeth y su madre no dejaron de abrazarse cuando él entró. Por la puerta del jardín asomaron dos guardias, iban a entrar. Pero Bob les hizo señas, era un asunto familiar; los hombres observaron un momento la escena, la situación era clara, asintieron y se fueron.

Bob se acercó a las mujeres.

Helen, ¿ dónde has estado ?… Te busqué todo el día. ¿ Qué te pasa ?…

Se apartaron despacio, la anciana acarició el cabello de Elizabeth.

Ella no es Helen, es Elizabeth…

Ahhh… se llama Elizabeth Helen…

No,  – lo interrumpió la anciana con una sonrisa de triunfo  ella es “ Elizabeth ”.

Bob dudó un instante, quizás ya eran demasiados años para la matriarca.

Abue, ella es Helen. La conozco… bueno, más o menos. La vi ayer a la noche.

Ella es Elizabeth, mi hija.

Elizabeth sabía qué estaría pensando Bob, pero ya no había tiempo para volverse atrás.

Es verdad, Bob, no me llamo Helen, soy Elizabeth.

Bob comenzaba a molestarse, eso era cruel.

Escucha, Helen…

La anciana intervino.

Cállate, Bob. Después discutirás todo lo que quieras, ahora tengo muchas cosas que hablar con Elizabeth.

Sin darle la oportunidad de retrucar, la mujer llevó a su hija hasta la larga y maciza mesa donde durante el día se preparaba la comida. Ambas se sentaron en un par de sillas que estaban a su alrededor. Bob fue detrás de ellas y se sentó también, no permitiría que lo dejaran afuera, también quería escuchar.

Elizabeth comenzó a relatarle a su madre su historia de lo que había ocurrido. Le contó desde el principio, desde lo que recordaba. El momento de la inauguración, la caída…, el “ Parque ” tan extraño. Luego el modo en el que salió. La anciana de vez en cuando le preguntaba detalles y ella le contestaba lo que sabía.

Bob escuchaba la increíble historia, primero como sin importarle y luego cada vez más atentamente. No sabía si lo que Elizabeth decía era cierta o no, pero era fascinante. Casi sin darse cuenta y sin dejar de prestar atención se levantó y se puso a preparar té, a la abuela le gustaba el verde bien cargado. Eso iba para largo y realmente la historia se lo merecía. Bob le alcanzó una taza a cada una, luego tomó la suya y volvió a sentarse. Miraba atentamente el rostro de Elizabeth al hablar, sus ojos, sus gestos. No podía asegurar quién era pues él no había conocido a “ Elizabeth ”, había nacido mucho tiempo después de su desaparición, cuando ya la familia había sido recluida. Tampoco podía asegurar que existiera una “ Helen ”. Además, la forma de hablar, de expresarse…, tan parecida a la de la abuela.

Elizabeth también les contó de sus andanzas por la ciudad. Esa parte realmente captó el interés de Bob, quizás tendría una posibilidad de salir. Elizabeth también les habló del rayo. Al nombrarlo, la mirada de la anciana se oscureció.

Sí, es algo muy raro y, por cierto, muy triste. Comenzó tiempo después de que fallara la “ Inauguración ”. Nunca se pudo descubrir qué era ni cómo se generaba, sólo aparece… y ataca a las criaturas, únicamente niños. A veces ocurre varias veces seguidas, luego desaparece por un tiempo y después reaparece. No ayudó demasiado a la imagen de “ Parque ”… ni a la nuestra. Imagínate, nena, lo que fue el momento de la “Inauguración”… Luego los rayos que surgen de los muros… Desde que iniciaron las obras estuvieron años sin mostrar lo que hacían, la gente pudo imaginar cualquier cosa… y la Junta no los defendió precisamente. Ahora hay un Instituto de “ Investigaciones ”…, creo que se llama así, para averiguar sobre “ Parque ”. Entiendo que está bajo las órdenes de la Junta por una resolución de emergencia, me parece.

Bueno, supongo que así debe ser  asintió Elizabeth . Es correcto, según los convenios con la Junta, ésta sólo puede hacerse cargo si en “ Parque ” no hubiese personal jerárquico alguno, cosa que parecía harto imposible…, pero que ocurrió o, al menos, eso parece desde afuera. Lo cierto es que me importa un comino la Junta… y no pondría las manos en el fuego por ellos, no estoy demasiado segura de qué grado de responsabilidad tiene en todo esto. No, no permitiré que le hagan algo a “ Parque ”. (Elizabeth recordaba los paisajes, la vida que latía en tantos seres…, el inmenso jardín que era.   No me importa ese Instituto, ellos nada pueden hacerle, ya no tienen derecho alguno…, ahora estoy yo.

La anciana había tratado de no mirarla mientras hablaba… Si ella supiera, si tuviera el coraje de decírselo. Elizabeth recordó de pronto…: su bebé.

Mamá…, junior ?…

La anciana sintió en su interior la duda. Si hubiera estado solamente Elizabeth, quizás se lo habría dicho, pero con Bob ahí, definitivamente no. Estaba segura de que él jamás se lo perdonaría, viviría eso como una traición inaceptable. Lo conocía muy bien, era de familia. Bueno, le diría lo que podría.

Estuvo conmigo hasta los quince años, luego lo trasladaron con la familia de Sergio. Nunca más volví a verlo.

Elizabeth calló unos momentos. Bien, primero “ Parque ”, luego lo encontraría. No se detuvo a pensar en la edad que él tendría, para ella seguía siendo un bebé igual a la última vez que lo vio.  No pensó ni por un momento que ahora sería unos cuantos años más grande que ella.

Bob la interrumpió.

Elizabeth,  ¡ vaya !, si ese era su verdadero nombre – dijiste que en las oficinas usaste el ascensor, activaste las puertas y un… ¿ computador ? Bueno, ¿ cómo lo hiciste… si no hay suministro eléctrico ?…

Pero en las oficinas sí.

Bob la interrumpió negando con la cabeza, parecía que ella no había entendido.

– Creo que no comprendes,  luego habló lentamente y remarcando lo que decía  no hay suministro eléctrico en todo el mundo. Se supone que por los campos magnéticos  lo hay solamente en “ Parque ”.

Elizabeth miró a su madre desconcertada, ¡ eso era imposible !… Era el mejor de todos los disparates.

La anciana asintió suavemente.

Es cierto lo que Bob dice, Elizabeth: sólo en “ Parque ”. Lo que dices que ocurrió allá dentro también afectó a la electricidad y al magnetismo en el resto del mundo. Apenas se consiguen pequeñas cargas y pequeños campos… y los polos terrestres, por supuesto. Lo que viste en esta casa o en la ciudad no sólo ocurre aquí, todo el mundo está exactamente igual.

Elizabeth quedó sin habla, se levantó de la silla… Era algo que no podía aceptar… ni siquiera concebir.

Pero si yo… No puede ser…,  luego se acercó a los desusados botones de la luz  y, accionándolos, agregó yo sólo los prendí…

Las olvidadas luces de la cocina se encendieron. Habían permanecido intactas por todos esos años, la iluminación era reducida por el polvo acumulado, pero sin duda era la vieja y querida luz eléctrica.

Bob salió pronto de su asombro.

– ¡¡¡¡ Apágalo !!!!!…  le ordenó en un grito sofocado a Elizabeth.

Elizabeth obedeció enseguida. Bob se levantó y se acercó a ella, también quería probar. Accionó los botones, nada. Elizabeth iba a tocarlos otra vez, pero Bob la detuvo, no hacían falta más demostraciones, la llevó nuevamente a la silla.

– Bien,  dijo Bob ( esto se estaba poniendo realmente interesante, empezaba a bendecir su apetito nocturno ) – voy a tener que creerte sí o sí, pero aclaremos dos cosas: una, no quiero oír demasiadas explicaciones, no me gustan… y no esperes que te llame tía.

Elizabeth y la anciana sonrieron, ese bendito humor familiar. Bob continuó.

Ahora, por algún motivo desconocido tú puedes manejar el suministro eléctrico, ¿ y entonces ?…

Tengo que entrar a “ Parque ” – sentenció Elizabeth.

Bob agachó la cabeza, lo que le diría no iba a gustarle.

Eso es imposible. Tendrías que salir otra vez y tú dijiste que no encontraste cómo entrar y…

Elizabeth la interrumpió.

Eso no me importa, tengo que intentarlo…,  tomó el chal de la anciana y se lo alcanzó a Bob, quien lo sujetó en silencio, podía percibir cuando alguien deseaba algo con toda su vida   ¿ quieres venir ?…

Bob tenía la prenda entre sus manos, era nueva, aún tenía el apresto. Olía a frituras y comida, tenía un olor distinto de todos cuantos él conocía… un aroma de otros sitios, de lugares lejanos y desconocidos. Bob levantó su vista hacia la de Elizabeth.

Está bien, iré contigo. Hasta donde pueda te acompañaré, pero no sé si te seré de ayuda, sólo conozco las cosas de oídas.

Elizabeth puso su mano en el hombro de Bob, giraron la mirada hacia la anciana. La madre de Elizabeth asintió con la cabeza y agregó:

Vayan, es mejor que Bob te acompañe, por un lado es riesgoso, pero por otro lado prefiero que no estés sola. No te preocupes, nada diré, esto ya no sólo afecta a la seguridad familiar…, esto es mucho más importante.

La anciana deseó íntimamente no tener que enfrentarlo, no otra vez… Aunque sabía que sería inevitable, seguramente “ él ” estaría a cargo de la investigación.

Los golpes en la puerta lo despertaron. Trató de buscar el reloj… ¿ Qué hora sería ?… “ Bueno, otra noche movida. ”

No tardó demasiado en llegar al lugar. Había unidades de seguridad en toda la zona, el sitio estaba aislado y el personal iba y venía por él, todos parecían excitados como el día anterior.

Karl estaba conversando con un grupo de agentes, al verlo llegar se disculpó con ellos y se acercó a él.

¿ Qué pasó ?  preguntó Daniel al tiempo que se tomaba el entrecejo con dos dedos y cerraba los ojos… “ Ese dolor de cabeza. ”

Nuestro amigo paseó otra vez  le contestó Karl.

¡¡¿ Qué ?!!… – exclamó Dan al tiempo que abría los ojos.

Ven.

Karl lo condujo a un callejón cercano en el que había mucha gente en actividad y basura apilada. Los haces de las linternas iluminaban la oscuridad intermitentemente, agentes de seguridad tomaban declaraciones a unas vagabundos andrajosos.

Mira esto,  le dijo Karl e indicándole unas placas en el piso, le explicó  los vagabundos avisaron que alguien activó el montacargas y bajó en él. Obviamente, tú sabes que ellos casi nunca reportan nada y, de hacerlo, casi nunca les creemos. Pero el hecho les resultó tan maravilloso que no pudieron callárselo. – Luego rió para sí.  Imagínatelos, entrando enloquecidos en la “ Sección ” a los gritos de: “ Se movió !!!!!!… Se movió !!!!!… Una señal de Dios !!!!!!!!… Una señal de Dios !!!!!!! ”.

Karl reía divertido, Daniel lo observaba muy seriamente. Karl calló un instante, luego se recompuso, parecía que su amigo no estaba de humor y continuó.

Bueno, tú sabes que en otras circunstancias sólo habría sido algo de rutina, pero con los antecedentes de ayer no era para dejarlo pasar.

Daniel opinó cortante:

Puede ser mentira.

No, – lo corrigió Karl negando con la cabeza y lo llevó a uno de los bordes de las placas  mira.

Un papel asomaba por la ranura, atrapado. La hoja correspondía a la página de un periódico. Se habían vuelta a imprimir a la vieja manera con papel y tintas. La hoja aprisionada en el cierre hermético de las puertas tenía fecha del día anterior.

Karl golpeteaba divertido con la lapicera en su anotador metálico, ahora vendría lo mejor, su amigo Daniel quedaría con la boca realmente abierta.

Hay algo más…

Daniel se incorporó, a veces Karl se ponía en chiquilín. Le gustaba transformar la información que obtenía en misterios y hacer con ellos verdaderos espectáculos de su ego. Daniel tomó aire, estaba acostumbrado a la pose de su Jefe de Seguridad. Esto debía de ser algo importante pues éste parecía tan inflado como la Cúpula de “ Parque ”. Trataría de tenerle paciencia.

Karl apretó sus labios e hizo fruncir su bigote, sonrió y bajando sus anteojos oscuros, fijó sus ojos en los de Daniel. Realmente lo estaba disfrutando. Por fin se dignó  hablar, con suerte para él pues Daniel ya estaba perdiendo la paciencia.

Tenemos una descripción.

Dan se alegró de no haberlo golpeado, si no hubiese tardado mucho más en decírselo. Sus pupilas se dilataron, por fin tendrían algo.

Karl guardaba para el final la sorpresa mayor.

¿ Adivina quién ?…

Daniel no podía creerlo, la había soñado toda la noche.

Ella – susurró.

Karl asintió con la cabeza.

No podía ser, su corazonada había sido cierta. Él la buscaba por… ¡ Al diablo !… Eso ya no le debía importar, ahora ella era la clave y la encontraría. Ahora sí que la encontraría.

Karl levantó su mano en un gesto de calma, sabía lo que debía estar pensando su amigo, pero para él las cosas no eran tan fáciles.

Espera, una cosa es tener la descripción y otra cosa es encontrarla. No sabemos dónde puede estar y ya conocemos una muestra de sus recursos.

Karl, escucha, no hay persona en el mundo que no colaboraría con nosotros si le ofrecemos una sola posibilidad de saber algo, un mínimo atisbo de poder acabar con esto.

Daniel no comprendía como su amigo no se daba cuenta de la importancia del suceso. Después de tantos años, debían jugarse ante la posibilidad que se les ofrecía. Sin embargo Karl tenía otra visión; puso su gran mano en el hombro de Dan para serenarlo.

Dan, ¿ pensaste en los riesgos ?… ¿ Qué si no encontramos nada ? ¿ Qué sucederá si ellos creen que podemos resolverlo y no lo hacemos ? Quizás es mejor llevar adelante esta operación en el mayor de los secretos. Tú más que nadie sabe lo comprometido que estás. Solo éxitos Dan, no aceptaran ni uno solo de tus fracasos.

Karl hablaba con razón, como su jefe de seguridad y su amigo, pero Dan no le encontraba otra solución. Hubo un silencio casi eterno hasta que habló.

Debemos intentarlo, Karl  y palmeó la mano apoyada en su hombro.

Karl sonrió apenas pues comprendía por qué lo hacía, necesitaban información desesperadamente. Las personas no solían ser muy propensa a darla y por ello necesitaban una motivación, aún así, no aceptaba el riesgo que correría Daniel. Lo sentía  innecesario, quizás su amigo depositase sobre sus hombros demasiadas culpas. Aunque no pensase igual que él, lo apoyaría.

Tú eres el jefe.

Daniel sonrió y asintió con la cabeza.

Bien – a modo de saludo palmeó la espalda de Karl y se marchó, debía dar nuevas órdenes a su personal.

Faltaba poco para que amaneciera. Elizabeth interrogaba a Bob y a su madre sobre la poco que sabían del mundo exterior. En su camino de regreso por los túneles había tratado de encontrar algún acceso a “ Pared ”, mas no pudo. No podía entrar a “Parque” por debajo, debería hacerlo directamente por alguna de las entradas de “Pared”.

El “ Hall de Recepción ” no es un buen sitio, mamá, está lleno de gente  comentó mientras soplaba suavemente su segunda taza de mate cocido.

Hay una posibilidad  arriesgó Bob.

Elizabeth lo miró intrigada, Bob comenzó a explicarle.

Hay un sitio, con estructuras de hormigón de edificios, debieron ser de la parte administrativa, eran como complejos, unas cuantas manzanas de edificios. Creo que están muy cercanos a “ Pared ”, pero en la ciudad, algo así como un complejo semiexterior. Detrás de ellos hay unos jardines…

Sí,  afirmó Elizabeth  es el sector de archivos y administración. Corresponde a lo que es la administración interna; en el edificio de “ Recepción ” funcionaba la de los visitantes que era algo así como los mostradores al público.

“ Era ” el sector de “ Administración Interna ”, en el momento de la “Inauguración” sólo quedaron las estructuras de hormigón, el resto desapareció, incluyendo al personal – acotó Bob -. Se supone que fueron las primeras once mil víctimas. Nadie sabe con exactitud qué pasó, solamente una onda expansiva de color rosado…

Elizabeth sintió el golpe en el estómago. Ésa era “ su ” gente. De todos modos aún no sabía a dónde quería llegar Bob.

Detrás de los edificios hay unos jardines  continuó él -. Por alguna razón esa zona no quedó aislada y no sufrió daños. Hay réplicas pequeñas de construcciones antiguas: torres con relojes, edificios extraños, muchos de los cuales desaparecieron en el siglo anterior. También hay lagos artificiales y muchas plantas. Están los esqueletos de los edificios y por detrás, ese jardín de ensueños.

Elizabeth lo recordaba, era una réplica de apenas unas hectáreas con los edificios que había en el interior de “ Parque ” y la reproducción de sus distintos climas. Algo muy parecido a una maqueta gigante, una “ pequeña ” muestra del interior. George  y sus tretas para que lo dejaran tranquilo.

Bob continuó:

Los guardias me han contado de ellas pues suelen ir con sus familias los fines de semana o los días libres, lo usan como paseo o lugar de recreo. Entiendes ?… allí hay gente, sí, pero muchísima menos y muy, muy distraída.

Elizabeth estaba comprendiendo.

¿ Hay guardias ?

Bob se encogió de hombros.

Supongo que todos los accesos a “ Pared ” tendrán guardias o al menos deberían.

La anciana intervino.

Seguramente los tendrá  sabía muy bien por qué lo decía.

Elizabeth perdió la mirada en la taza de mate cocido. Era arriesgado, trataba de pensar en algo, alguna otra salida, otra posibilidad…

La madre podía adivinar qué pensaba.

Es peligroso, hija.

Elizabeth la miró y asintió, tomó su mano sonriéndole.

Lo sé, mamá… Deséame suerte.

Se volvió a Bob. No sería fácil, mucho menos un paseo.

Si no quieres venir, estará bien. Lo entiendo.

Bob la miraba igual que un chico que se va a ir de campamento… o un perro al que lo van a sacar a pasear.

Iré, quiero estirar las piernas.

Los tres rieron. Elizabeth trató de poner en hora su reloj, pero por décima vez no pudo. Su madre se sacó el que llevaba y se lo dio. Elizabeth lo tomó entre sus manos… era una reliquia de la familia. Miró un instante a su madre a los ojos, luego lo sujetó a su muñeca. Bob y Elizabeth sincronizaron sus horas.

Su madre le tomó las manos y las sujetó entre las de ella, sabía que tenía que marcharse, nuevamente se iba… Trataba de no pensarlo, sentía que su niñita lo hacía para ya no volver. Si así era, esta vez no perdería la oportunidad de despedirse, no iba a perder esa extraña e inesperada segunda oportunidad.

La anciana quería hablar, pero no podía… Elizabeth se arrodilló y la rodeó con sus brazos.

Mami, te quiero mucho…  murmuró suavemente a su oído y la besó. La madre la abrazó contra sí, luego deshizo el abrazo y, sin querer mirarla, la alejó. Sujetó el chal fuerte con un brazo y se tapó la boca, no quería que la viera llorar. Luego les indicó la puerta.

Ahora vete, hija… Es mejor…

Elizabeth y Bob se acercaron a la puerta. Antes de salir, Elizabeth giró para ver quizás por última vez a su madre. La anciana levantó su rostro.

Yo también te quiero, hija  ya podía morir en paz.

Ambas se sonrieron. Bob puso su mano en el hombro de Elizabeth y diciéndole a su abuela agregó:

Tranquila, abue, la cuidaré.

La anciana lo miró sorprendida.

Tú hazle caso,  lo reprendió – mira que ella es más grande que tú.

Luego les hizo un gesto de saludó con la mano y ambos salieron.

Elizabeth y Bob cruzaron el jardín sigilosamente. Los guardias estaban acostumbrados a los paseos nocturnos de su amigo Bob, no se sorprenderían al verlo pasar.

Al llegar a uno de los pasillos de la casa, Bob le pidió a Elizabeth que lo esperara, luego subió en silencio una escalera. Elizabeth no alcanzó detenerlo, se ocultó como pudo detrás de una columna. ¿ Dónde habría ido ?… Bob tardaba en bajar. Cuando lo hizo, fue en silencio y con aire misterioso. Se había puesto una campera holgada, lentamente sacó algo de su bolsillo mostrándoselo apenas a Elizabeth: un arma. La escondió rápido, como sí alguien la pudiera ver.

Elizabeth lo interrogó con la mirada.

Por las dudas…  dijo Bob.

– Yo nunca usé una  le confesó Elizabeth.

Bob se encogió de hombros.

Yo tampoco.

No había caso, la locura era hereditaria, por lo menos en su familia. Y aún no sabía la razón que tenía.

Daniel había tenido otra noche movida.

Había dado orden de que antes que amaneciera se confeccionase un informe y se difundiera por los medios de comunicación; de esa manera saldría en los periódicos matutinos. En él se solicitaba cualquier tipo de información y datos sobre una mujer rubia. Se había confeccionado un dibujo aproximado de su rostro, Daniel la recordaba muy bien. El pedido lo realizaba el Instituto de Investigaciones de “ Parque ” y llevaba su firma.

Ya no había vuelta atrás, sólo debía esperar los resultados.

Estaba en su oficina, mirando su minúsculo amanecer y tomando ya no sabía qué número de taza de café. Pensaba en esa mujer sin poder apartarla de su mente. Sus ojos llenos de lágrimas, sus gestos… Sentía que  le había querido decir algo, quizás pedirle ayuda. Pero ¿ para qué ?… ¿ qué era lo que buscaba ?… Había algo que lo incomodaba y lo tenía intrigado: cuando pensaba en sus ojos miles de sensaciones lo abordaban. Era absurdo, apenas recordaba sus ojos y luego… era como luces moviéndose, manchas de colores, se sentía cálido, respiraba distinto…, si hasta despertaba sabores en él.

Su mente divagaba en el amanecer cuando Karl entró al despacho, preparado para un nuevo show de misterio. Tenía novedades.

¿ A qué no sabes que tengo para ti ?  comenzó a decir mientras se sentaba en el borde del escritorio de su amigo.

Esta vez pensaba tardar realmente muuucho en contarle.

Daniel ni lo escuchó. Ese rostro, él lo conocía… Ese mismo rostro más maduro era…

Se incorporó de un salto casi gritándole a su amigo.

¡¡ Ya sé quién es !!

Karl lo miró asombrado.

Vaya, vengo a sorprenderte y el sorprendido soy yo  cruzó los brazos sobre su pecho, ya le habían aguado la fiesta . Bien… ¿ quién es ?

Daniel se estaba poniendo apresuradamente su saco y se dirigía a la puerta hablando más para sí que para Karl.

No sé exactamente quién es…, pero sé dónde encontrarla. Fui un estúpido, debí darme cuanta antes…, mucho antes. Solamente ella podía estar detrás de todo esto.

Se detuvo al llegar a la puerta y giró sobre sí mismo. En el borde de su escritorio estaba su amigo Karl. ¿ Cuándo había entrado ? Luego recordó…

¿ Traías algo para mí ?

Karl bajó la cabeza. Efectivamente, su show estaba completamente arruinado. Del bolsillo de su camisa sacó un objeto brillante, al igual que un prestidigitador lo hizo colgar de su mano: una cadena con un colgante.

Brillantes y oro, una genuina alhaja, de las que ya no se ven. La trajo una vendedora del “ Hall ”. Dijo que la mujer del dibujo se la cambió por un chal, pastelitos y café. Ella la convidó con una taza extra. Mala negociante tu amiga, si la encuentro creo que estaré de suerte.

Daniel se acercó y tomó el colgante en sus manos. Brillaba entre sus dedos.

Una muchacha amable y educada  agregó Karl mirándolo significativamente . Hizo preguntas “ raras ” sobre las entradas a “ Parque ”.

Daniel no sacaba sus ojos del colgante. Grabado en su dorso tenia unas letras y una fecha. Iniciales.

Sí,  dijo Karl  es una pista, pero pueden ser muchos nombres. Sin descontar que también puede ser robado.

No,  lo corrigió Daniel  no creo que sea robado, a lo sumo será prestado. “EDR”.

Eso le daba la confirmación. Luego fijó sus ojos en los de Karl, no le gustaría lo que iba a decirle.

– Vamos a la casa de los Del Río y quiero mucho personal allí.

Karl no se movió ni un centímetro de su lugar. Antes de cumplir esa orden debía aclarar ciertas cosas con su amigo.

– ¿ En verdad quieres ir ?

Daniel fue hasta la puerta y la cerró. Era un asunto delicado entre él y Karl, nadie más.

Sí, tengo que ir. Quiero estar presente.

No será fácil. Yo puedo llevar adelante los interrogatorios y luego pasarte un informe.

Lo sé, pero tengo que saber por qué. Entiende, quiero verlo con mis propios ojos.  Luego tratando de alejarse de sus emociones, agregó : Además, estoy a cargo.

Karl asintió, si así lo quería… Tarde o temprano era algo que iba a suceder. Era bueno que él lo acompañase, no sólo por el trabajo. Iba a necesitar de un amigo.

Elizabeth y Bob salieron a un callejón cercano a “ Pared ”.

Preguntaron a unas personas cómo llegar a la zona de recreo y les indicaron que un micro los llevaría, más precisamente el verde, con líneas blancas y chocolate.

Cuando estaban aproximándose a las paradas, Elizabeth se detuvo. Bob se acercó a ella intrigado, esta lo llevó a un sitio un tanto apartado y le habló en voz baja:

Quiero que me des el arma.

Bob no comprendía, él estaba en eso tanto como ella. No permitiría…

No…, yo iré contigo.

Elizabeth cerró los ojos un instante, trataría de hacerle entender. Los abrió.

Escucha, tú no tienes nada que ver con “ Parque ”, has estado encerrado toda tu vida por algo de lo que nunca fuiste culpable. No arruines tu libertad, es sólo… Entiende, no quiero que te atrapen… Ya sé, no ocurrirá, pero no quiero que corras riesgos. Si eso no te convence, piensa que quizás si permaneces libre puedes ayudarme más…, incluso a nuestra familia.  Luego lo miró con una sonrisa . No lo olvides: tu tía Beth te regaló la “salida”, no quiero que la pierdas.

Bob la miró, miró el mundo maravilloso que se extendía por primera vez a su alrededor, pensó en todos los que habían quedado dentro de la casa, esperando… y asintió. Disimuladamente le pasó el arma a Elizabeth quien la puso en su espalda, sujeta por el cinturón y cubierta por la chaqueta de su traje.

Ahora al micro. Bob había llevado algunas monedas de su colección y se las repartieron. El micro estaba en su parada esperando la hora de salida, pues ése era su punto de partida y final del recorrido. El conductor era el mismo que daba los boletos. Elizabeth recordaba que su abuela le había contado sobre esos vehículos que circulaban cuando era niña, allá lejos en su Buenos Aires natal. A ella jamás se le había ocurrido que algún día en su vida subiría a uno.

Lo primero que le molestó fue el humo. El chofer fumaba un habano grueso y maloliente, completamente húmedo de saliva en la parte donde se apoyaba en la boca. Gordo, semipelado, con marcas de transpiración debajo de los brazos y un aire de muy mal humor… ¡ Vaya personajes que le tocaban a ella !

Elizabeth subió primero.

Buenos días  saludó al chofer.

El hombre volvió su rostro hacia ella entre desconcertado molesto, esa mujer usaba demasiadas palabras.

¿ Me podría informar si este micro llega a la zona de recreación ?…

El chofer resopló, esos estúpidos pasajeros. Pasarían años en ese sitio y siempre harían las preguntas más idiotas. Se sacó el habano de la boca.

Sí  respondió y volvió a mirar al frente.

Bien  aprobó Elizabeth . ¿ Cuánto cuesta ?

El conductor giró nuevamente su rostro transpirado hacia Elizabeth. Era su última ronda, había trabajado toda la noche, los huevos fritos que había comido le habían caído mal… “ maldito médico que se los había prohibido ”, al llegar a su casa se encontraría con los eternos reclamos de su mujer y las cuentas… y lo peor: tenía un agujero en la suela de su zapato derecho. Estaba de verdadero mal humor. Las preguntas absurdas siempre lo sacaban de quicio, desde que él recordara la tarifa siempre había sido la misma.

– Quince céntimos  dijo suave y despreciativamente.

Elizabeth lo miró, ( “ vaya tipo ” ). Si ella estuviese nuevamente a cargo, jamás le daría trabajo o, a lo sumo, le haría hacer un curso intensivo de atención al público. Revisó sus monedas y se las alcanzó al hombre.

Uno, por favor.

El conductor fijó su vista al frente, fastidiado. De una expendedora tiró y cortó un trozo de papel, tomó las monedas y le extendió mecánicamente el boleto.

Elizabeth lo tomó y en voz alta y audible le dijo:

Gracias, buenos días.

El conductor la siguió con el rabillo del ojo… ( “ vaya maneras ” ). Luego le tocó el turno a Bob, quién había seguido palabra por palabra la conversación. Bien, él nunca había estado fuera, pero Elizabeth sí, así que ella sabría qué hacía.

Buenos días  dijo amablemente . Un boleto, por favor.

El conductor volteó a mirarlo mientras mordía su cigarro, hoy iba a ser un día terrible. Tomó las monedas y le extendió el boleto.

Gracias, buenos días.

El chofer lo siguió con la mirada a través de los espejos. ¿ Qué diablos les pasaba hoy a la gente ? Masticó su habano y fijó sus ojos enrojecidos en el siguiente y sin darle tiempo a nada, lo encaró:

¡¡¡ Buenos días !!!  lo saludó mirándolo fijamente y dando a entender por su tono que de “ buenos ” no tenían nada.

El pobre hombre atemorizado casi le tira las monedas encima, tomó apresuradamente su boleto y corrió a sentarse.

La gente estaba cada día más chiflada, pero era su última ronda. Luego a casa…, además de su mujer, el televisor y una cerveza lo esperaban en ella.

Bob se sentó disimuladamente junto a Elizabeth en el primer asiento, ambos se ignoraron aparentando no conocerse. Era mejor que no los relacionaran.

El vehículo bordeó un trecho los muros de “ Pared ” y luego dobló abruptamente en dirección al centro de la ciudad, eso los alejaba de su destino en la zona de recreación.

Elizabeth se incorporó y se dirigió al lado del conductor.

Disculpe…

El hombre resopló, estaba empezando a odiar esa palabra, se volvió hacia ella con una estudiada sonrisa de amabilidad

– ¿ Síííiiii…

– ¿ No me dijo que este colectivo va a la zona de recreación ?

– Por supuesto, pero este es el recorrido – respondió con una gran sonrisa. Luego agregó abandonando su fingida cordialidad y sin dejar de morder su pestilente cigarro . ¡¡¡¡¡¡¡ Ahora quiere dejarme conducir !!!!!!!!!!!!!

Elizabeth no respondió, varias gotas de la saliva del hombre la habían salpicado. Ningún milagro cambiaría los modos de ese tipo.

Volvió a sentarse en su sitio junto a Bob. El micro mientras daba vueltas y vueltas por la ciudad, tardó un buen rato en volver a los muros de “ Pared ” y cuando lo hizo, salió casi al mismo sitio en donde se había desviado. Elizabeth empezó a cargar sus tintas, ella no estaba precisamente para paseos turísticos, su paciencia se estaba acabando.

Una mujer con dos criaturas pequeñas viajaba en el asiento detrás de ella, el nene más grande tenía los brazos y el rostro apoyados en la ventanilla abierta. Llevaban canastas y bolsos, la mujer acunaba un bebé en sus brazos. Debían ir a pasar el día a la zona de recreación. De pronto el chico gritó…, la gorra se le había volado por la ventanilla. La mujer y el hijo comenzaron a gritarle al chofer para que detuviera el vehículo, una prenda no era un objeto para perder.

De mala gana el chofer detuvo el colectivo, pero dejó el motor en marcha y, sin siquiera mirar hacia atrás, abrió la puerta delantera.

–  Está bien !!!!… está bien !!!!!… Bajen a buscarla, pero apúrense…, tengo un horario que cumplir… ¡¡¡¡¿¿¿ Saben ???!!!!!…

Elizabeth se levantó de su asiento y le indicó a la mujer y al chico que se quedaran.

No se preocupe, iré yo a buscarla.

Bob también se había incorporado, pero Elizabeth ya estaba bajando la escalera. Retrocedió unos cuantos metros, recogió la gorra y volvió al micro. Subió y le alcanzó la gorra al chico.

El chofer esperó pacientemente a que terminara, luego le lanzó un silbido.

– Eh !!!!…, linda…, el boleto.

Elizabeth no comprendía, ella ya lo había sacado. Lo buscó en el bolsillo de su saco y se lo mostró. El chofer la observaba por el espejo retrovisor, meneó su cabeza negando y esbozó una ennegrecida sonrisa. De la comisura de su boca se deslizó un delgado hilo de saliva.

– No, no… Bajaste del vehículo y volviste a subir, tienes que sacar otro – y agregó con falsa inocencia  – … es el reglamento.

Elizabeth se acercó muy despacio al asiento del chofer, en su bolsillo sólo le quedaban cinco centavos. Ese hombre estaba empezando a cansarla realmente.

– No creo que deba pagarle – dijo Elizabeth mientras apoyaba una mano en la barandilla cercana al conductor y la otra la llevaba a su cintura recogiendo su saco. Con un casi imperceptible gesto en la mirada le indicó a Bob que no interviniera.

El chofer mantenía su postura sobradora mientras el colectivo permanecía detenido  sin avanzar.

Pues es así, muñeca… Si no me pagas, te bajas.

¿ Y si no quiero ?…  preguntó Elizabeth.

El hombre meneó la cabeza y mordió su cigarro, esa mujer lo estaba enfureciendo, miró a los pasajeros por el espejo y luego a ella.

Iremos con seguridad – respondió desafiante él.

El pasaje lanzó un murmullo de desaprobación, eso seguramente los retrasaría. Elizabeth bajó la cabeza un instante, como pensando. Luego se incorporó.

Bien  dijo y comenzó a caminar hacia su asiento, pero apenas dio un paso llevó sus manos a la espalda y giró sobre sí sacando el arma y apuntando con ella directamente a la cabeza del conductor.

Lo siento…  le dijo al pasaje con una mirada a través del espejo, quien murmuraba entre sorprendido y aterrado a sus espaldas . Ahora quiero que me lleve rápido y sin paradas ni más desvíos a la zona de recreación. ¿ Entendió ?…

El chofer asintió silenciosamente e hizo avanzar el micro, por su rostro comenzó a correr más abundante la transpiración.

Un hombre del pasaje se inclinó a otro y murmuró por lo bajo a su vecino.

Debe ser la mujer de las noticias.

Pero Elizabeth alcanzó a escuchar.

¿ Qué noticias ?  preguntó sin dejar de apuntar al conductor.

El hombre trató de pasar desapercibido.

¡¡¿¿ Qué noticias ??!!  exigió Elizabeth en un tono más fuerte y lanzando una mirada directamente a sus ojos en el reflejo de los espejos.

El hombre habló temeroso:

En los diarios…, en los diarios… hablan de usted  respondió entrecortado -. Dicen que tiene que ver con lo que pasó en “ Parque ”.

Así que ya estaban sobre ella. Bien, no importaba, sería más astuta. Sólo necesitaba un poco de tiempo más para ingresar a “ Parque ”… y ya estaba tan cerca. Debía moverse rápido.

Sin dejar de apuntar al chofer ni perder de vista al pasaje, cambió de lugar. Se puso junto al conductor, del otro lado del asiento.

Más aprisa  le exigió.

Eso hago  dijo él. ( “ Esa mujer… ”)  Hay normas de tránsito… ¿ sabe ?… No querrá llamar la atención.

¡ Vaya cascajo !   no pudo dejar de opinar Elizabeth.

¡ Funciona !  dijo el chofer defendiéndolo.

… y contamina  agregó Elizabeth.

Vaya que eres rara,  dijo el conductor amable, preocupada por el medio ambiente y apuntándome con un arma a la cabeza.

Elizabeth calló. Los esqueletos de los edificios aparecieron ante ella. Líneas perpendiculares grises cortando el espacio, delimitando celdas oscuras y vacías… Los restos de un animal muerto.

Elizabeth recordaba el movimiento en los días anteriores a la “ Inauguración ”, toda la actividad…, todos los deseos. Sintió otra vez el dolor. Trató de imaginar. Tan sólo una explosión rosada. Tantas vidas…

El conductor siguió su mirada.

Impresionante… ¿ eh ?… Yo los he visto por años, los conozca de día y de noche, con lluvia o con sol. A toda hora del día, pero nunca he podido imaginarme cómo eran antes de la explosión.

Grandiosos  dijo Elizabeth sin apartar la vista de ellos.

El chofer giró a mirarla, a esa mujer realmente le faltaba un tornillo.

Elizabeth agregó, más para sí que para él.

¿ Sabes ?… Salvo las estructuras de hormigón, todo en “ Parque ” era biodegradable. Los escritorios, los sillones, los cuadros. ¡ Vaya !… si hasta las computadoras tenían sus componentes biodegradables  rió suavemente ante la paradoja del mundo que había sobrevivido -. Tanto esfuerzo… – sintió el dolor otra vez en la garganta, el llanto queriendo asomar a sus ojos. Hacia tanto tiempo ya de todo aquello.

El hombre desvió sus ojos de ella nuevamente hacia las estructuras. Esas moles grises habían sido diferentes, su mirada se fijó en ellas viéndolas por vez primera bajo una aspecto desconocido.

¿ En serio ?  preguntó asombrado.

Elizabeth lo miró y asintió con una sonrisa. Un par de lágrimas rodaban ya por sus mejillas.

Estaban entrando en la zona de recreación, final del recorrido. Secó las lágrimas con el dorso de la mano, pasó del otro lado del conductor y bloqueó la puerta.

Bueno, ahora despacio  le indicó al chofer . Uno de ustedes vendrá conmigo.

Todos se estremecieron y la miraron asustados, la mujer sujetó a sus hijos contra sí. “ Lo siento ”, pensó Elizabeth, pero no tenía otro camino. Con la punta del arma señaló a Bob.

Tú vendrás conmigo.

Bob fingió sorprenderse y lentamente se paró. Elizabeth les advirtió a los demás.

Si llegan a dar la alarma, él será hombre muerto. Cuando bajemos, quiero que todos se marchen en el micro como si nada hubiera pasado o…  y señaló a Bob con el arma -. ¿ Entendieron ?…

Nadie contestó, todos la observaban paralizados. Volvió a preguntar apuntándolos.

¿ Entendieron ?…

Sí… sí…  se apresuraron a responder todos.

Bien, ahora…  ¡ abajo ! le indicó a Bob mientras ocultaba el arma en su bolsillo y, sin dejar de vigilar a los ocupantes del micro y al chofer, descendió junto con su falso rehén. Ambos se quedaron en la parada esperando a que el micro se fuera; cuando se hubo alejado unas cuantas cuadras se abrazaron.

¡ Fue genial !  la felicitó Bob.

Dios, espero no volver a repetirlo en mi vida  rió Elizabeth.

Giraron y comenzaran a dirigirse a la entrada que, por suerte, estaba lejos de la calle. Pasaron con total tranquilidad ante los guardias, fingiéndose una pareja de enamorados, de esa manera Elizabeth pudo ocultar su rostro en el hombro de Bob.

Caminaron por un largo sendero rodeado de árboles, al final de este la arboleda culminaba abruptamente dando lugar a la vista panorámica del paseo. Bob enmudeció al verlo, si ésa era una muestra de “ Parque ”…, ¡¡¡¡¡ lo que debía ser en su interior !!!!!

Extensiones de arboledas, campos sembrados con césped, lagos y ríos artificiales…, ¡¡¡¡ hasta montañas !!!! Todo el continente reconstruido en sus diferentes características geográficas en mil hectáreas cuadradas.

En los lugares convenidos se levantaban réplicas de los edificios construidos en el interior de “ Parque ” a modo de miradores o de paseos; lo que correspondía a los tramos de trenes aéreos había sido reemplazado por puentes para los paseantes. La Reina de Corazones hubiera muerto de envidia ante aquel espectáculo.

Las personas paseaban, se sentaban en los bancos o en el césped. Había Sol, mucho aire…, hasta pájaros. Una diminuta muestra de “ Parque ”.

Elizabeth y Bob caminaban sin prisa en dirección a los muros de “ Pared ”, cada vez estaban más cerca de ellos. Se detuvieron junto a un árbol, desde allí podían verlos, tan sólo cincuenta metros los separaban de una de las puertas interiores de acceso a “Pared”.   Una alambrada se levantaba a unos veinte metros de la construcción para mantener alejadas a las personas; también pudieron notar que había guardias vigilando la entrada de la cerca. Elizabeth retuvo la respiración…, el último baluarte.

Elizabeth fijó sus ojos en Bob, había llegado la hora de separarse, de ahí en más tenía que seguir sola. Bob bajó la cabeza y dudó, no estaba demasiado convencido en dejarla, pero asintió. Luego la abrazó con fuerza, si llegaba a ocurrirle algo, él se ocuparía de los Del Río, podía estar tranquila. Deshicieron el abrazo y, guiñándole un ojo, Bob comenzó a alejarse. Era la despedida.

Bob aparentó perderse entre la gente, pero sin que ella lo notara se ocultó y permaneció alerta, quería ver si Elizabeth llegaba a salvo a su tan ansiado destino.

Elizabeth fijó su atención por un momento en sus zapatos, luego elevó sus ojos hacia la puerta de acceso. Bien, ahora tenía que entrar. Miró en derredor, nadie la observaba.

Un grupo de hombres jugaba con una pelota detrás del alambrado; seguramente guardias en tiempo de descanso y algunos amigos quienes habían improvisado un pequeño campo de fútbol y aprovechaban lo hermoso del día.

Elizabeth comenzó a caminar hacia su objetivo, apenas había cruzado la entrada cuando  una voz sonó a sus espaldas.

EHHH… ¿ a dónde va ?…

El corazón de Elizabeth pareció detenerse un segundo en su pecho, luego giró lentamente, en su rostro su mejor expresión de inocencia. Sin un sólo tono de nerviosismo en su voz le respondió al guardia:

Allí…  y señaló los canteros junto a los muros -… quiero ver aquellas flores.

No se puede pasar. Está prohibido.

¿ Pero y esos hombres que están jugando ?  y los indicó con el dedo.

El guardia suspiró, sabía que sus amigos le iban a crear dificultades. La mujer llevaba ropa fina y zapatos… y ni hablar de sus joyas. Seguramente esposa de alguien importante, era mejor no buscarse problemas por una mata de yuyos.

Está bien, pase  consintió el guardia y volvió a su puesto.

Elizabeth suspiró aliviada. Bob, que había observado la escena de lejos, también.

Elizabeth siguió caminando, se arrodilló junto a unos canteros fingiendo interesarse por las plantas y esperó. Bien, miró a su alrededor, nadie se fijaba en ella. Rápida y silenciosamente se acercó a las amplias puertas cerradas, allí, en una gaveta disimulada en la pared, estaba el panel de controles, la abrió y activó la clave.

Las puertas comenzaran a abrirse lentamente; tenía poco tiempo, tan sólo quince segundos para entrar pues había usado un código de emergencia; luego las puertas volverían a cerrarse. Ella sería la primera en ingresar y la única, por lo menos hasta que averiguase qué había pasado, después decidiría qué hacer.

La silueta de un hombre apareció de entre unos arbustos saliendo despreocupadamente de atrás de ellos: otro guardia. Su reacción mudó de inmediato al asombro no tanto por ella, sino por la puerta que lentamente se abría. Luego fijó sus ojos en Elizabeth.

¡ Qué diablos !… – exclamó llevando su mano al arma que pendía en su cintura.

Elizabeth fue más rápida… ya lo estaba apuntando.

Silencio…  le indicó.

Casi como una respuesta, un griterío comenzó a escucharse en la cercanía, venía de la zona de recreación cercana a ellos.

Elizabeth pudo observar otra vez a las personas que corrían y gritaban espantadas huyendo, podía ver al relámpago rosado danzando entre sus pies en busca de una nueva presa. Su trayectoria coincidía con una niña que saltaba despreocupadamente a la cuerda. Elizabeth no quería ver aquello nuevamente, no allí y no otra vez. Miró al guardia, la puerta, la luz… y decidió. Soltó el arma y corrió en dirección a la criatura que jugaba despreocupada. Todo a su alrededor eran empujones y huidas, pero ella parecía actuar al margen del terror.

El guardia comenzó a correr tras ella y a llamar a sus compañeros. Rápida…, debía ser rápida, debía ganarle al hombre y al rayo… “  ¡¡ Malditos zapatos !!! ”

Faltaban sólo unos metros… “ ¡ Ahora !… ”  Tomó entre sus brazos a la niña que se hallaba abstraída en el juego, la alzó en ellos y la apretó contra sí cerrando los ojos… “Dios…”

Bob corrió en su dirección para detenerla, pero no llegó a tiempo.

El rayo rosado trepó por sus piernas, las envolvió a ambas hasta cubrirlas por completo y descendió violentamente hacia el piso al igual que siempre, pero esta vez sin causar modificación alguna. Las personas se habían detenido y miraban la escena sin poder hablar, sin moverse. Eso era imposible: un rayo asesino se marchaba por primera vez sin su víctima.

Después de la sorpresa, comenzaron a reír y aplaudir. Elizabeth sonrió con la niña aún alzada, sin embargo la criatura deshizo el abrazo y saltó al suelo.

¿ Qué hiciste ?  le recriminó elevando hacia ella su pequeña naricita respingada y pecosa . ¡ No debías meterte !…

Elizabeth se arrodilló y puso las manos sobre los pequeños hombritos, quizás estuviese asustada.

– Estás bien,  le dijo tranquilizándola  no te pasó nada. ¿ Entiendes ?…

La que no entiendes eres tú  le contestó en tono cortante la niña . No importa,  otra vez será.

Los padres corrieron hacia la nena y la abrazaron, volviéndose repetidamente a darle las gracias y agradeciendo a Dios y a cuanta divinidad se les ocurría.

Elizabeth meció su cabeza, realmente no lo entendía; la niña ya se alejaba, pero giró un instante y le sonrió. La perdonaba.

Una voz potente gritó a sus espaldas.

¡ Alto !…

Antes que pudiera reaccionar, Elizabeth estaba rodeada. Cerró los ojos y bajó los brazos. Nuevamente era tarde, había perdido sus quince segundos. Los hombres se acercaban a su alrededor.

Bob iba a hacer un movimiento, pero Elizabeth alcanzó a verlo y lo detuvo con la mirada. Eso debía afrontarlo ella sola. “ Recuerda siempre el regalo de tu tía Beth… y haz lo imposible por ellos. ”

Bob le tiró un beso con la punta de los dedos y se perdió entre la multitud.

Los guardias permanecían a unos metros, indecisos; parecía que nunca hubiesen detenido a alguien. Elizabeth no soportaba las negligencias, levantó sus manos apenas por encima de su cabeza y se volvió a ellos fastidiada.

¿ Es que nadie me va pedir que me arroje al piso ?…

Capítulo V.

Había pensado que sería difícil, pero realmente resultaba peor.

Los ojos lo observaban, fríos y distantes, con más frialdad  que si fuese un extraño. Tragó saliva, iba a ser realmente duro.

Los guardias los habían reunido en el patio de la casa, todos estaban allí. Algunos de pie, otras sentados, separados en pequeños grupos conversando e intrigados por lo desusual de la reunión. Cuando él cruzó al patio, se hizo el silencio.

Daniel podía escuchar el sonido de cada uno de sus pasos resonando en las duras losas. Tomó aire, no debió ir…, giró su mirada hacia Karl. Este caminaba despacio, los ojos fijos en algún punto lejano, allí, al frente en línea, recta, pero igual le sonrió. “Gracias viejo…”

Llegó a la galería, la mecedora estaba vacía. Delante de la puerta los estaban esperando el jefe de la guardia y otros agentes más. Del interior de la casa podían escucharse pasos de hombres apresurados, voces confusas y ladridos.

Karl le pidió el parte al encargado de seguridad:

¿ Cuál es la situación ?

Realizamos el recuento que solicitó, sólo falta una persona: Roberto Ernesto Castaneida.

Daniel miró a Karl desconcertado… ¿ Eso era todo ?

¿ Nadie más ?  preguntó Karl.

– Nadie más, es la única persona ausente. Fue visto por última vez hoy a la madrugada aproximadamente a las 2.30 horas. Sin embargo…  el hombre parecía dudar.

¿ Sin embargo “ qué ” ?…  insistió Daniel.

Bueno…  lo que iba a decirles no se vería muy bien en su carrera . Estos dos guardias cubrían el turno de la noche en la ronda del patio y escucharon voces en la cocina. La anciana no estaba en su mecedora como es habitual. Cuando entraron por esta puerta, vieron a la anciana abrazando a una mujer joven y rubia, ambas estaban emocionadas y llorando. Por la otra entrada a la cocina, la que da al pasillo del interior de la casa, había entrado Bob…  es decir, Roberto Castaneida, y les indicó por señas que las dejaran a solas. Los guardias supusieron algún asunto familiar.

¿ Tienen a la mujer ? – preguntó ansioso Daniel.

Bueno…, no…

Daniel y Karl se miraron confusos, había algo que no entendían.

¿ No ha dicho que sólo falta Bob ?  preguntó impacientándose Daniel.

Sí…,  esto seguro le costaría el puesto  – …es que no falta ninguna mujer. Ella no debía de vivir aquí.

La habían perdido otra vez. Daniel recordó.

Que revisen los sótanos  le ordenó a Karl quien asintió y se acercó a sus hombres para darles instrucciones.

Daniel suspiró. Bueno, ahora debería enfrentarse a lo inevitable.

¿ Dónde está ella ?

La abuela está en la cocina, no creo que quiera hablar – le advirtió el jefe . Usted sabe lo dura que puede ser.

Daniel asintió silenciosamente con la cabeza, vaya si lo sabía…

Karl regresó.

– Ya está, buscarán en los sótanos.  ¿ Y ahora qué ?… le preguntó a Dan.

Debemos interrogar a la abuela  suspiró Daniel.

Karl asintió con suavidad, el momento había llegado. El jefe de la guardia se dirigió a la puerta, ellos lo siguieron. Dan observó cómo el picaporte bajaba lentamente, la puerta que se abría despacio… La imagen de la anciana mujer apareció poco a poco frente a él: sentada, de perfil a la puerta, sus ojos fijos en la nada y los brazos cruzados sobre el pecho envueltos en un chal de colores pasteles. Miró a Karl…, no debió ir. Este apenas esbozó una sonrisa para tranquilizarlo y le indicó que pasara, luego, volviéndose al jefe de la guardia, le informó:

Entraremos solos…  y le hizo un gesto para que los demás se quedaran fuera de la habitación. El jefe de la guardia iba a decir algo objetándolo, pero calló. La puerta se cerró ante él.

Daniel caminó despacio por la cocina hacia la anciana quien parecía ni oírlos ni verlos.  Se detuvo delante de ella. ¿ Por qué no se lo hacía más fácil ? Para él la vida había sido tan dura como para ella…, quizás más. ¿ Por qué no lo ayudaba ?

Daniel tomó la decisión de comenzar.

Abuela…

No me llames así  – le cortó la anciana sin pestañear.

“ Eso dolió…” Miró a Karl, estaba allí, tranquilo…, él no lo dejaría. Volvió su atención a la anciana.

Está bien,  sería como ella quisiera  necesito que me conteste algunas preguntas.

Acercó una silla y se sentó, comenzaría el interrogatorio de rutina.

Karl lo observaba, se mantenía de pie, apartado unos metros. Dan lo estaba llevando bien, tenía unos cuantos años en su trabajo y podía sentir que esa mujer era realmente dura, él no lo habría hecho mejor, pero al igual que Dan tampoco conseguiría nada.

Los guardias vieron a tres personas aquí, en la madrugada. Una no está, otra es usted, quiero saber quién es la tercera.

La mujer callaba.

Sabemos sobre ella  insistió . Tenemos informes, sólo queremos una confirmación.

Era un ardid. Karl asintió, era bueno.

La mujer suspiró y negó suavemente con la cabeza, ella sabía cuando él le mentía, siempre lo sabía. Daniel bajó un instante la cabeza, empezaba a sentirse derrotado. Bien, no podría engañarla, necesitaba negociar.

Un guardia entró.

Disculpe, señor.

Está bien  dijo Karl . ¿ Qué es ?

Encontramos algo en el sótano. Hay unos paneles en una de las paredes, no hay controles, solamente una placa negra.

El guardia parecía dudar, luego agregó:

Pero no pudieron salir por ahí, es donde se guardan los perros.

Daniel y Karl se miraron. Los perros, igual que el día anterior.

¿ Eso es todo ?  preguntó Karl.

Sí, señor.

Está bien, puedes retirarte – le indicó Karl.

Daniel estaba perdiendo la paciencia, todo se volvía un punto muerto. Únicamente le quedaba la anciana.

¿ Adónde fueron ? – preguntó en un tono más brusco.

La anciana no movió ni una pestaña.

Daniel trató de calmarse, de mantener el control, pero no pudo. Tenía demasiadas cosas en juego, se levantó de un salto y golpeó su puño contra la mesa de la cocina. La mujer no se inmutó… “ El mismo carácter de su difunto esposo, tan impulsivos. ”

Necesito que nos ayudes… ¿ No te das cuenta del peligro en que están todos ?  casi le gritó en la cara.

La anciana fijó lentamente sus cansados ojos en los de él. Daniel no estaba preparado para aquella mirada, pero la mantuvo lo más que pudo.

No me hables de seguridad, conozco la historia. Estoy aquí por tu bendita seguridad.

Daniel tragó saliva, no debió tocar el tema. No tendría que haber removido temas viejas, ahora sabía que ya no podría detenerla.

La abuela, apoyándose en la mesa, comenzó lentamente a levantarse. Ese par de mocosos la iban a oír… y bien claro.

Escúchame… y escúchame bien  dijo señalando a Dan con su dedo arrugado . Hace años acepté venir acá por la seguridad de mi familia. Hace años, muchos años. Ahora la familia está muriendo, la sangre se está terminando… Mira a esos niños, ¿ qué futuro les espera ?… Deberían dolerte. No, no están aquí por su seguridad, sino por la tuya y por la de tus amigos de la Junta…

Daniel iba a protestar, pero la anciana lo calló con un gesto. Aún no había terminado.

Acepté y callé… y creí que moriría en silencio, pero ahora no… ahora no estoy dispuesta a callar ni a soportar… ni a permitir. Van a tener que aceptar… y vas a tener que aceptar la realidad.

Sin esperar respuesta la mujer pasó delante de Dan quien no podía soportar esa mirada. Era el reflejo de su culpa.

Karl se mantenía al margen, observando. Sabía que no debía entrometerse, lo que no consiguiese Dan, mucha menos lo conseguiría él.

La anciana se dirigió a la puerta, en aquel momento ella había dado por terminado el interrogatorio. La abrió apartando con un gesto al guardia que se cruzó para detenerla. Karl le indicó que la dejara pasar, ya no tenía caso. Agachó la cabeza fijando su mirada en el piso, no le gustaría estar en los zapatos de Dan.

La anciana descendió los escalones y comenzó a cruzar el patio.

Daniel salió e iba a seguirla, pero se detuvo. Los ojos de todos estaban puestos en él.

La anciana se volvió de pronto.

Ahora vete, no eres bienvenido en esta casa. No te mereces el respeto que te tienen por la fuerza, nada has hecho para merecértelo.

Daniel volvió a sentirse como un chico, como a un muchacho que lo retan por volver tarde de noche. Las orejas comenzaran a arderle…, pero ahora la historia era otra, era algo muy distinto.

La anciana retomó indiferente su camino. Daniel levantó la vista. No, no terminaría así otra vez.

¿ Quién es ella ?  le gritó.

La mujer se detuvo, dándole la espalda. Si pudiera decírselo…, pero así como no lo traicionó a él, no podía traicionarla a ella. Si supiera cuánto los quería… No se volvió, luego de un instante siguió caminando lentamente, su energía se había ido, estaba otra vez cansada.

Averígualo tú mismo,  dijo con voz suave y audible para todos  es hora que hagas algo por ti.

Daniel no comprendió el significado de la frase, pero sintió que le había querido decir algo, que en esas palabras estaba toda la ayuda que le podría dar. Aún así, no la entendió.

Unos hombres se acercaron a Karl y le murmuraron algo, él asintió. Luego se aproximó a Dan, que se pasaba la mano suavemente por el cabello, y le dijo sin vueltas:

La tenemos.

Daniel lo miro y giró para ver a la anciana que se alejaba. Tenía razón, de ese modo era muy fácil. Echó la cabeza hacia atrás y suspiró, debía seguir adelante, debía llegar al final de todo aquello. Años esperándolo, tratando de imaginarlo, de suponerlo… para darse cuenta de que había llegado y no estaba preparado.

Miró a Karl y palmeándole el hombro, asintió.

Vamos.

Elizabeth estaba descalza, por fin la habían liberado de sus zapatos. Había tratado de esconder la pulsera, pero solamente tuvo tiempo para la alianza: le pidió un chicle a un guardia y lo pegó del lado interno de la cintura de su pantalón, luego la alianza. Nadie lo notaría.

Ahora estaba envuelta en una manta, sentada en el suelo de una celda; su traje estaba apenas arrugado, hacía tanto tiempo ya que lo llevaba puesto…

Conocía la clave de la celda, podía abrirla en cualquier momento, sólo que no tenía deseos de huir. El piso estaría lleno de guardias, aunque en aquella pared podía divisar perfectamente la placa negra, pero no era eso… Había tratado de hacerlo sola y quizás no fuese lo mejor, ahora le quedaba esperar y afrontar lo que viniera. Estaba relajada, apenas tenía un poco de hambre y sueño. Durmió un rato. La sensación era agradable… únicamente paz. La misma vieja paz de antes…

El ruido de los pasos la despertó. Elizabeth abrió sus ojos encerrada en la celda, lo curioso es que no se sentía sola, la sensación de paz que la había acompañado junto a sus compañeros luego de la fallida “ Inauguración ” parecía haberse quedado con ella. Tampoco sentía cansancio o hambre…, ese sueño sí que la había reparado.

Habían intentado interrogarla antes, mas no habían obtenido información alguna; ella los había escuchado sonriente y les había pedido descansar. Tenía sueño, los agentes se miraron entre ellos, tratarían de aprovecharse del cansancio. Quisieron presionarla, pero Elizabeth se había quedado dormida en la silla. Era inútil, la dejarían para Karl.

Elizabeth despertó con una sonrisa al escuchar los pasos, no los había oído antes… debía ser alguien que no conocía. Seguramente estaría fresco, como ella. Se sentía como nueva después de descansar. ¿ Cuánto tiempo habría sido ? ¿ Una hora, cinco minutos ?… Vaya, si se sentía tan descansada como si hubiese dormido cien años.

Karl se detuvo ante la celda, le indicó a los guardias que aguardaran afuera.

Llevaba en una bolsa los objetos que le habían retenido a la mujer, cosas de rutina. Sus oficiales le habían advertido que era difícil; si tenía que ver con los Del Río ya había tenido una muestra. Se había sonreído de Dan, ahora le tocaría a él.

Entró en la celda. La mujer estaba envuelta en una manta y sentada en el suelo, le sonreía, ni en un sitio como ese perdía su aire de princesa.

Buenos días…  lo saludó amablemente.

Karl no le respondió, no entraría en su juego.

Giró e indicó que cerraran la puerta, los guardias lo obedecieron. Ahora estarían a solas.

Elizabeth lo observó de arriba abajo: era un oso gigantesco de cabellos castaños cobrizos y bigotes tupidos. “ Un lindo ejemplar, Helen, pero no sé dónde clasificarlo. ”

Karl iba a hablar, pero ella lo hizo primero.

El jefe de seguridad, supongo…

Karl se detuvo en lo que iba a decir… ¿ Era tan evidente quién era ?

Sí  dijo mirándola a los ojos.

Bien,  asintió Elizabeth  ésas deben ser mis cosas. ¿ Verdad ?

Karl no estaba dispuesto ha ser el interrogado.

Sí  afirmó nuevamente, trataría de ganar posiciones -. Unos zapatos muy curiosos, son de un modelo antiguo. Ya no se fabrican, sin embargo están casi nuevos. ¿Dónde los consiguió?

Karl los había sacado de la bolsa y los observaba, luego fijó su vista en Elizabeth esperando su respuesta.

Elizabeth sonreía. Sus zapatos…, explicar eso iba a ser divertido.

En “ Royal’s ”, creo,  y agregó supongo que eso no debe de significar nada para usted.

Karl no dejaba de mirarla. Era verdad, no significaba nada. 0 era muy astuta o estaba loca y eso último no le quedaba. Esa mujer mantenía perfectamente el control sobre sí, pero no actuaba normal…, actuaba como si no tuviese nada que perder.

Elizabeth volvió a tomar la iniciativa.

Creo, ¿ Señor…

Karl…  luego de decirlo se mordió los labios. La respuesta había sido casi inmediata. ¿ Qué diablos le estaba pasando ?

Señor Karl, bien, sé que está realizando su trabajo, también sé que no me correspondería entrometerme, pero por lo que he visto supongo que los reglamentos de “Parque” son los que rigen la organización actual, incluyendo las normas de seguridad.

Karl no contestó, no le daría el gusto.

Elizabeth esperó, había notado que los procedimientos eran los mismos, salvo por unas cuantas negligencias. Bien, si él que estaba a cargo no lo quería reconocer, era asunto suyo. Continuó.

Por las circunstancias y las dificultades actuales que nos rodean soy un prisionero, supongo que con código clasificado. Ya sé lo que viene ahora: tú me interrogas, informas a tu superior, él te da órdenes y luego vuelves. Así varias veces durante un largo tiempo. Bueno, saltearemos esa parte y tú y yo nos ahorraremos energía. Quiero hablar con tu Jefe, estoy dispuesta a hacerlo, pero sólo con él. Bien, aunque supongo que formarán una junta o algo así…

Karl estaba perdiendo el control. En esos momentos Daniel reunía a un grupo para formarla, más precisamente los jefes de cada área, técnicos y especialistas de diferentes disciplinas. Tan sólo esperaban su informe para actuar.

– Condúceme con ellos y hablaremos entre todos… ¿ Qué dices ?

Karl luchaba internamente. Su ego hervía en su interior, no estaba acostumbrado a ser tratado de esa manera por una completa desconocida, mucho menos si ésta era un prisionero en una  de sus celdas. Sentía deseos de salir, dejarla allí encerrada y olvidarse la combinación.

Lo que decía era correcto, los reglamentos internos de “ Parque ” eran vigentes aún y ella era una prisionera con código clasificado. Todo el maldito procedimiento era correcto, pero él no estaba acostumbrado a que alguien que no correspondiese le diera órdenes y estalló. Se acercó a la mujer y con su potente voz contenida le aclaró.

Escucha, tú no estás en posición de decirme qué hacer y qué no. Esto es un interrogatorio y tú sólo debes contestar a mis preguntas. La que está dentro de una celda, por si no te has dado cuenta, eres tú.

Elizabeth ni se movió, lo miraba directo a los ojos sin un atisbo de temor.

– ¡¿ Cómo diablos te llamas ?! – casi gritó Karl en el rostro de ella.

Elizabeth trató de contener la sonrisa, pero no pudo… ¡ Es que era demasiado absurdo para decirlo !… No, la pondría en una celda acolchada por el resto de su vida y nadie jamás la volvería a escuchar. Se incorporó lentamente, dejando a un costado la manta que la envolvía. No era tan alta como Karl, pero daba igual.

– Quiero que entiendas esto,  le habló suavemente, igual que si le hablara a un chico  yo quiero hablar y ustedes quieren escuchar. Supongo que están ansiosos por saber, pero lo haré ante tu jefe y su junta, no ante ti solo.

Luego volvió a sentarse y a envolverse cómodamente en su manta, como una reina en su trono. La audiencia había terminado.

Karl quedó un instante helado. Luego giró y tomó la bolsa en su mano, fue hasta la puerta y la golpeó. El guardia la abrió y Karl casi lo tira al salir. Iba hecho una furia.

La puerta volvió a cerrarse silenciosamente tras él. Elizabeth miró sus pies descalzos y jugó con ellos, sabía que ahora sólo sería cuestión de tiempo.

Daniel tenía a su jefe de seguridad en su despacho convertido en una fiera salvaje. Caminaba de un lado al otro de la habitación contándole lo que había ocurrido. Dan no lo culpaba, aquello no era por ineficiencia, conocía muy bien el motivo: era de familia. Por fin Karl hizo un alto en su monólogo y pudo hablarle.

Cálmate, Karl, no hay problema.

¡ Maldición !… No pude conseguir ni un maldito dato, únicamente que los zapatos son de “ Royal’s”… y “ Royal’s ” cerró hace quince años.

Dijo que hablaría ante la junta…

Karl se detuvo, aún podía escucharla…, lo ponía furioso el sólo recordarla.

Dijo que lo haría, que era el reglamento… ¡¡¿¿ quién diablos es ella para decirme qué dice el reglamento ??!!

Daniel trató una vez más de calmarlo.

Está bien. Lo haremos así.

Se volvió a Daniel sin poder dar crédito a lo que oía…, él no debía autorizarla, no podía darle la razón…

Daniel lo miró.

Necesitamos que hable, necesitamos saber. Aunque sea algo… y ella es la clave. Aunque sea como ella quiera, necesito que hable.

Karl asintió y se relajó.

Creo que lo tomé como algo personal  se disculpó.

Daniel le sonrió, lo comprendía. Luego agregó.

No dejes que te vuelva a pasar… ni que me pase a mí.

Karl le devolvió la sonrisa, no lo permitiría.

Necesitaré toda la seguridad posible – añadió Dan -. No quiero que aproveche la situación para “ volar ”…  y aún no tenemos demasiado en claro sus intenciones. Puede ser un ardid para acercarse a nosotros. Quizás un atentado o algo así. Quiero que estés preparado.

Karl se puso sus lentes apenas ahumados y se dirigió a la puerta, respondiéndole con total seguridad.

Tranquilo, no lo hará. Yo me ocuparé de ella.

Karl tomó aliento… y volvió a entrar.

Elizabeth levantó sus ojos, la puerta se cerró tras él. Otra vez a solas. Bien, ésta sería la definitiva.

Karl llevaba la misma bolsa con sus cosas. Arriba los estaban esperando, pero no pudo resistir la tentación. Antes había sido rudo, ahora le jugaría como el “ bueno ”.

Se sentó en el borde de lo que quería ser una cama, la mujer no se había movido de su sitio en el piso. De ella no venía ningún vestigio de agresión o temor, parecía como si en algún punto todo aquello le resultase divertido. Karl miró la bolsa de papel, luego levantó la vista hacia ella y le sonrió con su amplio bigote. Trataría de ganársela, al fin de cuentas, era una mujer.

¿ Sabes ?… creo que fui un poco rudo contigo. Realmente no sé quién eres… y quizás no tengas nada que ver con todo esto.

Elizabeth lo seguía atentamente sin decir palabra, quería saber a dónde trataba de llegar. Aunque ella ya la suponía: solamente trataba de  hacer su trabajo.

Es que esto…  continuó Karl -… es mucha presión. Tú sabes, mi posición no es fácil. No tengo quien colabore… y me exigen respuestas que no tengo. Luego tú…, con que se hace así o se hace asá… Bueno, me exalté…

Miraba a Elizabeth como pidiéndole disculpas. Elizabeth le sonrió cómplice, le gustaba el juego.

No tengas cuidado. Ya lo olvidé.

Karl asintió, había hecho su primer movimiento. Volvió a sonreír.

Sabes muchas cosas acerca de nosotros, mucho sobre los reglamentos y códigos…,  luego agregó en tono de confidencia a mí a veces hasta me hartan.

Elizabeth asintió.

– Te entiendo…  y agregó no sin malicia – se nota. En estos momentos llevas tres contravenciones en tu uniforme, sin contar esos cuatro kilos de más que debes tener por encima del límite permitido.

Karl no dejaba de mirarla, eso era cierto. Elizabeth continuó:

Sé a que viniste,  levantó la mirada hacia el techo – en este mismo momento deben estar reunidos. Doce, uno por cada área, contando contigo, claro… y él, quien sea que esté a cargo. Esperándonos. ¿ Sabes ?…, no creo que sea fácil para nadie. Ni para ti ni para mí ni para ellos… Ni para los que están afuera, pero no podemos seguir teniéndonos lástima.

Volvió a mirar a Karl.

Quizás están demasiados acostumbrados a sus vidas y temen cambiarlas. ¿ No crees ?…

Karl seguía observándola, en ese momento habían dejado de ser el jefe de seguridad y un prisionero clasificado, eran dos seres humanos en un mismo mundo tratando de entenderse, de llegar a un punto en común.

Karl suspiró y bajó la vista. Ojalá todo fuese distinto… y ellos dos no estuviesen en ese sitio.

– Sí, puede ser, pero no me imagino al mundo de otra manera…,  le respondió Karl por más que lo intento, no puedo.

El problema quizás está en que hayan olvidado cómo hacerlo – pensó Elizabeth en voz alta. Tal vez ella habría vuelto tan sólo para recordárselos.

Karl se había rendido. Rió para sí, ella se lo había ganado, tomó la bolsa, sacó los zapatos de Elizabeth y se los alcanzó.

Póntelos, vamos a pasear.

Elizabeth sonrió y se incorporó, se puso los zapatos y los miró.

¿ Sabes ?… llevo una vida con ellos puestos. Había empezado a extrañarlos.

Luego llevó sus manos atrás, a algún sitio de su cintura, sobresaltando a Karl. Elizabeth sacó algo minúsculo: un anillo y se lo puso en su dedo anular. “  Por supuesto, una alianza, esas cosas las mujeres las cuidan más que sus propias vidas. Ethel habría hecho lo mismo. ”

Es mejor que salgamos…  Karl le indicó la salida.

Elizabeth pasó delante de él y se detuvo junto a la puerta de la celda, Karl la golpeó y el guardia que estaba fuera la abrió. Elizabeth  y Karl salieron de la celda.

Fuera del sector de detención, tres guardias los esperaban. Karl se ubicó junto a Elizabeth, dos de los hombres se pusieron detrás y uno por delante.

Salieron de la zona de seguridad en el segundo subsuelo y subieron las escaleras que los conduciría a la parte central del edificio de “ Recepción ”, donde ahora funcionaba el “ Centro de Investigaciones ”. Elizabeth se sentía a gusto en su casa, pero aún debería recuperarla.

En las escaleras y pasillos había montado un verdadero operativo de seguridad; los guardias custodiaban absolutamente todo: salidas, ventanas y posibles lugares de fuga, también mantenían alejadas a las personas que trabajaban allí. Querían evitar cualquier tipo de ayuda externa para un posible escape.

Los empleados observaban pasar al grupo con gran curiosidad pues habían corrido ya muchos rumores. Elizabeth observaba todo supervisándolo, era algo que no podía evitar, de pronto sonrió y contuvo la risa. “ Tenía cada ocurrencia… ”  Karl la miró.

Lo siento…  trató de explicarse Elizabeth, pues lo que había pensado era tan absurdo que no sabía si él lo iba a entender . ¿ No vas a enojarte ?…

Karl negó con la cabeza, estaba intrigado.

Soy un prisionero clasificado con…

Él asintió completando la frase:

…con código de seguridad especial y deberías llevar seis custodios, no tres.

Elizabeth asintió riendo.

Karl hizo detener al grupo. Realmente no entendía por qué hacía todo aquello, pero estaba empezando a dudar acerca de qué lado estaba ella. Al detenerse, las personas que se encontraban cercanas a ellos se alejaron temerosas. Los guardias se tensaron.

Karl llamó a dos hombres que estaban junto a una puerta y a otro más, se acercaron a él quién les indicó que se ubicaran en el grupo. Luego se volvió a Elizabeth y le preguntó.

¿ Alguna otra corrección ?

Elizabeth le respondió, olvidándose por un momento de lo que debía y no debía decir.

Ninguna, todo lo demás está más que perfecto. Creo que si tuviera que elegir un jefe de seguridad, no hubiese hecho mejor elección,  y palmeándole el robusto hombro agregó buen chico.

Volvió a su sitio y esperó a que el grupo continuara. Karl no entendía qué le había querido decir, pero lo que sí sabía era que a los de allá arriba no les iba a resultar fácil hablar con esa mujer. De eso estaba total y plenamente seguro.

Daniel tomó asiento, ocuparía el sitio principal en la mesa semicircular.

Todos los presentes conversaban entre sí, se sentían entre ansiosos, nerviosos y un poco excitados. Parecía que por fin tenían algo entre manos, aunque aún no sabían muy bien qué era. Luego de tantos años habían llegado a creer que su trabajo era algo inútil, una pérdida de tiempo. Ahora por fin parecía que ocurría algo.

Karl entró en la sala solo, produciendo el silencio.

Está afuera  informó a Daniel.

Dan miró a todos, debía mantenerse sereno, él era el jefe.

Hazla pasar  le indicó.

Karl sonrió. Bueno, si ellos se lo pedían, les llevaría a la fiera.

La mujer que entró no era precisamente lo que esperaban. Eso no era un prisionero que hubiese pasado por dos interrogatorios y que hubiera permanecido horas en una celda de seguridad aislada sin saber cuál sería su futuro. Ella llevaba el paso y Karl la seguía. Se detuvo exactamente a una distancia equidistante a todos, como si hubiese habido una marca en el piso. En vez de esquivar la vista o mirarlos atemorizada, la fijó en ellos. Uno por uno los miró a los ojos como traspasándolos. Algunos desviaron la vista… Por último fijó su mirada en Daniel, quien la sostuvo con firmeza. Ella sonrió.

Buenos días  dijo amablemente. Levantó una ceja al no recibir respuesta . Que ustedes sean directivos no les da derecha a ser mal educados  acotó luego sin perder su sonrisa.

Karl se alegró de tan sólo tener que vigilarla. Estaba casi seguro de que no intentaría escapar. Vaya… si hasta parecía que se estaba divirtiendo.

Daniel no se amedrentó en lo más mínimo y le respondió cortante.

– Esto no es una academia de buenos modales.

Es una lástima…  agregó ella con ironía.

“ Maldición !!!… ” Esos ojos azules quemaban igual que los de la anciana.

Tenemos muchas preguntas  dijo Daniel apoyando sus manos en la mesa y haciéndole un gesto a Karl.

Karl se acercó y le alcanzó la bolsa con sus pertenencias.

– Es lo que traía – informó . Eso y los zapatos – dijo señalando los pies de Elizabeth. Se estaba alejando cuando recordó  Ah… y una alianza que no reportó.

Daniel observaba extrañado a Karl. ¿ Qué le pasaba ?… Hacía un rato quería ahorcarla y ahora casi parecía un cómplice.

Karl volvió a su sitio. A Elizabeth le causaba tanta gracia ese oso gigante haciendo su trabajo que se le escapó una risa por lo bajo.

Los miembros de la junta fijaron sus ojos en ella. Estaba allí para un interrogatorio, el futuro del mundo dependía de eso… ¿ Qué era lo divertido ?

– Lo siento  se disculpó Elizabeth, luego miró el piso. No, quizás no lo contrataría, la hacía reír con sólo verlo moverse.

Daniel vació el contenido de la bolsa. De ella cayeron unas alhajas, una lapicera, una moneda y varias cosas más. Las observó un instante, luego levantando su vista se dirigió a Elizabeth.

¿ Reconoce estos objetos como suyos ?

Elizabeth se adelantó y se acercó a él, miró sus cosas que estaban encima de la mesa, luego levantó su rostro deteniéndolo muy cerca del de Dan.

Sí,  respondió  son mías…, menos el reloj que es prestado.

Luego volvió a su sitio junto a Karl. Elizabeth se sentía divertida, era una situación tan extraña… Al regresar de espaldas a los demás le puso caras a Karl; siempre lo hacía reír a Sergio en las reuniones de “ Parque ” justo cuando él tenía que hablar. George se hacía el que refunfuñaba, pero los conocía tan bien… Elizabeth tomó a Karl por sorpresa quien apenas pudo desviar el rostro y sonreír.

Daniel captó la situación y no le gustó, algo había pasado entre esa mujer y Karl. Debió haber estado en los interrogatorios. Se concentró aún más.

Han ocurrido algunos incidentes…

Lo sé,  dijo Elizabeth  los ascensores, los códigos y el computador con su extraño mensaje: “ Parque ” listo para “ Inauguración ”.

Se miraron sorprendidos… ¡ Eso era una confesión ! Dan frunció el ceño, no lo comprendía… ¿ cuál era el juego de esa mujer ? Además, trataba de recordar si se la había cruzado alguna vez en la casa. Los rasgos le eran familiares, aunque no la había visto en su vida. Debía aprovecharse de lo que había dicho.

Eso es una confesión…  le informó Dan.

No lo corrigió Elizabeth.  Es una aceptación de los hechos que ocurrieron.

Una confesión  insistió Daniel.

No, sería una confesión si yo hubiese cometido un delito y yo no lo cometí.

Daniel estaba perdiendo la paciencia.

Ingresó en el edificio sin autorización, penetró en lugares de alta seguridad sin permiso y accedió a información clasificada… y unas cuantas cosas más  insistió Daniel incorporándose -. ¡ No me hable como si sólo hubiese ido de compras !

Elizabeth no perdió ni por un segundo su compostura. Karl la observaba… “ ¡Vaya mujer ! ” Estaba intrigado por conocer a su marido, no se podía imaginar cómo sería su pareja, seguramente alguien tan extraño como ella.

Elizabeth le respondió con el mismo tono de seguridad y la misma potencia de Dan. Estaba en su casa y nadie hablaría más fuerte que ella allí.

Yo no cometí ningún crimen. Sólo ingresé a mi despacho.

Dan concentró su vista en ella…  ¿ Qué diablos estaba intentando decir ?

Para ella lo que tenía que decir era difícil de pronunciar, pero era el momento oportuno, ahora o… Sonrió, solamente eran tres palabras… Se mordió el labio inferior, luego los miró a todos y fijando sus ojos en los de Dan, habló:

Yo soy Elizabeth.

Los miembros de la junta se miraron, no entendían… Pero Dan sí, era un golpe fuerte, muy fuerte… y bajo. Lo primero que hizo fue negarlo.

Eso es imposible  respondió sin desviar la vista . Ahora tendría casi sesenta años.

Karl y los otros entendieron…, se refería a “ esa ” Elizabeth.

Ella no cambió de actitud.

El creer o no, es tu problema, no el mío.

Dan bajó la vista; si no le seguía el juego, nada conseguiría.

Bien…, supongamos que te creo. Entonces… ¿ qué ocurrió ?

No lo sé.

¿ Esa es tu mejor respuesta ?

Ésa es la verdad   Elizabeth recordaba “ la calma ”, podía sentirla en su interior y no la perdería . Recuerdo la “ Inauguración ” : estábamos en “ Torre Central ”, subimos hasta “ Sala de Control ”, todos esperábamos que George hablara, pero no dio discurso. Nos ubicamos delante de las terminales principales,  giró y habló no sólo para Dan, sino para todos – George en la del medio, Sergio en la de la izquierda y yo en la de la derecha. Introdujimos nuestros códigos y las claves de apertura… luego todo fue caer. Al recuperar la conciencia estábamos en “ Parque ”, pero las cosas eran muy distintas… no había edificaciones…

Un hombre la interrumpió.

¿ Dices que no había edificios ?

Ninguno, salvo los muros de “ Pared ”. Tampoco había medios de transporte. Nos reunimos y primero nos dirigimos al sector de “ Pared ” correspondiente a “Ciudad Uno”, pero ningún sistema parecía funcionar salvo los campos magnéticos. Comenzamos a vagar en grupo, sólo encontramos al personal de “ Sala de Control ”, a nadie más… Luego es confuso, como un sueño. Un día todos nos dirigimos a “ Pared ”, allí una puerta estaba abierta, mis ropas cambiaron…, yo salí… y estaba afuera…

Daniel mantenía los ojos cerrados. No lo engañaría, no permitiría que jugara con algo así.

– …y todos estas años dormiste en un congelador  Dan cortó el relato concluyendo la historia.

Una mujer cercana a él lo interrumpió en voz baja.

Daniel, no sabemos qué pudo haber pasado allí. Esto no sería más extraño que el rayo rosa.

Karl miraba a Dan. Era mejor que se calmase, sabía lo mucho que significaba para él, pero debía campear el temporal, debía pasarlo y arribar a buen puerto… e ileso. “¡Vamos, Dan!… No te pierdas.”

Elizabeth fijó su atención en Dan.

Daniel… ¿ Ese es tu nombre ?…

Daniel tragó saliva y no le respondió.

Escucha,  “ esa voz podía ser tan suave ”  no espero que me creas, pero al menos debes escucharme. No es fácil para mí estar aquí… “ Parque ” era todos mis sueños desde que era una niña, era mis sueños y mi vida. Aquí conocí a Sergio, mi marido… He perdido muchas cosas, mi familia y mi hijo…

Daniel no quería oír más basura.

Te diré lo que yo creo  su voz temblaba por la furia contenida . Creo dos cosas: estás encubriendo quien eres y pretendes distraernos poniéndonos en una pista falsa… o bien estas loca.

Elizabeth comprendía la posición de Daniel, tenía que actuar como el punto duro, pero ella aún no se había rendido.

0key, entonces el computador fue una alucinación.

Silvestre intervino inocentemente.

No, yo lo vi…

Daniel lo fulminó con la mirada.

Elizabeth se acercó a la mesa de la junta. Bien, usaría al computador para demostrarle que no mentía ni que estaba loca.

Daniel, ¿ quién es tu técnico en sistemas ?

Dan no respondió.

Yo soy  dijo Silvestre inesperadamente. No sabía qué le pasaba a su jefe, pero se le estaba yendo la mano… y él no se quedaría afuera, sobre todo teniendo la oportunidad de trabajar con un computador de verdad.

Elizabeth se acercó a él.

Supongo que estarás familiarizado con los sistemas de seguridad de “ Parque ”.

En teoría…, sí  respondió Silvestre.

¿ Conoces algo sobre el “ Código de Acceso Personal de los Directivos ” ?

0í algo, pero todos opinaban que era un invento.

Elizabeth sonrió, se había mantenido el secreto.

Bien, yo no sé exactamente cómo funciona pues Sergio lo creó, sólo sé que utiliza como código de acceso el ADN de las personas. Es capaz de leerlo y procesarlo al instante.

Silvestre silbó, nunca había oído algo así. Karl intervino.

Eso es imposible, no había nada así en el mundo.

Elizabeth les explicó:

Por supuesto que no, fue creado en “ Parque ” por un científico de “ Parque ”. Aquí estaban reunidos los mejores técnicos e investigadores, existían muchas cosas que solamente se podían encontrar acá.

Daniel la interrumpió.

¿ Qué opinas del rayo rosa ?

Había muchas cosas, pero nada como eso y nada ocurría sin que George, Sergio o yo lo supiéramos. Ese rayo no pertenece a la tecnología de “ Parque ”  luego se volvió a Silvestre . El sistema de seguridad de los directivos reconoce únicamente tres códigos de acceso: el de George, el de Sergio, y el mío; cualesquiera de los tres podíamos autorizar un nuevo código. Únicamente un directivo de “ Parque ” podía nombrar a otro directivo. A nosotros nos autorizó George.

Karl empezaba a entender.

Dices que sólo ellos tres pueden acceder, lo que quiere decir que si lo haces, debemos creerte.

Ajá…  asintió Elizabeth.

Karl miró a Dan. Sabía por lo que debía estar pasando, pero tenían que darle una oportunidad…, tenían que dársela a ellos mismos.

Daniel comprendía qué quería decirle su amigo, pero sentía temor. Tantos años de olvidarla, de enterrarla en lo profundo de su mente…, allá, en lo más oscuro. Y ahora decía estar frente él. Una Elizabeth que no conocía, mucha más joven que él mismo… Imposible reconocer a su madre en ella, le resultaba imposible.

Daniel por fin habló.

Sí, debemos comprobarlo  luego levantó su rostro hacia ella . Además, hada maravillosa, no sabemos cómo haces, pero activas todo a tu paso. Si es como dices, bien podrías abrir las puertas de tu reino mágico para nosotros.

Elizabeth se acercó lentamente, hasta quedar lo más cerca posible de él.

Escúchame… y escúchame bien…

Dan hubiese querido cerrar sus oídos, las mismas palabras…, casi la misma voz. Elizabeth continuó.

Sé que estás a cargo del “ Instituto ” y de la investigación, pero yo lo estoy de “Parque” y no abriré las puertas para ti. Lo haré para mí y puede ser que te deje entrar. Las cosas se harán como yo lo diga; si no, es mejor que ni siquiera te muevas de tu asiento.

Daniel se incorporó violentamente y golpeó con ambas manos la dura mesa. No le importaba quién diablos fuese, nadie le iba a dar órdenes en su propio Instituto.

¡ No me importa qué diablos opines o quieras !… Entraré allí sea como sea.

Elizabeth sonrió. Realmente le caía bien ese hombre, era como verse en un espejo. Tenía algo, su rostro, sus ojos, el olor de su piel…, era algo tan familiar…

– ¿ En serio ?… ¿ Y cómo harás ? …

Daniel no apartó sus ojos de los de ellas, sin dejar de mirarla le ordenó a Karl:

En media hora nos trasladaremos al despacho de Elizabeth Del Río, quiero que la mantengas bajo estricta vigilancia. Ahora sácala de aquí.

Karl se acercó y tomó a Elizabeth del brazo. Ella comenzó a retroceder sin apartar los ojos de los de Dan, luego giró y caminó hacia la puerta escoltada por Karl.

Daniel estaba solo en su despacho. Quería poner en orden sus pensamientos, aunque le parecía imposible.

Apenas golpearon la puerta y, sin esperar a que les dijera que podían pasar, entraron al despacho. Eran mucho más que sus compañeros de trabajo o subalternos: eran sus amigos.

La primera en preguntarle fue Carla, la encargada de la sección “ Veterinaria ”; aún llevaba sangre dominicana en sus venas y ese aire imperdible de los antiguos negros del Caribe.

¡¡ ¡Hey, chico !!!!!! ¿ Qué diablos te pasa ?… Eso era cualquier cosa menos una junta. Estabas desconocido, explícame por qué…

Daniel no sabía por dónde empezar. Karl entró en ese momento trayendo una  humeante taza de café, llegaba justo para rescatarlo de un bombardeo de preguntas.

Toma, la necesitas. Busqué algo más fuerte, pero no lo encontré.

“ Karl, gracias por tantas cosas ”.

¿ Quiéres hablar ?  le preguntó Karl, sentándose en su habitual lugar en el borde del escritorio.

Silvestre y Carla no comprendían. Ambos tenían un aire diferente como si hablaran sobre algo que ellos desconocían.

Daniel los miró.

Creo que les debo una disculpa… y una explicación. Es verdad, no me comporté como debía, como lo que soy. Perdí el control.

Miró el café negro en la taza, les contaría la historia. La anciana tenía razón, no era la seguridad de ellos, era la de él.

Creo que nunca les conté por qué estoy aquí. Sé que muchos se sorprendieron cuando la Junta nombró un director tan joven. Entiendo que quizás ustedes estén aquí por curiosidad, por saber qué hay más allá. Para mí no es solamente eso, es algo personal. Siempre pensé… bueno, creía…, –Daniel se detuvo un instante, ojalá entendiesen – pensaba que así podría, quizás… arreglar algo.

Los otros lo escuchaban en silencio. Dan sabía que estaban allí, aunque no pudiera verlos. Silvestre y Carla se miraron entre sí, no entendían. Carla le dijo en tono tranquilizador:

Arreglar, todos queremos arreglar las cosas…

Carla se acercó a él y le apoyó la mano en su hombro. “ Carla, eres tan buena amiga ”.

…Pero yo tengo más interés que ustedes en solucionar todo. Siempre creí que era mi deber arreglar lo que habían hecho ellos…  le resultaba tan difícil decirlo, levantó sus ojos y los fijó en los de Carla. Lo entenderían, eran sus amigos, no podían enojarse con él . ¿ Entiendes ?… Lo que hicieron ellos…, mis padres…

Carla trataba de calmarlo, Silvestre lo observaba conmovido. Nunca lo habían visto así.  ¿ Qué le podía pesar tanto a alguien ?

¿ Qué daño pudieron haber hecho tus padres Dan ?…  le preguntó Carla con una sonrisa. ¡ Ese hombre !…, últimamente parecía exagerar todo.

Daniel sonrió, se llevarían una sorpresa. Los rostros de Carla y Silvestre sorprendidos… eran tan graciosos !

Por supuesto, ustedes no saben quiénes son mis padres, mis verdaderos padres. La Junta se ocupó de ocultarlo, una manera de tenerme bajo su control.

Carla frunció el ceño y miró a Karl, quien asintió. Era verdad, él lo sabía a través de los legajos, le había llamado la atención el de Dan: demasiados códigos de seguridad.

Dan sonrió, ya había pasado lo peor, estaba en el punto del no retorno; ahora solamente era decir sus nombres.

Mis padres verdaderos fueron Sergio y Elizabeth.  Luego sonrió recordándola … ¡qué absurdo !…

Carla se llevó una mano a la boca y Silvestre casi pierde los anteojos. Karl se mantenía tranquilo, desde la primera vez que lo supo lo había hablado varias veces con él. Era al único al que le había podido contar sus recuerdos en la casa grande junto a su abuela, lo divertido que había sido de pequeño ser criado entre tantos primos, el dolor de que sus padres no estuvieran, el abandono, la responsabilidad de quiénes eran…, la abuela que lo crió entre risas y bromas con ese humor ácido de la familia. Luego la separación, el convenio con la Junta, las visitas de vuelta a la casa grande que cada vez terminaban en más discusiones. Tenía tantas cosas de qué hablar y nadie a quién decírselas. Gracias a Dios que Karl estaba allí, que siempre había estado allí y que lo sabía todo. El único al que nada tenía que ocultarle.

Daniel suspiró aliviado, ya lo había dicho.

Carla y Silvestre, luego de la sorpresa, sonreían mirándolo afectuosamente. Ahora comprendían tantas cosas: desde su fanatismo por el trabajo hasta su soltería empedernida. Carla le palmeó la mano, todo estaba bien… ¿ Cómo iba a temerle a sus amigos ? De pronto recordó…

Entonces ella…

Daniel la detuvo.

Aún no lo sabemos.

Karl quería llegar a ese punto, Dan estaba queriendo negar lo evidente, le habló sin vueltas.

Y si es así, ¿ qué harás ?

Daniel lo miró.

No lo sé  le respondió -. Ojalá pudiera saberlo. De lo que estoy seguro es que de confirmarse quién es ella, no se lo diré. Por lo menos no, por ahora.

Silvestre se encogió de hombros, para él era sencillo.

Tú nunca la conociste,  opinó – ella casi ni te crió. Tan sólo eras un bebé, yo diría que nada tienen en común…, salvo la sangre y ese lazo lo pueden tener hasta los enemigos. Además ser padre no pasa por ahí, eso todos lo saben. Sin tener en cuenta qué es mucho más joven que tú, no te imagino llamándola “ mamá ”. Yo ni me preocuparía, no tienen nada que ver.

Carla lo escuchaba escandalizada.

Son de la misma sangre. No importa el tiempo… ¡ Son madre e hijo !

Daniel apenas los escuchaba, perdido en sus propios pensamientos.

Ella trató de advertírmelo  recordaba a la anciana y no podía culparla. La comprendía, entendía por qué no lo había ayudado: le había sido imposible traicionar a cualquiera de los dos. Tenía deseos de correr a su regazo para sentir que todo estaría bien, pero lo cierto es que ese tiempo ya pertenecía al pasado.

Karl les hizo señas a los otros y los condujo a la puerta, les indicó que los esperasen afuera. Quería hablar algo a solas con Dan, luego subirían al despacho. Cerró la puerta y se volvió a Daniel.

Nos sorprendió a todos.

Daniel asintió, Karl continuó hablando:

Sea quien fuere es una mujer interesante… y con carácter.

Daniel apenas asentía.

Sé que es imposible sacarte de esto, pero trata de sobrellevarlo lo mejor que puedas. Ahora no sólo tú estas en juego, el resto del mundo lo está. Si ella es quien dice ser, entonces allí dentro ocurrió algo grave, mucho más grave de lo que podemos haber imaginado. Debemos estar preparados, así que trata de ponerte en orden.

A Daniel no le gustaba lo que Karl trataba de insinuar.

¿ Qué quieres decir ?

Eso, que decidas qué es lo que sientes por ella… y mantenlo aparte, sólo defínelo para saber a qué atenerte. Te conozco y desde hace mucho, nunca te he visto tan perturbado. Recuerda: tú estás a cargo y quizás el éxito o el fracaso dependan de ti. Es el juego que quisiste jugar, tú lo elegiste, así que prepárate… y hazlo pronto, no nos queda tiempo.

Karl se dirigió a la puerta y le habló antes de salir.

Te estamos esperando.

Daniel vio cerrarse la puerta y fijó su atención por un momento en la taza que tenía en su mano. Tomó el último sorbo de café y se incorporó.

Se acercó al perchero donde su saco lo aguardaba, lo tomó y lentamente se lo puso. Luego salió cerrando la puerta de su despacho tras de él.

Capítulo VI.

Daniel se unió al grupo. Se sentía mejor, la carga que había guardado durante tanto tiempo comenzaba a disolverse. Quizás las cosas no fueran realmente como se presentaban, aún faltaba la confirmación.

El grupo formado por los miembros de la junta caminó hasta encontrarse con el  de los guardias que acompañaban a Elizabeth, deberían comenzar el lento ascenso hasta el despacho.

Daniel había pensado que sus emociones ya estaban bajo control, pero cuando vio a la mujer nuevamente se dio cuenta de que no era así.

Los dos grupos se unieron y algunos comenzaron a subir las escaleras. Elizabeth los miraba atónita, luego se volvió e interrogó directamente a Dan:

Perdón… ¿ están pensando subir hasta allá por las escaleras ?…

Daniel, quien ya había subido un par de escalones, se volvió hacia ella.

Sí  le respondió cortante. A nadie le gustaba la idea.

Es broma ?…  sonrió Elizabeth.

Daniel se le acercó despacio mientras los demás pasaban a su lado e iniciaban el lento ascenso.

La idea fue tuya, tú sugeriste lo del computador  y mirándola fríamente a los ojos agregó – …ahora, que si no quieres subir, lo entenderé.

A Elizabeth le gustaban sus ojos oscuros cuando echaban chispas, tan distintos de los de Sergio.

No, no creo que sea realmente necesario.

Elizabeth giró y se alejó de sus custodios por el pasillo. Sin que Karl pudiera evitarlo los guardias desenfundaron sus armas y le apuntaron. Ella se detuvo a unos pocas metros ante las puertas cerradas de una sección de ascensores, apoyó su mano en la placa de llamada y esperó.

Los hombres se miraron sorprendidos. El ascensor anunció su llamada con un suave tintineo, luego las puertas se abrieron. Elizabeth se encogió de hombros con una sonrisa de niña traviesa. Daniel se acomodó el nudo de su corbata mirando a Karl, eso no podía continuar así. Luego giró y llamó a los demás.

Todos se acercaron despacio a las puertas abiertas. El ascensor era muy amplio y había espacio de sobra para todos. Elizabeth fue la primera en entrar, flanqueada por Daniel y Karl. Durante el ascenso observaba a Dan y sonreía, él trataba de evitarla mirando hacia otro lado, estaba realmente furioso.

Los técnicos estaban asombrados con el ascensor, uno de ellos se volvió a Elizabeth:

¿ Cómo lo hace ?

Ella se encogió de hombros.

No lo sé, sólo lo uso como lo he hecho toda mi vida y funciona.

El técnico asintió, ellos deberían buscar la respuesta.

El ascensor se detuvo, todos sus pasajeros salieron y esperaron a que Daniel diera órdenes, pero ella comenzó a caminar hacia su despacho. Daniel la alcanzó y los otros se reunieran a su alrededor. Elizabeth no se detuvo, tenía prisa por terminar con todo aquello. Daniel le habló por lo bajo:

Escucha, si quieres que te respete y te tome en serio, compórtate como la que dices ser. Sabes que haciendo eso me desautorizas. ¡ Rayos !… ¿ cómo puedo creerte si te comportas todo el tiempo como una chiquilina ?…

Elizabeth bajó la cabeza. Ella se divertía, pero él parecía no participar en esa diversión…, al menos por ahora. Elizabeth se volvió a él.

Tienes razón. ¿ Me disculpas ?…- el rostro de Elizabeth reflejaba verdadero arrepentimiento.

Daniel asintió en silencio.

Llegaron a la puerta del despacho e iban a ingresar en él; Elizabeth titubeó y le hizo señas a Dan para hablar aparte. Dan se acercó. “ ¿ Y ahora qué ?… ”

¿ Qué ocurre ? – preguntó.

Ese es mi despacho, pero…  Elizabeth parecía dudar en decírselo.  Si tus técnicos quieren trabajar hay una terminal más amplia, esa habitación es mi despacho, aunque mis oficinas ocupan todos los pisos que restan hacia arriba. Creo que sería más conveniente si vamos allá.

Daniel asintió, estaban empezando a entenderse.

Está bien, me parece una buena idea;  luego se volvió a los demás ella dice que hay una sala de terminales, va a conducirnos hasta allí.

Luego giró y le dio instrucciones a Karl por lo bajo.

Deja un par de hombres acá, luego ve delante con tu gente por donde ella lo indique. No quiero trucos.

Karl se volvió y dio ordenes a sus hombres, todo estaría bajo control. Daniel les indicó que continuaran. Subieron unas escaleras, Elizabeth activó un par de claves. Silvestre la observaba desde atrás…, en verdad funcionaban; las puertas se abrieron y el sitio que vio ante sí era su paraíso personal.

Había varias pantallas gigantes y traslúcidas para monitoreo general que colgaban del techo; la habitación era circular con terminales diseminadas prolijamente en forma radial, al frente había una terminal que debía ser la principal, una placa negra parecía confirmarlo. En el centro quedaba un espacio vacío.

Ésta es la sala de terminales  les explicó Elizabeth -. Pertenece a uno de los sectores de directivos. En cada sector similar, en cada edificio de “ Parque ”, se encuentra una así, sólo los directivos tenemos acceso a ella. Fueron creadas para nuestra comodidad o para casos de emergencias.

Mientras escuchaban la explicación de Elizabeth se dispersaron por el lugar revisándolo todo, allí no había una sola mota de polvo.

Daniel caminaba despacio por el lugar y se detuvo junto a la terminal principal, puso sus manos en los bolsillo esperando. Él no quería un recorrido turístico, quería demostraciones. De pronto las vio: tres cámaras que apenas sobresalían del piso y apuntaban al espacio vacío en el centro de la habitación.

¿ Qué es eso ?… – no pudo evitar preguntar Dan, siempre se había sentido un apasionado por el cine.

Elizabeth se acercó a su lado.

Proyectan y crean imágenes holográficas  le explicó.

¡ De fábula ! …  exclamó Silvestre detrás de ellos y acomodó sus anteojos para verlas mejor.

Daniel volteó un instante a mirarlo, luego giró hacia Elizabeth, estaba esperándola. El momento había llegado. Si pudiera decirle lo difícil que le volvería las cosa si lo que decía era cierto, pero suspiró. Ni siquiera buscó apoyo en Karl, ya daba lo mismo.

– Adelante – le indicó a Elizabeth con un movimiento de cabeza, sin siquiera mirarla.

Elizabeth comprendía que estuviese en desacuerdo con ella pues era el que tenía que dudar de todo, lo que no comprendía era la hostilidad que percibía en él. Siempre había sido buena para sentir y entender, pero esta vez estaba desconcertada. Asintió, quizás era algún problema personal, de todos modos ella no podía hacer nada.

Acercó su mano a la placa negra y la apoyó. Todos estaban pendientes de sus gestos. Las pantallas se encendieron y comenzaron a llenarse de números, Elizabeth ordenó: “ Reconocimiento ”.

Las cámaras se activaron. Ante ellos, flotando en el espacio vacío, comenzó a formarse una cadena de ADN, a su lado se formó otra; ambas se superpusieron…, coincidían con exactitud. Junto a ellas apareció la última imagen actualizada de Elizabeth, el tiempo transcurrido había desaparecido.

Daniel no sacó sus manos de los bolsillos. Bajó la vista un instante, luego levantó su rostro, otra vez todas las miradas estaban fijas en él. Giró hacia Elizabeth quien lo miraba esperando, Dan apenas asintió.

Okey, eres Elizabeth. – Se volvió hacia los demás y comenzó a darles órdenes .  Ahora cada uno a una terminal. ¡ Vamos !…, es como en las prácticas. ¡ Vamos, chicos !…, ustedes pueden hacerlo. Quiero informes de todas las áreas en veinte minutos. …Y revisen el sistema, no quiero trucos.

Elizabeth no podía creerlo: “ Okey, eres Elizabeth ”… ¿ Sólo eso ? ¿ Había vuelto solamente para eso ?…

Karl se acercó despacio a ella.

Bienvenida  le murmuró por detrás y le guiñó un ojo.

Elizabeth le sonrió. “ Gracias ”.

Daniel se dirigía a las puertas sin sacar las manos de los bolsillos.

Estaré esperando sus informes abajo, en el despacho.

Un momento  lo detuvo Elizabeth sin moverse de su sitio -. Hicimos un trato, de igual a igual. ¿ Recuerdas ?…  No eres el único que ordenas, amor.

Todos callaron esperando la violenta respuesta.

Daniel tomó aire. No podría hacerla desaparecer… Sí, era cierto, habían hecho un trato.

Está bien  dijo por fin . De igual a igual…, estaré abajo.

Diciendo esto salió de la habitación.

Los técnicos se volvieron hacia Elizabeth y le sonrieron, se sentían orgullosos de poder trabajar junto a ella. Era uno de los fundadores, quienes habían desaparecido mucho tiempo antes que muchos de ellos nacieran, toda una leyenda !… No cualquiera podía ufanarse de haber trabajado a su lado y menos a la edad de ellos.

Daniel estaba sentado en el sillón de Elizabeth jugando con la otra lapicera del juego. Cuando ella entró fingió no darse cuenta.

Elizabeth ocupó suavemente uno de los sillones del otro lado del escritorio.

– Daniel…

Él pareció no oírla.

Daniel…  insistió ella -… ¿ o puedo llamarte Dan ?

Levantó la vista hacia ella, se reacomodó en el sillón e hizo como que iba a escucharla.

Parecía que iba a ser difícil tratar con él, precisamente por eso ella estaba allí.

Escúchame,  continuó ella  no me importa demasiado como llamarte, pero te explicaré algo. Toda mi vida he trabajado en grupo, sé muy bien lo que es. Cuando llegué a “ Parque ” fue como pertenecer a una gran familia de miles de personas, todos éramos uno. No sé qué te ocurre, pero dudo que esto funcione si tú y yo no funcionamos juntos.

Daniel la observaba atentamente. Su rostro, su cabello, sus ojos, los labios moviéndose y pronunciando palabras que él apenas escuchaba.

Elizabeth sabía cómo tratarlo: exactamente distinto de cómo la trataba él, no como a un perfecto desconocido, sino como si se conocieran de toda la vida, como si fueran de la misma familia.

Se incorporó y rodeó el escritorio, se detuvo junto a él y se arrodilló a su lado. Apoyó suavemente sus manos en las de él.

Daniel se estremeció, no estaba preparado para ese contacto. Miró a Elizabeth, no la dejaría entrar, no pasaría sus barreras. Debía resistir.

Dímelo,  le pidió ella … ¿ qué te ocurre ?, ¿ qué tienes conmigo ?…

Daniel lo sentía queriendo salir por su garganta, si tan sólo lo pudiera decir… Por fin, dijo la verdad:

No tengo nada contigo. Ése es el problema.

Elizabeth sonrió.

Yo tampoco tengo nada contigo, lo importante no es lo que no hayamos tenido, sino lo que hagamos de ahora en más.

No entendía demasiado qué trataba de decirle él, pero sabía que las cosas solamente se pueden cambiar a partir del presente.

Daniel lo pensó un instante. Ella tenía razón… ¡al diablo el pasado !… Le había dado vueltas y vueltas y no le había podido encontrar solución. “ Recuperar el tiempo perdido”… ¡ ridículo !…, había desechado esa frase. Ante él se presentaba una vivencia extraña y única, si la mantenía enredada con el pasado nunca podría vivirla plenamente. Sonrió. “ Está bien, sólo lo que pienses y sientas de ahora en más, sin cuestionamientos antiguos ”.

Acepto,  le respondió a Elizabeth y apoyó su mano sobre las de ella  como si el pasado no existiese.

Elizabeth asintió.

Como si el pasado no existiese. – Luego agregó mirando hacia la puerta : Me muero por un café… ¿ Tú no ?…

Daniel rió.

Sí, llama a un guardia y por favor pídele que traiga… ¡¡¡ y bastante !!!… Creo que todos vamos a necesitarlo.

Elizabeth se incorporó y fue hasta la puerta, llamó a un guardia y le pidió que trajera café, éste dudó un instante y miró a Dan, quien asintió con la cabeza, autorizándola. El guardia giró y se marchó.

Elizabeth de pronto se volvió como si recordara algo y le gritó desde la puerta:

…¡¡¡ Y usa los ascensores !!!

Luego se volvió hacia Daniel, tenían muchas cosas de qué hablar.

Estaban por el tercer café cuando los técnicos entraron. Daniel arqueó una ceja.

Había dicho veinte minutos…

Los técnicos se miraron unas a otros. Lo sabían, pero…

Silvestre se adelantó.

Es que revisamos varias veces los datos, yo personalmente controlé el funcionamiento de los sistemas… Hasta traté de ponerle trampas y nada.

Daniel quería respuestas concretas.

¿ Eso qué quiere decir ?

…Que los sistemas funcionan a la perfección.

¿ Y ?…  no entendía por qué daba tantas vueltas.

Bueno…,  Silvestre titubeó y miró a los demás, luego continuó … los datos son correctos: “ Parque ” está listo para “ Inauguración ”.

Elizabeth tomó aire y miró a Dan, quien volvió a insistir.

– ¿ Cuál es el parte de cada área ?

Cada uno de los técnicos habló por turno.

Todo normal.

Está okey.

Los generadores funcionan.

Vida vegetal estable.

Vida animal estable, con una normal tendencia a aumento de población.

Elizabeth los interrumpió.

– ¿ Y el personal ?…

Silvestre guardó las manos en los bolsillos, no les gustaría lo que iban a oír.

Todos en su sitio, listos para “ Inauguración ”.

Elizabeth cerró los ojos, un callejón sin salida. Daniel miró a su equipo, por fin habló:

Está bien, pueden retirarse. Dejen sus informes, en la sala de la derecha encontrarán café y algo para comer.  Luego agregó : Tú no Karl, quédate.

Los otros se retiraron, Karl se acercó al escritorio. Parecía que Dan y Elizabeth habían hecho las paces.

Daniel les indicó con la cabeza el grupo de sillones, allí estarían más cómodos. Los tres fueron hasta ellos y se sentaron. Elizabeth buscó algunos bocadillos y tres tazas de café, le alcanzó una a Karl. Este se la agradeció con un gruñido amistoso.

Daniel fue el primero en hablar.

Bien, parece que ésa es la situación: “ Parque ” listo para “ Inauguración”.  Negó frustradamente con la cabeza . Es absurdo.

– ¿ Eso es lo que piensas ?  le preguntó Elizabeth.

– Sí,  dijo Dan tratando de explicarse  no tiene lógica, hay algo en todo esto que no cierra.

Karl pensaba en voz alta.

Es como si nada hubiese pasado, como si todo estuviese detenido en el instante anterior a la inauguración.

Elizabeth los miró, ella ya había tomado su decisión.

Solamente nos queda algo por hacer – dijo.

¿ Qué ?  la interrogó Dan entre dos sorbos de café.

Entrar.

Dan casi se atraganta con la bebida, Karl no la podía tragar.

¡¡¡¡¿¿¿ Entrar ???!!!!…  Daniel no comprendía . Debemos informarle a la Junta los resultados que obtuvimos y…

– “ Parque ” no depende de la Junta  acotó Elizabeth mientras bebía tranquila de su taza.

Daniel trataría de explicarle.

En tanto tiempo las cosas han cambiado y…

Elizabeth lo interrumpió tajante:

Supongo que las medidas de emergencia se tomaron sobre la base de los reglamentos orgánicos entre “ Parque ” y la Junta. ¿ Verdad ? En ellos dice que al no haber directivos ni personal alguno que pueda hacerse cargo de “ Parque ” lo hará la Junta. La Junta se basó en eso para crear tu Instituto, por la tanto sigue respetando los convenios. Ahora bien, la Junta pudo tomar decisiones bajo un supuesto “ estado de emergencia ”, pero en ellas no participó ningún directivo de “ Parque ”, por lo tanto para nosotros resultan nulas. Es la primera ley de “ Parque ”: “ Sólo “ Parque ” podrá tomar decisiones sobre todo aquello que compete a su desarrollo, crecimiento, mantenimiento y seguridad. ” …Nadie más. Bueno, mientras no hubiese autoridad, la Junta pudo haber “colaborado”, pero ahora ya no. Estaría faltando a los convenios.

Daniel comprendía: se anulaban todas las reglamentaciones de emergencia creadas por la Junta y se volvía a los reglamentos originales. Eso era cierto y automático, no había que consultarlo a la Junta, a lo sumo informárselo.

“ Parque ” tiene ahora su autoridad competente, tú eres esa autoridad… ¿Verdad ?…

Elizabeth asintió suavemente pues no sabía muy bien cómo iba a tomarlo. Sin embargo Daniel continuó:

Esa quiere decir que el “ Instituto de Investigaciones ” se disuelve y pasaría a formar parte de “ Parque ”, será él quien tome las decisiones, realice las investigaciones e informe al público.

Elizabeth volvió a asentir, sonaba a que no lo iba a aceptar.

Daniel miró su humeante taza de café. Estaba bueno, cargado, como solía gustarle. Miró un instante a Karl y se volvió a Elizabeth.

Está bien. Tienes razón, el procedimiento es el correcto, ahora la que da las órdenes eres tú.

Apoyó la taza en la mesa y esperó.

Karl iba a decir algo cuando Elizabeth lo interrumpió.

Daniel, no es tan así… Los que tomaremos las decisiones somos los tres. Yo entraré porque necesito hacerlo, pero tú decidirás si tu gente lo hace o no. Yo soy responsable por mi personal y por eso quiero entrar, pero tú y él lo son del suyo. Mi decisión es entrar… – y luego agregó, remedando un para ellos desconocido gesto de George,  …y ¡ al diablo con la Junta !

Daniel había vivido desde pequeño con la sombra de la Junta sobre su cabeza. Ellos decidieron qué hacer con su familia, con él, con sus estudios. Lo habían presionado todo el tiempo que estuvo allí…, habían condicionado su vida. Esas palabras le sonaban a música celestial.

Para Karl el motivo era otro. La realidad era que en el mundo los habitantes de la “ Nueva América ”, luego de la catástrofe de la “ Inauguración ”, habían pasado a ser ciudadanos de segunda. Eso que estaba escuchando le sonaba a un manifiesto de independencia, al igual que lo tomaría cualquier habitante de ese lugar.

Dan y Karl se miraron entre sí, luego voltearon hacia Elizabeth. Dan tomó su taza de café y la elevó por encima de sus cabezas proponiendo un brindis.

Karl y Elizabeth hicieron lo mismo con las suyas.

Daniel habló.

Bien, ahora formamos parte de “ Parque ”  y chocando las tazas agregó -…y ¡ al diablo con la Junta !

Daniel tenía reunidos ante sí a la cumbre de su gente pues debía hablarles e informarlos.

Bien, ustedes ya conocen la situación. Aparentemente “ Parque ” no ha sufrido alteración alguna, sin embargo no podemos dudar de que algo ha ocurrido. Desde su fallida “ Inauguración ”, todos hemos visto los cambios que ha sufrido el mundo y ahora Elizabeth  con un gesto la señaló es la prueba de que algo está mal, de que algo sí ha ocurrido. No podemos tomar lo que recuerda Elizabeth como real debido a que el sistema lo desmiente y éste parece funcionar a la perfección. Sin embargo lo que dice computador no es lógico…,  y adelantándose a la protesta de Silvestre, agregó aunque parezca correcto. No tenemos suficientes datos e información para emitir posibilidades, mucho menos, una opinión. Eso por un lado, lo que iba ha decirles les caería como una bomba por otro… estuvimos revisando los reglamentos de emergencia y las cartas orgánicas entre la Junta y “ Parque ”. Encontramos que si existe una autoridad competente en “ Parque ”, la Junta de Naciones no tiene más jurisdicción en este territorio. Nosotros, que representamos la autoridad actual en el lugar, pasaríamos a depender de la “autoridad competente” del mismo.

Daniel acomodó las manos en los bolsillos, todos lo miraban entre sorprendidos y desconcertados. Continuó:

Debido a dichos acuerdos ya no obedecemos órdenes de la Junta. Al existir Elizabeth Del Río y encontrarse en el pleno dominio de sus capacidades físicas y mentales, el Instituto de Investigaciones de “ Parque ” pasa automáticamente a depender  de “ Parque ” con Elizabeth Del Río como su máxima autoridad. Yo, como la autoridad a cargo hasta el momento y representante calificado de la Junta, he decidido que se cumplan los estatutos y acuerdos y lo que estos indican. Nicolás, quiero que hagas un comunicado explicando e informando sobre estas decisiones para ser enviado a la Junta de Naciones y a los organismos de prensa y difusión. Tenlo preparado, pero espera mi orden para mandarlo. Creo que nuestro directivo desea informarnos de algo.

Daniel se volvió a Elizabeth, ahora ella tomaría la palabra.

Sé que esto los debe tomar por sorpresa, pero también creo que si es inesperado no es lo que más debe preocuparnos. He tomado la decisión de ingresar a “Parque”. Debido a la falta de información y datos constatables, ingresaré para investigar y estudiar la situación actual. No podemos seguir más tiempo sin saber qué ocurrió, hay que encontrar respuestas. Les repito: yo voy a entrar, pero en las circunstancias actuales no quiero tomar decisiones por ustedes. No sé a qué riesgos nos enfrentaremos allí dentro. Calculo que por lo menos necesitaríamos sesenta personas para ingresar, entre técnicos y personal de seguridad. Actualmente sólo contamos con tres personas, ya que el directivo que estuvo hasta el momento, el jefe de seguridad y yo estaremos a cargo de la operación. Sé que ustedes son el mejor personal que podría encontrar; si deciden venir, bienvenidos…, si eligen quedarse, los entenderé.

Los once técnicos y especialistas cruzaron apenas unas miradas.

Silvestre habló en representación de todos:

Cuenta con nosotros. Nos encantaría ser los primeros en entrar a “ Parque ”, para eso nos hemos preparado toda la vida.

Elizabeth sonrió.

Gracias. – Luego les recordó : Necesitaremos más personal…

Nicolás se adelantó.

No creo que haya problemas, reuniremos un grupo.

Elizabeth le aclaró.

Recuerden: voluntarios. No quiero obligar a ninguno.

Todos asintieron, no habría problemas.

Daniel retomó la palabra.

Bien, preparen todo. Lo quiero todo listo a las cinco. ¿ Escucharon ? “A las cinco”. Nicolás, ten eso preparado, por ahora difunde que estamos llegando a conclusiones importantes, sólo eso, quiero tener todo listo antes de que se enteren. Les recomiendo, señores, que sus segundos en las secciones no participen como voluntarios, necesitamos que afuera quede personal capaz y con autoridad suficiente por cualquier emergencia. Karl, tú ya sabes qué tienes que hacer.

Después que todos se marcharon, Daniel se volvió a Elizabeth.

Bien, ¿ qué quieres hacer ahora ?  le preguntó.

– Me gustaría bañarme y comer algo. Me parece que desde hace años solamente tomo café.

Ambos rieron y salieron tomados del brazo.

Antes de las cinco comenzaron a reunirse en el despacho de Daniel, pero allí seguramente no entrarían las sesenta personas. Decidieron aislar un sector de oficinas y reunirse en ese lugar.

Elizabeth se acercó a Daniel para hablar con él pues había estado pensando que, antes de marcharse, quería solucionar algunos asuntos personales.

Dan,  lo llamó aparte  quiero que me informes de un par de cosas. ¿ La búsqueda de Bob ?…

La suspendí  le contestó Daniel. Sabía que no tenía sentido seguir buscándolo.

¿ Y la familia Del Río…

Dan la interrumpió, ese tema debían tocarlo tarde o temprano.

Supongo que querrás levantar su aislamiento al igual que a las otras dos familias.

No,  le respondió Elizabeth  aún no, sólo avísale a mi madre que estoy bien.

Su abuela ya estaba al tanto de casi todo.

Ya lo hice, no quería que siguiese preocupada.

Gracias.

Cuando Daniel abandonaba esa postura tan rígida, se volvía un hombre sensible y considerado.

¿ Eso es todo ?  preguntó Daniel un tanto extrañado.

Sabía que aún faltaba algo más.

Debería decir que no…,  Elizabeth cerró un instante los ojos y luego los abrió, mirándolo, -… pero aún no quiero enterarme de todo.

Daniel asintió, él tampoco quería que se enterase aún.

Vayamos con los demás  le sugirió y tomándola del brazo la condujo hasta el centro de la reunión.

A las cinco en punto estaban todos, Daniel fue quien tomó primero la palabra.

Antes que nada quiero presentarles a quienes no la conocen a Elizabeth Del Río, directiva de “ Parque ” y actual directivo nuestro. Para aquellos que no están informados o aún puedan albergar dudas reitero: ya no dependemos de la Junta de Naciones, ahora respondemos a “ Parque ”. Bueno, como sabrán debido a la carencia de información hemos decidido ingresar al interior de “ Parque ”. Probablemente se pregunten cómo… Por algún motivo que desconocemos, y debemos averiguar, los sistemas y el suministro eléctrico responden a los requerimientos de Elizabeth Del Río. ( Muchos se miraron desconcertados…, eso resultaba increíble ).  Aprovechando esta “ facilidad ” decidimos formar este grupo e ingresar para averiguar qué ocurrió allí y cuáles son las verdaderas condiciones actuales. Esto es algo importante: debemos estar totalmente familiarizados con los equipos y sistemas de “ Parque ” así como con su organización y funcionamiento… ¿Creen que podrán hacerlo ?

Todos dudaron un instante y conversaron en voz baja entre sí, por fin Silvestre se adelantó.

En teoría, sí.  Esperó un instante por si alguien opinaba diferente, luego agregó con una sonrisa traviesa : Aunque no deben exigirnos demasiada experiencia.

Todos rieron. Daniel los observaba, empezaban a funcionar como un equipo; le respondió:

Bien, seguramente no encontraré nada mejor en el mercado. Compro.

Se estaba empezando a divertir. Más allá de los nervios por lo que harían, estaban juntos y tenían algo que hacer. Algo por lo que habían esperado tanto tiempo. Un sentimiento único y colectivo los embargaba.

Karl levantó una mano. Tenían que ordenarse.

Sí, Karl…  dijo Dan.

Todos estamos listos y el equipo preparado… ¿ Por dónde empezamos ?

Daniel giró hacia Elizabeth quien tomó la palabra.

Debemos buscar una entrada. “ Hall de Recepción ” está demasiado poblado y cercano a la ciudad. Tampoco he podido hallar un lugar de acceso desde los pasillos del subsuelo. Creo que el lugar más viable es lo que ustedes llaman el “Centro de Recreación”.

Me parece bien  asintió Daniel mirando a Karl.

Este también asintió, era mucho más alejado y más fácil de aislar.

Bien,  dijo Karl  supongo que debemos organizar el operativo de seguridad y preparar el traslado hasta allí. Tendré todo listo en media hora,  y agregó volviéndose a Daniel y a Elizabeth por supuesto si la intención es que entremos hoy.

Daniel asintió silencioso. Cuanto antes, mejor. Debían moverse mucha más rápido que la Junta y tratar de obtener respuestas lo antes posible.

Lo haremos hoy,  confirmó Daniel no podemos dejar pasar más tiempo.

El resto apenas movió sus cabezas asintiendo, más para sí que para los demás. Era tan rápido…, no tendrían tiempo de despedirse ni de hacer esos “ arreglos ” pensando en el eterno “ por las dudas ”. Elizabeth sentía que la historia se repetía en parte, otra vez sin adioses ni despedidas. Ella haría todo la posible para que esta vez fuese distinto.

Nicolás se acercó a Daniel.

¿ El comunicado… ?

Daniel asintió.

Sácalo ahora, así no podrán decir que ocultamos información.

Nicolás le advirtió:

Los tendrás vigilando las entradas.

Está bien,  le respondió Daniel  Karl puede con ellos.

Nicolás rió corrigiéndolo.

Karl puede con cualquiera.

Daniel giró a mirar a Elizabeth con una sonrisa.

El traslado fue rápido. La ciudad apenas se había conmovido por las noticias, cuando ellos ya estaban camino al sitio de entrada. Actuaban sin darle al mundo tiempo de reaccionar. No debían permitirlo, ese no era momento para detenerse a pensar, las ideas podían llegar a ser contradictorias; debían buscar más datos, respuestas reales y tangibles. Eso es lo que harían.

Muchos habitantes se sorprendían al ver pasar los vehículos en dirección a “Pared”, mientras que otros recién informados hacían conjeturas. El operativo de Karl era perfecto, el único ( y para nada menospreciable inconveniente ) era la prensa. Podía llegar a ser tan rápida como ellos.

La entrada a la zona de recreación estaba totalmente acordonada, los vehículos llegaron sin problemas hasta ella. A unos cuantos metros, una cadena humana de agentes impedían que un grupo de personas se acercara. Se escuchaban las voces de protestas y de vez en cuando se disparaban algunos flashes.

Se detuvieron en la entrada de la zona de recreación, descendieron y comenzaron  a bajar el equipo que llevarían pues no podían ingresar con los vehículos. Un coro de preguntas se disparó desde la pequeña multitud, se escuchaban muchas voces mezcladas.

… ¿ Es un acto de anarquía ?… ¿ Cómo se encuentra Elizabeth Del Río ?… ¿ Qué respuesta han recibido de la Junta ?… ¿ Consideran a la opinión pública en estas decisiones ?… ¿ Bajo qué cargo continúa actuando, Sr. Scott ?… ¿ La Junta es partícipe en esta decisión ?… ¿ Qué esperan encontrar ?…  ¿ Tienen alguna información sobre qué ocurrió ?… ¿ Por qué no se comunicó en tantos años ?… ¿ Cómo conseguirán entrar ?…

Continuaron bajando los equipos y acomodándolos lo más rápido posible, tratando de ignorar el bombardeo de incógnitas que escuchaban a sus espaldas, muy similar al que llevaban en su interior.

Una pregunta detonó en los oídos de Elizabeth.

… ¿ Especula La Junta con la posibilidad de desmantelar “ Parque ” ?

Elizabeth se detuvo. Se sentía fresca, lista para enfrentarse a lo que pudiera encontrar allí dentro y preparada para lo que hubiese afuera. Giró y, antes que Daniel pudiera detenerla, caminó decidida hacía los periodistas. Se cercioró de que todos los presentes pudieran verla y oírla. Los reporteros y fotógrafos callaron, percibían que el momento era histórico.

Elizabeth les lanzó una dura mirada para hablarles con voy potente, pero sin gritar.

Escúchenme y escúchenme bien. Si el mundo llega a hacer un solo juicio prematuro sobre “ Parque ”, si cometen una sola injusticia con él, si tocan una sola de sus construcciones, de sus animales… o, aunque sea, una sola brizna de pasto… no me importa si tengo que regresar de mi tumba, pero se las verán conmigo.

Sin decirles más ni darles tiempo ha hablar, Elizabeth giró y se alejó de ellos dejando a sus espaldas un helado silencio. Karl la esperaba a unos metros, la tomó de un brazo y la llevó hasta el grupo. Ya estaban listos.

Los periodistas tardaron un poco, pero por fin reaccionaron, volviendo a la carga con sus preguntas y el relampaguear de los flashes. Si querían registrar la historia que esperasen, ellos ya les darían  qué contar.

Daniel se le acercó suavemente.

Bonito discurso de despedida…

Elizabeth se relajó al oírlo, alejando un resto de furia.

Creo que se los debíamos.

En pocos minutos llegaron hasta los propios muros de “ Pared ”, Daniel y Karl dieron las últimas indicaciones al personal que dejaban a cargo. Todas las entradas permanecerían aisladas, sin importar su tipo o característica, aún aquellos lugares en los subsuelos que pudieran considerarse un acceso. Todos los edificios de “ Pared ”  estarían bajo permanente observación. Antes de partir Dan había dado instrucciones e informado de la situación a las demás sedes del Instituto en las seis restantes ciudades “ Puerta ”, poniéndolos al tanto de las decisiones que se habían tomado, del grupo que iba a ingresar y del extraño fenómeno de Elizabeth Del Río. No tuvieron inconvenientes con las demás representaciones del Instituto, en parte porque todas estaban bajo las órdenes de Daniel y en parte por el deseo de independencia que reinaba entre los habitantes de la nueva América. Siempre se habían considerado más un organismo de investigación que un representante del poder de la Junta y ahora parecía que por fin obtendrían algo… Y en más de un sentido.

Karl se reunió con Dan.

Todo listo  le informó.

Yo también  asintió Dan.

Se acercaron a Elizabeth.

Ahora es tu turno  le indicó a ella.

Elizabeth se acercó al panel. Le resultaba increíble que esa misma mañana ella hubiese estado allí. Elizabeth lo activó e ingresó un código, en unos minutos más los paneles volverían a cerrarse y se activarían los campos internos. Ese era su as, no permitiría que alguien entrase sin su permiso. No destruirían a “ Parque ”, no tenían derecho alguno sobre la vida que allí se atesoraba.

¡ Rápido !…  les ordenó Elizabeth.

Los otros obedecieron sin pensarlo. Llevaban equipos portátiles de supervivencia y los pocos instrumentos de medición a los que podían tener acceso. Cuando todos habían entrado comenzaron a caminar por el amplio pasillo, luego de andar un trecho por él escucharon que las puertas que comenzaban a cerrarse.

Se miraron un instante desconcertados. Karl y sus hombres iban a empezar a correr cuando Elizabeth les habló sin detenerse ni mirar hacia atrás.

Sólo nosotros. O somos las primeros o somos los últimos.

El grupo quedó estático, al golpe de las puertas al cerrarse siguió el silencio. Luego del shock inicial, comenzaron a seguirla, no tenía demasiado sentido discutir, el quedarse dentro era uno de los riesgos que corrían. Además, todo se definiría en poco tiempo.

Karl fue el primero en darse cuenta.

No hay personal…

Volvieron a mirar en derredor, aquel sitio parecía completamente vacío. Todo se hallaba impecable y limpio, el piso pulido los reflejaba en un casi perfecto espejo.

– La luz se acabará pronto  dijo alguien mirando al lejano techo traslúcido por el cual entraba la luz mortecina de la tarde.

Daniel se unió a Elizabeth.

¿ Adónde vamos ?  le preguntó.

Elizabeth se volvió a ellos sin dejar de caminar. Lo había olvidado, nunca habían estado en “ Parque ” y desconocían las instalaciones internas.

Bueno,  dijo en voz alta para que todos pudieran oírla – les explicaré un poco. “Parque” no permite ni autoriza la relación entre los visitantes y los especímenes preservados. Todas las experiencias de relación se tienen desde los hoteles o los trenes aéreos. Estos últimos son el medio de transporte de los visitantes. El personal puede trasladarse por los pasillos subterráneos, por los trenes que tienen destinados o, en caso de control de los territorios, en pequeños vehículos mimetizables. Para llegar lo más rápido posible a “ Torre Central ” tenemos que tomar uno de esos trenes aéreos. Eso si encuentro uno directo, cosa que dudo pues deben estar preparados con los recorridos de visita planificados para la inauguración. Si encuentro uno directo tardaremos de seis a siete horas en llegar a nuestro destino, si no tardaremos más.

– ¿ No puedes alterar los recorridos ?  preguntó Silvestre.

– No desde la unidad  contestó Elizabeth . Sólo se puede hacer desde “ Torre Central ” o desde los puestos de “ Tránsito ”.

Ahh…  dijo Silvestre. Él cambiaría ese sistema… Bueno, en el caso de que “Parque” funcionase y él siguiese trabajando con ellos, claro.

– ¿ Tendremos que caminar mucho?  preguntó Carla.

– Si encuentro los vehículos de traslado, no. Normalmente están esperando en las entradas y sólo tienes que seguir las indicaciones, pero este sitio parece deshabitado.

A medida que ingresaban a “ Pared ” comenzaban a callar y a observar lo que los rodeaba. Una ciudad magnífica y ordenada se extendía ante ellos. Todo se hallaba diagramado en un solo edificio como dentro de un prisma gigantesco, pero si bien exteriormente parecía eso, interiormente se dividía en niveles y sectores, con galerías, paseos, balcones y terrazas. El  interior no se hallaba dividido en celdas, sino en un juego de huecos y formas de gran dinamismo y con amplios espacios con lo cual la sensación de encierro era inexistente. Sólo el techado traslúcido, elevado a un par de centenares de metros y visible cada tanto, les recordaba que no se hallaban en el exterior. El lugar estaba en perfectas condiciones como si algo o alguien se hubiera ocupado de mantenerlo así a lo largo de los años, aún corría el agua en las fuentes y allí… ¡ había peces !

Carla casi se cae dentro del estanque al tratar de tocar uno.

Elizabeth la contuvo.

Obsérvalos, pero no los molestes. Ellos deben hacer su vida y nosotros la nuestra.

Carla asintió.

Lo siento…

Está bien,  le sonrió Elizabeth – no hay cuidado. Yo la primera vez sí me caí.

Daniel frunció el ceño. La edificación se veía intacta e impecable, había animales vivos, pero ni rastros de seres humanos. Nada que los recordara: no había ropa ni objetos personales. Nada, sólo la edificación y las instalaciones de “ Pared ”. Resultaba difícil creer que hubiese estado habitado alguna vez. Y era cierto, parecía listo para inaugurarse como repetía el computador. Daniel le hizo probar a Elizabeth un par de sistemas, en eso también coincidía: los sistemas funcionaban. Pero el computador no acertaba en todo: faltaba el personal.

Llegaron al sector de estacionamiento de los carros, todos estaban en sus lugares prolijamente ordenados. Podían trasladar hasta seis personas con su equipaje así que se distribuyeron y cargaran el equipo. Elizabeth les dio indicaciones de cómo manejarlos, era sencillo: sólo acelerar y frenar. Al principio les costó un poco pues los vehículos no eran muy comunes en “ Ciudad ”, pero pudieron hacerlo. Los pasillos eran amplios y estaban desiertos…, ideales para correr algunas carreras.

Ante sus expresiones de sorpresa, Elizabeth les explicó que era habitual que así lo hicieran, por supuesto tenían sus propias reglamentaciones y códigos para evitar  accidentes. Durante años George había mantenido su título de campeón y era conocido por sus maniobras inesperadas. Se había retirado  de la “ actividad ” en la cúspide de su actuación. El que lo había seguido como “ número uno ” era un chico del área de mantenimiento del tercer subsuelo, en la zona “ G ” de “ Ciudad Puerta Cuatro ”, Enrique Robles, pero le decían “ El flaco ”. Comentaban que era todo un experto en las curvas.

Los demás escuchaban fascinados las historias como niños ante su abuela. Al verlos tan entusiasmados Elizabeth les propuso una carrera. Sería sencillo, para llegar adonde iban tan sólo tenían que seguir las flechas azules. Aceptaron de buena gana, debía ser algo muy emocionante jugar una carrera.

Dan no puso objeción, pensaba que era mejor que se relajasen, no creía que las horas venideras fuesen fáciles. Además, cuanto antes llegasen, mejor.

Elizabeth le ofreció conducir a Dan. Al principio él se negó, pero tanto le insistieron que accedió. Era divertido y Dan resultó un excelente piloto, con mucha facilidad le sacó a los demás una amplia ventaja. Iban riéndose de su última maniobra cuando Elizabeth lo detuvo con un gesto de su mano.

Estamos llegando  le advirtió. Éste les hizo señas a los demás para que disminuyeran la velocidad.

Elizabeth le indicó a Dan una desviación, los demás los siguieron. Luego entraron a una serie de pasillos que desembocaban en un sitio semejante a una terminal de trenes, aunque de aspecto subterráneo. Se podían ver las formaciones esperando en los andenes, les llamó la atención que cada vía en vez de conducir al exterior, lo hacía a un túnel.

Bien, llegamos  dijo Elizabeth saltando de su carrito -. Ahora debemos ver cuál tiene un recorrido que nos lleve.

Elizabeth se iba a dirigir a una terminal, pero Silvestre se le había adelantado y ya estaba consultando una.

Daniel se acercó a Elizabeth y le habló por lo bajo.

No hay problemas de suministro eléctrico y no necesitamos de tu “ dedito mágico ”, acá funciona para todos.

Fue Elizabeth quien ahora frunció el ceño; era cierto: en “ Parque ” todo resultaba normal.

La última luminosidad del crepúsculo ya se marchaba, iban camino a tomar el tren número treinta y seis cuando las luces automáticas se encendieron. Los sistemas seguían dándoles muestras de su funcionamiento.

Al llegar al tren, Elizabeth ingresó su código y las puertas se abrieron, entre todos cargaron el equipo y subieron. Mientras se dirigía a una terminal para dar la orden de salida les explicó que allí podrían encontrar salas de estar, salones comedor, vagones dormitorio, las salas de observación y la de relación empática. Luego, en el viaje, les mostraría todo eso, ahora era mejor que se sentaran pues iban a partir.

Las puertas se cerraron. Desde su terminal Elizabeth ordenó: “ Todos a bordo, podemos partir ”. El tren se encendió por completo, luego arrancó silenciosamente.

Por fin entrarían realmente a “ Parque ”.

Capítulo VII.

Tardaron algún tiempo en salir al exterior.

Pasaran por los campos de cultivos controlados los cuales ocupaban una extensa área. Allí no había luces automáticas y se respetaban los ciclos de día y de noche; aun en la penumbra nocturna se podía observar que se mantenían en perfectas condiciones, como si una mano invisible los cuidara habitualmente. Luego fue la violenta oscuridad de un angosto túnel, después sólo la inmensidad…

Corrieron a las ventanillas para mirar el exterior, aplastando la nariz contra el vidrio como si fueran niños. Ya la gigantesca cúpula de la noche los cubría con su titilar estrellado, la luna alumbraba una pradera que se les presentaba como de otro mundo. No podían ver demasiado, pero lo extenso de la visión les era suficiente. Nada les impedía alcanzar el horizonte con la mirada, el espacio se extendía ante ellos, infinito. El tiempo parecía detenerse, salvo por la intermitencia las estrellas.

Silvestre los interrumpió.

Sería bueno si comiéramos algo…

Algunos asintieran, otros prefirieron no moverse de sus sitios y seguir mirando.

Elizabeth tomó a Karl y a Dan del brazo y los invitó a recorrer el tren.

Aún faltan horas para llegar. Podríamos haberlo hecho más rápido…, pero entonces no sería divertido.

Daniel sonrió, estaba empezando a entender el significado de esa palabra.

La noche resultó larga, aunque placentera. No había demasiado para hacer. Algunos fueron a descansar a los dormitorios, otros no podían dejar de mirar por la ventana aquel eterno paisaje. Un grupo se quedó en la sala de estar comentando lo que estaban viviendo.

Karl estaba solo, sentado en un sillón y bebiendo algo, observaba a Daniel y Elizabeth que conversaban sentados en otro sillón, sin escuchar de qué hablaban.

Daniel se sentía tan bien como nunca lo había estado en su vida. Sentía que con ella podría hablar de todo, que podían estar juntos sin cansarse ni aburrirse.

Elizabeth se sentía un tanto extraña… Ese hombre le despertaba tanta ternura…

Daniel se quedó pensativo un instante, luego le habló sin rodeos.

Hay algo que ibas a preguntarme en la reunión. ¿Quieres que lo hablemos ahora?…

Elizabeth se abrazó un instante… No sabia sí estaba lista.

Es sobre… mi bebé…  rió nerviosa. Sabía que podía confiarle; en tan poco tiempo sentía que podía contar con él. Luego fijó sus ojos en los de Dan . Tengo miedo de encontrarlo. Yo… lo dejé y me fui… y ahora debe ser tan grande… No debe ni acordarse de mí. No me conoce… Quizás, hasta ya soy abuela…

Elizabeth estaba temerosa y dudaba. Era la primera vez que Dan la veía así, ahora era él quién tenía la oportunidad de entrar. Tomó sus manos.

Tranquila…,  le dijo todo estará bien.

Elizabeth pestañeó un poco para verlo…, algo le molestaba en los ojos.

Tú… ¿ sabes…, sabes dónde está ?… ¿ Lo conoces… ?

Daniel palmeó las manos de Elizabeth, tranquilizándola.

– Shhhh… Cálmate. Sí, sé donde está. Él… se crió de grande con la familia de tu marido, está bien.  Luego agregó con una sonrisa … pero aún no eres abuela.

Elizabeth sonrió mientras una lágrima le caí por el rostro. Daniel se la secó con un dedo y agregó.

Además, si tú quieres, cuando volvamos, iremos juntos a conversar con él. No estarás sola, yo estaré contigo.

Elizabeth sonrió aún más. Se soltó las manos y rodeó con sus brazos el cuello de Daniel.

Gracias…  le murmuró al oído.

Daniel la abrazó, sonriendo. Levantó la vista y vio a Karl, observándolo.

“ Lo siento, viejo, pero no puedo decírselo. No por ahora… ”

El tren se detuvo.

Elizabeth se levantó y se dirigió rápida a una terminal. Solicitó información, el resto la aguardaba expectante. La pantalla titiló dándole la respuesta, se relajaron un tanto el ver que ella sonría, luego se volvió a explicarles.

Vengan, no es nada grave. Permaneceremos aquí un rato, luego seguiremos. Quiero mostrarles algo, pero de a grupos…, no más de seis u ocho por vez.

Ella los condujo hasta lo que les había presentado como el “ Vagón de Empatía ”. Era un amplio vagón en casi totalmente vacío, sólo algunos trajes un tanto extraños colgaban de una de sus paredes y junto a ellos se podían observar unas terminales. Entraron. Elizabeth se puso un par de guantes y les indicó a los demás que hicieran lo mismo.

Si nos pusiéramos los traje completos perderíamos mucho tiempo  les explicó.

Karl estaba intrigado.

¿ Qué es lo que ocurrió para detenernos ?

Los sensores detectaron una manada de leones como a un kilómetro de distancia. El tren se detuvo para que los pasajeros pudieran observar, no nos podremos mover hasta dentro de media hora, más o menos. Así que ya que estamos acá no voy a permitir que desperdicien esta oportunidad.

Elizabeth se acercó a la terminal y le dio un par de indicaciones. A su alrededor surgió un paraje de la planicie, como si ellos hubiesen sido transportados instantáneamente al exterior. Estaban allí mismo, debajo de la Luna y con las estrellas sobre sus cabezas, la hierba, a sus pies, allí, los árboles y  a su alrededor, una manada de leones completa, durmiendo. Podían distinguirse las hembras con sus cachorros y un gran macho que yacía a un costado.

Daniel estaba paralizado, Karl giraba en círculos, Silvestre apenas dijo un “¡¡Guauuu!!…”  y Carla no podía cerrar la boca. Elizabeth la llamó.

Ven, tócalos, ellos no se moverán. Ni saben que los observamos, todo es una imagen y lo que sientan lo produce el computador. Toma los datos de los sensores y los reproduce fielmente en los trajes. En caso de que las sensaciones sean peligrosas se desconecta automáticamente.

Carla acariciaba suavemente a los ejemplares. Eran hermosos… Podía sentir los latidos, las costillas que se agitaban con lentitud en la tranquila respiración nocturna. Aquella era una proyección, sin embargo allí abajo esa familia existía y dormían plácidamente en su propio territorio.

Silvestre descubrió los cachorros y lanzó un grito, calló, de pronto, mirando asustado a su alrededor… Podía haberlos despertado, enseguida se dio cuenta de que era imposible. Todos comenzaron a reír.

Karl acariciaba el pasto y los árboles. Daniel estaba fascinado con los animales, con el aire donde se sentía una leve brisa… Con el Espacio.

Silvestre se volvió a Elizabeth.

¿ Si te pones un equipo completo…

Accedes a todas las sensaciones en toda la superficie de tu cuerpo. Volvemos a ser Adán y Eva en el Edén. Por eso la seguridad: nadie querría sentir, aunque sea sólo una sensación, los dientes de estos “ gatitos ”.

Karl tenía otra pregunta.

¿ Qué pasa si nos movemos ?…

Los sensores te siguen al sitio al que vayas. En realidad tú no te moverás, sólo se te reproducirá el entorno como sí estuvieras moviéndote.

Carla no podía dejar de pensar en todo lo que siempre soñó hacer.

¿ Se puede seguir a los peces ?…

Sí, los sensores funcionan en cualquier tipo de medio. Tienen un alcance de hasta diez kilómetros. También se puede seguir a las aves… – Eso la hizo recordar   …a George le gustaba volar con las águilas.

De pronto Elizabeth las vio… Tres surcos nítidos sobre la nariz del macho, tres marcas perfectas iluminadas por la frialdad de la luna.

Daniel suspiró a su lado arrancándola de su turbación. Le costaría irse de allí, pero si querían que todo ese mundo siguiese funcionando, deberían hacerlo.

Bien, dijiste que estaríamos detenidos una medía hora. Es mejor que salgamos así los otros pueden entrar por turnos ya que no podemos hacer otra cosa. Es extraño… estamos disfrutando de un viaje que fue programado hace tanto tiempo, vaya a saber para quiénes.

Dejaron los guantes y salieron. Elizabeth se volvió una vez más antes de marcharse; el macho estiró sus patas y movió sus zarpas soñando quizás con alguna pelea… o con una presa. Elizabeth había llegado a creer que lo que había pasado en el sótano había sido tan sólo un sueño producto de su agotamiento… Es más, hasta lo había olvidado. Ahora ya no sabía qué pensar.

A medida que los demás entraban y salían, las sonrisas parecían fijarse en sus rostros. Luego se acercaban a los cristales de las ventanas y, perdiendo la mirada en el espacio, recordaban…

Retomaron el viaje más o menos en el tiempo previsto.

La computadora les dio la posibilidad de seguir o quedarse… y la tentación era grande. Pero en el exterior había un mundo que esperaba, aunque allí dentro fuese tan difícil acordarse de él.

Karl observaba por la ventana, entre las sombras, en la lejanía, un par de formas le habían llamado la atención: demasiado rectas. Ahora, con la luz del amanecer, se le hacían más curiosas todavía… Llamó a Elizabeth.

¿ Qué es eso ?… ¿ “ Torre Central ” ?…

Elizabeth miró en la dirección que le indicaba y frunció el ceño.

– No, es una de las “ Torre Hotel ”; espero que no vayamos hacia ella o perderemos más tiempo.

Se dirigió hasta la terminal. Sí, efectivamente, había una escala. Elizabeth suspiró, nada podía hacerse.

Silvestre se dirigió a su jefe.

Dan, estuve estudiando un poco los sistemas. Creo que puedo hacer algo.

Daniel miró interrogativamente a Elizabeth. “ Parque ” y sus instalaciones eran su responsabilidad así que ella debería autorizarlo.

Elizabeth había escuchado la propuesta y pensaba. O bien cambiaban el rumbo o bien no lo conseguían cambiar… o bien jamás se moverían. Silvestre esperaba la respuesta.

Elizabeth levantó los brazos en un gesto de resignación.

Está bien, inténtalo.

Silvestre se sentó ante la terminal. Estuvo ingresando órdenes, luego la abrió y desconectó algunos cables e hizo puentes con otros. Volvió al tablero y lo intentó otra vez. La frase fue distinta: “ Designe su recorrido, vías libres ”.

Un grito de satisfacción se escuchó dentro del vagón. Daniel palmeó el hombro el hombro de Silvestre, aunque a este le agradó más el beso de Elizabeth.

Bien,  ordenó Dan – hazlo entonces, lo más rápido y directo a “ Torre Central ”.

Silvestre tecleó, la terminal le respondió obediente: “ Tiempo de arribo: dos horas y treinta y dos minutos ”.

Okey,  asintió Elizabeth  basta de paseos, debemos prepararnos.

Karl dio instrucciones organizando el próximo arribo. Los técnicos esperarían a que primero entrase Karl y su gente, revisasen las instalaciones y así tuviesen una idea de la situación, no podían decidir mucho más hasta no saber con qué se encontrarían. Seguían sin tener la información suficiente. Ni siquiera podían asegurar que existiesen las instalaciones hasta por lo menos verlas, aunque, por lo que habían visto, todo se mantenía intacto.

Si bien no ingresaron a la “ Torre Hotel ”, pasaron lo suficientemente cerca como para verla. Era una gigantesca reproducción del Big Ben con todos sus adornos y detalles, inclusive el reloj. Todo en el aspecto exterior era exactamente igual, pero con una superficie de base de dos mil quinientos metros cuadrados y una altura superior a los seiscientos metros. Podía llegar a albergar a más de setenta mil personas. Más adelante, en su recorrido, observaron a lo lejos un tótem gigantesco.

Elizabeth recordaba.

Cada hotel es una reproducción de un monumento de algún período de nuestra civilización. Ese chico, Godo Saint Saëns, estaba realmente loco. Bueno…, él, Yasua Takashi y todo su equipo. Desde la más remota antigüedad, se puede encontrar todo lo que se imaginen. Zigurats, la pirámide del Sol, las Torres Gemelas, el Taj Mahjal, el palacio de Bangkok… Todo lo que se les ocurra, podrán verlos surgiendo de la selva, de las rocas y hasta de los hielos… Sí, realmente, estaban locos…

Elizabeth miraba a lo lejos y aún más allá, miraba el pasado. Todo, todos ellos, habían quedado atrás… Ella era un fantasma que vagaba sola por un futuro ajeno.

Daniel apoyó las manos en sus hombros y la rescató. Giró hacía él y al verlo, sonrió. Delante de ella estaba no sólo el futuro, sino lo más importante: el presente.

Alguien gritó con desesperación, giraron para mirar lo que señalaba. Un haz de luz rosada, resplandeciente, recorría la planicie a una velocidad aún mayor que la de ellos en dirección a “ Ciudad Puerta Número Uno ”.

Hicieron silencio. Llegarían tarde para alguien, seguramente sería un niño.

Elizabeth pensó en la nena que había salvado… “ Ya habrá otra oportunidad ”… Quizás ésa era la que esperaba.  Pero…, ¿ para qué ?… ¿ para morir ?… Por más que trataba de entenderla, no podía hacerlo. Esperaba en poco tiempo obtener las respuestas.

El riel había comenzado a doblar en una amplia curva.

Si el paisaje nocturno era fascinante por su misterio, ahora lo era por estar lleno de vida. Veían bandadas de pájaros, caballos salvajes que pastaban, un grupo de canguros corrían veloces a los brincos. Elizabeth recordaba el esfuerzo por rescatar y recuperar aquella especie. La habían destrozado sólo para hacerla comida de mascotas. Y muchas veces ni siquiera para eso. A qué grado de bajeza y suciedad podía llegar el género humano.

El sol brillaba levantándose del horizonte, la hierba se inclinaba por la brisa. Un día espléndido…, un día más en la vida de “ Parque ”.

Karl se incorporó de pronto y se dirigió a Dan, quien miraba tranquilamente el paisaje.

Dan…

¿ Sí ?…  preguntó éste sin apartar la vista del cristal.

¿ De qué dirección venía el rayo ?

Dan levantó su mano y le indicó.

De allá…

Se detuvo y miró a Karl. Este asintió…, ellos iban exactamente en esa dirección. Giraron para mirar la terminal: “ Tiempo de arribo: cinco minutos ”.

Algo comenzaba a vislumbrarse en el horizonte, algo parecido a una tormenta eléctrica acercándose, una condensación de nubes y rayos. Observaron con más detenimiento, había algo extraño… Era como si la tormenta no se moviese, más bien eran ellos quienes se acercaban.

Poco a poco se hizo visible el torbellino. Haces de luz rosados ascendían y descendían violentamente en forma de espiral. Iban desde el suelo hasta las nubes uniendo el Cielo con la Tierra.

…Ellos iban directo hacia él.

Con pavor observaron que el torbellino albergaba en su interior a “Torre Central”, la envolvía como un manto protector, como una muralla traslúcida y vibrante.

Debían detenerse, debían detener el tren…

Silvestre saltó sobre la terminal tecleando desesperadamente… Nada parecía dar resultado, levantó sus ojos asustados a Elizabeth. No le respondía…

Elizabeth giró y corrió hasta el primer vagón buscando el lugar donde en otras épocas se encontraba la cabina del conductor, ahora había un mirador panorámico. Desde allí, a través del ventanal, el torbellino se veía cada vez inevitablemente más cercano. Fue hasta la terminal al frente del vagón y empezó a ingresarle órdenes. Silvestre entró en el vagón seguido por Karl y Dan, se acercó a otra tratando de detener la formación. Una y otra vez Elizabeth y Silvestre repitieron la operación: los códigos de emergencia ingresaban, tenían acceso e ingresaban las órdenes. La terminal les informaba que las había recibido y que estaban deteniéndose, automáticamente aparecía otra indicación: “Torre Central solicita el ingreso”. Era un sin fin desesperante, un círculo vicioso de intentos y de cancelaciones.

Daniel estaba parado ante el ventanal. El torbellino ahora se hacía total y nítidamente visible.

¡¡ Deténganlo !!… ¡¡¡ Deténganlo !!!!…  les gritaba.

¡¡ Eso hacemos !!!… ¡¡¡ Pero no responde! !!… No entiendo…  Elizabeth le respondió desesperada.

¡¡ No podemos !!…  les gritó Silvestre -… Es “ Torre Central ”… Nos arrastra…

Karl había intentado inútilmente usar los frenos manuales, tampoco respondían.

Aquello superaba todas sus posibilidades…

El torbellino ahora ocupaba su visión por completo. Su luz iluminaba la cabina con un suave tono rasado, inundando todo con su presencia, reflejándose en las superficies…, brillando en sus ojos.

Elizabeth corrió al frente, junto a Dan, esperando. Cuando ya estaban sobre el muro de luz, Dan la abrazó. Elizabeth cerró los ojos y se llevó las manos a la cara…., ¡¡¡Dios!!!…, otra vez…

Si hubiera tenido los ojos abiertos hubiese visto cómo la pared de energía se abría ante el paso del tren permitiéndoles ingresar sin oponer resistencia alguna, sin siquiera tocarlos.

Elizabeth abrió los ojos. Estaban bien, nada había ocurrido. Miró hacia el ventanal, ante ellos se erguía “ Torre Central ” semejante a un hongo gigantesco al que confluían las volantes líneas de rieles de los trenes aéreos. A ella se dirigían sin ningún tipo de obstáculos.

Corrieron a ver como estaban los demás. Salvo el susto los encontraron bien; habían esperado el impacto, la desintegración, sin embargo nada de lo esperado había ocurrido. La barrera les había creado un túnel a su paso y luego lo había vuelto a cerrar.

…Pronto sabrían, estaban por entrar al último baluarte del misterio.

La pantalla les advirtió: “ Tiempo de arribo: treinta y cinco segundos ”.

Karl le ordenó a sus hombres.

¡ Ocupen sus puestos !…

Elizabeth miró a Daniel, el tiempo se les había terminado.

Al detenerse en el andén interno las puertas se abrieron silenciosamente.

Los hombres de Karl bajaron primero y revisaron con los sensores sin encontrar nada anormal. Los demás podían bajar.

Aquel lugar se encontraba exactamente como el resto de “ Parque ”, como si el tiempo no hubiese transcurrido.

Los técnicos descendieron y se apresuraron a bajar sus equipos y a prepararlos para utilizarlos inmediatamente, querían estudiar cuanto antes al torbellino.

Quiero un informe… y la más rápido posible…  luego se volvió hacia Karl y le indicó con la vista hacia arriba.

Karl asintió y reunió a un grupo de sus hombres. Pero Elizabeth ya se le había adelantado, parada ante la puerta de los ascensores, aguardaba. Quería subir y ver qué había ocurrido en realidad. Nada coincidía con lo que recordaba… ¿ Dónde estaba la falla?… ¿ cuál de todas era la verdad ?…

Karl alcanzó a verla, caminó rápidamente hacia ella y la detuvo antes de que entrase al ascensor. Elizabeth se soltó como una gata salvaje.

¡ Tengo que saber !…  casi le gritó.

Karl tomó aire…, no le volvería a ganar.

Lo sabrás a su debido momento, pero tu seguridad es mi responsabilidad.  Le hizo señas a Dan, tenían que vigilarla -. Yo subiré con mis hombres, veré en qué condiciones está todo, luego vendré por ustedes.

Karl dejó a Elizabeth en manos de Dan y les indicó a sus hombres  que entraran al ascensor mientras se acercaba a ellos, luego él subió último. Las puertas finalmente se cerraron.

Daniel y Elizabeth quedaron juntos, a la espera.

Elizabeth se estaba impacientando.

Karl no regresaba y los técnicos parecían no coincidir en los resultados.

Dan trataba de calmarla, desconcertado. Ésa no era la Elizabeth que él había conocido, parecía más bien una chiquilla asustada.

Las preguntas le surgían una tras otra sin respuestas… ¿ Dónde estaban los demás ?… ¿Qué había pasado en todos esos años ?… ¿ En dónde había estado ?… ¿ Por qué no recordaba cómo había salido ?… ¿ Por qué el tiempo no había pasado para ella ?…

Ese lugar desierto donde ella recordaba haber vagado, no existía. Esto era el “Parque” de siempre, el “ Parque ” de antes de la “Inauguración”…, pero sin personas. Se sujetó la frente con las manos, sentía que iba a volverse loca. Elevó los ojos al cielorraso… Allí arriba, en “ Sala de Control ”, tenían que estar las respuestas.

Las puertas del ascensor se abrieron luego de una eternidad, los hombres descendieron de él apenas murmurando entre sí. El rostro de Karl estaba ensombrecido; no les iba a gustar lo que habla encontrado.

Se acercó a Daniel y lo llevó a un lugar apartado, no quería que Elizabeth escuchara, pero ella adivinó la maniobra y se acercó también. No permitiría que la dejaran afuera.

Inesperadamente, Silvestre gritó.

– ¡ Eso es !.. Ven pronto, Dan… ¡¡ Lo tengo !!… Mira eso… Es increíble.

Las tres se acercaron a mirar, los equipos marcaban gráficos y los monitores indicaban cientos de oscilaciones indescifrables para ellos.

Daniel le pidió a Silvestre:

Explícanos, quieres…

Silvestre lo miró sorprendido…, era obvio. Luego reaccionó.

Lo siento… Esa energía no proviene de “  Torre Central ”, es… es algo totalmente ajeno. Se produce en algún sitio allá abajo, a miles de kilómetros en la profundidad… y allá arriba… – señaló el cielo – …Son como dos polos, se realimentan el uno al otro… No sé como se producen, pero te puedo asegurar que no son obra del hombre…

Daniel sonrió, sarcástico.

¿ Marcianos, quizás ?…

Silvestre se corrigió.

No, Dan, no quise decir eso. Es como una tormenta o un terremoto, es un fenómeno natural.

Elizabeth se estremeció. Aquel lugar había sido años atrás un continente poblado, una civilización creciente en la Tierra. Un fenómeno natural la había destruido y desterrado… ¿ Qué era lo que ahora les esperaba ?

Karl aprovechó el momento y murmuró algo en el oído de Dan, quien se volvió giró atónito hacia él. Lo que le había dicho…, eso…

El rostro de Dan reflejaba pavor.

Elizabeth sorprendió su expresión.

¿ Qué ocurre ?  les preguntó. No la apartarían de lo que estaba ocurriendo.

Daniel hizo una señal a Karl con la cabeza, él se ocuparía de decírselo. Se acercó a ella y, tomándola delicadamente del brazo, la llevó aparte.

Quiero que me escuches con calma. Lo que voy a decirte no es bueno, pero debes saberlo. Karl subió y revisó todos los pisos…

Sí…  Elizabeth se impacientaba, quería que le dijese sólo lo importante, que le contara eso que lo había aterrado y que trataba inútilmente de postergar.

Daniel puso sus manos sobre los hombros de ella, eso no le iba a resultar nada fácil.

El estado en todos los pisos es igual al resto, no hay nadie… Pero en “ Sala de Control ”…

Daniel dudaba.

¿ Qué ?…  le exigió ella sujetándolo  …Dímelo…

Daniel la miró profundamente a los ojos. Ella era fuerte, podría soportarlo. Tenía que soportarlo.

Están muertos.

Elizabeth lo miró sin entender, negó suavemente con la cabeza… y bajó la vista para ocultarse. Daniel la rodeó con sus brazos y la acercó hacia sí, despacio. Debía pasar rápido por eso, tenía que sacarla de allí…

Elizabeth permaneció apenas quieta, luego lo apartó con lentitud.

– Tengo que subir – dijo, al fin, con calma.

Él quería que no sufriese, que ya no pasara por más cosas. Pero ella estaba otra vez segura, debía llegar al final. Daniel dudó unos instantes.

Está bien, subiremos juntos.

Dan la abrazó y giró para dar instrucciones a Karl y a los demás.

Salieron lentamente de los ascensores, las puertas de las secciones estaban abiertas.

A Elizabeth el silencio se le hacía insoportable. Podía sentir el murmullo del pasado, las risas nerviosas, veía a George abrazando a Sullivan, el encargado de “ Torre Central ”, lo veía riendo y haciendo bromas al personal. Casi podía sentir la presencia tranquilizadora de Sergio a su lado… Pero no era él, era Daniel quien ahora la acompañaba. Sí hasta ella llevaba la misma ropa, los mismos zapatos, el peinado… ¿ qué pasado ?…

Las puertas de “ Sala de Control ” estaban abiertas, como las otras. Elizabeth se detuvo de golpe y sintió cómo el aire se paralizaba en su pecho… Daniel sintió al frío adueñarse de su cuerpo al ver el interior del lugar… Aquello era aterrador.

Allí, diseminados por todo la sala, en pequeños montículos, se hallaban decenas de esqueletos humanos.

Daniel se volvió a Karl, quería a los técnicos allí, ahora mismo.

Elizabeth comenzó a caminar lentamente por “ Sala de Control ”. Caídos en aparente desorden, sobre el piso, en los asientos o encima de los equipos, los huesos ennegrecidos parecían adornos macabros.

Desde el exterior llegaba la luminosidad rosada, quien teñía todo el lugar de una tonalidad uniforme y pareja, haciendo danzar a las sombras contra el piso y las paredes.

Elizabeth recorría cada rincón y se detenía un instante ante cada resto. Había estado allí, con ellos. Había hablado con cada uno… Allí estaba el muchacho que había encontrado a Sergio luego de la caída. Aquella era…, esa chica…, la pelirroja… Aquel tenía cuatro hijos, todos varones… A aquel otro le gustaba el helado de pistacho, como a ella. Sí, había hablado con todos, los conocía  a todos y cada uno, habían compartido una eternidad vagando por “ Parque ”… Pero todo aquello debió haber sido tan sólo un sueño.

Los técnicos subieron enseguida. Al entrar, quedaban paralizados apenas un instante, luego trataban de llamarse a su profesionalismo, de ordenarse para hacer su trabajo, pero el espectáculo era demasiado perturbador. Los esqueletos, la luz… y Elizabeth caminando entre ellos con fría curiosidad.

Daniel se acercó al grupo de técnicos.

– Quiero que tomen muestras. No los muevan, pero averigüen si tienen relación con los “ incidentes ”.

Silvestre le hizo un gesto, eso era obvio.

Confírmalo  le ordenó Daniel.

Elizabeth se había quedado parada junto a lo que debían ser las terminales principales, miraba con tristeza hacia abajo, hacia los asientos.

Karl y Daniel la vieron casi al unísono y se dirigieron a su encuentro. Al llegar junto a ella Dan la tomó de los hombros.

¿ Qué ocurre ?  le preguntó Dan.

Elizabeth apenas le indicó con la cabeza.

Ese es Sergio…  dijo con voz queda … y acá estaba George…

Daniel le rodeó la espalda con el brazo.

Tranquila, todo está bien…

Elizabeth permaneció rígida, indiferente…, encerrada en un silencioso llanto. Negó con la cabeza, luego, apoyando las manos sobre el respaldo del tercer sillón, lo corrió hacia atrás.

No,  dijo casi inaudible  …aquí estoy yo.

Un montículo de huesos que estaban sobre el asiento rodaron y, cayendo secamente, se desparramaron por el piso. La pequeña calavera parecía ocultar algo bañada por la luz rosada del torbellino.

Es imposible  le aseguró sin dudarlo Daniel.

Karl lo miró con un significativo silencio, todo aquello debía ser demasiado para ella. Giró hacia los demás e hizo señas pidiendo un médico y un tranquilizante, lo necesitaba. Volvió a mirar a Dan, tenían que sacarla de allí.

Daniel asintió, la tomó despacio del brazo y hablándole suavemente la alejó del lugar.

Karl se acercó a los técnicos.

Silvestre, ven  Karl lo llevó a parte . Quiero que hagas una identificación dentaria comparativa entre aquellos restos de allá y Elizabeth.

Silvestre lo miró con cara de que había enloquecido, pero Karl no hacía bromas. No de ese tipo.

– ¿ Es una orden de Dan ?  preguntó Silvestre.

– No,  dijo Karl girando el rostro hacia el pasillo de acceso. Allí ambos podían ver a Daniel junto a Elizabeth y el médico . Es una orden mía.

Silvestre se llevó silenciosamente un chupetín a la boca y asintió.

Elizabeth se sentía sumida en un sopor, soñaba con los ojos abiertos. No necesitaba comprobaciones… Sabía. En realidad todo el tiempo supo, la diferencia es que ahora dejaba de ignorarlo. Ya no tenía sentido, ahora debía dejarse fluir por esta verdad que la aterraba y la liberaba al mismo tiempo.

Karl conversaba con Daniel  de los informes del estado de la construcción de “Torre Central” cuando Silvestre se les unió.

Tengo los resultados – dijo y miró a ambos . Los dos tenían razón.

Daniel no comprendía del todo, Karl le explicó sin preámbulos.

Le pedí a Silvestre que hiciera una comparación entre el modelo dentario de ella y el de los restos que reconoció como suyos.

Daniel estaba comenzando a molestarse. ¿ Con qué atribuciones había hecho… De pronto se volvió a Silvestre.

¿ Te dieron…

Son exactamente iguales  concluyó Silvestre . Ella está muerta… y está viva.

Daniel cerró los ojos un instante, luego se volvió y llamó al médico.

Quiero que la revisen de pies a cabeza. Íntegra.

Ya no era ella la que le daba sorpresas, ahora parecían surgir solas.

Un grupo de guardias, que volvía de una recorrida por los subsuelos, se les acercó.

Señor, – habló el agente que estaba a cargo del grupo dirigiéndose a Karl – encontramos algo en el último subsuelo. Es… como el torbellino de allí afuera…, pero abarca casi todo el último piso. No alcanzamos a ver el centro, sólo la corriente que forma. Es como el del exterior, una especie de energía rosa, aunque parece como una neblina…

Karl asintió, Daniel resopló y dio nuevas ordenes a los técnicos. Quizás tendrían que haber llevado más personal con ellos.

Necesito que un grupo vaya al subsuelo, parece que hay algo allí.

Un pequeño grupo se preparó de inmediato. Karl le indicó a un par de sus hombres.

Acompáñenlos.

Daniel se acercó a Silvestre.

Envía comunicaciones a todos los sitios de “ Parque ”, si hay sobrevivientes quiero contacto con ellos.

Silvestre negó.

Ya lo intenté y nada.  Luego agregó : y otra cosa, desde que traspasamos el torbellino, “ Parque ” no nos obedece. Lamento no habértelo dicho antes, pero a cada momento ocurre algo nuevo. Todo los que nos responde es que está listo para “Inauguración”. No admite códigos ni nos da acceso. No hay vueltas… Eso es todo.

Silvestre se encogió de hombros. Sabía que con las máquinas no se discute, no existen demasiadas formas de convencerlas.

¿ Podemos salir ?  preguntó Karl.

Silvestre se mordió los labios.

Tengo a un grupo de gente que lo está intentando, pero por ahora me temo que no. Ya les dije, no hay acceso. Parece que tenía razón: seremos los primeros y los últimos.  De pronto se le ocurrió -. Prueba con Elizabeth.

Daniel y Karl asintieran y se miraron cansados, ese sitio parecía el universo de lo absurdo.

Daniel se acercó a Elizabeth y le indicó a los médicos que los dejaran solos. Antes de marcharse uno de ellos le hizo un gesto, todo en ella era normal.

Él la observó antes de sentarse a su lado. Era de carne y hueso, al menos eso parecía… Pero había pruebas de que estaba muerta. “ Parque ”, el tiempo, la luz… Era todo tan complicado.

Elizabeth…, – la llamó cálidamente sentándose a su lado – quiero que hagas algo…

Elizabeth apoyó sus dedos en los labios de él. A esta altura se podía permitir tantas cosas…

Shhh… Escúchame tú. No le encuentro explicación con esto…  y se tocó la cabeza y ese es mi error. No debo pensar, no vine para pensar sino para hacer. Estoy aquí para hacer algo… Estaba con ellos en algún sitio y volví. Mi lugar no es éste, sino allí, con ellos…

Eso no era exactamente lo que Dan tenía en mente.

No,  la corrigió  tú estás aquí con nosotros…, conmigo. Sólo necesito que te comuniques con “ Parque ” y que lo hagas funcionar.

Elizabeth asintió mirándolo a los ojos. Daniel se sobresaltó, una paz infinita parecía brillar en ellos.

Eso es exactamente lo que haré.

Elizabeth se incorporó y Daniel la siguió. El se acercó a la terminal que tenían más cercana, pero Elizabeth se dirigió a las terminales principales en “ Sala de Control ” haciéndole señas a Dan para que la siguiera.

Ambos llegaron ante las tres terminales. Aún permanecían en su sitio los restos calcinados, los que a Elizabeth ya parecían no importarle. Se detuvo frente a su terminal y esperó a que Daniel estuviera a su lado. Éste la observaba con confianza, ella era su única posibilidad; Elizabeth le sonreía con cariño, él era la única para ella.

Elizabeth apoyó suavemente la mano en la placa, la terminal se activó.

“  Bien, ” pensó Daniel. “ Parque ” aún le respondía a ella.

La intención de Elizabeth era otra, con suavidad tomó la mano de Dan, quien la miraba sin comprender, y la sujetó. Elizabeth sonreía y con fuerza la llevó hacia sí, luego la desvió apoyándola sobre la placa negra. La retuvo apretándola suave, pero firmemente con la suya. Elizabeth continuaba mirándolo sin dejar de sonreír. Sonreía con tanta tristeza y con tanto amor como Dan nunca había visto en su vida.

Con la mano libre ella le ordenó al computador: “ Reconocer nuevo código de acceso ”.

Daniel lo leía sin poder creerlo, sin poder apartar su mano, sin siquiera tratar  de oponerse, hipnotizado por la pacífica mirada de Elizabeth. No, no podía hacerle eso…, él apenas la había encontrado.

La máquina dio su inapelable repuesta: “ Código de acceso aceptado ”.

La sucesión se había llevado a cabo. Elizabeth aflojó la presión sobre su mano, liberándola. Dan la levantó y la contempló por un instante, incrédulo. Elizabeth no tenía demasiado tiempo para explicarle, apartó los restos sin miramientos y lo hizo sentar. Tenía que contarle sobre algunas cosas de “ Parque ” que solamente los directivos sabían. Elizabeth no le dio tiempo de hablar ni de protestar, tenía que escucharla, debía recordar todo lo que ella le decía.

Daniel quería negarlo, quería que ella siguiera como hasta ahora, junto a él, pero igual la escuchó.

Cuando ella terminó se levantó del sillón y como una sonámbula se dirigió a los ascensores. Antes de salir se volvió a Daniel que la seguía sin poder pronunciar una palabra, sin saber qué tenía ella en mente… o con qué palabras podría conseguir que volviese con él. Elizabeth lo observó unos momentos, ella ya no daría directivas, desde ahora las daría él.

Dan, quiero que me acompañes, por favor. Antes avísales a todos que estén preparados, que ocupen sus puestos y estén alertas. Tienen que estar listos para todo.

No hizo falta que Daniel hablara, el resto también había escuchado, pero Elizabeth se había dirigido sólo a él, como si solamente él pudiese oírla.

Elizabeth recordó, quizás ése era el pequeño discurso que George nunca había querido pronunciar.

Daniel y Elizabeth entraron al ascensor. Karl se acercó y le preguntó a Elizabeth.

¿ Puedo ir ?…

Elizabeth asintió en silencio y Karl subió junto a ellos. Ella indicó el último subsuelo.

Cuando las puertas se abrieron, vieron a los técnicos amontonados en un reducido espacio y rodeados por el vaho rosado. Casi todo el piso hasta donde se perdía la vista estaba cubierto por una nube de niebla rosada que giraba suavemente en forma de remolino en torno a un centro que no alcanzaban a ver.

Silvestre estaba allí supervisando la investigación.

Es asombroso, esa energía es desconocida. No existen antecedentes de algo igual. No es eléctrica, tampoco es del todo magnética… Ni siquiera le encontramos explicación. Eso sí, no traten de tocarla. Nada vivo la resiste.

Daniel y Karl observaban el sitio sin moverse. Elizabeth parecía hipnotizada por la luminosidad, lentamente comenzó a caminar hacia ella. Algunos técnicos trataron de detenerla, pero se detuvieron. Era asombroso, la luz retrocedía a su paso alejándose sin siquiera tocarla. Elizabeth cerró los ojos, había vuelto tan sólo para regresar otra vez.

Los técnicos trataron de probar si ocurría lo mismo con ellos. Caminaron hacia la niebla, pero se detuvieron antes, ésta no retrocedía ni cambiaba su trayectoria ni siquiera un milímetro.

Elizabeth se volvió hacia ellos, se acercó a Karl y lo abrazó, luego a Silvestre he hizo lo mismo. Karl miró a Daniel… ¿ qué estaba ocurriendo ?

Elizabeth se detuvo ante de él. Daniel no se lo permitiría, estaba equivocada…, él solucionaría todo.

– Escúchame…  trató de comenzar él.

– Shhhh…,  lo calló nuevamente Elizabeth apoyando un dedo en sus labios  tampoco es fácil para mí, pero tú tendrás muchas cosas que hacer ahora. Eres el nuevo director de “ Parque ”, tú y Karl lo dirigirán juntos, son ahora su máxima autoridad. Yo tengo esa capacidad para nombrarlos. Ahora ustedes velarán por él. Yo…, debo volver. Mi sitio no es aquí. No sé dónde es exactamente… Pero no aquí.

Daniel no había llorado cuando supo que era su madre, pero ahora ella significaba mucho para él. En un breve tiempo se le había vuelto algo vital.

Elizabeth le acarició el rostro, sus cabellos…, secó una lágrima con la punta de su dedo.

Es raro, he estado contigo tan poco tiempo y es como si te hubiese amado toda la vida  tomó las manos de él entre las suyas . Cuida a “ Parque ” por mí.

Lo besó apoyando apenas los labios en su mejilla.

Luego, como si despertara, les indicó.

Ahora suban, harán falta arriba.

Sin agregar nada más se volvió dándoles la espalda y comenzó a caminar lenta, pero decidida, adentrándose en la niebla en dirección al desconocido centro del remolino. A su paso la luminiscencia se apartaba como cuando las aguas se abrieran milagrosamente.

Karl puso su mano en el hombre de Dan llamándolo a la realidad. Tenían que subir, por lo que decía Elizabeth algo ocurriría y aquél ya no era su lugar.

Daniel miró por última vez la espalda de Elizabeth que se internaba lentamente por el pasillo en medio de la luminosidad rosada, sin volverse una sola vez hacía atrás. Dan asintió, subieron junto a los técnicos en el ascensor.

Las puertas le velaron la última imagen de Elizabeth perdida en la niebla de luz.

Lo último que hubiese podido sentir allí era miedo. A medida que se acercaba sentía más arraigada la serenidad, nuevamente la paz.

Iba despacio, había tiempo… Ahora había tiempo otra vez.

Poco a poco pudo vislumbrar el centro del torbellino. Hacia él debía dirigirse, debía entrar…, dejarse llevar por la luz, por la dirección… Hacia abajo o hacia arriba, era exactamente lo mismo.

Pensó por última vez en Daniel… y avanzó.

Simplemente fue caer nuevamente, pero esta vez sin gritos, sin temor…, sin angustia. Sabía exactamente qué ocurría, sabía quién era…, sabían quiénes eran y hacia dónde iban. Sergio y George la ayudaron a levantarse.

– ¡¡ Bienvenida !!… – exclamaban una y otra vez entre besos y abrazos.

Elizabeth los miró, estaba en casa. Sus ropas eran nuevamente blancas… Añoradamente blancas. Miró a “ Parque ”. Allí, ante ella, se levantaba “ Torre Central”, también  se veían los rieles de los trenes que salían como de un hongo gigantesco.

Cientos de personas corrían a su alrededor ocupadas. Elizabeth alcanzó a ver a una niñita pecosa y con la nariz respingada que le guiñaba un ojo. Se volvían a encontrar.

George le sonrió.

Parece que inauguramos.

Sergio la abrazó.

Ahora sí que tendremos para divertirnos en grande.

Los tres se encaminaron abrazados en dirección a “ Torre Central ”, tenían mucho trabajo por hacer.

Daniel y Karl salieron del ascensor en medio de una tormenta de relámpagos.

Silvestre se acercó corriendo a los instrumentos.

– ¡ Se ha desequilibrado ! – gritó . ¡¡ El torbellino se descontroló !!…

Los flujos de energía ascendían y descendían vertiginosamente. Algunos chocaban con violencia y rebotaban contra las paredes de “ Torre Central ” haciéndola estremecerse. Parecía que el Cielo y la Tierra luchaban entre sí. “ Torre Central ” temblaba… Ambos colosos se peleaban por ella, uno tratando de tragarla y el otro de arrastrarla hacia arriba, como si el edificio fuese el codiciado trofeo de una batalla.

Al principio trataron de monitorear lo que ocurría, de buscar en segundos una alternativa al desastre inminente, luego fue sólo el tratar de mantenerse en pie y de resistir.

…Hubo una explosión que pareció no detenerse jamás, expandiéndose Dios sabe hasta dónde. Después ésta retornó a ellos y les vino el reflujo, la implosión… En un último espasmo el torbellino se partió, una parte se hundió en la Tierra, la otra ascendió a los Cielos.

…Y de golpe, sin más, se hizo la calma.

Inesperadamente, sólo la luz del Sol entraba por los ventanales.

Daniel saltó sobre una pantalla. La frase era clara y legible para todos.

“ Bienvenidos a “Parque” ”.

En el resto del mundo se sintió un violento flujo de energía que en pocos minutos recorrió toda la superficie del globo, parecía que todo lo arrasaba a su paso, dando por tierra con las personas, los animales, los objetos… Las edificaciones temblaban, pero permanecían intactas… Atravesaba muros, vidrios, metales…

Una vez que toda la superficie del globo fue barrida, llegó el reflujo. Lo que se había ido, volvía. A su paso, sin que nadie lo supiera, restablecía el orden.

Cuando todo acabó, las personas se miraron unas a otras espantadas. ¿ Qué ocurriría esta vez ?… ¿ Qué nueva catástrofe se cerniría sobre el género humano ?…

Pero para los que se hallaban en “ Hall de Recepción ” el asombro fue aún mayor.

Volvieron sus rostros hacia algo que brillaba en la altura de las paredes, algo desconocido e inexplicable. Letras y números iluminaban sus caras; los paneles se habían encendido dando las horas y los grupos de partida.

Los mensajes comenzaron a escucharse por toda la ciudad procedentes Dios sabe de que extraños aparatos. “Aviso de llamada, los viajeros a “ Parque ”, favor de presentarse en las puertas de acceso con sus respectivos boletos ”. La frase se repetía, como una letanía imborrable.

Las puertas comenzaron a abrirse lentas e indiferentes. Las personas en “  Hall de Recepción ” no comprendían. Retrocedían entre confundidas y asustadas. ¿ Qué estaba pasando ?…

De pronto alguien comenzó a reír, los rostros se volvieron hacia él. Un hombre medio gordo y pelado, con un habano lleno de saliva bajó de un micro de transporte. Del bolsillo de su camisa sacó una billetera grasienta y de ella, intacto, un boleto a rayas diagonales rojas y blancas. Se abrió paso entre la multitud paralizada sin dejar de reír, luego se detuvo ante uno de los molinetes… y apoyó el boleto en su visor. Un sensor se activó automáticamente.

Luego se escuchó una agradable voz saliendo de la nada.

“ Bienvenido, Ulises ”…  la voz aguardó unos instantes . “ Tus padres no se encuentran contigo, no te preocupes, te buscaremos una tutora ”.

El molinete se corrió permitiéndole el paso. El hombre no dejaba de reír, casi toda su vida había esperado ese momento. Levantó sus brazos como un campeón de box que ha ganado un combate, saludó a la multitud y luego traspuso los molinetes.

Una mendiga sacó de entre sus andrajos un boleto doblado y se acercó a la entrada caminando lentamente.

Un vehículo se detuvo en la calle frente a la entrada de acceso a “ Hall ”, de él descendieron un matrimonio mayor junto a un hombre que se despedía de su esposa y sus hijos. “ Bienvenida, familia MacKallister. Que su visita les sea tan grata como lo es para nosotros. ”

Miles de personas que habían conservado sus boletos reemprendían un viaje que había permanecido enterrado en el tiempo, allí, junto a sus ilusiones.

El mundo volvería a ser como antes, volverían a soñar otra vez.

Silvestre saltó a la terminal más cercana.

Dan…, inauguramos. Ya hay personas en “ Hall de Recepción ”…

Otra mujer le informó.

Se me está juntando gente en ciudad Seis y Tres.

Yo tengo personas en Dos y Cuatro.

Daniel miró las terminales, el panel de controles, luego giró hacia su gente.

Quiero que se comuniquen al Instituto y a todas sus sedes en cada ciudad, que envíen a todo el personal disponible a los “ Halls de Recepción ”. Nosotros les daremos acceso desde acá.

Daniel se quitó la campera y la tiró sobre una de las sillas, inmediatamente reaccionó y asombrado se volvió a Karl. Allí nada quedaba, los restos habían desaparecido.

Karl cruzó la mirada con él y se encogió de hombros. Dan asintió, ahora no tenían tiempo para pensar en eso, ya investigarían. Por el momento lo que sí tenían era mucho trabajo que hacer.

Vamos, muchachos !!!…  los alentó . Rápido, el mundo quiere conocer a “Parque”.

EPÍLOGO.

Daniel ocupaba ahora el despacho que antiguamente fuera de su madre. Mantenía el sitio lleno de flores pues le recordaban a ella.

Después de muchos años por fin había hecho las paces con su abuela. La casa prisión había sido desmantelada o por lo menos abierta, ya que la madre de Elizabeth había solicitado quedarse viviendo en ella y muchos de sus familiares se adhirieron a su solicitud. Tantos años juntos… Otros, más jóvenes, se despidieron y se marcharon a conocer otros lugares ya que ahora podrían ir a donde quisieran sin temor alguno, pero prometieron regresar algún día.

El mundo se encontraba admirado y fascinado por “ Parque ”. Superaba los sueños más increíbles que cualquiera pudiese tener… y encima era real.

También había hecho las paces con él mismo. No volvería a usar el nombre de su infancia pues llevaba muchos años llamándose Daniel, pero ya no ocultaba su origen. Él era el hijo de los fundadores, toda una nueva generación.

Les resultó sencillo reorganizarlo, la infraestructura de “ Parque ” era tan funcional que no les ocasionó inconveniente alguno. Las personas que ahora habitaban y trabajaban en “ Parque ” eran nuevas, desde el personal hasta sus familias, pero apenas transcurrido un año parecía como si siempre hubiesen vivido allí, casi como si hubiesen sido creadas con él. Formar parte de “ Parque ” era formar parte de una gran familia, era ser una célula de algo viviente mucho más grande.

Daniel ya se había acostumbrado a la vista. Los amplios ventanales le mostraban ese paisaje desde el que se podía soñar.

Por supuesto, no había faltado el reclamo y la disconformidad de la Junta. Se habían mantenido tantos años a la espera, controlando a las “ Ciudades Puertas ” y ahora, cuando “ Parque” por fin se volvía accesible, se les escapaba de las manos sin revelarles ninguno de sus tecnológicos secretos. Pero ya no tenían forma alguna de presionar.

En el nombre de los convenios firmados ellos se habían constituido en autoridad, ahora por esos mismos convenios debían retirarse. Daniel tubo que soportar y detener varias embestidas, pero conocía lo suficiente a la Junta como para poder enfrentarlos, sobre todo desde su nuevo cargo de Director de “ Parque ”. Y no sólo los convenios lo respaldaban. Los visitantes que volvían contaban a los otros sus experiencias allí, les hablaban de esa tierra perdida, de esa vida que latía por todas partes y en millones de formas distintas, de esa vida que se sentía en la vista, en el aire, en la piel. Entraba por todos los sentidos de sus cuerpos, por cada uno de sus poros y los revivía como seres vivientes, como hijos de la Tierra.

La Junta había tratado de manipular a la opinión pública con las emisiones de energía, sin embargo los pocos estudios técnicos que habían llegado a hacer demostraron que nada tenía que ver con “ Parque ” y sus instalaciones. Eran tan sólo ni más ni menos que un fenómeno natural inexplicable. Con eso perdieron su última carta.

Daniel manejó con mucho tacto el tema acerca del regreso de Elizabeth. Aparentemente había sido afectada de alguna manera por el magnetismo, los expertos no habían alcanzado a estudiarlo demasiado ni a poder profundizarlo, cuando ella desapareció víctima de la última tormenta de energía luego de nombrar a Daniel como directivo de “ Parque ”.

Lo que sí permanecía en secreto era el hallazgo de los restos en “ Torre Central ”, aunque lo cierto también es que no poseían prueba alguna de ellos.

Otra cosa que nunca pudieron descifrar era que había pasado con las miles de personas que trabajaban en “ Parque ” y sus familias, conjeturaban que habían desaparecido víctimas de la primera emisión de energía, lo que constituía a “ Parque ” en la primera y en la mayor víctima de ese fenómeno natural y lo volvía totalmente inocente de las supuestas responsabilidades que habían pesado sobre él a lo largo de tantos años.

Karl entró y se tiró sobre un sillón, el traje no le quedaba tan bien como el uniforme.

¿ Qué hay, viejo ?… – preguntó Daniel al verlo, lo notaba un tanto irritado.

Karl resopló.

Johnson… Está encima nuestro como la inquisición. Trata de encontrar la más mínima falla. Pero tú sabes: no la hay… Y aunque la encontrase tampoco le sería suficiente para caer sobre “ Parque ”. Eso lo pone furioso. Además conoces cuál es la opinión de la gente: todos aguardan ansiosos el día de su visita, vienen, lo disfrutan y luego sólo esperan ansiosos el momento en que les toque volver a entrar. Creo que están locos, yo que ellos transformaría al resto del mundo en “ Parque ”.

Daniel rió con ganas, Karl tenía cada ocurrencia.

El intercomunicador se activó.

Señor Del Río,  Daniel había optado por el apellido de su madre, lo sentía más cerca de sus raíces y además era otra manera de tenerla cerca  Señor Del Río, ¿ puede venir un momento a “ Seguridad ” ? Es algo importante…

Karl y Daniel se miraron. ¿ Qué habría ocurrido ?…

Sí, Ana, iremos enseguida, el Señor Hähn se encuentra aquí conmigo. ¿ También lo necesitas ?…

Ajá. Gracias, señor, me ahorra el tener que localizarlo. Los esperamos lo antes posible.

– Bien… ¿ Puedes adelantarnos algo?…

Ana pareció dudar.

– Preferiría que lo conversáramos personalmente.

– Bien, – asintió Daniel mirando a Karl significativamente, no era buena señal que no lo quisiera discutir por los intercomunicadores. Tenían ciertas informaciones que hablaban de algunas escuchas en la zona exterior de “ Parque ”. La Junta no se rendiría tan fácilmente, eso era algo previsible -. Ahora mismo iremos para allá.

Daniel se puso su saco y volviéndose a Karl le preguntó.

¿ Qué crees ?

No sé,  respondió éste con un gruñido  pero para que Ana nos llame, es que ella no lo puede resolver y si no lo puede resolver… es grave. Espero que no sea tan grave como imagino, si no tendremos a Johnson detrás de nosotros.

En el sector de “ Seguridad ” había un verdadero revuelo.

Las comunicaciones con todos los sectores de “ Parque ” eran permanentes. Daniel y Karl se dirigieron al despacho de Ana, la nueva encargada de seguridad, pero esta les salió rápidamente a su encuentro.

Vengan por aquí  les indicó . Esto es grave.

¿ Qué ocurre ?…  preguntó Karl. Aún le costaba abandonar su trabajo de perro guardián.

Se perdió un niño.

Daniel no comprendía.

Eso no es grave, lo encontrarán en cualquier momento. Debe estar en la “ Torre Hotel ”.

Ana se detuvo y miró seriamente a ambos.

No, esto es más delicado. Salió al exterior.

Daniel y Karl la miraron sorprendidos. ¿ Cómo había ocurrido aquello ?

Ana los puso al tanto.

El niño se alejó de sus padres y se extravió, eso no suele ser un problema. Pero parece que accedió a la zona de personal. Hubo una salida al exterior de un grupo de veterinarios. Había una pequeña epidemia entre los osos, nada grave, algo de control. Creemos que el niño se ocultó en uno de los vehículos, ya que hallaron su gorra en uno al regresar. Apenas la encontraron, nos informaron. Ahora debe estar vagando solo por los bosques.

Daniel tenía la mirada ensombrecida, no podían salir a buscarlo pues alterarían a los animales, pero el tiempo era crucial. Debían impedir una tragedia, eso si ya no había sucedido.

Utilicen los sensores de las salas de empatía. Búsquenlo, quiero a todo el personal posible en esto.  Luego se volvió a Karl . Debemos ir allá, prepara todo, quiero el transporte más rápido y directo, es una emergencia. ¿ Cuándo ocurrió esto ?  le preguntó a Ana.

Hace unos cuarenta minutos nos avisaron del extravío del chico en el Hotel, hace cinco que encontraron la gorra.

Karl volvía de organizar el traslado.

Todo arreglado, en quince minutos estaremos allá.

Elizabeth tenía razón, realmente podían ir mucho más rápido.

Bien,  asintió Daniel. Luego se volvió a Ana . ¿ Esto ha trascendido ?

Ana se encogió de hombros, no que ella supiera.

Karl apoyó una mano en la espalda de Daniel y le dijo con un gruñido.

Estate seguro que sí.

El niño estaba fascinado con la luz. Parecía caer en cascadas a través de los árboles, jamás había visto algo así en su pueblito.

Era como en los cuentos de hadas. Había hongos alrededor de los árboles, hojas en el suelo, ardillas que correteaban. No tenía miedo, trataba de buscar a los gnomos que habitan en las raíces, quería ver uno. Allá en su casa no había, pero seguramente debían vivir allí. En ese lugar había toda clase de cosas maravillosas.

De pronto se detuvo, a unos poco metros de distancia un oso se encontraba sentado frente a él comiendo un trozo de panal que sujetaba entre sus patas delanteras. Era como los que vendían en “ Parque ”, sólo que este no era de peluche, era de verdad… ¡¡ y gigantesco !!!… El oso parecía no prestarle atención. Pero eso no era todo…

A unos metros del oso, sentada sobre una roca a los pies de un árbol, había una mujer. Sus ropas eran blancas y brillantes, sus cabellos rubios caían graciosamente desparramados sobre sus hombros. Parecía mirar al niño entre intrigada y divertida.

El pequeño se acercó despacio, con la boca abierta, cuando estuvo muy cerca de ella se detuvo y le preguntó:

¿ Eres un hada ?…

La mujer le contestó risueña.

Se podría decir que sí… Si tú lo quieres, seré un hada para ti.

El niño se acercó aún más sin temor alguno. No había encontrado duendes…, pero había encontrado un hada. ¡¡ Vaya !!!… Cuando se la contara a sus amigos…

¿ Puedo tocarlo?  le preguntó mientras con su pequeño dedito señalaba al enorme oso.

Creo que si se lo pido y nos da permiso, sí.  La mujer calló un instante, luego le habló al niño -.  Puedes hacerlo, me dijo que sí.

El niño se acercó con confianza al enorme animal, a su lado había toda una señora hada. Acarició despacio el duro y espeso pelaje del oso, era mucho más lindo que en el tren. La mujer lo observaba  mientras también acariciaba al animal.

¿ Estás perdido?  le preguntó sin dejar de sonreír.

El niño lo pensó un instante. No sabía dónde estaban sus papás ni cómo volver. Si eso era estar perdido, la respuesta era sí.

Creo que sí  contestó finalmente.

Me lo suponía  dijo ella . Ven, creo que es mejor que vuelvas a casa pues deben estar preocupados. Por supuesto, si ya has encontrado lo que viniste a buscar…

El niño tomó la brillante mano que ella le extendía y asintió con la cabeza. Vaya si lo había encontrado.

Al llegar a “ Hall de Recepción ” Karl y Daniel encontraron un pequeño revuelo.

Había unas cuantos periodistas y antes que pudieran atravesar los molinetes se vieron envueltas por ellos y sus eternas preguntas sin respuestas. Había sido mala idea ir por arriba, la próxima vez usarían los pasillos del subsuelo.

Un guardia se acercó y les murmuró algo por lo bajo. Los padres del niño se encontraban allí; Johnson ya se había puesto en contacto con ellos.

Daniel miró a Karl, tenía razón, era rápido. Giraron la cabeza hacia los molinetes, los padres del chico estaban saliendo y reuniéndose con un grupo de hombres con maletines. Los periodistas los abandonaron para reunirse alrededor del nuevo grupo. Karl y Daniel se encogieron de hombros.

Johnson era ahora quien se dirigía a los periodistas.

Caballeros, caballeros…, esta vez sí les tengo información. Estas personas han extraviado a su hijo, un niño de apenas cinco años. Se supone que la criatura está allí dentro perdida, pero ni ustedes ni nosotros tenemos permitido el acceso para tratar e investigar sobre este tipo de circunstancias. Creo que es la situación y el momento oportunos para decir que estas limitaciones deben desaparecer, también aprovecho la circunstancia para volverles a afirmar que este supuesto sitio de “ recreación ” no es en absoluto seguro.

Daniel se acercaba lentamente con las manos en los bolsillos.

– Eso no es cierto…  dijo suavemente audible.

Johnson y los periodistas giraran a mirarlo. Era la primera vez que ambos estaban frente a frente, ya no mediaba entre ellos una pila de comunicados.

Ahhh, el señor Del Río…  dijo dirigiéndose a los periodistas.- ¿ Qué tiene para decirnos al respecto de esta dramática situación ?…

Que lo que dice no es cierto  reiteró Daniel. Se detuvo a unos metros de ellos . “ Parque ” es seguro, más seguro de lo que pudo haber sido el vientre de su madre.

Johnson tomó aire. Ese hombre era duro, decían que era de familia, pero ahora encontraría la horma de su zapato.

Yo tengo algo para usted, señor Del Río. Una solicitud que sí los padres de la criatura firman será presentada ante la Junta para que se revean los convenios. Entonces no sólo solicitaremos, sino que exigiremos la creación de un organismo de control sobre “ Parque ” con acceso ilimitado e irrestricto a todas sus áreas. Usted  deberá permitirnos ingresar y realizar nuestras propias investigaciones. Y de esta manera yo y mi equipo decidiremos en nombre de la Junta de Naciones, si este sitio es seguro o no.

Daniel y Karl apenas se miraron, ambos sentían en ese momento exactamente lo mismo: querían hacerle tragar cada uno de sus papeles. Si tanto deseaba ingresar a “Parque” que hiciera como los demás y esperase su turno.

Inesperadamente detrás de los molinetes les llegaron los sonidos de risas y hurras. Una “ tutora ” salía de ellos con el pequeño en brazos, los padres y periodistas corrieron a su lado. Daniel se acercó muy lentamente, deteniéndose junto a los padres y a el niño que se reencontraban y, sin sacar las manos de los bolsillos, se dirigió a los reporteros:

Reitero, “ Parque ” es totalmente seguro.

Johnson se acercó y lo interrumpió.

¿ Por que no le preguntamos al niño por los peligros y riesgos a los que estuvo expuesto ?  Luego se arrodilló junto al chico y, dándole a su voz un forzado tono amigable, le indagó: Vamos, hijo, cuéntanos de tu paseo…

El niño los miró, tenía mucho que contarles.

Yo quería conocer a los gnomos y… me escondí, después salimos, ellos no me vieron por que me tapé con una manta…, me bajé y corrí… y allí estaba el bosque… y el oso… y el hada, ella brillaba mucho. Me llevó por los aires, después… me llevó un hombre… y después otra señora, pero el hada reina era la señora rubia…

Johnson lo miraba extrañado. ¿ Qué era lo que quería decir?…

Los periodistas comenzaron a reír, esa criatura estaba inventando. La mamá se le acercó y lo abrazó.

No, Rodrigo, no debía ser una hada, seguro era una mujer de seguridad…

El chiquito negó.

No… Era un hada. Allí está…

Todos giraron a ver. El niño señalaba con su dedito unas de las gigantescas imágenes holográficas que flotaban sobre tres enormes pedestales. Eran los “Fundadores”. Allí, suspendida en el espacio, se veía la figura de cuerpo completo de una sonriente y joven Elizabeth, con sus manos generosamente abiertas y su mirada puesta en ellos, como si lo observase todo.

Johnson resopló, eso no le serviría. Los periodistas se miraban incrédulos: “estos niños…” “ Parque” era seguro: en menos de una hora se había localizado a un niño extraviado y se lo había trasladado junto a sus padres. Allí ante ellos se encontraban los propios directivos, quienes demostraban que se preocupaban personalmente por la seguridad de cada uno de sus visitantes. Muchísimo más de lo que se ofrecía en cualquier ciudad del mundo. Bajaron sus cabezas y comenzaron a dispersarse murmurando, no tenían nota pues la seguridad de “ Parque ” no era noticia. Los padres se dirigieron a los molinetes reingresando a “ Pared ” con el niño para continuar con su paseo por “ Parque ”.

Johnson se incorporó mirando iracundo a Daniel, quien a unos pocos metros daba indicaciones para que se cancelase su transporte y conversaba con Karl. Sabía que la próxima vez que intentase algo contra “ Parque ” lo tacharían de maniático y obsesivo. Había jugado una carta importante tentado por la situación y había perdido una brillante oportunidad ante la prensa. Lo habían derrotado, de ahora en más le sería mucho más difícil ir  contra “ Parque ”. Tomó el papel de la solicitud, lo abolló con furia contenida entre las manos y lo tiró al piso.

En el impecable y refulgente piso de “ Hall de Recepción ” se sintió como una  impronunciable afrenta. Las personas que allí se encontraban se detuvieron en sus sitios y giraran a ver rodar el bollo de papel. Nadie hacia aquello en sitio alguno de “ Parque ”, fue como si Johnson hubiese escupido en el piso de un templo.

Daniel no se movió ni un milímetro ni pestañeó siquiera, impasible.

Tan sólo en un instante, un zigzagueante relámpago dorado salió de debajo de los muros que daban a “ Pared ”. Las madres gritaron sujetando a sus hijos, Karl tiró de un empujón a Daniel y los periodistas se dispersaron, no hubo tiempo para nada más.

El rayo se dirigió directamente a la abollada hoja de papel, en un par de segundos llegó hasta ella y en la desintegró sin dejar el más mínimo rastro. El rayo desapareció al hacerlo.

Daniel observó todo a escasos metros de distancia y a ras del piso junto a Karl. Cuando hubo terminado todo, tomó aire  y se incorporó lentamente… Tenía que inventar algo. Dirigiéndose a los presentes, habló en voz alta y calmada a las personas que, poco a poco, empezaban a  reaccionar.

Tranquilos, tranquilos… Es un nuevo sistema de limpieza.  Luego se volvió a los periodistas que miraban atemorizados el sitio donde pisaban . Algún provecho teníamos que sacar de lo poco que pudimos estudiar de ese nefasto campo magnético. Sólo los técnicos y yo lo sabíamos, se darán cuenta la importancia de conservar su secreto. Si alguna potencia lo tuviese imagínense para lo que podría utilizarse, no precisamente como un inofensivo elemento de limpieza. Toma nota Karl: funciona.

Karl asintió, seguro que funcionaba, fuese lo que fuese.

Los periodistas asintieron y sonrieron, este Del Río… Tenía cada idea… Era asombroso lo que podían llegar a desarrollar en “ Parque ”, eso sí era noticia.

Daniel se despidió y comenzaba a alejarse cuando se detuvo y se volvió hacia Johnson, aún le quedaba algo por decirle.

Señor Johnson, quiero aclararle que es bienvenido en “ Parque ”…  y levantó la voz para que todos los presentes pudieran oírlo . …Todos son bienvenidos en “ Parque ”. Durante su primera visita que, lamentablemente, en respeto a las leyes de igualdad humana me es imposible adelantar, me agradaría acompañarlo personalmente en su recorrido. Y, créame, también me gustaría que se uniese a nuestra pequeña familia.

Daniel lo miraba amable y sincero. Johnson estaba desconcertado, eso no sonaba a una declaración de guerra, no esperaba escuchar esas palabras. Asintió un tanto perturbado, después giró, le dio indicaciones a su comitiva y se marcharon.

Dan observó cómo se alejaba el pequeño grupo, luego le indicó a Karl la salida, tenían mucho por hacer.

Antes de marcharse miró unos instantes la etérea figura de Elizabeth flotando en el espacio y no pudo evitar pensar para sí.

“ Elizabeth…, qué cosas haces…”

La voz sonó perfectamente clara y llena de amor en su interior.

Dan, no soy yo, es el parque…  es “ Parque ”…

FIN.

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